"Los que pueden, actúan. Los que no pueden y sufren por ello, escriben. El acto de escribir, constituye una de las acciones mas profundas del sentir del ser humano. Ayuda a quemar la grasa del alma"

Ernest Hemingway.

martes, 2 de febrero de 2016

Mexicanos, al grito de guerra

Hace ya un tiempo, en el año 2005 y durante una misión junto a los Cascos Azules argentinos de la ONU, yo estaba tomando jugo de frutas en un hotel de Nicosia, en Chipre, cuando un sargento inglés de las fuerzas especiales llamado Jackson me contó que, en situaciones extremas, aislados en territorio enemigo, los soldados de origen latino siempre solían comportarse mejor, estadísticamente, que los de origen anglosajón.
"Los ingleses y los norteamericanos funcionamos muy bien en equipo. Más cohesionados, solidarios y disciplinados", me dijo aquella vez el sargento Jackson. 
Pero también confesó que "cuando falta el apoyo exterior, cuando las cosas se van a la mierda y cada uno se queda solo y debe arreglárselas como puede, los latinos llevan siempre la ventaja. Se las arreglan mejor, con más ingenio"
Aquel sargento inglés me dijo que los latinos estaban hechos para la iniciativa privada en mitad del cagadero. Acostumbrados a buscarse la vida en pleno desmadre.

Recordé esa charla hace unos días, cuando vi por la tele las declaraciones de un tal Donald Trump, un hombrecillo de aspecto nervioso, regordete y gritón, que actualmente es uno de los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos, y que critica duramente a los mexicanos y a los inmigrantes en general. 
Es que para él, esos individuos son una amenaza para el país.

Sucede que me tocó conocer a muchos de esos inmigrantes a los que este tipo critica hoy. Ellos eran "Marines" norteamericanos, y los conocí en algunos de los extraños países en los que me ha tocado estar. 
Eran de origen latino esos hombres de apellido Sánchez, Gutiérrez, Rodríguez o González, con los que compartí alguna botella de algo en la cantina de algún cuartel, alegrías en bares o burdeles, o tristes tardes dentro de alguna trinchera barrosa inundada por la lluvia. Compartí con ellos momentos de trabajo pero también de vida, y ahora se han transformado en marcas indelebles en mi cabeza. 
Esos apellidos eran moneda corriente en los identificadores pegados sobre el bolsillo superior derecho de los uniformes militares, norteamericanos, por supuesto.
Aquellos muchachos de piel trigueña, estatura más bien baja y ojos negros, que hablaban en inglés con un fuerte acento español y que habían visto la acción y la muerte en los desiertos de Irak y Afganistán, patrullaron junto a mí la selva amazónica del Perú. 
Yo estuve con ellos, y los conozco bien como para defenderlos. 
Eran la carne de cañón de todos los batallones, asignados siempre para ir al frente como voluntarios, en las misiones más complejas y peligrosas. Eran soldados baratos y lo sabían, y generalmente vivían situaciones azarosas solo compartidas entre ellos.
Los individuos de ascendencia latina que se incorporan al Ejército o la Marina norteamericana, son enviados al frente inmediatamente luego de finalizar su entrenamiento básico. Y es allí donde reside su orgullo, porque se sienten parte de una raza fuerte y luchadora, habituados a soportar violentos golpes de la vida de campaña, en diversos ambientes geográficos, usualmente muy lejos de sus bases de origen, en extraños países alrededor del mundo.

En la selva donde nos tocó estar juntos, por ejemplo, las patrullas tenían esa calidad de pesadilla que caracteriza a la mayoría de las operaciones de pequeñas unidades en la guerra. El camino sucio se retorcía, serpenteaba, y parecía no conducir nunca a ninguna parte. La sección aparentaba dirigirse siempre al vacío, perseguida por algo intangible pero real, era una sensación de estar rodeados permanentemente por algo que no se podía ver. Lo más irritante era la imposibilidad de ver, y también de sumergirse constantemente en cursos de aguas oscuras y de aspecto tenebroso.
En eso residía lo aterrador de aquella jungla: era una ciénaga que cegaba y asfixiaba. Estimulaba el mismo instinto que nos vuelve temerosos en lugares oscuros como caserones viejos y abandonados, o callejones oscuros.
En ese ambiente brutal los soldados mexicanos, dominicanos y puertorriqueños eran los mejores, porque caminaban en silencio a pesar de ir dando tumbos en el barro, no se quejaban nunca y soportaban como mulas de carga el peso del equipo sobre sus espaldas encorvadas. Eran estoicos. Un ejemplo de voluntad y resistencia.

Entonces me pregunto si alguna vez el señor Donald Trump ha vivido lo que vivieron esos soldados latinos en aquella selva, porque también son ellos a los que insulta. Me pregunto qué pensará ese tipo de traje y de mirada despectiva, acerca de esos fulanos que hablan español, y que eligieron jurar lealtad para jugarse la vida en alguna de las plazas olvidadas por Dios que posee Estados Unidos alrededor del mundo.
Esos latinos bastardos, de espaldas mojadas, indocumentados y muertos de hambre a los que él se refiere, llegaron desde el sur para ofrecer sus manos y juraron dar hasta su última gota de sangre en pos de defender los ridículos valores morales y las jodidas buenas intenciones que los apóstoles de la democracia predican.
Me pregunto si el hijo del señor Trump, con todos sus títulos de nativo norteamericano y de buen estudiante feliz, ha tenido alguna vez los testículos que tienen esos latinos (oscuros y trigueños parias que su padre desprecia), para ir a jugarse la piel en algún callejón polvoriento, o en algún páramo desolado del culo del mundo, en nombre de la democracia y de las buenas intenciones.
Pero, como ya se sabe, la idiotez mediática siempre puede más que las historias verdaderas y las personas de carne y hueso, y entonces el olvido de estos hombres me parece impropio.

Todos los soldados latinos que he conocido sirviendo en la Infantería de Marina, poseen las mismas aptitudes que se exigen a los profesionales de las fuerzas armadas en cualquier ejército serio del mundo: iniciativa y decisión tácticas, firmeza en la ejecución y capacidad de buscarse la vida en territorio hostil. Y si a esos atributos le agregamos coraje y un buen par de huevos, nos encontramos frente al soldado perfecto. 
En estos tiempos estúpidos y demagógicos, cuando miro la tele y veo a líderes como Trump diciendo viva la democracia y abajo los inmigrantes, me digo que pronto harán falta unos cuantos más de aquellos morenos bajitos. Por lo menos, para proteger alguna embajada norteamericana en África o en Medio Oriente, mientras evacuan a diplomáticos de corbata, amenazados por fanáticos yihadistas ilusionados en cortar alguna cabeza.

jueves, 28 de enero de 2016

Crisis migratoria en Europa: la odisea de los sirios rumbo al norte


(Un guardia fronterizo camina rumbo al control de un tren en la estación suiza de Buchs, cerca de la frontera austriaca)

Sebastian Galarza-Corresponsal en Suiza.

La noche es fría, apenas dos grados.
Los guardias fronterizos acaban de detener a un hombre joven que viajaba escondido en un tren.
Está vestido con unos pantalones cortos, una camiseta azul de mangas largas y unas chancletas de plástico bajo sus pies descalzos.
"Una vez más", grita el hombre moreno, de cabellos rizados y aspecto africano que se escondía en uno de los baños del convoy. Sin resistencia se deja atrapar. Camina despacio por el andén con las manos esposadas detrás de la espalda, mientras dos enormes policías lo escoltan a cada lado.Su delito: ingresar en Suiza sin papeles.
Estamos en el pueblo de Buchs, sobre la línea que marca la frontera entre Suiza y Austria.
El reloj de la estación de trenes indica que son las dos y media de la mañana, y varios policías con perros montan guardia en el andén número 9, que es la única plataforma donde llegan los trenes que vienen desde Austria.
“¿De donde viene?”, pregunta en inglés un guardia de fronteras. “De Siria”, es la respuesta.
El hombre ha recorrido un largo camino para llegar hasta aquí. Saliendo desde Homs, su ciudad natal en Siria, esquivó a señores de la guerra, negoció con traficantes de personas y jugó a las escondidas con las bombas y con los francotiradores fanáticos. Hizo la misma ruta que elige la mayoría de los desplazados por la guerra en Siria: atravesando Turquía, Macedonia, Serbia, Hungría, y por último Austria, para llegar hasta esta estación de tren en Suiza donde ha sido detenido.
Burló a la muerte en varias ocasiones para intentar salvarse, y hasta ahora lo ha logrado. Le gustaría continuar por Francia rumbo a Gran Bretaña, donde tiene algunos familiares.
Pero por ahora, sin embargo, su viaje termina aquí, en este pequeño pueblo situado entre el Lago Constanza y los Alpes.
Aparte de una bolsa de plástico el hombre no tiene ningún equipaje. Su nombre es Abdel Azim y viaja prácticamente con lo puesto.
Este inmigrante es uno de los primeros detenidos esta noche por los guardias fronterizos. Al final del turno serán 42 adultos y un niño.
El tren cubre la ruta Viena- París y pasa también brevemente por Suiza, entre Buchs y Basel.
No hay paradas regulares, sólo un control técnico en Buchs, donde no se proporciona ningún suministro ni servicio.
Sin embargo, desde los últimos meses la Guardia de Fronteras de Suiza ha comenzado a recorrer los trenes en Buchs . Quién resulta atrapado en el viaje sin documentos de identidad, sin visado o sin permiso de residencia en Europa, es enviado esa misma noche de regreso a Austria, o al lugar de donde venga.
El mismo procedimiento de control se realiza ahora mismo en casi todos los países europeos, y los inmigrantes irregulares descubiertos son detenidos y reubicados en centros de acogida. Si se comprueba una necesidad real de asilo se los acomoda, pero los que no logran ese estatus son deportados inmediatamente, de manera cortés pero irreversible.
La situación de refugiados como Abdel Azim se ha transformado en una crisis gravísima, que demuestra una falta absoluta de control sobre esta inmensa marea humana que viene, en este caso desde Siria, y que pone en grave peligro el futuro de todo el continente europeo.
En Suiza generalmente no hay controles policiales en los trenes. No está permitido a causa de una ley de libre circulación de personas que el Tratado de la Comunidad Europea estipula. Sólo hay autorización para controles detallados, para sospechosos de terrorismo, por ejemplo. Pero, aunque sólo en Francia son activos, estos controles significan mucho trabajo adicional para la Guardia de Fronteras de Suiza.

“No hay intérprete que pueda comprender todos los dialectos que habla esta gente. Muchas veces son kurdos que se expresan en lenguas de la montaña, tan antiguas que no tienen siquiera traducción al idioma árabe. A todos se les coloca una banda de color con un número alrededor de la muñeca para evitar la confusión”, dice un oficial fronterizo que está parado tras un vidrio donde se amontonan los indocumentados.

Tal vez la vieja y cansada Europa esté comenzando a pagar sus deudas morales después de tantos siglos de colonialismos, opresiones y abusos a sus vecinos árabes y africanos.
Tal vez deba yo tomar conciencia de que en este momento soy testigo privilegiado de un nuevo éxodo. El mundo vive ahora mismo y una vez más, la brutal tragedia humana que producen las guerras.
El drama ha llegado esta noche al paraíso, y en las puertas de la apacible Suiza ya se sienten los golpes.
Realmente produce tristeza ver esto.



miércoles, 27 de enero de 2016

Retrato de un bravo

Me dispongo a narrar un relato muy viejo. 
Advierto que es un cuento que con el tiempo se ha transformado en leyenda, y que luego se ha olvidado mil veces.
No es mi intención profanar su sepultura en este acto, pero debo admitir que esta es la historia de un cadáver cuyo dueño fue un hombre libre pero sin suerte, y que resulta realmente muy atractiva de contar. La escribo porque creo indispensable rescatar la vida de este bravo, de entre todos esos muertos anónimos que yacen en la tierra convertidos en maleza, cuyas almas se amontonan deambulando por las noches, mientras vagan por los pasillos y las tumbas de un viejo cementerio de Buenos Aires, sin más virtudes que el recuerdo del buen manejo del cuchillo, y la certeza del coraje.
Dedico este texto a los pedantes defensores de la paz, santurrones e hipócritas, que escriben a veces en editoriales de papel prensa o en columnas de opinión, y que se jactan de eruditos al abrazar con absoluto fervor la veracidad única de la enciclopedia extranjera. Me refiero a los “progresistas” que desdeñan historias como esta, creadas sobre el imaginario popular de unos hombres anónimos llamados gauchos, que nacieron bajo un cielo interminable en el sur de todas las pampas del mundo. Que sepan ellos, ignorantes de etiqueta y pacotilla, chupamedias del Robin Hood y de todo lo sajón, que a través de estos relatos también se aprende cultura. Y, porque la violencia también educa, aquí les traigo la historia de este bravo argentino del siglo XIX.

Los que conocieron (y fueron muchos), la vida de nuestro hombre, destacan la influencia que tuvo la llanura sobre su formación. Pero este gaucho vivió, eso sí, una vida brutal y monótona. Al momento de su muerte, en 1874, de una puñalada feroz que le atravesó un pulmón, no había alcanzado a ver jamás una montaña, ni un pico nevado ni un barco de guerra. Tampoco había conocido el mar. El padre de nuestro personaje fue un individuo tenebroso y criminal que terminó ajusticiado por las tropas del ejército, y su madre una mujer campesina y analfabeta que intentó criar a su hijo lo mejor que pudo. Nada más se sabe de ellos.
Nuestro gaucho nació en 1829 en el partido bonaerense de San José de Flores, a unas 20 leguas del pueblo viejo de Lobos. Fue el año del ataque francés a la escuadra argentina, y tiempos en que las huestes del General Lavalle se replegaban, cabalgando desordenadamente rumbo al abrigo de la Pampa, hostigados ya por Rosas que asumía el poder.
Llevó este hombre una vida tranquila durante casi treinta años, alejado del alcohol, de las pulperías y de los altercados entre los troperos. Individuo taciturno, sus días transcurrían durmiendo sobre un catre, mateando desde temprano y recogiéndose a la oración. Dedicaba su tiempo, generalmente, al trabajo rural desde el alba hasta el poniente, y aplicado a esas labores consiguió rancho propio, unas cabezas de ganado y algunas hectáreas de tierra aptas para labrar.
Era un hombre alto y fuerte, de barba negra y cerrada, de melena irregular color castaño y el rostro enrojecido picado de viruela. Una noche feliz en un fogón le reveló habilidades para la guitarra y el canto. Enseguida ganó fama de mujeriego pero se enamoró de una hembra apodada “la Vicenta”, con quien se casó. Y es allí donde se inician todas sus desgracias porque,  “la Vicenta”,  era también pretendida por el Teniente Alcalde de la zona, quien comenzó a perseguir a nuestro gaucho acusándole delitos injustificables.
En su furtiva y valerosa vida abundan los actos de arrojo, pero no es intención de este cronista contarlos a todos en este relato. Sería muy largo. De todas aquellas jornadas de desventuras nos interesa solo una noche; la jornada de su muerte y el día en que se inició la leyenda. Los acontecimientos ocurrieron más o menos así:
A mediados del mes de abril de 1874, nuestro hombre venía huyendo al galope por las vastedades del campo bonaerense entre Navarro y Lobos, escapando de la autoridad después de haber sido acusado de asesinar de cinco puñaladas a un fulano de apellido Sardetti en un almacén. En su defensa el gaucho alegó que el muerto le debía cinco mil pesos, y que por eso lo había tendido de cinco puntazos a la altura del plexo. En el camino se había trabado en combates desiguales de los que siempre salió airoso, luchando salvajemente contra malones de indios y partidas policiales, agazapado y abriéndose paso entre los pajonales y las neblinas indescifrables como si fuera un animal. Ya había soportado golpizas y malos tratos por parte de los cabos que lo alcanzaban cada tanto en alguna población o puesto aislado, y de quienes permanentemente volvía a evadirse. Se había escapado varias veces de aquellas miserias, porque prefería perder la vida antes que su libertad. Era el tiempo de una existencia errante de vastos amaneceres, y de jornadas que tenían el olor del caballo. A esas alturas ya se había enviciado en la práctica habitual de matar, y hay quienes dicen que fue uno de los primeros asesinos seriales del país.
El veinte de abril del mismo año, y por orden del Gobernador de Buenos Aires, se envía una partida policial de 25 hombres para detener al infractor. Lo rodean en el pueblo bonaerense de Lobos, dentro de un almacén y pulpería de nombre “La Estrella”, donde había parado a descansar.
Ninguno de los policías allí presentes se animaba a entrar para buscarlo, y los minutos transcurrían lentamente transformándose en horas. De pronto, en mitad de aquella noche, el criminal salió de su guarida para pelearlos.
Entonces el cabo Eulogio Varela lo entrevé en la penumbra: es él, con la melena crecida y la barba negra y cerrada que parece comerle la cara. Nuestro gaucho comienza en el acto a encarnizarse con los policías que tiene más a mano, apuñalando a mansalva. Siente como la sangre le corre entre los dedos, y el palpitar de los pequeños manantiales escarlata que brotan de los cuerpos tras cada puntazo metálico. Apila muertos y heridos en un pasillo, aullando con ojos de loco, mientras busca la salida. Aprieta los dientes cada vez que granizan las puñaladas. Intenta luego afirmarse contra una pared para cubrirse la espalda, pero es herido por la bayoneta del sargento Chirino que le perfora el pulmón izquierdo. Cayó pero pudo levantarse para disparar un trabuco, dejar ciego a un perseguidor de un impacto en un ojo, y luego cortarle a otro cuatro dedos de una mano con el golpe de su propio sable. Después de dos vómitos de sangre quedó tendido para siempre en el suelo, con las dos piernas apuntando hacia el campo.
Y así fue como murió, atropellando la muerte, en aquella pelea desesperada por la supervivencia, después de mucho matar, con las barbas empapadas, el cuchillo entre los dientes y el escapulario de la virgen chorreando sangre propia y ajena.

Pocas pertenencias se le reconocieron tras su muerte: un caballo colorado, un pequeño perro llamado “cacique”, un poncho de vicuña y un enorme cuchillo de 63 centímetros de hoja que le había obsequiado un tal Adolfo Alsina. Su herencia fue un hijo del mismo nombre, y una mujer apodada “la Vicenta”
En el libro de muertos de la parroquia del pueblo se asentó el deceso de este hombre, producto de múltiples puñaladas y de una gran herida corto punzante en la cabeza. Y así, partido el cráneo por un sable de las guerras del Brasil, ingresó nuestro héroe al firmamento de las leyendas.

Su nombre era Juan Moreira, y fue un gaucho libre que murió peleando.

domingo, 24 de enero de 2016

Lobo


Del hierro nació este filo que tiene por nombre "Lobo"
Es una hermosa herramienta que cargo siempre a la mano, regalo de un gran amigo de profesión forjador, que se llama Andres Mayol y es un herrero escondido. Él fue el buen trabajador que fabricó mi cuchillo.
Es un fierro duro y ágil, como un buen soldado quiere, para andar al aire libre, por el campo, por la selva, o por montañas desiertas.
Herramienta indispensable en menesteres camperos, pa llevarlo en la mochila, a la cintura o al viento, o para ser documento si la pelea es muy cruenta.
"Si sale, sale cortando", dicen los viejos del campo, pero este amigo de fierro que acompaña ahora mis pasos, es instrumento ligero para todos mis trabajos.
Talismán para mi suerte, arma blanca en bajos fondos, relumbra con su arrogancia de aburguesado aristócrata, pero en su esencia está el brillo, de los sencillos troperos. 
Destaco en su construcción la finura de su temple, forjado a yunque y martillo en tierras rojas de selva. El influjo de Misiones, está plasmado en su cuerpo.
Rancho, mujer y perro son los anhelos del gaucho, pero si uno va andando por caminos muy lejanos, se reducen las opciones, de cosas que vas cargando.
Yo elegí a este bravo amigo, liviano y fornido fierro, para que sea mi Sancho en múltiples aventuras, y de ahora en adelante alejará a los malevos, cortará pan, carnes, pescados, o cuerdas del campamento. Hará fuego y otras cosas, útiles del momento, me librará de los males, y de cualquier otro tormento.
Lo llevo en las lejanías y en paisajes despoblados, pero también en ciudades y en calles de nuevos pagos, para que otros lo aprecien, y puedan ser inspirados.
Lobo escucha otros idiomas, nórdicos, alemanes, pero también lenguas indias, de nuestras comunidades, viajando siempre en mochila, aventura interesante.
Vamos suerte, vamos juntos, desde que juntos nacimos; y ya que juntos vivimos sin podernos dividir, yo abriré con mi cuchillo el camino pa seguir.

sábado, 23 de enero de 2016

La comarca de los Alpes y los lagos, o un país llamado Suiza


Como en todos los lugares del mundo, hay paisajes diversos, selvas y ríos, desiertos y campos, montañas y caminos. Todos son distintos, unos mas, y otros menos bonitos. 
Existen lugares donde la naturaleza envuelve tanto al ser humano, que no deja muchas palabras mas que observar y volar en ellos.
Existe en el centro de Europa un pequeño país, donde el paisaje se confunde con un sueño. 
Es el lugar donde conviven hombres de diversas estirpes, que profesan diferentes religiones y hablan diversos idiomas.
Ellos han tomado la extraña resolución de ser razonables. Han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades. 
Los habitantes de esta tierra fueron primero soldados de la Confederación y después mercenarios, porque eran pobres y solo tenían el hábito de la guerra.
Con el tiempo, este pequeño país se ha transformado en una torre de razón y de firme fe, mucho mas que de poder económico.
Es un país en las tierras altas europeas, donde suenan al viento los sonidos de instrumentos realizados con extraños y largos cuernos, que se han convertido en el símbolo nacional.
Y allá arriba en las montañas, los rayos del sol se posan en una masa de brumas de la que emergen crestas negras. Son los Alpes.
Y a pocos minutos de contemplarlos, los vientos barren los copos de lana y los regueros de hollín que ensucian el cielo, entonces allá abajo relucen los bosques, como placas de óxido pegadas a los flancos de las montañas.
Y cuando el sol se pone, en lo alto se observan reflejos azules del acero, y abajo un bronce dorado que brilla. 
Este decorado metálico me ha conquistado, y siento la tierra como a mi propia patria. 
Te saludo con el respeto de los ojos forasteros, querida Confederación Helvética, la que para el resto del mundo, seguirá siendo siempre la pequeña Suiza.

Un crepúsculo en la montaña


Ocurrió en Suiza.
Aquella tarde, cuando bajaba de la montaña, pude contemplar nuevamente esa extraña belleza que me había atrapado desde el primer momento en que la vi.
Aquel atardecer pudo haber sido el mismo en cualquier otro lugar del planeta, pero creo que el contexto íntimo y personal de cada ser humano es lo que nos hace verlos distintos a cada uno de ellos.
Yo estaba parado en medio de aquellos picos que parecían infinitos, y entonces emergió frente a mi un paisaje vigoroso, violento y salvaje, cargado de piedras y de nieves intrincadas, y de vientos fríos que castigaban las alturas retozando limpiamente a través de un cielo azul ceniza. Era el invierno.
Desde arriba, las distancias que veía en ese abismo parecían imposibles de ser cubiertas por el paso de un hombre, porque los caminos retorcidos y los pequeños valles verdes se encontraban siempre interrumpidos por imponentes paredes de granito gris, que se elevaban sobre el campo a intervalos irregulares, y reposaban allá abajo con el aspecto de jorobados y eternos monjes penitentes.
Entonces, a través de la apertura de una nube, pude ver la vieja patria helvética que se dibujaba mas abajo.
Era un país de casitas rurales hechas de madera, con ventanas de persianas pintadas de colores, casas escondidas en el fondo de jardines, con amplios establos y graneros donde reposaban las cosechas, la leña y el ganado.
Pero arriba, en la montaña, el viento azotaba duramente las mejillas desnudas de los hombres, y el frío dolía en el alma.
La bandera roja y blanca de ese antiguo país se desplegó frente a mí, ondeando en la brisa con elegancia, prendida a un mástil metálico. 
Entonces contemplé aquellos picos devastados por el viento, y un viejo sentimiento de soledad militar me invadió nuevamente, por un momento pasajero. 
Era una visión como después de una batalla, ese instante cuando incluso el paisaje cae herido tras el paso de las tropas.
Allá, en el nuberío, descubrí catedrales, jardines de flores increíbles, monstruos, caballos al galope, aves de muchas alas, mares que estallaban, espumas que volaban y mujeres que ondulaban y en el viento se ofrecían y en el viento se iban.
Y así fui esa tarde un cazador de nubes, un simple perseguidor de esa belleza fugitiva.

viernes, 22 de enero de 2016

Francia: un voluntario en la Legión Extranjera

Era un sábado gris y frío. El sol tímido arrancaba las nubes del cielo como si fueran un vendaje, y exhibía su reflejo sobre las extrañas y marrones aguas del Sena.
Luego de recorrer París durante cinco días, me decidí por fin a iniciar la marcha rumbo a las afueras de la ciudad.
Salí de Les Halles y viajé en metro 4 estaciones hasta Fontenay Sous Bois, un pequeño pueblito con aspecto tranquilo, sembrado de pequeños cafés, panaderías y residencias familiares.
Los habitantes de aquel lugar comenzaban a sacudirse la modorra de un frío sábado por la mañana, y las panaderías desprendían desde sus chimeneas sabrosos aromas de croissants, baguettes y café. Una señora coqueta paseaba a un perrito ridículo con aspecto nervioso.
Bajé del tren en una estación desconocida y el viento helado me sacudió la cara de un cachetazo. Subí a un colectivo de la línea 124 que me llevó hasta Noguent sur Marne, y allí  vi el primer cartel que anunciaba mi destino. 
Caminé unas pocas cuadras por el Boulevard Strasbourg y giré a la izquierda. Estaba temblando.
Un nuevo cartel de reclutamiento anunciaba el rumbo del cuartel, mientras una extraña sensación me ganaba las piernas, que parecían de goma. 
Mientras caminaba me di cuenta de que un hombre me seguía fijamente con la mirada, desde una ventana, y con su taza de café en una mano .
En el camino hacia la guardia había un edificio de monobloques que se levantaba como un gran elefante color crema. Y entonces mi tiempo se detuvo.
Vi el acceso de la guardia con su reja de barrotes color negro, y en esa mañana gris llegué por fin al fuerte medieval. 
Era el Fort de Nogent, el cuartel de la Legión Extranjera Francesa en la ciudad de París.
Un soldado legionario estaba parado en la penumbra del acceso, y montaba guardia con su fusil "FAMAS" terciado al pecho. Me heló con la mirada cuando me presenté frente a él. Su impecable uniforme de camuflaje y el lustre de las botas, relucían bajo su impoluto quepis blanco.
Era el comienzo y el final de un largo camino de sueños y de alegrías, de penalidades y de euforias, de rechazos e ilusiones, de pasiones, de distancias e idealismo por la vida militar.
Había cruzado todo el mar y medio mundo para llegar hasta allí, a aquel último bastión del soldado internacional. Y de repente me encontré parado con mi mochila al hombro sobre mis piernas de goma, frente a la puerta donde miles de hombres de todo el mundo habían escrito sus historias, a veces fantásticas y gloriosas, otras veces oscuras y sombrías, pero todas ellas persiguiendo una misma causa: la de sentirse parte de aquel selecto club, admirados por todos donde iban y los primeros en partir en caso de conflicto. Le estaba viendo la cara a aquella vieja realidad por mucho tiempo soñada, pero a la vez despreciada.
Parado frente a las puertas de la mítica Legión Extranjera, recordé el manto de misterio que cubre la historia de esa vieja unidad de élite del Ejército francés, que fue creada en 1831 para proteger y extender el imperio colonial durante el siglo XIX. 
Era para mi el final de una alocada aventura militar de virilidad y fortaleza, pero también una alarma de soledad y lejanía, en pos de responder al llamado del guerrero. Detrás de aquella reja estaba la Legión, esa que ha sido cantada, filmada, pintada y escrita, y que ahora mismo recuerdo como un susurro doloroso en la voz de Edith Piaf.
Supe que los legionarios eran soldados venidos de todos los rincones del mundo, y que se reunían en ese regimiento para luchar por ellos mismos y no por una bandera, y que su lema era “Legio, patria, nostra”, o la Legión es nuestro hogar.
Durante muchos años había acunado la idea de unirme a ellos, porque soñaba con ser parte de aquel grupo de intrépidos aventureros. Ese día vi por fin la puerta de aquel mundo extraño, desconocido para mí a pesar de mi probada experiencia de soldado.
Aquello era distinto, porque un sentimiento de inquietud me invitaba a cruzar la reja, a experimentar la sensación de ser realmente anónimo, al menos por un tiempo, y a desentrañar la incógnita de si los legionarios eran en verdad héroes románticos, o unos simples mercenarios.
Aquel día sentí nuevamente el antiguo y fuerte deseo que creía haber superado: el de unirme a ese grupo heterogéneo de patriotas nacionalistas, de aristócratas, de criminales curtidos, de antifascistas y anarquistas, de creyentes, ateos y aventureros, todos reunidos buscando el refugio o la acción bajo el famoso quepis blanco y las charreteras escarlata.
Hoy, repasando esas vivencias, ya desengañado y descreído de causa alguna, pesimista en general ante la vida, recuerdo mis andanzas por aquellos rumbos. Pero las recuerdo con la sonrisa cómplice del adulto que ve jugar a los niños, y me pregunto asombrado como alguna vez pude tragarme esos cuentos chinos de soldados, de banderas, de honores vacíos y de causas perdidas por los que matar o morir. Una juventud ilusa, a la que recurren los poderosos cuando necesitan derramar sangre por tonterías. 
Pero, a pesar de todo, me sigue atrayendo la idea de que exista una Legión Extranjera, porque sigue resguardando el sueño utópico de todo soldado que se precie de ser tal, y porque  esos hombres (por valientes o por estúpidos), tuvieron el coraje de arriesgar el pellejo por lo que creyeron justo. Y eso es más de lo que podemos afirmar la mayoría de nosotros.

miércoles, 20 de enero de 2016

Fundación de la corbata

En el año 1630, los soldados croatas defensores de Zagreb luchaban, a brazo partido, entre los trigales, las granjas de cerdos y los templos cristianos. 
Luchaban contra el invasor turco otomano para, y al decir de ellos mismos: “evitar la peste islámica, desterrar la herejía musulmana y ahuyentar la mala suerte de ese sucio sacrilegio religioso”. Andaban empeñados en cortar pescuezos, y así matando limpiaban de turcos el propio terreno ocupado.
En París, y luego del combate, su majestad Luis XIV recibió con honores al regimiento vencedor. Los esperó en una plaza para celebrar la victoria. El Rey estaba chocho de recibir a aquellos duros croatas, soldados baratos, simples labradores de la tierra y pastores de oveja, que habían sido siempre fieles a sus patrones franceses.
Y entonces, a esos soldados croatas se les ocurrió una idea. Agregaron a sus uniformes un pedazo de trapo que les daba vuelta al cuello. Querían verse distinguidos para la ocasión de aquella real felicitación, y usaron para tal efecto varios tipos de género: desde la tosca tela de sus ropas de campesino, hasta el suave algodón mezclado con finas sedas traídas desde otros mundos. Todos estaban parados en posición de firmes, frente a aquel palco de París, mientras esperaban al Rey bajo una llovizna molesta caía desde el cielo plomizo en finos hilos de plata. 
Con el pecho afuera lleno de orgullo y sus coloridos trapos al cuello esperaban, a que el Rey los expusiera como los vencedores de Croacia, al honorable servicio del colonialismo francés.
A los galantes aristócratas franceses que presenciaban la ceremonia, poco les importó la victoria de aquellos pobres granjeros vestidos de soldados, pero quedaron inmediatamente conquistados por aquel “elegante” estilo croata, maravillados con el brillante arcoíris que formaban esos trapos colgando alrededor de los pescuezos, coloridos y vivaces trozos de género bailando en la brisa de aquel encapotado día parisino.
Ese fue el día en el que unos trozos de tela flotaron sobre los cuerpos magullados de unos desconocidos hombres balcánicos, guerreros baratos, y que marcaría el nacimiento de una prenda de vestir infaltable en el armario actual de todo buen caballero, alejado, naturalmente, de la sangre, de los cerdos y de los muertos de aquellas sucias batallas.
De esa manera, aquel pedazo de trapo que viajó prendido de los cuellos de un regimiento de varones anónimos, desde las costas del Adriático a París, fue convertido en moda y presumido al mundo entero como una obra más de la gloriosa industria del buen gusto francés.
Y ahora, ante la justicia de la historia debemos reconocer entonces, que Croacia es el país madre de la corbata, así como Brasil lo es del café, Portugal del puerto, Suiza de los quesos y relojes, y que Francia es la madre de la moda prestigiosa, aunque debamos perdonarle el robo de la corbata, a los croatas.

viernes, 15 de enero de 2016

Argentinos

Estamos aquí y allá, en todos lados nosotros, todos juntos pero a la vez separados, porque así somos, gente propensa a enemistades eternas, pero también a romances perpetuos: argentinos.
Los que aguantan dentro o los que extrañamos fuera, siempre, un pueblo así grandote, como quien abraza un árbol grueso. 
País pedazo de tierra, de pampas enormes desplegadas en el sur de todas las pampas, en el final de todos los mapas, en el fondo de todas las costas de la mar.
Argentina: palabra limpia que me recuerda a mi vieja, que sugiere plata, flores amarillas, calles polvorosas de un interior profundo, cunetas, veredas, bares, plazas, un almacén para borrachos en la esquina, y un puterío de minas malogradas por la vida. 
El barrio, el tango, los muchachos, esa pequeña niña tonta por la que has vibrado en la infancia, la cumbia, el chamamé, el malambo, el punga y la gurisada. El guiso, el puchero, la cancha, y el mate verde que consuela, lavando lágrimas de risas, nostalgias o martirios, aunque no lo tomes mucho, como yo. Pero sabes que está allí, siempre esperando, y entonces tranquiliza.
Argentina es un lugar donde los vientos del oeste han forjado su cuero de montañas, protegiendo los valles fértiles del centro, y por el este el mar ha sucumbido, en las múltiples arenas de sus costas. El norte habla en guaraní, en quechua y en portugués, mientras que el sur se cae sobre el hielo, y se pierde en el mar entre brumas y neblinas, igual que en Gwynedd, Gales, el condado de Lewis jones.
Te quiero, país de la amargura y de la risa, tirado como gato panza arriba, cuna de Perón, de Sabato, de Borges, de malevos, hogar imaginario de Cortázar, de anarquistas, de corruptos y de héroes, de escritores, poetas y soldados, de milicos, de comunistas y de putas, de tilingas, de pobres diablos que sueñan con ser señores, de señores vestidos de bastardos. 
País patas arriba, cuna de payasos disfrazados de reyes y bufones, de buscavidas, de negros que se creen blancos, de blancos que sueñan con el eterno carnaval de los morochos.
Mestizos e inmigrantes conviviendo todos juntos, gitanos de múltiples caminos chupando el mismo mate, lavando el tiempo y las rencillas. El pasado.
Y entonces llega el día en el que estamos todos juntos, en despedidas o en regresos, rodeando un pozo largo o una chapa vieja en donde crujen brasas rojas, en torno a costillares tiernos de animales nobles liquidados por hombres buenos. La Argentina se convierte de un plumazo en esos gauchos que recuerdo y que conozco; estaqueadores rústicos del asado tempranero en pleno campo, armados con filos de fierro o estacas de madera. Ese es el país que desde lejos llevo pegado a mi nariz y que me gusta recordar: un país de chorizos y de carnes abiertas chorreando grasa sobre un fuego que crepita,
un país donde a veces solo la yerba es el pan de un pueblo entero, y la carne se transforma en el eterno sueño del pobrerío que espera a veces hambreado, esperando siempre en realidad, nomás.
Y también están los otros, los que sueñan desde lejos con esa peculiar comunión sabrosa de carnes y resplandores, envueltos en el tibio recuerdo de aquella humedad salada, aparentemente unidos, riendo y masticando, pelando huesos con cuchillos, al sol del campo o a la sombra de una mesa en donde reina el vino tinto, la panera y el sifón, haciendo fuerzas para pasar a la final del fútbol o del rugby o de la política o de las cartas o de lo que sea, y luego terminan siendo siempre los sub-campeones en todo, o en la mayoría de las cosas.
Argentinos: los que se las saben todas, los vivos, los cafishios, los curas, los maestros y atorrantes, los chorros y los laicos, los creyentes de la izquierda o la derecha, todos juntos pero a la vez separados.
Argentinos: gente rara criticando, egocéntricamente solidaria, gremialistas, chupamedias y obsecuentes, brutos, literatos y valientes luchadores, hidalgos, estafadores, transas y anarco-peronistas, contradicciones con patas, pavotes que calientan pavas, y que ceban espumosos brebajes. Los extraño pero a la vez los rechazo; filósofos lectores de Hesse, esperando eternamente a que todo cambie de repente, pero nunca cambia nada.Y mientras tanto votan, se van, pelean, putean, vuelven, boxean, se abrazan, se juntan y se vuelven a rechazar, eternamente. Ser argentino es extrañar siempre algo, aunque estés adentro. 
Ser argentino es estar triste, dijo Cortázar.
Ser argentino es no rendirse. Es estar lejos y no decir "mañana vuelvo", porque basta con ser flojo un rato ahora y listo. Porque después se te pasa y todo sigue.
Todo pasa. Porque el que afloja pierde. Porque el aguante puede ser a veces un amigo que ni habla tu idioma pero te invita una cerveza. Y sin saberlo te ayudó a sacudir el mambo que llevas en la cabeza
Salud, compatriotas argentinos. A los que arrastraron hacia afuera la eterna pena de extrañar los laureles conseguidos por los viejos extinguidos de bigotes y galeras; y a los que siguen jurando desde adentro con gloria morir, todos los días.

jueves, 14 de enero de 2016

Don Luis


Lo conocí en un pueblito mexicano de la costa del Pacífico.
Lo llamaban Pepe, o Guadalupe, o Don Luis, o quien sabe cuantos nombres mas. 
Siempre le ponían nombres nuevos, los muchachos que llegaban con sus mochilas y sus carpas, cargando sus casitas como los caracoles.
El hombre era de un pueblito al otro lado de la sierra. Su mujer estaba allí, sola con los dos perros, porque los hijos crecieron y se habían ido.
La gente conocía ese pueblo por el nombre de Quimixto, o Boca de Tomatlán, o "ese pueblito cerca de Puerto Vallarta". Muchos pescadores locales y algunos gringos borrachos iban siempre para allá.
Lo que el viejo llamaba casa era una habitación de cuatro paredes blanqueadas con cal y una puerta que daba a la arena, a la selva y al mar. Afuera había una letrina en forma de prisma.
Su único vecino es un islero o isleño que vivía en el fondo de la maleza, cruzando plantaciones a medio día caminando, en una casita de madera.
Sus riquezas eran pocas y consistían básicamente en algunas herramientas, un sombrero de ala, un machete, un hacha y una linterna. Tenía una mesa y una silla donde escribir y comer cuando el tiempo impedía hacerlo al aire libre. Había un desastre con aspiraciones de biblioteca: tres ladrillos en cada punta sosteniendo un tablón y otros ladrillos como sujeta libros.
Imposible olvidar que tenía una hamaca por cama, que todas las noches eran frías (algunas en exceso como las de enero), que tenía un mosquitero, algunas mantas y algo que llamaba edredón: un cobertor relleno con hojas de palma. 
Debajo de la hamaca iba siempre a acostarse una perrita que lo acompaña hacía un tiempo. Era una blanquita de raza puro perro, y tenía un exceso de fidelidad. Le resulta imposible apartarla de él.
Dormía bajo la hamaca hasta en las noches mas calurosas y lo acompaña en la lancha cuando iba al pueblo. Todas sus negativas, sus falsos gritos y amenazas, morían en su mirada cariñosa.
Y así termina la enumeración de sus tesoros.