"Los que pueden, actúan. Los que no pueden y sufren por ello, escriben. El acto de escribir, constituye una de las acciones mas profundas del sentir del ser humano. Ayuda a quemar la grasa del alma"

Ernest Hemingway.

domingo, 10 de enero de 2016

Guadalajara es beto Rodriguez


Ocurrió en Guadalajara, México.
Recuerdo que una noche vi esta foto pegada en un cartel del bulevar de la avenida Chapultepec. Y entonces ahora todo se me viene a la cabeza nuevamente y por eso lo estoy contando, porque por un momento siento que estoy allí de nuevo. Es que a esa ciudad, en esa parte del mundo, la siento siempre como mi casa, aunque me haya ido hace un tiempo.
Chapultepec era una avenida de dos carriles, corta pero muy viva, con muchos bares y tabernas bulliciosas que en la penumbra de las noches encendían sus lucecillas de colores, llenos de música de mariachi, de rumbas cubanas o de violines gitanos. Allí se tomaba mucho tequila y se comía cosas exquisitas, mientras se charlaba amigablemente.
Mexicanos y gente de todo el mundo hablaban de la vida, hacían sus negocios o urdían sus intrigas sentados en aquellos lugares, fumando y hablando en sus lenguas, jergas o dialectos. Y abajo, en la calle, se mezclaban las señoras y señores acartonados con los nativos huicholes que vendían artesanías, las muchachas bellas de pasos apurados con los vagos tatuados de cráneos rapados venidos de los barrios que guiñaban los ojos y levantaban sus cabeza al cielo, y los autos de lujo con las manos anónimas de marcados por la vida que pedían monedas, manos negras como las garras de un águila, agradecidas de que el sol se hubiera vuelto a poner.
Toda esa gente iba y venía por los andadores llenos de árboles de tabachines añejos y de jacarandáes en los camellones. Señoras gordas ofrecían tacos grasientos en las esquinas, y los aromas del cilantro, de las flores de jamaica, de las tortillas de maíz y de los frijoles, inundaban el aire del lugar.
Era un sitio de juegos pintorescos y de divagaciones coloridas, de gente bailando ritmos caribeños los miércoles por la tarde, y de chicas y muchachos que hacía malabares con sus patinetas, escuchando música en sus grandes casseteras al estilo de los 90s.
La noche que vi este cartel en la avenida me dio risa de verlo ahí pegado, porque el tipo de la foto, el muchacho de los bigotes a lo Zapata, era mi amigo, y porque cuando uno conoce a una persona así de sencilla y de risueña siempre lo asocia con eso: con que la vida tuya y la de tus pares es siempre anónima y tranquila, y que parece tan raro que en ese entorno personal todos pongan atención. Es como imaginarse a uno mismo actuando en una película.
Las miles de personas que pasaban se paraban a leer el mensaje escrito allí en la foto, y hoy lo comparto para que todos los lectores de este lado del mundo también lo puedan ver.
Si ahora lo tuviera al amigo beto enfrente le diría gracias, por hacerme recordar con esta foto el tiempo vivido en aquella bella ciudad suya.
Este es uno de los agradables recuerdos que me quedan de tantos caminos andados, y de la buena gente que me ha tocado conocer.

sábado, 9 de enero de 2016

Guatemala: el fracaso de una revolución


Guatemala es un país pequeño pero muy fértil y productivo. Es una de las primeras exportadoras mundiales de café, después de Colombia. Exporta bananas, alimentos, oro y frutas al resto del mundo. En las regiones del norte existe una vasta zona cañera que produce azúcar de exportación. Pero Guatemala es también un país en lucha permanente, sobreviviente de una guerra civil que duró 36 años. Guatemala sonríe y mira hacia el futuro con alegría.
La guerrilla guatemalteca, tal como me lo contaron unos soldados que hacían guardia en un puente, ha sido aplastada, apabullada por el ejército. Su accionar se limita a unas pocas zonas montañosas, de población indígena principalmente, cuya importancia es mínima en la economía nacional.
La guerrilla, otrora popular entre los indígenas y muchos ladinos, ha ido siendo reemplazada por la convivencia pacifica con el vencedor, el ejército. Lo cierto es que en Guatemala todo lo que parece tener arraigo popular tiene un futuro definido: el fracaso.
Ya sea la guerrilla, ya sea la selección de fútbol en las eliminatorias para Italia 90, huelgas de maestros o elecciones, se ven truncadas en la mitad de lo que pareciera ser un triunfo, al menos parcial.
Militares, la selección de fútbol de Trinidad y Tobago, las compañías fruteras y las cafeteras, se encargan de sumir al país una y otra vez en un profundo sentimiento de derrota nacional, de paz y orden obligados.
Guatemala es un país que no se ha visto, ni feliz ni tristemente, alterado por ninguna situación que haga a la gente olvidar sus problemas alimentarios, económicos, religiosos, de identidad, de salud y raza, por años.
“Todo lo que sucede a cierta gente uno lo ha visto en películas malas”, escribió una vez el mexicano Eugenio Partida. Y es verdad. Esta parte de Centroamérica se refleja en esas palabras.
La doctrina del ejército guatemalteco (como el resto de las doctrinas de los ejércitos de toda América Latina), es una bajada de línea directa de la política colonialista y neo liberal de Estados Unidos.
La guerra civil en Guatemala duró 36 años y desangró a los más desprotegidos: los nativos y los pobres, la mayoría del país.
Antes de salir de nuevo a vagabundear por los caminos de esta apasionante región, me entrevisté con mi amigo Fernando Cruz Valdez en Antigua. El es un reconocido veterinario y un estudioso de la historia de Guatemala. Me contó algo mas acerca de estos sucesos…
El inicio del conflicto data de 1954. Una invasión dirigida por el coronel Carlos Castillo Armas; con el apoyo de la United Fruit Company pero organizada por la CIA de los Estado Unidos, derrocó a Jacobo Arbenz, uno de los gobiernos mas democráticos y mas populares en la historia del país. Este lamentable hecho otorgo poder a los militares y desde entonces jugaron un papel importante en la política de la nación. El nuevo gobierno se dedico a destruir organizaciones sociales, lideres campesinos, dirigentes de sindicatos, hombres y mujeres intelectuales, universitarios y todo el que se oponía en contra del régimen.
La revolución tendría lugar 6 años mas tarde (concretamente el 13 de noviembre de 1960 según la historia del conflicto armado que duraría 36 años).
Inició oficialmente, cuando un grupo de oficiales del ejército (la mayoría entrenados por Estados Unidos en la temible Escuela de las Américas), intentaron llevar a cabo un golpe de estado en contra del general Miguel Ydigoras Fuentes, quien gobernaba a Guatemala en ese año. Ese intento fue un rotundo fracaso.
Los oficiales descontentos ayudaron a formar el movimiento revolucionario moderno, motivado por el triunfo de Fidel Castro en Cuba que ocurrió en 1959.
Muchos de estos movimientos consideraron la gran posibilidad de triunfar en Guatemala, en Centroamérica y en toda América Latina. Por eso se dice que Guatemala fue la chispa que encendió la región. En respuesta al nuevo movimiento revolucionario, el Estado se convirtió en CONTRAINSURGENTE y se transformó en un enemigo para el pueblo, especialmente los que deseaban el cambio y los que brindaban apoyo a los nuevos movimientos que, en teoría, tenían su fundamento en la justicia social.
Las sierras selváticas de la Guatemala profunda, se convirtieron entonces en el Vietnam sudamericano, en una especie de laboratorio que la CIA mantuvo en la región, con el pretexto de erradicar el comunismo internacional en esta parte del mundo.
Los “boinas verdes” del ejército norteamericano (fuerzas especiales dedicadas a la propaganda política y a la guerra psicológica), hicieron un trabajo similar al realizado en las regiones montañosas del Vietnam central. 
Se instalaban en pequeños grupos de 10 o 12 hombres bien entrenados y equipados en las regiones indígenas alejadas de los centros urbanos y tomaban contacto con los líderes de las comunidades. De ese modo, permanecían por largos períodos conviviendo con lo nativos, aprendiendo su cultura, curando a sus enfermos y proporcionando apoyo a la gente. Se ganaban su estima y, como decían en Vietnam: “ganar corazones y mentes para propiciar la lucha armada”.
El proceso era arduo y tedioso pero al final, lograban que las comunidades colaboren con ellos.
A partir de ahí comenzaba el proceso de entrenamiento militar.
La operación de contrainsurgencia montada por la CIA en Guatemala tuvo por nombre código “GOLF”.

Guatemala: una ruta en Centroamérica




Es la primera vez que pongo un pie en Centroamérica y me siento un poco extraño, todo parece sorprenderme. 
La experiencia de este nuevo viaje me produce un fuerte flujo de adrenalina, pero la sensación de lejanía ya me ha abandonado el cuerpo hace tiempo.
He estado en pueblos que huelen a tortillas grasientas y aromas de jazmín. Están rodeados de cerros cubiertos de selva y desde arriba se ve como si una gran manta verde y arrugada los cubriera. En la montaña puede uno volverse verde con los infinitos verdes de las plantas. La selva disfraza, la ciudad despoja.
Ahora viajo por una ruta guatemalteca desde Antigua hacia el oriente, rumbo a Nicaragua. Mi cabeza se mantiene alerta, preparada para lo inesperado.
De nuevo voy trepado en un vehículo todo pintado de colores, haciendo malabares para caber con mi mochila, y evitar pisar a alguien.
La gente viste ropas coloridas pero en sus rostros se refleja el profundo abismo de la necesidad. Surcos en las caras y ojos oscuros que miran hacia abajo cuando los veo.

En un asiento de atrás va sentado un tipo con aspecto de neonazi. Se nota que es extranjero. Tiene el pelo rubio cortado al rape y una cicatriz que le cruza la cara huesuda. Bien podría ser un mercenario. El resto del pasaje es nativo de la etnia cakchiquel y hablan ese idioma tan alejado de mi mundo.
Voy en busca de las historias que la sierra tiene guardadas. Historias de una región siempre muda y reprimida, porque en Guatemala hubo una cruenta guerra civil hace no mucho tiempo, que suprimió miles de voces sepultadas bajo toneladas de la tierra mas pesada que pueda existir. Es la tierra de la impunidad.
El colectivo vuela sobre el asfalto serpenteando el abismo de las montañas y cada tanto se detiene para subir o bajar pasajeros. Suben  señoras vestida con telas color turquesa y rosa chillón, y hombres descalzos llevando canastos cargado con pollos vivos que cantan y cacarean en una sinfonía desastrosa. Observo la escena curioso e impasible.
A pocos kilómetros de llegar al pueblo Santa María, veo una columna de vehículos militares detenidos al costado del camino. Es una patrulla del ejército guatemalteco.
Los músculos tensos de mis piernas no impiden que me baje de un salto y me acerque a ellos. De inmediato reconozco las armas, las botas, los equipos, las miradas tensas, y percibo el sentimiento de un sargento que fuma nervioso. Reconozco en ellos el tedio de esperar. Porque siempre es lo mismo en cualquier parte del mundo: no importa a que país pertenezca el soldado, la espera es siempre el peor enemigo, porque te obliga a pensar.
Hace demasiado calor para vestir esas botas y esos gruesos uniformes camuflados y, a pesar de la ametralladora MAG que hace el papel de tercer ojo sobre el techo del camión, me acerco y se los hago saber amablemente (una conversación simple para romper el hielo). Pero esos muchachos de 17 años, al igual que otros miles que también sirven en el servicio militar guatemalteco durante dos años y medio, están orgullosos de vestir esos sudados y arcaicamente diseñados uniformes de hule verde, mientras protegen este puente rural construido por el gobierno 8 años atrás.
Una banda de municiones calibre 7,62 chorrea plomo por un costado del vehículo, y me resulta una imagen muy familiar.
La verdad es que si la guerrilla todavía existiera y hubiese querido, habría podido poner una bomba en la base misma de los cimientos, a 50 metros de distancia, escondidos entre los árboles, sin que nosotros lo hubiésemos siquiera notado. Podríamos estar volando a la mierda en mil pedazos ahora, pero en vez de eso sólo se escucha el canto de los pájaros.
Mi jóvenes amigos, sin embargo, atribuyen la invulnerabilidad de este puente a otras razones, “Si no fuera por lo bien preparado de nuestro ejército, la guerrilla ya habría instaurado el régimen comunista, como en Nicaragua, o como le va a pasar a El Salvador si siguen jodiendo”
Levantando los brazos me despido de los soldados de la patrulla y regreso a la ruta a hacer auto-stop rumbo al pueblo.
Busco algún medio de transporte que me saque de este páramo verde y desolado. Pasa un niño montado en un burro llevando cañas sobre su lomo. El animal avanza con la cabeza abajo, doblado por el peso.
Un viejo sucio con aspecto anglosajón se detiene y se ofrece a llevarme. Habla un mal castellano y supongo que es norteamericano. Me cuenta que lleva muchos años viviendo en el país y no se porqué vuelvo a pensar en los “boinas verdes”. Después de todo y a pesar de que ya callaron las armas, la invasión extranjera continúa en Guatemala.


Llegando a México


El sol cae a plomo sobre toda la explanada del aeropuerto.
Los aviones deambulan, grises, por una pista llena de pájaros metálicos que quieren escapar del calor. Algo llama mi atención en una librería. La sociedad se refleja en las vidrieras tapizadas por las tapas de los libros. El problema de la violencia es noticia de última hora, pero también es un gran negocio.
Tras el vidrio del comercio leo títulos muy gráficos: “Estamos hasta la madre”, “Confesiones de un narco”, “Hielo negro”, “El cartel de Jalisco”…
Una publicidad gigante anuncia:“BIENVENIDO A LA TIERRA DEL TEQUILA”.
Mochila al hombro, voy por el camino de salida hacia el mediodía luminoso. Más allá de la oficina de migraciones, veo un brazo levantado y un puño cerrado agitándose al viento.
Es mi bienvenida, también un reencuentro muy esperado, de esos que tienen sabor a viejo, a una vida pasada y a un nuevo comienzo.
Emociones inundan la mente y el abrazo con un hermano marca el comienzo de un día distinto, cargado de expectativas.
La ciudad es considerada la más emblemática de México, porque le dio al país una imagen y un icono.
Del estado de Jalisco son originarios el Mariachi, el Tequila y la Charrería y su capital es ésta ciudad, Guadalajara.
Viajamos hacia el centro de la ciudad con las mochilas cargadas en una camioneta color azul. Autopistas gigantes se entrelazan en una maraña de acero y cemento.
Contrastan con portales coloniales de estilo español y planteras de arcilla de las que cuelgan ramas con floridos colores.
Todo tiene color rojo, blanco y verde. Las muchachas lucen cintas con colores patrios en las cabezas y regalan sonrisas amables.
Los puestos callejeros venden comidas típicas y refrescos variados a precio económico.
En los mercados se sienten los verdaderos sabores locales. Burritos, tortas ahogadas, tacos, toritos y aguas de jamaica, son una fiesta de alegría para un paladar forastero.
Caminando por las calles, el viajero echa a volar la imaginación.
De repente pareciera que el tiempo se detiene y las imágenes traen a la memoria la figura de “El Zorro” caminando por tejados rojos perseguido por soldados de sombrero ancho y espadas de plata.
En el centro de la ciudad se mezclan elementos de tiempos lejanos.
Catedrales españolas se levantan con sus enormes torres y campanas, moles de arenisca barroca que emulan a la Basílica de San Pedro, y en la vereda del frente, cuelgan ropas de balcones con rejas de hierro forjado secándose al viendo, bailando en la brisa.
Es la mitad del mes de septiembre, vísperas de la Independencia y el pueblo entero está de fiesta.
La noche del 16, la ciudad se viste de sombreros y bigotes para celebrar, con ríos de tequila, el aniversario de “EL GRITO”, la proclama insurreccional que el cura Manuel Hidalgo pregonó al pueblo reunido en una plaza, incitándolo a revelarse contra la autoridad española en 1810, dando así el origen al proceso de Independencia.
Ahora, sentado en en pequeño escritorio frente a una ventanita luminosa, escribo estas notas mientras escucho el bullicio de las calles, y siento los olores de las tortillas de maíz.
Desde un cuadro que cuelga en la pared me observa, inquisidor, el rostro de Pancho Villa, apuntando con su índice derecho en busca de simpatías para su causa revolucionaria.
Esa es otra historia apasionante y todavía desconocida para mi.
Pronto me iré metiendo bajo la piel de su vida, buscando, como siempre, ese sabor a aventura que me hace sentir tan vivo.

El legionario de Mostar


Ocurrió en 1993. Me lo contó Manuel Hernandez, en Bosnia-Herzegovina.
Semanas y meses llevaba la gente viviendo la misma pena, la misma desesperanza. Los días de los musulmanes bosnios transcurrían a los tumbos, porque en cada esquina de calle acechaba la sombra de la miseria o del asesinato impune.
La tarea más cotidiana podía convertirse en aventura fugaz de vida o muerte: hacer la fila para el pan, cruzar la calle para buscar el agua, encender un fuego para calentarse.
Desde los techos y desde cualquier esqueleto de casa ruinosa y ennegrecida por las bombas, podía llegar de pronto una bala de francotirador emboscado cortando el aire, bordeando las derruidas siluetas de los edificios. La población civil estaba prisionera, obligada a tragar garganta abajo el espeso brebaje mezclado de odio y estupidez que sus vecinos cristianos urdían.
Eran forzados a vivir siempre en compañía del mismo miedo, del mismo temor. Porque primero habían sido los serbios, acribillando gente a mansalva por simple diversión, desde lo alto de las montañas que rodean Sarajevo, y ahora eran los croatas cristianos allí, entre los escombros humeantes de lo que había sido la bella Mostar. Porque Mostar, a pesar de la guerra, seguía siendo todavía una ciudad muy bonita, con sus bazares turcos forrados en artesanías de cobre, sus mercados de especias orientales y de frutas donde los hombres fumaban tabaco de sabor sentados en el suelo, sus minaretes en torre y ese azul cristalino del río Neretva, que atraviesa la ciudad.
En esa lucha de desgaste atroz por la conquista de aquella tierra bendita teñida de sangre, de violencia y de estupidez, la guerra psicológica imponía también el terror en cada esquina, en cada habitación de hotel o en cada casa hundida por las bombas.
Es que ese año en Mostar, había demasiado fanático con fusil colgado al hombro, demasiado hijo de puta suelto caminando impunemente por la calle, demasiado grito de huérfano herido y de mujer violada con el llanto ahogado por la indiferencia.
A fuerza de plomo y de artillería, los croatas iban echando abajo las hermosas mezquitas de azulejos de colores y el viejo puente otomano de la ciudad. Echaban abajo los símbolos más sagrados del Islam. Un genocidio humano a gran escala y una aberrante profanación cultural se desarrollaba en el patio trasero de una Europa fría e indiferente, en pleno siglo XX y a menos de tres horas de vuelo de Madrid o París.
“Limpieza étnica” era la frase con la que la gran prensa titulaba las noticias que llegaban desde los Balcanes, aunque en realidad haya sido una pena que no hicieran nada para evitarlo.
Aquella tarde del 11 de junio, Mostar estaba cubierta por unas nubes bajas que se retorcían contra el polvo gris, y que flotaban suspendidas en el aire ensuciando el cielo. La ciudad se doblaba sobre sí misma y preparaba sus defensas para la noche.
La noche sería nuevamente la hija bastarda del día, mal parida de hambre y de dolor, y reinaría en ella ese mismo silencio de tumba que habita en todas las ciudades sitiadas del mundo al caer la tarde: un silencio sordo, solo roto de vez en cuando por algún tableteo hueco y lejano de ametralladora.
En los barrios y en las ruinas de las casas arreciaban los combates entre defensores musulmanes y atacantes croatas. Porque ese año no existía la palabra neutralidad para los croatas que ocupaban la orilla cristiana del Neretva: estaban librando su propia cruzada. Se estaba con ellos o en su contra. Y mientras tanto, los musulmanes bosnios de Mostar sufrían el asedio, hora tras hora, día tras día.
No muy lejos de allí, unos cascos azules españoles viajaban en un convoy blindado de la ONU para asistir a los civiles atrapados en el fuego cruzado. Tenían la misión de transportar medicamentos, entre dos hospitales ubicados a uno y otro lado de la ciudad: el hospital bosnio carecía de insumos básicos (plasma, morfina, antibióticos), y en un gesto desesperado se los pidieron al hospital croata, que insólitamente aceptó la solicitud en un gesto de buena voluntad para la reconciliación y la paz entre croatas y musulmanes.
Ambas partes querían que el traslado y entrega de los medicamentos estuviera supervisada por los soldados españoles que cubrían la región. Una sección blindada transportaría las medicinas, y un equipo desplazado desde Madjugorje acompañaría el convoy para brindar seguridad.
Los cinco vehículos BMR de la tercera Compañía “Cobos”, de la Primera Bandera de la Legión, llegaron sin novedad al hospital croata. Allí cargaron medicamentos e insumos médicos hasta cubrir el techo, y partieron nuevamente hacia el sector musulmán.
Eran las seis y media de la tarde y la noche caía lentamente. Giraron por el bulevard hacia el puente de Tito para cruzar el río y regresar al barrio musulmán. El tiempo apremiaba. En el hospital musulmán muchos civiles necesitaban esos medicamentos con urgencia. Tic, tac. El reloj corría. Un lejano eco de explosiones aisladas se dejaba escuchar desgarrando el aire. Cruzaron el puente a gran velocidad y de inmediato recibieron un fuego nutrido de francotiradores apostados en algún lugar del sector croata.
Cling, clang, rebotaban los impactos en la coraza de acero del blindado. En el último vehículo, el que cerraba la columna, viajaba el teniente de la Legión Francisco Jesús Aguilar Fernández, un sevillano de 28 años, casado y sin hijos.
Iba parado de pie en la torreta superior, como corresponde a todo buen jefe de sección que comanda a sus tropas en batalla, con medio cuerpo expuesto fuera del vehículo, protegida su espalda por la tapa metálica de la escotilla abierta, y su pecho por bolsas de arena que atrincheraban el techo.
Su cabeza flotaba libremente sobre el blindado, gritando órdenes a sus hombres para conducirlos a un lugar seguro. El casco color azul del legionario relucía en el crepúsculo, como si de un viejo faro salvador de barcos se trataba, destinado a evitar naufragios, en las duras noches en que arrecia la tormenta.
La sección devolvió el fuego sobre el origen de donde lo había recibido, pero nunca lograron ver al supuesto tirador croata que lanzó el letal proyectil. En ese mundo, los soldados denominan “disparo feliz” a un tiro efectuado sin demasiado cuidado por la precisión, pero que acierta en su blanco por fortuna o por suerte de lotería.
Es, sencillamente, un disparo realizado sin mucha puntería, casi con desdén, solamente por el simple compromiso táctico de hostigar.
Las frituras de las radios que comunicaban los vehículos se cortaron, y entonces los soldados escucharon el desesperado mensaje: “¡Capitán, hay un herido! ¡Tenemos un herido!”.
La munición trazadora dibujaba arcos anaranjados en el aire, y aullaba al estrellarse en el suelo. Todo parecía un sueño. El teniente Aguilar había recibido una herida muy grave.
El “disparo feliz” le había entrado por la espalda, atravesado el chaleco anti fragmentación y salido por el cuello. Al caer sentado dentro del blindado, ya estaba muerto.
El tirador de su BMR gastó varias cintas de munición acribillando las ventanas de los edificios, pero nunca tuvieron noticias de que el sniper fuera alcanzado.
Tic, tac, las ocho de la noche. El cuerpo ya sin vida del legionario sevillano asesinado era bajado del vehículo por otros cascos azules, que iban cubiertos por la sangre de su propio compañero muerto. Apretaban el paso y los dientes cada vez que la metralla croata hacía Cling, clang, en la chapa del blindado.
A las nueve, el cuerpo era evacuado definitivamente de las ruinas de Mostar en una ambulancia militar. Al día siguiente volvería repatriado a su tierra natal, cubierto por una bandera de España. Había cumplido solo 20 días de su misión de 6 meses en la antigua Yugoslavia.
En aquellas tierras desoladas por la tragedia y la guerra, donde nada florecía más que el odio y la intolerancia, la labor de hombres como Aguilar fue realmente valiosa.
Esa noche polvorienta en Mostar había muerto un legionario, un soldado que cumplió con su deber. Era el tercer casco azul español caído en los Balcanes, un hombre convencido de la misión que estaba cumpliendo, un voluntario para todo sacrificio.
Descubrí esta historia cuando pasé unos días en Bosnia Central viajando a través de los Balcanes, y entonces quise compartirla para que no se pierda, como pasa casi siempre con la gente anónima que hace acciones buenas y luego nadie las recuerda.
En una pared vieja a medio revocar en el corazón del barrio musulmán, vi una pintada que decía “Viva España. Gracias por todo”. Esa pobre gente que sufrió la batalla les daba las gracias a esos hombres verdes que cubrían sus cabezas con extraños cascos azules. Es que aquella noche de junio de 1993, y mientras se moría el Teniente Aguilar en la torreta de su vehículo, dos niños musulmanes nacían en el hospital bosnio, con la ayuda de los medicamentos que esos guerreros les habían llevado.
Entonces, junto a aquellas piedras del barrio musulmán de Mostar, lamenté profundamente la muerte de ese soldado. 
Aguilar fue un muchacho valiente.

viernes, 8 de enero de 2016

Diario de un soldado: una patrulla en la frontera


Ocurrió en la selva amazónica, en algún lugar cercano a la frontera entre Perú y Colombia, en el mes de julio de 2004.

Al mediodía el sol castigó con fuerza el embarcadero sobre el río Nanay.
Los hombres estuvieron listos desde muy temprano, con sus equipos preparados y la tensión reflejada en sus rostros pintados de camuflaje. Todos estábamos igual; curtidos por la deshidratación.
Alguien encendió un cigarrillo y se escucharon risas nerviosas pero nadie habló en voz alta. Era una de esas risas inseparables que nos acompañaban siempre para disimular el miedo. Era nuestra manera de aliviar la tensión y siempre estaba presente entre nosotros.
Me sentí enfermo, con el estómago cerrado y sensación de náuseas. Solo había podido tomar unos pocos tragos de agua para mojar la boca seca y seguir esperando sentado sobre mi mochila.
El panorama a mi alrededor era oscuro y húmedo. La quietud de la selva parecía tragarnos con sus colores verdes, pardos y negros. Mi uniforme era del mismo color y me confundía con ella.
En un instante me encontré sobre la lancha intentando acomodarme como podía sobre municiones, armas, equipos de radio, víveres y demás parafernalia guerrera. Me asignaron un lugar en la proa y traté de acurrucarme para que pudieran caber también el resto de mis compañeros.
Observaba como el río, embravecido y caudaloso, se perdía en estelas de espuma bajo el casco de la embarcación. La mirada fija en la jungla, el latir del corazón que galopaba dentro de mi pecho y el músculo tenso sobre el fusil, buscaban algún movimiento que indicara hostilidad.
Luego de un tiempo que no he podido calcular, salté a la costa y el barro se hundió  bajo mis botas. Estaba empapado en transpiración y todavía no habíamos iniciado la marcha.
En tierra recibí la orden de ir de explorador, lo que significa marchar solo y delante de la patrulla, en la vanguardia. Miré hacia atrás y vi como los hombres del pelotón se encolumnaban detrás mío.
El calor era agobiante y se sentía al máximo. La camisa se me pegaba al cuerpo empapado en sudor y unas malditas hormigas rojas comenzaron a devorarme el cuello. En cada picadura sentía como si alguien me estuviera apoyando la brasa encendida de un cigarrillo. La mochila pesaba cada vez mas pero debía seguir. No había mucho tiempo para lamentarme.
Alguien tocó mi hombro y me indicó que volviera a la fila de hombres que avanzaban penosamente, doblados bajo sus equipos y con los tobillos hundidos en el barro.
Ahora marchábamos despacio. Íbamos retrasados con respecto a lo planeado. No corría aire y yo, con el cuello cerrado y las mangas bajadas, sentía que el calor de la selva me oprimía. Aquello era como querer correr en un baño turco. Cuando respiraba me parecía que no absorbía aire sino otra cosa que no llegaba a satisfacer a mis pulmones. La mochila, los cinturones con municiones, las armas, la lona, el cuero y el metal me ahogaban y daban la impresión de apretar mi cuerpo como si formaran un puño enorme. Al final, me desabroché el cuello y me arremangué. Tendría que cuidarme con más atención de las malditas hormigas.
Comenzó a llover de nuevo. Cada paso era más arduo que el anterior. El suelo de la selva  estaba encharcado y estriado cada tanto por arroyos furiosos cuyas márgenes, resbalosas a causa de las hojas descompuestas, se deshacían bajo nuestros pies. Mateo, que iba adelante, con mucha cautela comenzó a bajar por una cuesta empinada pero ésta se desmoronó y lo arrastró treinta metros hasta que un árbol lo detuvo. No se había herido pero una de sus botas estaba tajeada hasta mitad de la pantorrilla. Ayudamos a levantar su cargamento cubierto de barro y lo limpiamos todo lo que pudimos antes de continuar la marcha.
La carga se nos resbalaba constantemente de la espalda mientras tropezábamos y nos deslizábamos sobre el lodo. Las gotas de lluvia golpeaban las hojas de los árboles semejantes a piedras que golpean sobre un techo. Teníamos que gritar para escucharnos entre nosotros.
Desde atrás veía a mis compañeros de patrulla mientras seguía caminando, doblado bajo mi mochila y hundido en esa humedad que lo devoraba todo. Parecíamos animales de carga que se avanzaban a los tumbos y se perdían en la niebla. En ocasiones sentía que flotaba en esa bruma. Todo era muy extraño. La lluvia continuaba cayendo pero el calor comenzaba a disminuir.
Nadie hablaba, y solo se oía el murmullo de la jungla. De repente hubo una señal. El brazo levantado del sargento nos indicaba clavarnos de cabeza en el barro y esperar.
Después de unos minutos volvimos a marchar. Falsa alarma, no era nada.
Vi la hora en mi reloj y me dí cuenta que habíamos avanzado solo un poco mas de dos km en cinco horas. Nos habían dicho en el entrenamiento que las condiciones en la selva eran duras, pero caminarla lo era aún mas. Mi cuerpo clamaba por descanso y mis nervios habían llegado a su extremo de resistencia. Me sobresaltaba por el solo hecho de quebrar una rama con la suela de la bota o de que otra me rozara la cara. Con todo continuamos avanzando durante horas, sin pronunciar una sola palabra.
La lluvia cesó en el momento en que atravesábamos un valle en medio de una oscuridad total. Alcanzamos un río que estaba transformado en un torrente. El vado que teníamos en vista probablemente en tiempo normal traía poca agua y era fácil de cruzar pero, después de las lluvias, estaba transformado en una corriente en la que nos hundíamos hasta el pecho, que ondulaba y hacía remolinos entre las rocas.
Allí nos detuvimos. Armamos nuestro refugio con palmeras y ramas de mocambo. Sería nuestra base de patrulla reducida para descansar un rato en ese fétido e inexorable lugar.
Me tocó hacer el primer turno de guardia y, sentado sobre un charco de barro me dispuse a abrir un paquete de comida de mi ración "charlie".
Me esperaban dos horas de tensa vigilancia con el visor nocturno y mi fusil M-16. Pensé en Judit tratando de luchar contra el sueño y el agotamiento.
Después de un tiempo que se me hizo eterno, alguien me tocó la espalda y entregué mi guardia con el visor. Acomodé la cabeza cobre mi mochila y abracé con fuerza mi M-16.
Todo se volvió silencioso y soñé que flotaba entre sábanas blancas y las piernas tibias de una mujer.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Lucas Ochoa

Ocurrió en un pueblito de la costa oeste, en México.
Eran como las 4, la hora feliz en la pequeña playa de Xametla. La hamaca de fibra natural crujía bajo mi espalda curtida por el sol del Pacífico, y un intenso calor de siesta tropical lo devoraba todo. 
Mas allá de las aguas color turquesa, se alzaban en el horizonte tres islas de piedra adornadas por una vegetación de selva verde y exuberante. Parecían tres perlas que brillaban en medio de una piscina azul cristal, como si alguna mano gigante las hubiera depositado allí, y olvidado de ellas para siempre. 
Por la mañana, los pescadores habían recuperado las redes con su preciosa carga de peces coloridos y algunos caracoles de mar. Regresaban a la playa después de una larga madrugada de faena. 
Nosotros habíamos llegado la mañana anterior, caminando por una ruta desierta después de atravesar unos campos sembrados de maíz, cargando al hombro nuestras enormes mochilas, lo que nos daba un aspecto de graciosos burritos de trabajo. Bajo el calor del mediodía nuestra piel brillaba en perlas de sudor, que bailaban en la brisa.
Lucas Monges Ochoa estaba recostado sobre una hamaca debajo de una choza de techo de palmas y postes de palo. La dentadura de plata le brillaba en cada sonrisa que su alegre rostro expresaba, surcado por arrugas que las duras jornadas de trabajo le había creado. Unos bigotes cortos de pelos aclarados por el sol, engañaban su edad y le hacían perecer aún mas viejo. Aparentaba mas de los 35 que tenía. 
Con el sombrero de alas anchas cayendole sobre la cara, se parecía a ese Emiliano Zapata que yo había visto mas atrás, en un cartel amarillento que colgaba entre las frutas de un mercado de pueblo. 
Lucas me contó sobre su vida. Habló de lo sencillo y de lo natural que era vivir en la playa,  junto al mar que le daba de comer...
"Yo soy albañil señor, y de los buenos", me dijo.
"Soy fabricante de PALAPAS, que son estas casas de palmera que usted ve aquí. Puro pa darle de comer a la familia nomás señor, tengo mi arpón y pesco en aquella islita del frente, mire", continuó. "Ayer saqué un mero de este tamaño. ¿Pa que quiero más? la costa me da todo, vea. Es mejor que estar jalándole al trabajo en el campo"...
El hombre era un obrero, de esos miles que habitan en la América Latina y abandonan sus cosechas para dedicarse a otras cosas, otras actividades para subsistir.
Lucas había nacido en San Mateo, una pequeña población agrícola del estado de Jalisco y emigró de su pueblo en busca de un mejor trabajo. 
"En los campos y en los pueblos se muere uno de hambre señor"...
"Si se queda uno termina chingando a su madre", repetía el hombre en una dolorosa letanía.
El hombre había trabajado en la cosecha del agave, una planta originaria de la región de Jalisco con la que se produce el licor de tequila. Pero a mucho trabajo era poca la paga. Por eso tuvo que emigrar, mutando de oficio como un camaleón que cambia su piel.
Los peones se desloman día y noche bajo el sol para ganar algunas monedas que se gastan como el agua en los abarrotes, despensas y tiendas.
Los salarios rurales en estas comarcas del mundo, como en el resto del continente, son miserables. Los campesinos de las haciendas viven con salarios invisibles y oprimidos bajo el eterno yugo de un latifundio casi feudal, como también de un gobierno ausente. En la tierra del maíz y de las frutas, el índice de niños desnutridos aumenta en forma alarmante, día tras día, muerte tras muerte. Y a nadie le importa. La impunidad es la enfermedad de los pueblos.
En las tiendas y mercados se venden productos que para el ingreso del campesino promedio, tienen precios de fábula. Frijoles, harina y aguardiente son las bases de su alimentación, por eso hay quienes, como Lucas, deciden buscar la costa para poder comer pescado y obtener así algo de proteínas.
México es un país usurpado, arrasado, desprestigiado, y la violencia es producto del consumo importado de la droga y del terror. 
Todo a lo largo de la historia, ha sido saqueado y ultrajada su soberanía, desde Hernán Cortés hasta el vasallo político de Porfirio Diaz, desde la lucha libertadora de Emiliano Zapata en el sur hasta la expulsión de los inmigrantes en la frontera con Estados Unidos.
La conquista de México empezó siendo una guerra del agua, y la derrota del agua anunció la derrota de todo lo demás.
En 1521, Hernán Cortés, el colonizador español, puso sitio a Tenochtitlán que era la ciudad capital del imperio Mexica. Lo primero que hizo fue romper a golpes de hacha el acueducto que llevaba el agua, el agua de beber. Y cuando la ciudad cayó, al cabo de mucha matanza, Cortés mandó a demoler los templos y los palacios, y echó los escombros a las calles de agua.
A España no le gustaba el agua, que era cosa del diablo, herejía musulmana, y del agua vencida nació la ciudad de México, alzada sobre las ruinas.
Ahora, la ciudad capital del país muere de sed. En busca de agua escarba, se hunde. Donde había aire, hay polvo. Donde corría el agua, corren los autos.
Unos cuantos años mas acá, en 1845, los Estados Unidos se habían anexado los territorios mexicanos de Texas y California, donde impusieron la esclavitud en nombre de la civilización. Y en esa guerra México también perdió los actuales estados norteamericanos  de Colorado, Arizona, Nuevo México, Nevada y Utah. Mas de la mitad del territorio mexicano quedó bajo dominio extranjero. La cantidad de tierra  robada equivale a la extensión actual de mi país, la Argentina.
Este es un país atrapante que huele a maíz, a burritos, a aguas frescas, a pueblos viejos y a desierto. Todo eso mezcla para darle un matiz personal, autóctono y único. En el país de la abundancia también existe el hambre y el abandono. Al decir de Galeano: "Pobrecito México! tan lejos de Dios y tan cerca de Estados unidos"
Descubrí esos lugares tan bellos y a la vez impactantes antes de viajar mas  al sur, rumbo a Guatemala. 
Las revoluciones son el producto de la opresión sistemática de pueblos tan nobles como estos. El consumismo eclipsa a las sociedades rurales organizadas, condenando sus futuros a mendigar migajas. México es noble. México calla y aguanta todo. Es uno de tantos pueblos sometidos a la colonia forastera. Pueblo resistente y guerrero, en la lucha fue concebido y en la lucha vive.
Ese relato de Lucas, me había enseñado mucho.

Cavilaciones

Le di tres vueltas al mundo y hablé con todos allá afuera.
Vi delfines rojos nadando en el Amazonas y la puesta de un sol hermoso en las montañas de Chipre. Vi el maíz volverse azul en México y un volcán enojado que fumaba por la boca en Guatemala.
Conozco en Turquía un tipo que baila sobre una cobra, y un palestino de ojos de vidrio que lee con los dedos.
Conozco en París una gitana rumana que hace dinero cantando en los trenes y mintiendo con la baraja, una bruja en Italia que adivina el futuro en la hoja de un cuchillo, y un indio que camina descalzo en la selva del Perú.
Vi hombres más negros que la noche en Belice, y mujeres más blancas que la leche en Kosovo.
Vi un camello en el Sahara escupir en mi comida, y niños desnudos muriéndose de hambre en las calles de Haití.
Puedo marchar más duro y más lejos que cualquier atleta olímpico, porque soy un guerrero y cargo mi equipo y en los pies llevo mis botas en vez de zapatillas.
Soy hombre fuerte, cabeza rapada, siempre estoy listo para la pelea. Soy pendenciero, nadador de mares, paracaidista, saltador con cuerdas, especialista, apuntador, fusilero.  Soy burro de carga, soy enfermero, soy buen amigo si me necesitas. Lloré la amargura y reí la alegría en un camino que muchos han deseado, pero que muy pocos han transitado.
Nadé en mares salados y en ríos dulces y tragué más agua que una esponja. Me ahogué en el polvo de senderos perdidos. Dormí en huecos de barro y colgado de hamacas bajo la lluvia como un murciélago. Caminé kilómetros bajo la nieve, con la mochila en la espalda y el frío en los huesos; escalé montañas y exploré la jungla y sudé hasta la última gota en desiertos secos. Volví a beber hasta quedarme gordo y seguí marchando, y entonces vi como la sal blanqueaba mi uniforme. Quemé mi piel bajo extraños soles de países lejanos, usé explosivos y demolí paredes y disparé munición hasta agotar cargadores.
No hay casi nada que no pueda hacer excepto rendirme. No hay cielo demasiado alto ni mar demasiado bravo donde no pueda llegar. He aprendido muchas lecciones. No disparo nunca antes que me disparen, pero cuando lo hago casi siempre acierto. Soy certero y silencioso porque entreno en solitario. Respeto a todos, no hiero a nadie y menos a un animal indefenso, pero aprendí que los hombres a veces no llegan a ser ni eso. Nunca he sentido lástima de mí mismo, porque llevo siempre una sonrisa en mi corazón.
Viajé en camiones por malas rutas, en helicópteros por cielos grises, en jeeps, en motos y en kayaks, pero mucho más sobre mis propias piernas, porque las tengo fuertes de tanto machacar suelo bajo mis botas. Aprendí que lo bueno debe hacerse en exceso, porque la moderación es solo para cobardes.
Comeré, beberé, caminaré, haré amigos y enemigos nuevos alrededor del planeta, y seré uno más entre todo el gentío de las calles del mundo. Aprenderé nuevas lenguas y viviré otras culturas, pero en el fondo acabaré siendo siempre yo mismo: un cabrón orgulloso de haber nacido en un pueblo de provincia, un tipo amigable pero a la vez arrogante y decidido. Porque he aprendido a vivir de una sola manera. Porque soy un amante, un combatiente, un navegante de mis propios sueños.
Porque siempre seré un Infante de Marina, o un simple aventurero disfrazado de soldado, hasta el día que me muera, o me reagrupe para seguir dando batalla.

domingo, 8 de enero de 2012

Charlando con William Brown


Quiero contarle, señor, como fue que me intrigó su vida. Ocurrió en una travesía de kayak, frente a las costas del Uruguay.
Habíamos dejado atrás las últimas luces del embarcadero de Escobar, en las riberas del Paraná Guazú. La noche lo tragaba todo. Frío y soledad.
Remábamos a pulso firme pero relajado. No habíamos obtenido el permiso de la Prefectura Naval para navegar de noche, de manera que lo hacíamos despacio, sin ruidos, como al acecho.
A eso de las doce, Gaston encendió la radio, una radio chiquita, de esas que usan los vigilantes para sentirse acompañados. Nosotros también lo hicimos, escuchamos la radio. Nos sentíamos cuidadores de esa noche, cuidadores del río, sabe?
Llegando a la boca del Río de la plata, cambió el viento y las aguas se pusieron bravas.  Eran como las cuatro de la mañana y veníamos dándole duro a la remada. Se movía mucho el bote y entonces decidimos dormir un rato en el monte. Dormimos como duermen los carpinchos: sobre la tierra húmeda y cubierta de hojas y ramas.
Yo sentía frío, un frío que me calaba hasta los huesos. Esa noche no prendimos fuego. Saqué mi cuchillo y comí de una lata de conserva. Sentí vergüenza de tener frío. A esas alturas yo no podía mostrar debilidad, entonces me callé la boca y pensé en una mujer, porque a mi, mujer que veo, mujer que me dan ganas de ponerla horizontal y meterme adentro. Es por esa cosa del calorcito ¿sabe?, usted me entiende señor.
Con las primeras luces del amanecer iniciamos nuevamente la remada. Ahora si cruzábamos el gran Río-mar de color marrón y aguas traicioneras. El río de La Plata nos recibió dándonos una paliza, como si nos dijera "si me molestan, se las devuelvo". 
Y entonces nos metimos nomas en el agua brava, de cabeza, proa al este, desafiando al viento y a las olas espumosas que hundían la punta del bote.
Yo sentía que me transformaba en un pirata, en uno de esos viejos soldados que llegaron en galeones de madera oscura, hace tantos años, y que eran hábiles con la baraja y el cuchillo. Por un instante me creí un pobre marinero que luchaba contra el agua y la incertidumbre de no saber cuando naufragaría. Pero en realidad no sentía miedo, confiaba mas en mi compañero remador y en mi pulso sobre la pala.
En poco mas de dos horas cruzamos las aguas marrones, y llegamos a una isla apurados por un frente de tormenta que metía miedo. Un letrero indicaba que habíamos llegado al Uruguay.
Cargando los kayaks al hombro nos metimos caminando en una picada del monte. Y allí estaba; el cartel que nos daba la bienvenida a su isla, la isla que usted eligió como base para defendernos, para liberarnos de esos piratas españoles en 1814.
Yo estaba impresionado, y a pesar de la sed brutal que sentía, decidí primero recorrer un poco el viejo casco y los cañones grises que apuntaban hacia el agua. Todo era historia y leyendas que esperaban ser descubiertas. La inquietud histórica pudo más que la sed.
Al pasar caminando por la plaza de armas de la antigua fortaleza, pude ver su imagen. 
Ahí estaba usted, con la vista altiva y su plexo de bronce brillando bajo los rayos del sol. Yo ya lo había visto antes en cuarteles y en regimientos pero esa vez, lo vi de otra manera. Creo que fue la primera vez que me detuve a contemplar su imagen.
Usted, que en los años de esa lucha tenía el grado de teniente coronel, se ganó una página gloriosa de la historia por haber combatido en esa isla, en ese preciso lugar donde yo caminaba ahora, casi 200 años después.
Quiero que sepa, señor almirante, que yo había ido a buscar otras historias a esa isla, tal vez historias de aventuras o saqueos de piratas, de libertad o  del nacimiento de mi patria. Pero al pararme frente a su imagen, su figura marcial y segura me inspiró respeto y me despertó la inquietud de descubrir más acerca de su intrigante vida.
El día que contemplé su estatua por primera vez yo estaba todavía en el servicio activo en la marina. Era cabo, ¿sabe?, un simple y humilde suboficial subalterno, un soldado. 
En los batallones de la infantería de marina siempre me habían hablado mucho de usted, de sus hazañas y aventuras por el mundo. 
Allí supe que usted había nacido en Irlanda, en un pequeño pueblito llamado Mayo, en el condado de Foxford, en el año 1777.
Yo, por distraído que soy no le había prestado mucha atención. Sólo decía que si para complacer a mi sargento. Después de todo, nunca me gustó estudiar historia a la fuerza. Pero esta vez era distinto, porque estaba descubriendo la historia por mi mismo. Estaba escribiendo mi propia historia en esa isla.
Caminaba por las ruinas de las antiguas construcciones de ladrillo y adobe cuando me dieron ganas de mear. Utilicé un árbol como quien se esconde de las viejas feligresas un domingo rumbo a misa, para que no lo vean ni critiquen. A mis espaldas estaba la antigua cárcel, donde se alojaron a los prisioneros de guerra españoles capturados por las fuerzas patriotas en la batalla por el dominio de esta isla, Martín García.
El combate de Martín García se libró entre los días 10 y 15 de marzo de 1814 entre las fuerzas de las Provincias Unidas del Río de la Plata a su mando, (entonces teniente coronel Guillermo Brown) y las realistas españolas que, bajo el mando del capitán de fragata Jacinto de Romarate, defendían la plaza.
Usted y sus tropas tomaron por asalto la isla obligando a la escuadra contraria a retirarse.
La victoria dividió las fuerzas enemigas, y aseguró para las Provincias Unidas el control del acceso a los ríos interiores y posibilitó su posterior e inmediato avance sobre Montevideo. Con ello, cerrar por mar el bloqueo al que esa ciudad era sometida por tierra, forzando finalmente así su rendición. Era, paradójicamente, el inicio de la independencia militar de España, pero el comienzo de la dependencia económica de Inglaterra. Una de cal y una de arena, sabe?
Conocer esa isla perdida en medio del marrón del río fue una experiencia inolvidable. Dos siglos de historia se paralizaron ante mis ojos regalándome leyendas y sucesos intrigantes. Era como estar viviendo dentro de una gran novela.
Pasamos cuatro días con sus noches durmiendo en una carpa y comiendo guisos en una olla de aluminio que me traje de Bolivia, de otra aventura mía que no vale la pena contar ahora. Eramos tres deportistas jóvenes y entusiastas en busca de nuevas aventuras. Descubrimos una historia increíble. Conocimos más de la Argentina, escribimos nuestra propia historia remando a bordo de un kayak.
Creo que ha llegado el momento de la despedida, señor almirante. Sólo quería contarle lo que sentí en esa isla, su isla, la que usted cuida y vigila día y noche.
Hoy ya quedó atrás esa tierra, ya ni siquiera vivo en mi país. Soy hijo adoptivo de una nueva nación que me cobija bajo su paño. Un país tan lejano y a la vez tan hermano de nuestro continente, del continente con el cual usted colaboró.
Le agradezco por haber consagrado su vida en defensa de mi patria a pesar de que nació usted tan lejos. Ojalá pudiera encontrármelo algún día, en la cubierta de algún barco fumando de su pipa, y que me cuente sus historias, en una aventura por alguno de los siete mares de este planeta loco en que vivimos.
Ahora escucho un sonido de gaitas escocesas  llamando a su descanso. Resuena en mi cabeza la marcha SAINT PATRICK S DAY, como en los viejos tiempos de mi antiguo batallón.
Descanse señor almirante, que usted ya trabajó bastante.

Diario de un soldado: los duendes del Amazonas

(Fragmentos de mi diario de campaña en la frontera entre Perú y Colombia. Año 2004)

                                                       La base "Manití"
Junio 15. Martes.
A las 4 y 30 del domingo, nos llevaron en un camión hasta el aeropuerto de Lima. Un transporte militar C-130 nos estaba esperando. Nuestro equipo fue colocado dentro de unas bolsas similares a las marineras y después apilado sobre palets de madera. Caminamos hasta el avión llevando solamente nuestras armas. Nadie vino a despedirnos, ni siquiera el coronel. Cinco minutos más tarde, despegábamos. El gran aparato sobrevoló el Océano Pacífico y nos llevó durante dos horas por una ruta de circunvalación que conducía al norte del Perú.
Descendimos en una base aérea pequeña y polvorienta, ubicada entre los ríos Amazonas y Nanay, y que los infantes de marina usaban como punto de lanzamiento de las incursiones de sus fuerzas especiales en los territorios del norte. Atrajimos poca atención, había muchos estadounidenses en el lugar. Apilamos nuestro equipaje bajo un cobertizo tratando de pasar lo más inadvertidos que era posible, y esperamos un camión que nos llevó al puerto de Iquitos. 
Hoy temprano me senté sobre mi catre de lona y madera, debajo del mosquitero, y observé cómo la claridad del amanecer se extendía lentamente hacia el este. Era una claridad débil y azul, suficiente como para distinguir los árboles que se levantaban, imponentes, sobre el claro de la jungla. Llegamos ayer, en helicóptero.
Aspiré el humo de un cigarrillo ajeno y maldije el ambiente primitivo que me rodeaba y, como todos los hombres que estaban ahí, me pregunté porqué había venido a este pestilente y húmedo lugar del mundo.
Intenté analizar realmente mis sentimientos, y me dije que no podría vivir ahora mismo en ninguna otra parte, y desde luego no en Buenos Aires, ni siquiera en Argentina. Ahora mismo no soporto las ciudades, los ruidos, las normas y los impuestos. Odio el frío.
Como todos estos soldados, jóvenes o veteranos, amo y odio alternativamente esta jungla indómita y salvaje. Tengo 22 años y elegí esta vida por el momento, errante, impredecible, aventurera, llena de adrenalina. Aquí la aventura se inyecta en mis venas a cada paso en esta tierra fangosa y marrón.
Es mi primera experiencia real en contacto con este medio. Todavía estoy un poco débil por la deshidratación que me produjo la diarrea y el vómito. A todos nos ha hecho mal el agua. Hace mucho calor.

Junio 19. Sábado.
Los helicópteros llegaron esta mañana cuando amainó la lluvia. Aterrizaron en la explanada detrás de las barracas y cada uno de ellos produjo un huracán en miniatura. El artillero de puerta hizo señas a mi jefe de pelotón y éste nos indicó que corriéramos hacia el aparato. Corrimos doblados a la altura de la cintura, debajo del rotor y a través del polvo azotado por el viento. Subimos al helicóptero. El ruido era terrible y el viento nos obligaba a ver a través de nuestros ojos a penas entreabiertos, como si fuéramos chinos. Teníamos que gritar para oirnos entre nosotros. Ibamos sentados en dos filas de 4 soldados por cada banda, y pusimos nuestras mochilas entre las piernas, con el fusil apuntando hacia el vacío
Al despegar, el helicóptero pareció desinflarse un momento, y entonces subió hacia lo alto. Se me anundó el estómago cuando subimos tan de repente. Fue muy rápido, porque el aparato subió en vertical, siempre hacia arriba. Miré hacia abajo y vi que el resto de los hombres de la compañía eran cada vez mas pequeños.
Desde el aire la base se veía como un montón de casitas de juguete sobre un pedazo de terciopelo rojo, polvoriento, igual que esos fortines de plástico con los que jugaba cuando era chico, donde los indios atacaban con sus caballos. Estaba rodeada por una selva exuberante color verde brillante. Más allá de la alambrada, la tierra de nadie.
Volamos hacia el norte, siguiendo el curso del Nanay. La jungla se extendía hacia el este y el oeste, como una tela verde y parda, atravesada por la cinta color mostaza del río. Ese fue el primer viento fresco y constante dedesde mi llegada a la selva del Perú. Lo disfruté mucho. Me pareció maravilloso.

Junio 24. Jueves.
Los días son rutinarios. Nos levantamos a las 0600 hs, nos lavamos y preparamos para entrenar. Luego de un desayuno rápido en nuestros jarros de aluminio, corremos 10 km por un camino de tierra que une el campamento con la base, cinco km de ida y cinco km de vuelta.
Luego de la mañana de ejercicios físicos y prácticas de tiro, tragamos nuestras raciones “charlie”, sentados en el “comedor” que nosotros mismos hemos construido. Es una especie de pozo alargado en el cual caben seis soldados. Nos sentamos en un borde, y en el otro apoyamos la comida. Es un "lujo" de lugar.
Llevo, como únicas pertenencias, un fusil M16, un correaje con cincha para llevar municiones, mi uniforme camuflado y un par de botas para la jungla. La ropa se me pega al cuerpo por efecto de la transpiración. Estoy deshidratado y empapado por el calor. A causa de la humedad del ambiente la piel se lastima y las ampollas son frecuentes. Los pies duelen dentro de las botas de cuero y lona. Los hongos son huéspedes inesperados y molestos compañeros.
Por la tarde practicamos lucha cuerpo a cuerpo y técnicas de supervivencia. Algunas veces recibimos instrucción de cartografía, navegación terrestre y del uso de la brújula. Nos enseñan cómo atender una herida de bala, aplicar un torniquete a un compañero mutilado por una mina , intubar una vena, cruzar un arroyo o un río en la selva, cómo detectar una trampa, como construir refugios, camuflar armas y equipos, preparar una emboscada, y así estamos hasta que la noche cae como un telón negro sobre nuestros cuerpos agotados. Poco descanso, poca comida y mucha actividad.
He visto a hombres de excelente forma física arrastrarse por el agotamiento y la deshidratación. Nos dan unas pastillas contra la malaria que son una mierda, y que nos provoca una permanente sensación de náuseas. "Mefloquina" es el nombre de esa porquería que nos dan.
Hoy cumplo 25 días acá, y siento que esta selva se me mete bajo la piel, junto con el paludismo, la porquería del pantano y las picaduras de miles de insectos.