"Los que pueden, actúan. Los que no pueden y sufren por ello, escriben. El acto de escribir, constituye una de las acciones mas profundas del sentir del ser humano. Ayuda a quemar la grasa del alma"

Ernest Hemingway.

lunes, 11 de enero de 2016

Una tumba en Ginebra, Suiza


Ocurrió en un cementerio en el centro de Ginebra, sobre la orilla izquierda del Ródano. 
El gran parque verde y muy bien cuidado equivalía a una cuadra.
En el número 10 de la calle Rois la entrada estaba vacía, como solas las tumbas que en su interior reposaban, a la espera de que alguien las viera, tal vez de paso o en el apuro despiadado del individuo de hoy.
Nadie había en la entrada, nadie para preguntar siquiera donde estaba la piedra buscada. En el silencio viajaba solo el viento que venía del lago.
Un paisaje impecable, impoluto y verde, transcurría bajo la sombra de los cipreses que custodiaban aquellos mármoles grises.
En la última parcela, girando unos metros hacia occidente, me encontré parado frente a la roca robusta, marcada con el nombre de aquel viejo guerrero, soldado de las letras y erudito luchador del conocimiento. No había marcas religiosas, solo una pequeña cruz de Gales que indicaba las raíces celtas del hombre, y las fechas cronológicas del natalicio y la muerte. Una austeridad impactante flotaba en el lugar, sin posibilidad de que germine ningún dogma, enfrentándose al estrépito del mundo que se tambalea.
Sobre la cara posterior de la tumba, una antigua balada noruega rezaba una historia épica de honores y valentías: “y entonces Gram descansó entre sus hombres donde más le gustaba estar, entre aquellos guerreros que él sabía más fieles”.
En el frente y bajo el nombre del escritor, una lápida del norte de Inglaterra representaba, con torpe ejecución, a un grupo de guerreros nortumbrios. Uno blandía una espada rota; todos habían arrojado sus escudos; su señor había muerto en la derrota y ellos avanzaban para hacerse matar, porque el honor les obligaba a acompañarlo.
Una reflexión me nació de esa experiencia: el triunfo de la austeridad sobre el estrépito ruidoso que rodea el entorno por nosotros habitado.
Al referirse a su deseo de epitafio, Borges había dicho: “Sólo pido las dos abstractas fechas, y el olvido que nunca es tenido en cuenta”.
Después de haber visto esa tumba de Borges en Ginebra, tan austera y solitaria, me he quedado con una única certeza...
La vanidad es el estado mental del hombre del siglo XX.

Jean Larteguy


El hombre fue un tipo distinto. 
Tan interesante por su estilo de vida como también por su obra literaria, alejada de la fragilidad y la insolencia con que los intelectuales o los religiosos abordan el tema: la guerra.
Escuché su nombre por primera vez durante mis años de joven soldado, durante una operación militar en las tierras bajas y húmedas de la selva amazónica del Perú. 
Cuando me contaron de él, yo estaba sentado en medio de un charco de barro sobre mi mochila, en el descanso de una marcha de patrulla, que es una rutina habitual entre los infantes de marina. Me lo contó mi antiguo jefe de compañía, un teniente de ascendencia italiana, bajo, macizo y de gran aptitud para el mando. El oficial habló en medio de aquella jungla acerca de ese escritor francés desconocido para mi, y me recomendó leerlo. Hoy le doy las gracias, por haberme introducido en la obra de este grande, que sin dudas ha marcado el camino de mis letras. 
El viejo Larteguy se ha transformado en un escritor injustamente olvidado, y, a causa de esa deuda histórica, hoy escribo este texto.
Jean Larteguy nació en Val de Marne (en las afueras de París), bajo el nombre real de Pierre Lucién Osty, el 5 de septiembre de 1920.
Jean fue un hombre que vivió en y para el fenómeno más monstruoso que produce el ser humano: la guerra.
Su primer y brutal contacto con la guerra lo tuvo en 1939, al ser movilizado para enfrentar a la Whermatch alemana, en el seno del ejército francés. Era ya la etapa de la debacle final, y vivió una experiencia que lo marcaría para el resto de su vida...
Por un error logístico en esos últimos y desesperados días, con un ejército francés disolviéndose caóticamente, perdió a su unidad. Una vez que ubicó a su regimiento, se dirigió allí a marchas forzadas. Iba caminando de prisa, la vista en el suelo, con su ridículo casco coronado por un pincho, cuando al doblar una curva cerrada escuchó una carcajada a la que siguieron muchas otras. Alzó la vista y quedó aterrado al descubrir que acababa de meterse en una columna de infantería alemana. Sin saber que hacer siguió caminando, mientras los nazis le sacaban fotos. Creyó que lo matarían, o que lo tomarían prisionero. Pero no, le tiraron chocolates y lo saludaron llamándolo "soldadito de plomo"
Se reincorporó a su unidad justo a tiempo para la firma de la rendición francesa.
Sería inútil hacer un resumen del resto de sus actividades: escapó a España en 1942, donde fue apresado; logró escapar y unirse a De Gaulle, se entrenó como comando en el legendario Orde Wingate (el padre de las fuerzas especiales), peleó en mas batallas de las que pueden contarse. Una vez retirado, no pudo adaptarse a la vida civil: tenía inoculado el virus de la guerra. Fue corresponsal en Vietnam, Indochina, Argelia, Corea, Latinoamérica, y un brillante escritor.
Todos los que alguna vez leímos a Larteguy, nunca podremos olvidar el vibrante relato de la vida en el frente, las penurias de los combatientes, la solidaridad y el honor, el hastío, la amistad nacida en una trinchera, la desgracia sin gloria de una última hora bajo la lluvia. Como tampoco olvidaremos la romántica aventura de las expediciones coloniales, vistas con los ojos de simples granjeros transformados en soldados.
Una fría tarde de enero, cuando vagaba por las calles heladas de París, me dí de frente con el lugar donde vivió sus últimos años y murió, en 2011. Era el "Hotel de los inválidos", justo bajo la tumba de Napoleón, donde pude ver la gran plaza de armas que él contempló tantas veces. 
Una emoción inexplicable atenazó mi garganta, y supe que su marcial espíritu habitaba eternamente en esos claustros militares que serán, tal vez y para siempre, el último bastión del soldado internacional.
Gracias por tantas letras, querido y olvidado Jean.

domingo, 10 de enero de 2016

Vicki


Ocurrió en Belice.
Vicki tenía la belleza indolente de las mujeres del trópico. En un bar la vi, y me regaló una sonrisa. 
Furtiva y exótica, indomable y curiosa, mitad caoba y mitad humana, ébano hermoso traído desde lejos en barcos de madera, barcos de negros, barcos de nadie. 
Sus antepasados embarcaron en las carabelas y en los galeones de los corsarios dueños de la tierra y de todos los humanos que en ella habitaban.
Viajaban empujados por esos caporales blancos (portugueses, españoles o franceses), que azotaban sus espaldas con lonjas de cuero, encadenados unos a otros como animales, semidesnudos todos ellos, con los músculos al viento y el plexo cubierto por perlas de sudor, perlas de plata. Era la humedad producida por el miedo.
Zarpaban desde la isla de Gorée, en Senegal, la puerta sin retorno para los esclavos africanos con un destino incierto rumbo a las Américas y a Europa.
Y así llegaban atados, sufriendo, muriendo, sobreviviendo, a las costas del Caribe. Y plantaban allí su semilla, y revivían sus costumbres, y se movían con su danza, y practicaban su credo.
Belice es, desde hace siglos, uno de los enclaves para estos inmigrantes, forzados pobladores de una tierra semejante al paraíso, o al infierno.
Las mujeres de ese lugar casi siempre regalan sonrisas, porque (como en África), en el trópico habita la luz, y la luz es vida, y la luz es alegría y es esperanza.
Los días son largos, y el sol cae vertical sobre la cabeza y sobre el alma de la gente.
Las noches son calientes, mas de lo soportable, y las mujeres en los burdeles, siempre receptivas, se paran en los umbrales de las puertas a esperar hombres con las piernas cruzadas, los labios abiertos y una mirada cómplice con extraños aires asiáticos.

Marcela

Ocurrió en Santa María Sacatepéquez, Guatemala.
Eran los primeros días de noviembre. No muy lejos de ahí, se sabía que el verano había empezado a morir. El calor estaba impregnado por un olor rico a tierra mojada, y se anunciaba que pronto las lluvias caerían como disparos de fusil, y que las ceibas se quedarían desnudas de hojas.
No muy lejos de ahí, una ciudad olía a tortillas grasientas y a comidas hechas con maíz. El invierno llegaba. Se acortaban los días.
Yo había llegado ahí más por necesidad que por gusto. Medio escapado, medio curioso, me  sorprendió la cara de un indio que cantaba en un idioma raro, bajo el alero de una parada de camiones.
Caminé entre las sucias calles del mercado y ví, a lo lejos, un opaco rancherío de latas herrumbradas. Ahí les dicen chabolas, lo que en Brasil se llaman favelas, y en mi país villas miseria.
Entonces la vi jugando con una ruedita frente a una pared amarilla, color de mostaza. Si Marcela pudiera, me contaría que en su barrio los niños no tienen domingos, ni copas de leche, ni juguetes, ni zapatos. Me contaría que eso es duro de llevar, pero es duro solamente durante el día porque a la noche es mas fácil, cuando el sueño oculta el hambre. Además, Marcela me diría que la noche es mejor no mirarla desde allá, porque no vale la pena.
Si Marcela pudiera, me contaría que es hija de campesinos que han sido brutalmente arrancados de la tierra y se han desintegrado en la ciudad. Y me contaría que entre la cuna y la tumba, el hambre, las enfermedades o las balas, abrevian el viaje.
Marcela cantaba, saludaba a una mariposa. Ella no entendía cosas de grandes, de política, de religión, de malicia. No necesitaba nada de eso en su pequeño universo de colores.
Marcela solo fruncía el ceño cuando la panza le hacía ruidos raros o la mariposa volaba muy alto.
Tenía tres años. Esa es la edad en la que somos todos paganos, y en la que somos todos poetas.

Guadalajara es beto Rodriguez


Ocurrió en Guadalajara, México.
Recuerdo que una noche vi esta foto pegada en un cartel del bulevar de la avenida Chapultepec. Y entonces ahora todo se me viene a la cabeza nuevamente y por eso lo estoy contando, porque por un momento siento que estoy allí de nuevo. Es que a esa ciudad, en esa parte del mundo, la siento siempre como mi casa, aunque me haya ido hace un tiempo.
Chapultepec era una avenida de dos carriles, corta pero muy viva, con muchos bares y tabernas bulliciosas que en la penumbra de las noches encendían sus lucecillas de colores, llenos de música de mariachi, de rumbas cubanas o de violines gitanos. Allí se tomaba mucho tequila y se comía cosas exquisitas, mientras se charlaba amigablemente.
Mexicanos y gente de todo el mundo hablaban de la vida, hacían sus negocios o urdían sus intrigas sentados en aquellos lugares, fumando y hablando en sus lenguas, jergas o dialectos. Y abajo, en la calle, se mezclaban las señoras y señores acartonados con los nativos huicholes que vendían artesanías, las muchachas bellas de pasos apurados con los vagos tatuados de cráneos rapados venidos de los barrios que guiñaban los ojos y levantaban sus cabeza al cielo, y los autos de lujo con las manos anónimas de marcados por la vida que pedían monedas, manos negras como las garras de un águila, agradecidas de que el sol se hubiera vuelto a poner.
Toda esa gente iba y venía por los andadores llenos de árboles de tabachines añejos y de jacarandáes en los camellones. Señoras gordas ofrecían tacos grasientos en las esquinas, y los aromas del cilantro, de las flores de jamaica, de las tortillas de maíz y de los frijoles, inundaban el aire del lugar.
Era un sitio de juegos pintorescos y de divagaciones coloridas, de gente bailando ritmos caribeños los miércoles por la tarde, y de chicas y muchachos que hacía malabares con sus patinetas, escuchando música en sus grandes casseteras al estilo de los 90s.
La noche que vi este cartel en la avenida me dio risa de verlo ahí pegado, porque el tipo de la foto, el muchacho de los bigotes a lo Zapata, era mi amigo, y porque cuando uno conoce a una persona así de sencilla y de risueña siempre lo asocia con eso: con que la vida tuya y la de tus pares es siempre anónima y tranquila, y que parece tan raro que en ese entorno personal todos pongan atención. Es como imaginarse a uno mismo actuando en una película.
Las miles de personas que pasaban se paraban a leer el mensaje escrito allí en la foto, y hoy lo comparto para que todos los lectores de este lado del mundo también lo puedan ver.
Si ahora lo tuviera al amigo beto enfrente le diría gracias, por hacerme recordar con esta foto el tiempo vivido en aquella bella ciudad suya.
Este es uno de los agradables recuerdos que me quedan de tantos caminos andados, y de la buena gente que me ha tocado conocer.

sábado, 9 de enero de 2016

Guatemala: el fracaso de una revolución


Guatemala es un país pequeño pero muy fértil y productivo. Es una de las primeras exportadoras mundiales de café, después de Colombia. Exporta bananas, alimentos, oro y frutas al resto del mundo. En las regiones del norte existe una vasta zona cañera que produce azúcar de exportación. Pero Guatemala es también un país en lucha permanente, sobreviviente de una guerra civil que duró 36 años. Guatemala sonríe y mira hacia el futuro con alegría.
La guerrilla guatemalteca, tal como me lo contaron unos soldados que hacían guardia en un puente, ha sido aplastada, apabullada por el ejército. Su accionar se limita a unas pocas zonas montañosas, de población indígena principalmente, cuya importancia es mínima en la economía nacional.
La guerrilla, otrora popular entre los indígenas y muchos ladinos, ha ido siendo reemplazada por la convivencia pacifica con el vencedor, el ejército. Lo cierto es que en Guatemala todo lo que parece tener arraigo popular tiene un futuro definido: el fracaso.
Ya sea la guerrilla, ya sea la selección de fútbol en las eliminatorias para Italia 90, huelgas de maestros o elecciones, se ven truncadas en la mitad de lo que pareciera ser un triunfo, al menos parcial.
Militares, la selección de fútbol de Trinidad y Tobago, las compañías fruteras y las cafeteras, se encargan de sumir al país una y otra vez en un profundo sentimiento de derrota nacional, de paz y orden obligados.
Guatemala es un país que no se ha visto, ni feliz ni tristemente, alterado por ninguna situación que haga a la gente olvidar sus problemas alimentarios, económicos, religiosos, de identidad, de salud y raza, por años.
“Todo lo que sucede a cierta gente uno lo ha visto en películas malas”, escribió una vez el mexicano Eugenio Partida. Y es verdad. Esta parte de Centroamérica se refleja en esas palabras.
La doctrina del ejército guatemalteco (como el resto de las doctrinas de los ejércitos de toda América Latina), es una bajada de línea directa de la política colonialista y neo liberal de Estados Unidos.
La guerra civil en Guatemala duró 36 años y desangró a los más desprotegidos: los nativos y los pobres, la mayoría del país.
Antes de salir de nuevo a vagabundear por los caminos de esta apasionante región, me entrevisté con mi amigo Fernando Cruz Valdez en Antigua. El es un reconocido veterinario y un estudioso de la historia de Guatemala. Me contó algo mas acerca de estos sucesos…
El inicio del conflicto data de 1954. Una invasión dirigida por el coronel Carlos Castillo Armas; con el apoyo de la United Fruit Company pero organizada por la CIA de los Estado Unidos, derrocó a Jacobo Arbenz, uno de los gobiernos mas democráticos y mas populares en la historia del país. Este lamentable hecho otorgo poder a los militares y desde entonces jugaron un papel importante en la política de la nación. El nuevo gobierno se dedico a destruir organizaciones sociales, lideres campesinos, dirigentes de sindicatos, hombres y mujeres intelectuales, universitarios y todo el que se oponía en contra del régimen.
La revolución tendría lugar 6 años mas tarde (concretamente el 13 de noviembre de 1960 según la historia del conflicto armado que duraría 36 años).
Inició oficialmente, cuando un grupo de oficiales del ejército (la mayoría entrenados por Estados Unidos en la temible Escuela de las Américas), intentaron llevar a cabo un golpe de estado en contra del general Miguel Ydigoras Fuentes, quien gobernaba a Guatemala en ese año. Ese intento fue un rotundo fracaso.
Los oficiales descontentos ayudaron a formar el movimiento revolucionario moderno, motivado por el triunfo de Fidel Castro en Cuba que ocurrió en 1959.
Muchos de estos movimientos consideraron la gran posibilidad de triunfar en Guatemala, en Centroamérica y en toda América Latina. Por eso se dice que Guatemala fue la chispa que encendió la región. En respuesta al nuevo movimiento revolucionario, el Estado se convirtió en CONTRAINSURGENTE y se transformó en un enemigo para el pueblo, especialmente los que deseaban el cambio y los que brindaban apoyo a los nuevos movimientos que, en teoría, tenían su fundamento en la justicia social.
Las sierras selváticas de la Guatemala profunda, se convirtieron entonces en el Vietnam sudamericano, en una especie de laboratorio que la CIA mantuvo en la región, con el pretexto de erradicar el comunismo internacional en esta parte del mundo.
Los “boinas verdes” del ejército norteamericano (fuerzas especiales dedicadas a la propaganda política y a la guerra psicológica), hicieron un trabajo similar al realizado en las regiones montañosas del Vietnam central. 
Se instalaban en pequeños grupos de 10 o 12 hombres bien entrenados y equipados en las regiones indígenas alejadas de los centros urbanos y tomaban contacto con los líderes de las comunidades. De ese modo, permanecían por largos períodos conviviendo con lo nativos, aprendiendo su cultura, curando a sus enfermos y proporcionando apoyo a la gente. Se ganaban su estima y, como decían en Vietnam: “ganar corazones y mentes para propiciar la lucha armada”.
El proceso era arduo y tedioso pero al final, lograban que las comunidades colaboren con ellos.
A partir de ahí comenzaba el proceso de entrenamiento militar.
La operación de contrainsurgencia montada por la CIA en Guatemala tuvo por nombre código “GOLF”.

Guatemala: una ruta en Centroamérica




Es la primera vez que pongo un pie en Centroamérica y me siento un poco extraño, todo parece sorprenderme. 
La experiencia de este nuevo viaje me produce un fuerte flujo de adrenalina, pero la sensación de lejanía ya me ha abandonado el cuerpo hace tiempo.
He estado en pueblos que huelen a tortillas grasientas y aromas de jazmín. Están rodeados de cerros cubiertos de selva y desde arriba se ve como si una gran manta verde y arrugada los cubriera. En la montaña puede uno volverse verde con los infinitos verdes de las plantas. La selva disfraza, la ciudad despoja.
Ahora viajo por una ruta guatemalteca desde Antigua hacia el oriente, rumbo a Nicaragua. Mi cabeza se mantiene alerta, preparada para lo inesperado.
De nuevo voy trepado en un vehículo todo pintado de colores, haciendo malabares para caber con mi mochila, y evitar pisar a alguien.
La gente viste ropas coloridas pero en sus rostros se refleja el profundo abismo de la necesidad. Surcos en las caras y ojos oscuros que miran hacia abajo cuando los veo.

En un asiento de atrás va sentado un tipo con aspecto de neonazi. Se nota que es extranjero. Tiene el pelo rubio cortado al rape y una cicatriz que le cruza la cara huesuda. Bien podría ser un mercenario. El resto del pasaje es nativo de la etnia cakchiquel y hablan ese idioma tan alejado de mi mundo.
Voy en busca de las historias que la sierra tiene guardadas. Historias de una región siempre muda y reprimida, porque en Guatemala hubo una cruenta guerra civil hace no mucho tiempo, que suprimió miles de voces sepultadas bajo toneladas de la tierra mas pesada que pueda existir. Es la tierra de la impunidad.
El colectivo vuela sobre el asfalto serpenteando el abismo de las montañas y cada tanto se detiene para subir o bajar pasajeros. Suben  señoras vestida con telas color turquesa y rosa chillón, y hombres descalzos llevando canastos cargado con pollos vivos que cantan y cacarean en una sinfonía desastrosa. Observo la escena curioso e impasible.
A pocos kilómetros de llegar al pueblo Santa María, veo una columna de vehículos militares detenidos al costado del camino. Es una patrulla del ejército guatemalteco.
Los músculos tensos de mis piernas no impiden que me baje de un salto y me acerque a ellos. De inmediato reconozco las armas, las botas, los equipos, las miradas tensas, y percibo el sentimiento de un sargento que fuma nervioso. Reconozco en ellos el tedio de esperar. Porque siempre es lo mismo en cualquier parte del mundo: no importa a que país pertenezca el soldado, la espera es siempre el peor enemigo, porque te obliga a pensar.
Hace demasiado calor para vestir esas botas y esos gruesos uniformes camuflados y, a pesar de la ametralladora MAG que hace el papel de tercer ojo sobre el techo del camión, me acerco y se los hago saber amablemente (una conversación simple para romper el hielo). Pero esos muchachos de 17 años, al igual que otros miles que también sirven en el servicio militar guatemalteco durante dos años y medio, están orgullosos de vestir esos sudados y arcaicamente diseñados uniformes de hule verde, mientras protegen este puente rural construido por el gobierno 8 años atrás.
Una banda de municiones calibre 7,62 chorrea plomo por un costado del vehículo, y me resulta una imagen muy familiar.
La verdad es que si la guerrilla todavía existiera y hubiese querido, habría podido poner una bomba en la base misma de los cimientos, a 50 metros de distancia, escondidos entre los árboles, sin que nosotros lo hubiésemos siquiera notado. Podríamos estar volando a la mierda en mil pedazos ahora, pero en vez de eso sólo se escucha el canto de los pájaros.
Mi jóvenes amigos, sin embargo, atribuyen la invulnerabilidad de este puente a otras razones, “Si no fuera por lo bien preparado de nuestro ejército, la guerrilla ya habría instaurado el régimen comunista, como en Nicaragua, o como le va a pasar a El Salvador si siguen jodiendo”
Levantando los brazos me despido de los soldados de la patrulla y regreso a la ruta a hacer auto-stop rumbo al pueblo.
Busco algún medio de transporte que me saque de este páramo verde y desolado. Pasa un niño montado en un burro llevando cañas sobre su lomo. El animal avanza con la cabeza abajo, doblado por el peso.
Un viejo sucio con aspecto anglosajón se detiene y se ofrece a llevarme. Habla un mal castellano y supongo que es norteamericano. Me cuenta que lleva muchos años viviendo en el país y no se porqué vuelvo a pensar en los “boinas verdes”. Después de todo y a pesar de que ya callaron las armas, la invasión extranjera continúa en Guatemala.


Llegando a México


El sol cae a plomo sobre toda la explanada del aeropuerto.
Los aviones deambulan, grises, por una pista llena de pájaros metálicos que quieren escapar del calor. Algo llama mi atención en una librería. La sociedad se refleja en las vidrieras tapizadas por las tapas de los libros. El problema de la violencia es noticia de última hora, pero también es un gran negocio.
Tras el vidrio del comercio leo títulos muy gráficos: “Estamos hasta la madre”, “Confesiones de un narco”, “Hielo negro”, “El cartel de Jalisco”…
Una publicidad gigante anuncia:“BIENVENIDO A LA TIERRA DEL TEQUILA”.
Mochila al hombro, voy por el camino de salida hacia el mediodía luminoso. Más allá de la oficina de migraciones, veo un brazo levantado y un puño cerrado agitándose al viento.
Es mi bienvenida, también un reencuentro muy esperado, de esos que tienen sabor a viejo, a una vida pasada y a un nuevo comienzo.
Emociones inundan la mente y el abrazo con un hermano marca el comienzo de un día distinto, cargado de expectativas.
La ciudad es considerada la más emblemática de México, porque le dio al país una imagen y un icono.
Del estado de Jalisco son originarios el Mariachi, el Tequila y la Charrería y su capital es ésta ciudad, Guadalajara.
Viajamos hacia el centro de la ciudad con las mochilas cargadas en una camioneta color azul. Autopistas gigantes se entrelazan en una maraña de acero y cemento.
Contrastan con portales coloniales de estilo español y planteras de arcilla de las que cuelgan ramas con floridos colores.
Todo tiene color rojo, blanco y verde. Las muchachas lucen cintas con colores patrios en las cabezas y regalan sonrisas amables.
Los puestos callejeros venden comidas típicas y refrescos variados a precio económico.
En los mercados se sienten los verdaderos sabores locales. Burritos, tortas ahogadas, tacos, toritos y aguas de jamaica, son una fiesta de alegría para un paladar forastero.
Caminando por las calles, el viajero echa a volar la imaginación.
De repente pareciera que el tiempo se detiene y las imágenes traen a la memoria la figura de “El Zorro” caminando por tejados rojos perseguido por soldados de sombrero ancho y espadas de plata.
En el centro de la ciudad se mezclan elementos de tiempos lejanos.
Catedrales españolas se levantan con sus enormes torres y campanas, moles de arenisca barroca que emulan a la Basílica de San Pedro, y en la vereda del frente, cuelgan ropas de balcones con rejas de hierro forjado secándose al viendo, bailando en la brisa.
Es la mitad del mes de septiembre, vísperas de la Independencia y el pueblo entero está de fiesta.
La noche del 16, la ciudad se viste de sombreros y bigotes para celebrar, con ríos de tequila, el aniversario de “EL GRITO”, la proclama insurreccional que el cura Manuel Hidalgo pregonó al pueblo reunido en una plaza, incitándolo a revelarse contra la autoridad española en 1810, dando así el origen al proceso de Independencia.
Ahora, sentado en en pequeño escritorio frente a una ventanita luminosa, escribo estas notas mientras escucho el bullicio de las calles, y siento los olores de las tortillas de maíz.
Desde un cuadro que cuelga en la pared me observa, inquisidor, el rostro de Pancho Villa, apuntando con su índice derecho en busca de simpatías para su causa revolucionaria.
Esa es otra historia apasionante y todavía desconocida para mi.
Pronto me iré metiendo bajo la piel de su vida, buscando, como siempre, ese sabor a aventura que me hace sentir tan vivo.

El legionario de Mostar


Ocurrió en 1993. Me lo contó Manuel Hernandez, en Bosnia-Herzegovina.
Semanas y meses llevaba la gente viviendo la misma pena, la misma desesperanza. Los días de los musulmanes bosnios transcurrían a los tumbos, porque en cada esquina de calle acechaba la sombra de la miseria o del asesinato impune.
La tarea más cotidiana podía convertirse en aventura fugaz de vida o muerte: hacer la fila para el pan, cruzar la calle para buscar el agua, encender un fuego para calentarse.
Desde los techos y desde cualquier esqueleto de casa ruinosa y ennegrecida por las bombas, podía llegar de pronto una bala de francotirador emboscado cortando el aire, bordeando las derruidas siluetas de los edificios. La población civil estaba prisionera, obligada a tragar garganta abajo el espeso brebaje mezclado de odio y estupidez que sus vecinos cristianos urdían.
Eran forzados a vivir siempre en compañía del mismo miedo, del mismo temor. Porque primero habían sido los serbios, acribillando gente a mansalva por simple diversión, desde lo alto de las montañas que rodean Sarajevo, y ahora eran los croatas cristianos allí, entre los escombros humeantes de lo que había sido la bella Mostar. Porque Mostar, a pesar de la guerra, seguía siendo todavía una ciudad muy bonita, con sus bazares turcos forrados en artesanías de cobre, sus mercados de especias orientales y de frutas donde los hombres fumaban tabaco de sabor sentados en el suelo, sus minaretes en torre y ese azul cristalino del río Neretva, que atraviesa la ciudad.
En esa lucha de desgaste atroz por la conquista de aquella tierra bendita teñida de sangre, de violencia y de estupidez, la guerra psicológica imponía también el terror en cada esquina, en cada habitación de hotel o en cada casa hundida por las bombas.
Es que ese año en Mostar, había demasiado fanático con fusil colgado al hombro, demasiado hijo de puta suelto caminando impunemente por la calle, demasiado grito de huérfano herido y de mujer violada con el llanto ahogado por la indiferencia.
A fuerza de plomo y de artillería, los croatas iban echando abajo las hermosas mezquitas de azulejos de colores y el viejo puente otomano de la ciudad. Echaban abajo los símbolos más sagrados del Islam. Un genocidio humano a gran escala y una aberrante profanación cultural se desarrollaba en el patio trasero de una Europa fría e indiferente, en pleno siglo XX y a menos de tres horas de vuelo de Madrid o París.
“Limpieza étnica” era la frase con la que la gran prensa titulaba las noticias que llegaban desde los Balcanes, aunque en realidad haya sido una pena que no hicieran nada para evitarlo.
Aquella tarde del 11 de junio, Mostar estaba cubierta por unas nubes bajas que se retorcían contra el polvo gris, y que flotaban suspendidas en el aire ensuciando el cielo. La ciudad se doblaba sobre sí misma y preparaba sus defensas para la noche.
La noche sería nuevamente la hija bastarda del día, mal parida de hambre y de dolor, y reinaría en ella ese mismo silencio de tumba que habita en todas las ciudades sitiadas del mundo al caer la tarde: un silencio sordo, solo roto de vez en cuando por algún tableteo hueco y lejano de ametralladora.
En los barrios y en las ruinas de las casas arreciaban los combates entre defensores musulmanes y atacantes croatas. Porque ese año no existía la palabra neutralidad para los croatas que ocupaban la orilla cristiana del Neretva: estaban librando su propia cruzada. Se estaba con ellos o en su contra. Y mientras tanto, los musulmanes bosnios de Mostar sufrían el asedio, hora tras hora, día tras día.
No muy lejos de allí, unos cascos azules españoles viajaban en un convoy blindado de la ONU para asistir a los civiles atrapados en el fuego cruzado. Tenían la misión de transportar medicamentos, entre dos hospitales ubicados a uno y otro lado de la ciudad: el hospital bosnio carecía de insumos básicos (plasma, morfina, antibióticos), y en un gesto desesperado se los pidieron al hospital croata, que insólitamente aceptó la solicitud en un gesto de buena voluntad para la reconciliación y la paz entre croatas y musulmanes.
Ambas partes querían que el traslado y entrega de los medicamentos estuviera supervisada por los soldados españoles que cubrían la región. Una sección blindada transportaría las medicinas, y un equipo desplazado desde Madjugorje acompañaría el convoy para brindar seguridad.
Los cinco vehículos BMR de la tercera Compañía “Cobos”, de la Primera Bandera de la Legión, llegaron sin novedad al hospital croata. Allí cargaron medicamentos e insumos médicos hasta cubrir el techo, y partieron nuevamente hacia el sector musulmán.
Eran las seis y media de la tarde y la noche caía lentamente. Giraron por el bulevard hacia el puente de Tito para cruzar el río y regresar al barrio musulmán. El tiempo apremiaba. En el hospital musulmán muchos civiles necesitaban esos medicamentos con urgencia. Tic, tac. El reloj corría. Un lejano eco de explosiones aisladas se dejaba escuchar desgarrando el aire. Cruzaron el puente a gran velocidad y de inmediato recibieron un fuego nutrido de francotiradores apostados en algún lugar del sector croata.
Cling, clang, rebotaban los impactos en la coraza de acero del blindado. En el último vehículo, el que cerraba la columna, viajaba el teniente de la Legión Francisco Jesús Aguilar Fernández, un sevillano de 28 años, casado y sin hijos.
Iba parado de pie en la torreta superior, como corresponde a todo buen jefe de sección que comanda a sus tropas en batalla, con medio cuerpo expuesto fuera del vehículo, protegida su espalda por la tapa metálica de la escotilla abierta, y su pecho por bolsas de arena que atrincheraban el techo.
Su cabeza flotaba libremente sobre el blindado, gritando órdenes a sus hombres para conducirlos a un lugar seguro. El casco color azul del legionario relucía en el crepúsculo, como si de un viejo faro salvador de barcos se trataba, destinado a evitar naufragios, en las duras noches en que arrecia la tormenta.
La sección devolvió el fuego sobre el origen de donde lo había recibido, pero nunca lograron ver al supuesto tirador croata que lanzó el letal proyectil. En ese mundo, los soldados denominan “disparo feliz” a un tiro efectuado sin demasiado cuidado por la precisión, pero que acierta en su blanco por fortuna o por suerte de lotería.
Es, sencillamente, un disparo realizado sin mucha puntería, casi con desdén, solamente por el simple compromiso táctico de hostigar.
Las frituras de las radios que comunicaban los vehículos se cortaron, y entonces los soldados escucharon el desesperado mensaje: “¡Capitán, hay un herido! ¡Tenemos un herido!”.
La munición trazadora dibujaba arcos anaranjados en el aire, y aullaba al estrellarse en el suelo. Todo parecía un sueño. El teniente Aguilar había recibido una herida muy grave.
El “disparo feliz” le había entrado por la espalda, atravesado el chaleco anti fragmentación y salido por el cuello. Al caer sentado dentro del blindado, ya estaba muerto.
El tirador de su BMR gastó varias cintas de munición acribillando las ventanas de los edificios, pero nunca tuvieron noticias de que el sniper fuera alcanzado.
Tic, tac, las ocho de la noche. El cuerpo ya sin vida del legionario sevillano asesinado era bajado del vehículo por otros cascos azules, que iban cubiertos por la sangre de su propio compañero muerto. Apretaban el paso y los dientes cada vez que la metralla croata hacía Cling, clang, en la chapa del blindado.
A las nueve, el cuerpo era evacuado definitivamente de las ruinas de Mostar en una ambulancia militar. Al día siguiente volvería repatriado a su tierra natal, cubierto por una bandera de España. Había cumplido solo 20 días de su misión de 6 meses en la antigua Yugoslavia.
En aquellas tierras desoladas por la tragedia y la guerra, donde nada florecía más que el odio y la intolerancia, la labor de hombres como Aguilar fue realmente valiosa.
Esa noche polvorienta en Mostar había muerto un legionario, un soldado que cumplió con su deber. Era el tercer casco azul español caído en los Balcanes, un hombre convencido de la misión que estaba cumpliendo, un voluntario para todo sacrificio.
Descubrí esta historia cuando pasé unos días en Bosnia Central viajando a través de los Balcanes, y entonces quise compartirla para que no se pierda, como pasa casi siempre con la gente anónima que hace acciones buenas y luego nadie las recuerda.
En una pared vieja a medio revocar en el corazón del barrio musulmán, vi una pintada que decía “Viva España. Gracias por todo”. Esa pobre gente que sufrió la batalla les daba las gracias a esos hombres verdes que cubrían sus cabezas con extraños cascos azules. Es que aquella noche de junio de 1993, y mientras se moría el Teniente Aguilar en la torreta de su vehículo, dos niños musulmanes nacían en el hospital bosnio, con la ayuda de los medicamentos que esos guerreros les habían llevado.
Entonces, junto a aquellas piedras del barrio musulmán de Mostar, lamenté profundamente la muerte de ese soldado. 
Aguilar fue un muchacho valiente.

viernes, 8 de enero de 2016

Diario de un soldado: una patrulla en la frontera


Ocurrió en la selva amazónica, en algún lugar cercano a la frontera entre Perú y Colombia, en el mes de julio de 2004.

Al mediodía el sol castigó con fuerza el embarcadero sobre el río Nanay.
Los hombres estuvieron listos desde muy temprano, con sus equipos preparados y la tensión reflejada en sus rostros pintados de camuflaje. Todos estábamos igual; curtidos por la deshidratación.
Alguien encendió un cigarrillo y se escucharon risas nerviosas pero nadie habló en voz alta. Era una de esas risas inseparables que nos acompañaban siempre para disimular el miedo. Era nuestra manera de aliviar la tensión y siempre estaba presente entre nosotros.
Me sentí enfermo, con el estómago cerrado y sensación de náuseas. Solo había podido tomar unos pocos tragos de agua para mojar la boca seca y seguir esperando sentado sobre mi mochila.
El panorama a mi alrededor era oscuro y húmedo. La quietud de la selva parecía tragarnos con sus colores verdes, pardos y negros. Mi uniforme era del mismo color y me confundía con ella.
En un instante me encontré sobre la lancha intentando acomodarme como podía sobre municiones, armas, equipos de radio, víveres y demás parafernalia guerrera. Me asignaron un lugar en la proa y traté de acurrucarme para que pudieran caber también el resto de mis compañeros.
Observaba como el río, embravecido y caudaloso, se perdía en estelas de espuma bajo el casco de la embarcación. La mirada fija en la jungla, el latir del corazón que galopaba dentro de mi pecho y el músculo tenso sobre el fusil, buscaban algún movimiento que indicara hostilidad.
Luego de un tiempo que no he podido calcular, salté a la costa y el barro se hundió  bajo mis botas. Estaba empapado en transpiración y todavía no habíamos iniciado la marcha.
En tierra recibí la orden de ir de explorador, lo que significa marchar solo y delante de la patrulla, en la vanguardia. Miré hacia atrás y vi como los hombres del pelotón se encolumnaban detrás mío.
El calor era agobiante y se sentía al máximo. La camisa se me pegaba al cuerpo empapado en sudor y unas malditas hormigas rojas comenzaron a devorarme el cuello. En cada picadura sentía como si alguien me estuviera apoyando la brasa encendida de un cigarrillo. La mochila pesaba cada vez mas pero debía seguir. No había mucho tiempo para lamentarme.
Alguien tocó mi hombro y me indicó que volviera a la fila de hombres que avanzaban penosamente, doblados bajo sus equipos y con los tobillos hundidos en el barro.
Ahora marchábamos despacio. Íbamos retrasados con respecto a lo planeado. No corría aire y yo, con el cuello cerrado y las mangas bajadas, sentía que el calor de la selva me oprimía. Aquello era como querer correr en un baño turco. Cuando respiraba me parecía que no absorbía aire sino otra cosa que no llegaba a satisfacer a mis pulmones. La mochila, los cinturones con municiones, las armas, la lona, el cuero y el metal me ahogaban y daban la impresión de apretar mi cuerpo como si formaran un puño enorme. Al final, me desabroché el cuello y me arremangué. Tendría que cuidarme con más atención de las malditas hormigas.
Comenzó a llover de nuevo. Cada paso era más arduo que el anterior. El suelo de la selva  estaba encharcado y estriado cada tanto por arroyos furiosos cuyas márgenes, resbalosas a causa de las hojas descompuestas, se deshacían bajo nuestros pies. Mateo, que iba adelante, con mucha cautela comenzó a bajar por una cuesta empinada pero ésta se desmoronó y lo arrastró treinta metros hasta que un árbol lo detuvo. No se había herido pero una de sus botas estaba tajeada hasta mitad de la pantorrilla. Ayudamos a levantar su cargamento cubierto de barro y lo limpiamos todo lo que pudimos antes de continuar la marcha.
La carga se nos resbalaba constantemente de la espalda mientras tropezábamos y nos deslizábamos sobre el lodo. Las gotas de lluvia golpeaban las hojas de los árboles semejantes a piedras que golpean sobre un techo. Teníamos que gritar para escucharnos entre nosotros.
Desde atrás veía a mis compañeros de patrulla mientras seguía caminando, doblado bajo mi mochila y hundido en esa humedad que lo devoraba todo. Parecíamos animales de carga que se avanzaban a los tumbos y se perdían en la niebla. En ocasiones sentía que flotaba en esa bruma. Todo era muy extraño. La lluvia continuaba cayendo pero el calor comenzaba a disminuir.
Nadie hablaba, y solo se oía el murmullo de la jungla. De repente hubo una señal. El brazo levantado del sargento nos indicaba clavarnos de cabeza en el barro y esperar.
Después de unos minutos volvimos a marchar. Falsa alarma, no era nada.
Vi la hora en mi reloj y me dí cuenta que habíamos avanzado solo un poco mas de dos km en cinco horas. Nos habían dicho en el entrenamiento que las condiciones en la selva eran duras, pero caminarla lo era aún mas. Mi cuerpo clamaba por descanso y mis nervios habían llegado a su extremo de resistencia. Me sobresaltaba por el solo hecho de quebrar una rama con la suela de la bota o de que otra me rozara la cara. Con todo continuamos avanzando durante horas, sin pronunciar una sola palabra.
La lluvia cesó en el momento en que atravesábamos un valle en medio de una oscuridad total. Alcanzamos un río que estaba transformado en un torrente. El vado que teníamos en vista probablemente en tiempo normal traía poca agua y era fácil de cruzar pero, después de las lluvias, estaba transformado en una corriente en la que nos hundíamos hasta el pecho, que ondulaba y hacía remolinos entre las rocas.
Allí nos detuvimos. Armamos nuestro refugio con palmeras y ramas de mocambo. Sería nuestra base de patrulla reducida para descansar un rato en ese fétido e inexorable lugar.
Me tocó hacer el primer turno de guardia y, sentado sobre un charco de barro me dispuse a abrir un paquete de comida de mi ración "charlie".
Me esperaban dos horas de tensa vigilancia con el visor nocturno y mi fusil M-16. Pensé en Judit tratando de luchar contra el sueño y el agotamiento.
Después de un tiempo que se me hizo eterno, alguien me tocó la espalda y entregué mi guardia con el visor. Acomodé la cabeza cobre mi mochila y abracé con fuerza mi M-16.
Todo se volvió silencioso y soñé que flotaba entre sábanas blancas y las piernas tibias de una mujer.