"Los que pueden, actúan. Los que no pueden y sufren por ello, escriben. El acto de escribir, constituye una de las acciones mas profundas del sentir del ser humano. Ayuda a quemar la grasa del alma"

Ernest Hemingway.

viernes, 10 de febrero de 2017

El papá de las Fuerzas Especiales


Hace un año, cuando me encontraba viajando por un país llamado Myanmar (antigua Birmania), cerca de un río marrón y en lo profundo de la selva fronteriza pegada al norte de Tailandia, recordé que en mis años militares un antiguo jefe me había hablado una vez acerca de un hombre extraño. Era un inglés excéntrico y a la vez brillante que durante su niñez había sido unos de los primeros practicantes del escultismo, y es el dueño de la pintoresca historia que a continuación les paso a relatar.
El 12 de febrero de 1943, hace setenta y cuatro años, ocho columnas inglesas mandadas por un coronel llamado Charles Orde Wingate, de treinta y nueve años de edad, marcharon secretamente desde la India a Birmania, atravesando las líneas japonesas, y sembrando por más de tres meses la confusión y el pánico entre los alarmados nipones. Se movían éstos con frenética agitación de aquí para allá, como las abejas de un panal desbaratado, buscando y persiguiendo a los atrevidos irruptores, pero nunca pudieron atraparlos ni alcanzarlos. Las guerrillas de Wingate ejecutaban sabotajes y emboscadas, barrían las avanzadas japonesas, volaban puentes y ferrocarriles y destruían aeródromos y carreteras.

Los Chindits (nombre que Wingate dio a sus soldados, tomándolo del de los dragones que guardan los templos de Birmania), penetraron cerca de 500 kilómetros en el territorio ocupado por los japoneses y efectuaron una heroica retirada a la India. Las bajas que tuvieron no alcanzaron ni aun al mínimo que los jefes más optimistas habían calculado.

Aquella expedición fue sin duda uno de los episodios más novelescos de la Segunda Guerra mundial. He aquí sus resultados: alivió a los chinos de parte de la presión que sobre ellos ejercían las fuerzas japonesas; obtuvo valiosos datos que la fuerza aérea inglesa (RAF) aprovechó para varias irrupciones devastadoras; estorbó el avance de los japoneses, y, probablemente, hasta impidió la invasión de la India. Sirvió, sobre todo, de ejemplo de la táctica que debe adoptarse para la reconquista de países con geografía selvática y de la preparación que ha de darse a las tropas que tomen parte en ella. Los gurkas, birmanos e ingleses que componían esa expedición demostraron que los japoneses no eran ya amos invencibles ni irresistibles de la jungla.

El regimiento inglés de los Chindits de Wingate lo formaban tropas de segunda línea, compuestas, en su mayoría, por hombres casados, de veintiocho a treinta y cinco años de edad, reclutados en el norte de Inglaterra. "Tendrán ustedes que volverse unos Tarzanes", les dijo Wingate a estos soldados, y los tuvo seis meses enteros en las selvas de la India, ejercitándolos, bajo una temperatura abrasadora, en el paso de ríos, en la infiltración de las líneas enemigas, en largas machas con equipo pesado. Así sacó de ellos tropas de asalto bien instruídas, resueltas, capaces de sobrellevar la mayores fatigas. De lo riguroso de tal programa, podrá juzgarse por lo que decía un soldado al volver de la incursión: "Comparada con los meses de instrucción, toda la campaña fue tortas y pan pintado":

A los oficiales los sometió igualmente Wingate a un interminable curso de aplicación, en el cual les tocaba resolver problemas, no en el mapa, sino en el terreno. Transcurrido un tiempo, estos oficiales tuvieron la satisfacción de ver que ninguna de las situaciones tácticas que se les presentaron en Birmania los tomaba por sorpresa, pues todas correspondían a alguna de las que se habían ejercitado en resolver prácticamente.

Un Mariscal norteamericano pasó revista a los Chindits cuando estaban a punto de partir de la India. Les rindió el significativo homenaje de saludarlos antes de que ellos lo saludaran a él. Bien sabía, como lo sabía todo el mundo, que, a cuantos cayesen heridos o enfermos habría que abandonarlos probablemente en poder de los japoneses.

El paso del río Chindwin, de 800 metros de ancho, límite entre las tierras ocupadas por los nipones y las ocupadas por los ingleses, fue el primer tropiezo serio de la expedición. Las tropas enviadas a reconocer las inmediaciones volvieron con la noticia de que no había ni rastro de japoneses en varias leguas a la redonda. El material de campaña pesado se pasó en sampanes, botes de caucho y canoas. Jefes, oficiales y soldados se desnudaron y pasaron a nado. El cruce duró toda una noche, todo un día y la mitad de la noche siguiente. Wingate tiró su casco y su ropa al interior de la última canoa, y se arrojó a la impetuosa corriente.

Los Chindits atravesaron densas selvas, treparon altas cuchillas por cuestas escabrosas, bordearon precipicios, bajaron a valles profundos cubiertos de hierba que los tapaba. Hallaron esqueletos que jalonaban el camino por donde las tropas de las Naciones Unidas se habían retirado el verano anterior.

Wingate evitaba las trochas conocidas. Prefería casi siempre abrirse su propio camino a través de la espesura. A veces hacía veredas falsas para engañar al enemigo; pero su regla general era avanzar con la mayor rapidez posible. Las patrullas japonesas andaban a menudo tan cerca, que sus soldados chocaban muy seguido con las avanzadas de Wingate, en medio del bosque. El tiroteo era continuo. Los Chindits dieron muerte a más de 1.000 japoneses. El grueso de las fuerzas japonesas no pudo alcanzarlos nunca.

Con frecuencia los Chindits recorrían 48 kilómetros en un día con temperaturas superiores a los 40 grados centígrados. Wingate, siempre alerta, no permitía que se desperdiciara ni un solo instante. Prohibió a sus soldados afeitarse, para que no perdieran esos valiosos diez minutos de sueño. Sostenía que el mejor modo de conservar la salud era estar siempre en marcha. Y quizá tuviera razón, pues muy contados fueron los casos de malaria que hubo.

A la cabeza de cada columna iba una jauría de perros, enseñados a olfatear el rastro de los japoneses. Las ocho columnas se mantenían en comunicación constante entre sí por medio de la radio, palomas y perros mensajeros. En elefantes montados por baqueanos birmanos, iban los obuses, los antiaéreos, los botes plegadizos y los aparatos de telegrafía sin hilos. Venían luego los caballos y los soldados, después las mulas. Finalmente, en la retaguardia, carros cargados de ametralladoras, fusiles  y provisiones, granadas y municiones, tirados por bueyes. Cada columna tenía alrededor de 1.600 metros de largo. "Esto se parece al arca de Noé", decía uno de los soldados al ver trepar por una cuesta la larga fila de hombres y bestias. En la selva, el ruido de la marcha no se oía a 200 metros de distancia, pues la espesura amortiguaba los ruidos.

Los Chindits, en su mayoría, llevaban zapatillas de deporte con suela de caucho para moverse mas rápido, pero los exploradores que operaban en las vanguardias de las columnas vestían pantalones cortos, calzaban botas de cuero y se cubrían las cabezas con cascos de acero para diferenciarse de los nativos a quienes reclutaban. Imprescindibles en el equipo de los hombres era el sombrero australiano de ala doblada, una tela de mosquitero por cabeza y nuca, y el machete al cinto. Cada uno de ellos entró en Birmania con una ración de paracaidista para seis días en la mochila. Los aeroplanos continuaron abasteciéndolos desde el aire. Recibieron durante las jornadas un total de 225 toneladas métricas de provisiones.


Con cada columna iba un oficial de la fuerza aérea, para elegir los lugares donde se debían dejar caer los víveres y otros abastecimientos. Elegía, por lo común, arrozales, cauces secos de ríos, claros de montes en la periferia de las aldeas y malezas pisoteadas por los animales. Por medio de comunicaciones en clave se avisaba a la base aérea de Asam cuándo y a dónde debían enviar los suministros. El humo de grandes fogatas guiaba a los aviadores durante el día; señales luminosas durante la noche. Los enormes aviones descendían hasta 45 metros del suelo a arrojar sus cargamentos de armas, municiones, dinamita y latas de carne, galletas, dátiles, pasas, té, azúcar, sal y tabletas de vitamina C. La única rotura que hubo que lamentar fue la de una botella de ron.
Sobre la polvorienta aldea de Monyowa, muy cerca del río Chindwin, se lanzaron varias veces abastecimientos para ayudar a aquellos duros combatientes. Hoy, después de setenta y cuatro años, la vida en el lugar sigue siendo prácticamente igual, sin muchas tecnologías ni modificaciones aparentes a pesar de las décadas transcurridas. Allí los siglos se han congelado en el tiempo.




La RAF ponía heroico empeño en suministrar a los expedicionarios cuanto pedían. Hubo quien pidió una biografía de Bernard Shaw; otro, una botella de whisky irlandés para celebrar el día de San Patricio; un tercero, un monóculo; un cuarto, una dentadura postiza y un faldón escocés. Dos radiotelegrafistas se lanzaron en paracaídas para reemplazar a dos de sus compañeros que enfermaron. Uno de los oficiales, a quien los japoneses tenían rodeado, hizo que la RAF le enviara un testamento ya redactado para firmarlo. El principal restaurante de Calcuta trabajó toda una noche preparando 180 kilos de chocolate que pidieron los Chindits, y que los aviones les arrojaron al día siguiente en Birmania, después de volar más de 1.100 kilómetros.

Un grupo de Chindits llegó en cierta ocasión al vivac de unas fuerzas japonesas que habían salido por la mañana. Los Chindits no encontraron sino a los cocineros birmanos, que estaban muy atareados preparando la comida. Los hombres de Wingate comieron hasta hartarse, muy obsequiosamente servidos por los guisanderos birmanos, y lo que no comieron, se lo llevaron.

La expedición había penetrado hasta 190 kilómetros de la carretera de Birmania cuando recibió órdenes de regresar. Al llegar en su contrarumbo al río Irauaddi, en una noche fría de luna, los japoneses, apostados en la orilla opuesta, empezaron a hacer nutrido fuego de obuses y ametralladoras. Wingate hubiera podido forzar el paso del río y desalojar al enemigo; pero a costa de muchas vidas. De pie en la orilla del río, examinando la situación serena y perspicazmente, con su larga y tupida barba y una frazada que le caía desde los hombros como un manto, hacía pensar en los profetas de antaño. Con la rapidez de la intuición vio al punto lo que más convenía hacer. Ordenó a los Chindits que se dispersaran en grupos de unos 40 hombres y se internaran en las junglas por diversas partes, a fin de desconcertar al enemigo, y que luego descendieran a la orilla y fueran cruzando a hurtadillas por diferentes puntos. A las 48 horas, todos habían cruzado. Enterraron los aparatos de radio, destruyeromn todo el equipo pesado que llevaban y emprendieron la marcha de cerca de 500 kilómetros que debían hacer para regresar a la India.

Sin radio, ya no podían recibir abastecimiento por avión, pues los pilots no sabían a dónde efectuar los lanzamientos. Los Chindits se comieron primero los bueyes y las mulas, y luego siguieron viviendo de arroz, culebras, buitres, hojas, raíces y sopa de hierba. Perseguidos sin cesar por los japoneses, tenían que desviarse de los pocos manantiales que había, y a veces pasaban varios días sin más agua que uno que otro trago sacado de canutos de bambú. Sabiendo que la seguridad de la expedición dependía de la rapidez de la marcha, Wingate forzaba a su gente a avanzar casi sin tregua.

Después de la aventura, dieron afectuosamente a los Chindits los nombres de "El Circo de Wingate", "Los Locos de Wingate", "La Chusma de Wingate". Los jefes y oficiales eran tipos curiosos, casi todos sujetos recios y atrevidos, avezados al servicio de los "comandos". Mike Calvert, llamado "El Loco Mike" o "Mike Dinamita", era perito en minas de trampa y en la demolición de edificios viejos; artista en cuyos ojos brillaba la inspiración cuando hablaba de dinamita y pólvora. Aún no había cumplido los treinta años, y casi no había teatro de la guerra en que no hubiera servido detrás del frente enemigo.

El mayor Bernard Fergusson, que jamás se quitaba el monóculo, abandonó su descansada plaza en la plana mayor de un regimiento de escoceses para ir a tirarle de las orejas al Mikado. "Me he pasado la vida soñando con volar puentes", decía jubiloso al ver dispararse por los aires los fragmentos de la cañada de Bonchaung. Para leer en el monte, Fergusson llevó consigo algunas novelas clásicas de shakespeare. "Nos fumamos todas las 600 páginas", decía, "pues, aunque teníamos picadura en abundancia, se nos acabó el papel de cigarrillos".

Al teniente Albert Tooth, que había sido comerciante de vinos en un área suburbana de Manchester, lo llamaban "la maravilla desdentada del faldón". Con la dentadura podrida y una barba que se dejó crecer hasta el pecho (según él para asustar a los japoneses), se empecinó en hacer toda la campaña sin quitarse su vistosa falda de lana escocesa.

Uno de los voluntarios de la expedición era el norteamericano James Gibson, teniente de aviación, a quien sus compañeros pusieron el apodo de "Carolina". "Estoy cansado", decía, "de matar japoneses al vuelo. Quiero ver la cara que ponen esos malvados enanos cuando les entran las balas".

En el abigarrado personal de Wingate figuraban un príncipe birmano; un ex historiador de Oxford; el teniente William Edge, muy versado en la preparación de bifes de búfalo; y el sargento escocés de comandos Robert Blain, que, cuando la situación se ponía muy negra, decía filosóficamente: "Como dice mi abuelita, ëstas son cosas que el cielo nos manda para probarnos".

Cuando Wingate regresó, le dieron en la India el apodo, o título, de "Lawrence de Birmania". Sus fabulosas hazañas de guerrillero ya le habían valido los de Lawrence de Judea" y "Lawrence de Etiopía". En Inglaterra la gente lo recuerda hoy a secas como "El nuevo Lawrence". Y hasta la casualidad se sabe de que Wingate es pariente del famoso "Lawrence de Arabia". Parece que el ejército inglés tiene la virtud de producir uno de estos excéntricos genios militares en cada generación: Clive de la India, Gordon "el Chino", Lawrence de Arabia.

Wingate fue un general "de Biblia y espada", de fe profunda en la eficacia de la oración, místico de la escuela de los yoguis, y soldado aguerrido que se complace en pelear por pelear. Siempre iniciaba el día con una oración. A menudo empleaba como cifra palabras y frases bíblicas. La espada, la Biblia y la adaptabilidad a la vida de los pueblos más extraños parecen ser atributos congénitos de la índole y la mentalidad de Wingate. Su padre sirvió treinta y dos años en el Ejército inglés de la India, y cuando se retiró del servicio fundó una misión entre los pantanos. La madre de Wingate era profundamente religiosa y lo educó con puritana rigidez.

Como se aprecia en la foto que ilustra el inicio de esta nota, Wingate tenía la cara angulosa y descarnada del intelectual, ojos oscuros y penetrantes, nariz delgada y huesuda, boca austera, mentón saliente y barba oscura que empezaba a encanecer. En Birmania llevaba camisa andrajosa de monte, pantalón de pana burda y un casco de palma pasado de moda que parecía un tarro encasquetado en la cabeza. Profesaba la teoría de que el ser humano es capaz de almacenar energía como el camello acumula agua de reserva. En campaña, marchaba semanas enteras sin dormir más que unas pocas horas por día. Ahora, eso sí, cuando la campaña terminaba, se pasaba días seguidos durmiendo, o abstraído en extática contemplación. Una de sus manías era la conservación de la robustez del cuerpo. Entrenaba diariamente en solitario mediante ejercicios de calistenia. No fumaba. En las marchas, se le veía a menudo mascando cebollas crudas, pues creía firmemente que tenían grandes virtudes preservativas de la salud. Todas las noches se frotaba la espalda con un cepillo de caucho.

En un profesional de las armas como Wingate, sorprende ver la variedad de asuntos en que se interesaba. Por la mañana se le oía tararear canciones árabes. Tenía pasión por la música, y se pasaba horas enteras escuchando sinfonías fonográficas tendido en el suelo. Sus gustos literarios iban desde Shakespeare hasta las tiras cómicas de los periódicos dominicales, aunque prefiere siempre la lectura seria.

Conoció a su bella esposa en el Mediterráneo, a bordo de un vapor. Ella tenía quince años; él, treinta. "Vino derecho hacia mí", dijo Wingate, "y me dijo sin empacho: Usted es el hombre con quien me voy a casar. Como estábamos de acuerdo no hubo discusión. Aquello fue como la ejecución de un doble y mancomunado plan de campaña".

Wingate hablaba como una enciclopedia. Entre los jefes y oficiales discurría sobre los ascetas yoguis de la India, los hábitos sociales de la hiena, la conducta de una mosca tapada con un dedal, los cuadros de los pintores del siglo XVIII, o el mejor modo de ganar la guerra. En Etiopía sorprendió una vez a un grupo de oficiales con una verdadera conferencia sobre la caza de hienas con pistola en noches de luna.

Wingate no respetaba títulos ni categorías militares. Su indiscreción no tenía límites. Sin temor y sin problemas sermoneaba a sus superiores cuando creía que habían cometido equivocaciones. Quizá haya sido el único jefe inglés de los tiempos modernos que se haya valido de la antigua prerrogativa de presentar por escrito al rey quejas acerca de jefes de mayor graduación. Sus ideas anárquicas despertaron la ira de muchos militares encopetados, que lo miraban de reojo y lo creían un poco desequilibrado. "Pues, hombre", le decía él a un amigo, "yo no estoy tan loco como la gente se figura".

En 1938 se le otorgó en Palestina la condecoración de la Orden de Servicios Distinguidos (a la cual luego se le agregó dos galones), por haber mandado los destacamentos que exterminaron las cuadrillas de terroristas árabes a sueldo del Eje. En Etiopía se granjeó la admiración y el apoyo de las tribus con una serie de irrupciones atrevidas en territorios ocupados por fuerzas italianas muy superiores a las suyas.

Fue uno de los pocos blancos que en las guerras asiáticas han logrado cautivar el ánimo de los naturales de tierras de mentalidad primitiva. Llevaba siempre consigo un altavoz y un grupo de hábiles propagandistas nativos. En todos los pueblos de Birmania y Etiopía se detenía siempre lo suficiente para repartir hojas volantes y perifonear una proclama en lenguaje tan sencillo como pintoresco. "Aquí llegaron los hombres misteriosos que han venido a visitarlos", decía a los birmanos, "pueden llamar en su auxilio, de regiones remotas, grandes e incomprensibles poderes aéreos, y los libertarán de los feroces y ceñudos japoneses". Los birmanos le dieron reverentemente el título de "Señor Protector de las Pagodas". De buena gana guiaron a los Chindits por trochas secretas, y ni una palabra dijeron a los japoneses acerca de la expedición. Sin esta valiosa ayuda, es probable que el enemigo hubiera descubierto y aniquilado a los irruptores.

"Los japoneses", decía Wingate, "no son superhombres, ni mucho menos. Sus planes y operaciones militares no manifiestan ser fruto de inteligencias superiores. La guerra en la selva exige gran ingeniosidad y gran resistencia. El japonés tiene la resistencia suficiente, pero le falta ingeniosidad. Cuando se encuentra en presencia de un problema nuevo, rara vez sabe qué hacer. Nosotros hemos demostrado que podemos vencerlo en su propio terreno".

Wingate murió pocos meses después de aquella gran operación militar, a los 41 años de edad y mientras volaba en un avión que se estrelló contra una colina cerca de Imfal (India). Creo haberles dicho que cuando niño fue boy scout y que le gustaba viajar y las aventuras. Antes del accidente que le costó la vida había leído la reciente publicación de un francés al que todos consideraban loco: "El principito", de Saint Exupéry. Mientras todos dijeron que ese libro era una estupidez y que estaba condenado al fracaso, él quedó fascinado. Fue uno de los últimos textos que leyó antes de trepar por la escalerilla del avión que lo llevaría a la muerte. Pues nada, esta es la historia que quise contarles.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Un proscripto

Argentina, década del 1900, años finales del siglo XIX. Son tiempos de huidas y de mandigar, tiempos de robos. Días de cabalgar por donde nadie mas cabalga salvo él. 
Ha dejado atrás la región de los puebluchos de mala muerte y la estación del ferrocarril y la sombra de los saucedales y ahora solo tiene por delante una llanura horizontal de paisajes pastoriles. Sangre italiana corre por sus venas, reciedumbre siciliana. Pañuelo al cuello, cuchillo al cinto, tatuaje azul en la piel y un rifle terciado dentro de su funda que cuelga por la derecha sobre el lomo de un alazán. 
No ve un alma durante leguas. El sol declina frente a él mientras escruta el horizonte siguiendo con la mirada la línea que dibuja el ala de su sombrero. La noche cae como un relámpago y el viento crudo hace rechinar la maleza. Duerme bajo un cielo de terciopelo negro tapizado de estrellas que tiemblan y palpitan colgadas aquí y allá en medio de la inmensidad que lo envuelve.
Se mantiene alejado de los caminos arenosos por temor a otros gauchos y a la policía. Reposa en las hondonadas con serpientes y arañas que pasan sobre su cuerpo durante toda la noche. La madrugada lo sorprende en un barranco donde había ido a buscar reparo del viento.
El sol que sale al otro día es del color del hierro. Al atardecer sigue el rastro de unas ruedas de carreta y en la distancia una columna de humo sube en diagonal entre una arboleda de eucaliptos. Ahuecando las manos sobre los ojos alcanza a ver otra población.
Llega a una cantina y pide de beber y bebe pero luego se da cuenta de que no puede pagar porque no tiene dinero y entonces pide al cantinero que le de trabajo para saldar su deuda y este se niega.
El cantinero es un hombre viejo, de pelo rojo, bajo y taciturno y lleva bigotes gruesos que terminan en punta a la manera de los marineros franceces del puerto de Marsella.
Largo de acá, matrero, dijo el cantinero y apoyó sobre el mostrador una escopeta de caza del calibre 12 que estaba recostada contra la madera humedecida por alcoholes ajenos.
El italiano puso mala cara. Hijo de puta, dijo. Avanzó hacia el hombre armado. La cara del cantinero no cambió. 
El viejo amartilló la escopeta con el pulgar derecho y el índice de la misma mano sobre el gatillo. Un chasquido metálico en medio del silencio. Tintineo de vasos en todas las mesas. Luego un arrastrar de sillas retiradas por los parroquianos. Nadie en el lugar salvo ellos dos.
El italiano quedó inmóvil. Abuelo, dijo.
El viejo no respondió y se movió a la izquierda. El italiano lo siguió con la mirada.
Estás borracho, dijo el viejo. Señaló la puerta con el cañón del arma.
El italiano retrocedió hacia una esquina del salon y otro hombre surgió de la nada y se le fue acercando despacio como quien se dirige a cumplir una tarea. Llevaba una pistola en la mano. El italiano giró sobre su cuerpo y quedó frente a frente con el hombre. Vas a salir, dijo el de la pistola. El italiano no dijo nada.
Con un movimiento rápido tomó una botella vacía que estaba caída sobre una mesa y dió un golpe sobre una silla y pedazos de vidrio salieron volando en todas direcciones.
¿Me vas a matar? dijo el italiano, y comenzó a avanzar de frente con el pico de la botella rota en una mano.
El hombre de la pistola saltó agazapado hacia adelante y amartilló el arma e hizo fuego. El cuerpo del otro giró sobre si mismo y cayó pesadamente sobre el suelo entre el humo del disparo. 
El cantinero estaba en medio del salón y tenía dificultades para respirar. El italiano estaba tumbado boca abajo y no se movía pero seguía empuñando la botella rota.
El hombre de la pistola se acercó lentamente apuntando hacia el cuerpo inerte y cuando estuvo cerca se agachó para revisar y entonces el italiano giró furtivamente de nuevo como un gato y le hundió el borde de vidrio mellado en un ojo. Un grito y luego silencio. Sangre y vidrio se desparramaron sobre el suelo y el hombre se dobló por las rodillas y se le puso el otro ojo en blanco y cayó a tierra y quedó inmóvil.
Otros hombres miraban la escena aferrados a los barrotes de las ventanas pero cuando el italiano se levantó y juntó su sombrero y salió a la calle nadie dijo nada. Sangraba por un costado pero el balazo había sido solo un roce.
Ya era noche cuando desenganchó el alazán que esperaba atado a un palo y lo montó y salió al galope por el camino vecinal rumbo al monte. 
Abrieron un prontuario policial a nombre de un tal Juan Bautista Vairoleto.
Quedó fuera de la ley.

sábado, 4 de febrero de 2017

Faena nocturna (Relato breve)

Hacía un frío atroz. Al sentir en el rostro la violenta ráfaga de viento que les llegó del sudeste, los cuatro hombres supieron que si no se disponían a matar, definitivamente morirían de hambre y congelados antes del amanecer.
Llevaban semanas marchando a pie por aquellas dunas solitarias y aisladas que bordeaban el mar, cargando al hombro mochilas de lona engrasada y fusiles automáticos terciados al pecho y aplastando con sus botas de cuero curtido los pastizales color coyote. Estaban deshechos y dormían de a ratos, enroscados en hondonadas y envueltos en ponchos impermeables como perros callejeros, sobre la tierra empapada y endurecida por la escarcha y con aquel viento salvaje y cruel del sudeste cortándoles las mejillas como navaja de barbero. Sus bocas secas de agua y sus labios partidos resoplaban expulsando un humo blanco parecido al que suelen echar al aire los trenes de vapor, y hacía cada vez más frío y la oscuridad azul posterior al crepúsculo caía sobre ellos. Llevaban tres días con sus noches sin probar bocado y el hambre comenzaba a mellar la voluntad pero seguían adelante estoicamente, dobladas las espaldas bajo el peso del equipo y con los cuellos quebrados hacia abajo con la cabeza bailando dentro del casco y la mirada perdida clavada en el suelo. Caminaban en fila india, medio dormidos, insensibles los pies y chocando entre sí cada vez que el de adelante se detenía.
Llegaron a una alambrada que se perdía a izquierda y derecha en aquella pampa húmeda y había una arboleda sin nombre pegada al límite fiscal. El viento había amainado y detrás de un velo amarillento que parecía de algodón la luna salió y la mitad de ella se vio como un barco de juguete medio hundido en el cielo anochecido y plagado de nubes grises que la iban cubriendo lentamente como si fuera un vendaje.
El líder de la patrulla habló en voz baja; Vamos a entrar, dijo, y el resto de los hombres asintieron en silencio con un solo movimiento de cabeza y sonrieron mostrando los dientes y el blanco de los ojos les brilló un instante bajo aquella extraña luz de luna desde las caras ennegrecidas y embadurnadas de camuflaje y de barro y de mugre.
El hombre que mandaba el pelotón era un moreno de espaldas anchas y la nariz achatada como de boxeador y había cruzado una pierna sobre la alambrada y estaba sentado a horcajadas sobre uno de los  postes de aquella minúscula frontera, con el cuchillo desenvainado en una mano como si fuera un cuervo esperando a su parvada.
Llevaba puesto el overol amplio, verde aceituna, liso y sin insignias que muchos soldados de infantería del mundo suelen utilizar durante sus operaciones. Llevaba también sobre los hombros una cincha de lona que le cruzaba el pecho en dos tiras verticales de la cual pendía un cinturón lleno de bolsas oscuras y de cartucheras en las que transportaba munición. Tenía un botellón plástico para almacenar el agua a cada lado de ambas caderas y a sus pies, apoyado en el alambre, descansaba sobre el suelo un fusil automático de origen belga, con veinte cartuchos del calibre 7,62 milímetros alojados en el cargador. Todos los demás iban igualmente vestidos y equipados.
Vamos a entrar sin correaje y sin fusil. Solo el cuchillo y las botas, dijo el moreno.
¿Crees que no habrá nadie?
No hay nadie, está vacío.
¿Estás seguro?
Si, ¿Tienes miedo o qué?
Tengo más hambre que miedo, imbécil.
Pues entonces apura, salta el puto alambre y entra de una vez.
El otro hombre que hablaba con el jefe trepó de un salto la línea y cayó pesadamente del otro lado.
Dentro del potrero había una oscuridad total y un olor a tierra mojada mezclada con mierda fresca de animales. La alambrada partía el campo en dos y detrás de ellos saltaron también los otros que faltaban. Avanzaron arrastrándose lentamente en la penumbra, agazapados lo más que podían, cuchillo en mano y el pecho pegado al suelo para poder ver y escuchar mejor. Se habían quitado el equipo y habían ocultado el armamento entre unos matorrales y se sentían más livianos, más ágiles, más sanos, fortalecidos por la suave brisa que ahora les llegaba desde el mar y por la idea de que pronto matarían para comer.
Solo a la cría más pequeña. No apunten a las grandes porque es demasiada carne, dijo el moreno.
Todos entendieron pero nadie dijo más nada. Se levantaron lentamente del suelo y comenzaron a avanzar a pasos cortos y decididos desplegados hacia adelante en línea horizontal formando una cadena. Marcharon por una pequeña planicie surgida entre dos médanos y en la penumbra final de aquella fría tarde azul vieron a lo lejos las siluetas de unas ovejas que pastaban recortándose sus figuras contra el horizonte. Siguieron adelante. El rebaño estaba en un rincón del campo, todos juntos los animales, como si se hubieran reunido presintiendo la amenaza que se cernía sobre ellos. Era una masa de patas embarradas y de pezuñas negras y de lana sucia, amarillenta, compacta y solidaria entre sí que se movía junta en un solo bloque, rumiando y abrevando en las esquinas de aquel potrero que pronto se transformaría en una tumba de osamentas ovinas.

Los cazadores avanzaban encorvados y sigilosos con rumbo norte y entonces el moreno hizo una señal con los dos brazos abiertos y los dos hombres de los flancos se abrieron hacia oriente y occidente agrandando lentamente la formación de línea que ahora se curvaba campo arriba buscando envolver al rebaño que pastaba en silencio. Un animal levantó la cabeza y olfateó el aire. Oyó los pasos de los hombres y comenzó a balar y las dos crías que tenía cerca trotaron a paso torpe y se refugiaron entre sus patas. La oveja corrió y baló y se detuvo y olfateó el aire y corrió de nuevo. Los corderos siguieron adelante persiguiendo a su madre. Los cazadores también.

El sol se puso definitivamente y la oscuridad ganó el horizonte y arreció el frío pero los hombres ya no sintieron más nada y solo corrieron hacia adelante motivados por la excitación y por la sed e impulsados por el hambre que les mordía las tripas. Una tropa de figuras inciertas pasó fugazmente frente a ellos haciendo zig-zag y nuevamente se arrojaron al suelo con el pecho en tierra para escuchar y vieron como los animales huían en diagonal, desesperados y balando y lanzando patadas al aire. Un cazador estaba echado en mitad del potrero y se arrastró hacia una esquina cortándole el camino a un animal que corría enloquecido y directo hacia su posición. Se agazapó como lo hacen lo felinos antes de atacar y esperó con el cuchillo en mano y la hoja relumbrando bajo la luna. Al incorporarse de un salto sintió que las piernas le fallaban y erró la puñalada. El animal se perdió en la oscuridad lanzando patadas y gritos como de conejo.  Siguieron acechando.
Estaban ahora tumbados todos boca abajo, en el barro, dispuestos en una línea separada e irregular de cuatro hombres que se extendía a lo ancho de aquel corral al aire libre, los músculos tensos empuñando con firmeza el cabo del cuchillo, la mano libre abierta y apoyada en el suelo, flexionada una pierna en un gesto ágil y la otra extendida con la punta de la bota encajada en la tierra como un pelotón de soldados listos para pasar al asalto. Esperaron.
La enorme oveja pasó de largo, forma oscura y vibrante. El hombre del flanco izquierdo dio un salto y corrió imitando las gambetas laterales que daba el animal en su huida. Los otros hombres le siguieron. El animal se topó con el alambre, dio la vuelta y esperó. Los cuatro cazadores le bloquearon el camino. Le hablaron en vos baja. Pudieron oír el rumor de su respiración pulmonar y la vieron vacilar un instante con los ojos encendidos de un lado a otro y pudieron oírla balar débilmente también. Los otros corderos gritaban y lanzaban patadas desde el otro rincón del corral. Se habían vuelto a reunir todos de nuevo formando la misma masa compacta de lanas amarillas, patas y pezuñas.
Uno de los hombres silbó y estiró un brazo y escupió en el barro. Cuando estuvo lo bastante cerca el animal comenzó a llorar como una criatura y sacó la lengua negra fuera de la boca y empezó a babear. Se le tiró encima y la oveja dio un salto y pateó al aire y con una pezuña trasera le abrió un profundo tajo en la frente al hombre. La sangre manaba a borbotones del parietal frontal pero igual siguió corriendo. Tenía la cara ensangrentada y le costaba ver y se limpió un ojo con el dorso de la mano libre y continuó corriendo cuchillo en mano y sin detenerse. Dos hombres más corrieron detrás de él. Los otros dos miraban y reían.
Ya cerca del rebaño que esperaba reunido estoicamente bajo la escarcha que comenzaba a caer, el hombre herido se lanzó nuevamente en el aire y cayó pesadamente con el músculo dorsal y el brazo izquierdo extendido sobre el suelo embarrado y húmedo. Logró empuñar una mata de lana amarillenta que colgaba del flanco derecho de la oveja y se aferró a su presa con las dos manos como si fuera un tigre dando caza a un jabalí. Soltó el cuchillo. El animal siguió corriendo pero ahora su ritmo era más lento y jadeaba con esfuerzo y babeaba por la boca con la negra lengua fuera y su balar era un sonido ronco, opaco, apagado, deshilachándose en el viento bajo la helada que caía. El cazador iba colgado sobre el costado del animal como un extraño jinete con la silla rota arrastrándose por el campo. Había quedado solo en aquella lucha personal mientras sus compañeros reían y escupían al suelo con el blanco de los ojos y los dientes brillando intermitentes en la oscuridad.
Le rodeó una pata con las dos piernas y lo hizo caer a tierra hecho un ovillo. El hombre fue el primero en levantarse y el animal forcejeó un instante y cayó de nuevo y volvió a llorar y babeó y se retorció en el fango como si suplicara. De un solo movimiento el cazador giró el cuerpo de la oveja y juntó y sujetó con fuerza las cuatro patas provistas de pezuñas como quien cierra con un nudo la boca de una bolsa de lona. Se quitó el cinturón y aseguró la presa. El animal estaba tumbado con el lomo en tierra y las patas apuntando hacia arriba y ya no balaba ni lloraba ni pateaba. Tenía los grandes ojos negros muy abiertos y brillantes y contemplaba la escarcha que caía desde el cielo anochecido y su respiración pulmonar era ahora más fuerte. Se había hecho el silencio y los otros hombres ya no reían ni escupían ni hacían nada. La cacería duró cerca de dos horas.

Desde la noche cerrada surgió un bulto que fue a pararse al lado del hombre que había sometido al animal. Extendió un brazo con el arma blanca que había caído durante la fajina. El cazador asió el cuchillo.

Aquí no, llevémosla a los árboles, dijo el moreno.
Dos hombres arrastraron la oveja fuera del corral y el cazador y el moreno se adelantaron y descendieron hacia el sur por el camino arenoso que conducía a la arboleda sin nombre. La noche helada era prieta y oscura como la boca de un oso y a los costados del camino crecían chañares espinosos y matas color verde claro y algunas perdices noctámbulas se movieron nerviosas en sus madrigueras. Invisibles y traicioneros, los huecos abiertos en el suelo por las vizcachas estaban sembrados aquí y allá alternativamente en aquella llanura miserable y ventosa. Muy a lo lejos vieron las fogatas del enemigo, unas luces anaranjadas y trémulas que vacilaban débilmente en aquel paisaje horizontal. Siguieron adelante.
Los hombres que traían la oveja maniatada escucharon un rumor que nacía de los árboles. Es por aquí, dijo la voz.

Giraron hacia esa dirección y escucharon de nuevo aquel rumor que les llegaba desde la oscuridad y uno de los hombres soltó al animal y apoyó una mano sobre el hombro de su compañero a modo de advertencia. Es ahí, dijo.
Nadie respondió mientras los hombres seguían arrastrando la oveja hacia el monte. Cuando llegaron al pie del árbol solo observaron a través de lo oscuro el bulto de las mochilas, las colchonetas enrolladas en la tapa, los cascos de acero puestos encima y los fusiles apoyados en línea sobre ellos. El cazador afilaba su cuchillo y el moreno estaba inclinado sobre el pozo que cavaba, una fosa alargada y sombría de alrededor de un metro y medio, parecida a una tumba. Siguieron adelante y dejaron el animal junto al pozo. El cazador se alejó un momento para orinar y regresó.
El moreno había terminado de cavar y se había arremangado la camisa y su frente estaba perlada por gruesas gotas de sudor. Respiraba con dificultad y sostenía un pedazo de cuerda en una mano y una pequeña pala plegable en la otra. Todos los hombres tenían un aspecto fatal. Lograron verse un momento entre sí, a duras penas, a través de aquella oscuridad azulada y espectral y comenzaron a pensar que cada uno veía al otro como si fueran fugitivos en plena huida. Estaban exhaustos y hambrientos, embrutecidos por la sed y por la falta de sueño, con restos de sangre seca pegada a la ropa y mugrientos de pies a cabeza. El cazador regresó de mear y se paró junto a la oveja. Solo sus dientes brillaban a la tenue luz de la luna. Llevaron al animal un poco más cerca de la fosa y entonces el moreno sujetó la cuerda trenzada alrededor del pescuezo de aquel ovino infeliz y la estiró mientras que el cazador se ponía a horcajadas sobre él y empuñaba su cuchillo de hoja lisa y mediana. El animal se asustó y pateó y defecó y volvió a llorar soltando las amarras de las patas y entonces el hombre del cuchillo apuñaló con fuerza dos veces sobre el cogote pero la oveja giró sobre sí misma y logró ponerse en pie gritando como un cerdo y vomitando sangre y pateando al aire y buscando un hueco para escapar entre medio de sus asesinos. Junto al árbol solo estaba echado otro hombre que tomó en sus manos la gran piedra sobre la que apoyaba la cabeza y se paró de un salto. Cuando el bulto oscuro pasó corriendo y gimiendo frente a él levantó la piedra y descargó con furia todo su peso aplastando el cráneo del  animal de un solo golpe. La boca y los ojos se le desplazaron hacia abajo y adelante como si fueran de goma y las orejas escupieron sangre y uno de los ojos le quedó colgando fuera de la órbita y prendido de ligamentos fibrosos como si fueran cables blancos y entonces la oveja mordió el barro con tanta fuerza que una pata delantera estalló bajo su cuerpo con un sonido sordo, como cuando se parte un pedazo de madera seca para hacer fuego.
Faenaron el cuerpo del animal y las vísceras y las coyunturas y los huesos fueron a parar al pozo excavado para tal fin. Los hombres cortaron filetes de los cuartos traseros y comieron la carne cruda que chorreaba sangre sin encender fuego, sentados sobre el borde y con las piernas dentro de aquel hoyo alargado y excavado en tierra como si fueran fieles de alguna oscura secta celebrando un sacrificio ritual. Tragaron aquella carne correosa todavía tibia en los momentos previos al “algor mortis”, trozos de masa húmeda y vibrante llena de vasos sanguíneos y de músculos tensos por los que hacía apenas un momento habían corrido manantiales de vida. Cortaron en lonjas el resto de la carne y la guardaron cada uno en sus mochilas.
El moreno designó puestos de guardia y el resto se echó a dormir apoyando la cabeza sobre cascos, piedras y mochilas en aquel suelo helado y duro. Estaban nuevamente envueltos en sus ponchos impermeables pero ahora con el estómago lleno de carne fresca y cruda, con el fusil abrazado al pecho, las botas puestas y listos para huir o pasar al asalto.
Antes del amanecer taparon el pozo, cargaron el equipo y siguieron adelante. 

sábado, 17 de diciembre de 2016

Un arma llamada blog

Generalmente, lo que medio mundo utiliza hoy en sus momentos libres (para distraer la mente o para pasar el rato durante días grises, frescos o lluviosos en cualquier lugar del planeta), se llama blog. Por eso escribo esta nota, porque allí, en ese lugar donde otros encuentran sus mejores horas de ocio, para mí se convierte en jornadas de lectura, de reflexión, de aprendizaje y, finalmente, de redacción. Es una actividad que, además del deporte, francamente me apasiona. Lo hago convencido y con mucho gusto. Me encanta.
Escribir en el blog es una actividad que realizo usualmente robándole horas al sueño o durante mis días libres (que son raros y muy pocos), cuando el trabajo con que me gano la vida flaquea o se vuelve intermitente por culpa de la nieve o del hielo o de las lluvias o vaya uno a saber porqué. Y entonces debo recordar a los lectores que quien abajo firma se gana el jornal cargando al hombro bolsas de port-land o cavando zanjas a punta de pala o picando piedras con martillos neumáticos o manejando un tractor o cortando hierros colgado como un murciélago al último piso de un edificio en construcción. Es que soy obrero pues, a mucha honra, y así es como me gano la vida de este lado del mundo; al menos por ahora.
Esta mañana, viendo pasar el paisaje nevado a través de una ventanilla de tren, mientras viajaba rumbo a Berna, se me vino a la cabeza una frase de Mark Twain: "El periodismo es la manera más interesante y culta de ser pobre". Y entonces pensé que era verdad, que aquel viejo de bigotes tenía razón. Pero que además de ser una actividad interesante y que no aporta más que unos pocos centavos al bolsillo flaco de quien lo ejerce, el periodismo es también una vocación que te conecta con el otro, con el ser humano duro y crudo, con la gente que no se ve ni se escucha y que lee en silencio sin opinar pero que piensa y reflexiona. Entonces, si solo eso sucede, ya habrá valido la pena el esfuerzo de escribir.
Pensando en ello viajaba, y entonces me di cuenta de la poderosa herramienta que estoy utilizando: mi blog.
Es que tengo entre manos un mecanismo potente para transmitir cualquier cosa que pretenda poner en él. Me fascina además su aspecto profundamente democrático. En un mundo en el que a veces o a menudo o casi siempre, la voz ha estado durante siglos limitada, reservada solamente a quienes disponían de medios, dinero, fuerza o poder para pagarla o canalizarla e incluso silenciarla. El blog ha roto esas cadenas de un modo extraordinario. Con esta herramienta ya no hay excusas ni obstáculos. El talento de escribir puede abrirse paso dejando al criterio de los receptores su sanción, su aprobación, su difusión. Las ideas, los hechos, la realidad de las cosas, la diferente y necesaria interpretación de los mil matices que el mundo contiene.
Pero también es cierto que el blog (igual que las redes sociales y muchas veces sujeto a la miserable condición humana), da vida a mucho ruido, a mucha inutilidad y a mucha basura. Pero ahí está precisamente lo bueno del asunto: que los buenos blogs y los buenos narradores acaban imponiéndose siempre sobre toda esa mierda mediática, destacando al fin en función de sus méritos, sin depender de cabeceras de diarios ni editoriales ni productoras. Y no se trata (y esto es lo mejor), de oponerse a esos medios tradicionales de información sino todo lo contrario. El blog ayuda a potenciar y a difundir otra mirada de la actualidad y del mundo, y lo hace de una manera mas libre, mas rica y más democrática. 
Diarios, televisión y medios diversos, tienen blogs magníficos que los engrandecen, del mismo modo que antes lo hacían columnistas extraordinarios. Estoy convencido de que en los blogs (esta herramienta rápida, multidisciplinar y potente), puede encontrarse lo mejor de las redes sociales, la voz necesaria que se alza cuando las circunstancias lo exigen para desbordar, superar y derribar los discursos parciales, los límites interesados, la rigidez de los cauces tradicionales y oficiales. El blog es, hoy, la voz libre en un mundo que se tambalea.
Y así pensando terminé recordando también, esta mañana en el tren, una definición de Horacio Verbitsky que me gusta mucho: "El periodismo se reduce, simplemente, a contar todo aquello que alguien no quiere que se sepa. El resto, es propaganda"
Justamente es eso lo que intento hacer en este espacio.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Una historia de Argentina (I)


Érase una vez un lugar lejano y muy al sur del mundo nuevo al que los gentiles llamaban "Terra Argentea". Lo llamaban así los portugueses, porque fueron ellos los primeros en creer en el rumor sobre un posible rey todopoderoso y cruel que vivía en un país muy rico en plata, que tenía largas leguas de montañas, mares de aguas dulces color piel de león, extraños salvajes que andaban desnudos, con los cueros engrasados campando a sus anchas libremente, y que a veces llegaban al trote corto y boleadora en mano, hasta las costas de la mar. Relataban esos hombres lusitanos que en aquel país había sobre todo mucho campo, unas pampas con llanuras inmensas de rojos y azules horizontes, de amaneceres y crepúsculos interminables, una tierra enorme, misteriosa y nueva que solía estar habitada por decenas de tribus, cada una de las cuales tenía su propia lengua y protegía sus propios asuntos. Vivían aquellas gentes peleando unos contra otros, descalzos, violentos, melenudos, gritadores, procurando destriparse a la menor ocasión, y solo se unían para destripar a sus vecinos más débiles o para enfrentarse a un enemigo más fuerte.
Una mañana de finales de enero, llegaron a sus costas unas huestes de forasteros enviados por un rey muy apurado en conocer cuanta riqueza allí existía. Aquellos individuos eran hombres recios y barbudos, de ojos azules, fuertes, macizos, crueles o sanguinarios algunos; ex convictos, piadosos o borrachos otros, todos ellos muy cansados de un largo viaje que les traía desde un mundo viejo y lejano, una tierra de vinos y de molinos de viento y de caballeros y de hidalgos. Algunos eran mercenarios que vivían alquilando su espada, otros eran soldados reclutados de los tercios viejos que habían combatido en las campañas de Italia, de Alemania y de Austria; hombres curtidos que habían sufrido mucho y visto la muerte, y que solo perseguían un botín. Otros eran simples campesinos aventureros en busca de fortuna o fama. Pero todos ellos tenían el mismo permiso impune de robar y de matar y de violar, y traían una patente de corso que los autorizaba a hacerse con las riquezas de cuanto iban encontrando en su camino. Ninguno de ellos rehusaba al sueño de una fortuna personal o del honor y la gloria para el rey.
Los primeros cristianos desembarcaron luego de una travesía larga y dura, tormentosa y crujiente. Unos cuantos fueron devorados por los tigres nomás tocar tierra. El comandante ordenó que el resto de la tripulación aguantase a bordo, y así lo hicieron. Luego de unos días, el hambre y la sed los obligó a aventurarse nuevamente y regresaron a explorar. Allí fundaron un fuerte primitivo y levantaron una iglesia y celebraron misa. Bautizaron el campamento con el nombre "Del Buen Ayre", en honor a una Virgen que protegía a los marineros de la isla de Cerdeña. Doy fe que todo aquello ocurrió de verdad, el 3 de febrero del año de Nuestro Señor de 1536.
Allí toman contacto con salvajes de unas tribus desconocidas. Al principio, los querandíes se muestran cautelosos con los blancos, curiosos pero amigables. Inclusive un cacique y un curandero se acercan a la empalizada para regalarles obsequios y ofrecerles alimentos. Una mañana, una partida de exploradores regresa al galope con la novedad de que han avistado un grupo enorme de nativos: 
"Habemos vido muchas desas bestias que no deprenden fablar. Son cientos, quizá miles, y van farmados con bolas y con palos y descalzos lanzando gritos. Es de ver como son diestros con el lazo".
El maltrato de algunos soldados hacia los nativos motiva que estos dejen de frecuentar el campamento.
Después de varios días, apoyados sobre el cerco de palos, los soldados españoles reprimen el escalofrío del hambre mientras se ajustan el cinto y se ciñen la espada. Les crujen las tripas. Sobre la tierra negra y mojada, a un costado de la empalizada, las alimañas y la humedad de la noche han destapado los pozos y disuelto en regueros pardos las manchas de sangre que escaparon de los cadáveres de los compañeros devorados por los tigres. Los entierran de nuevo y clavan cruces de madera encima de cada tumba. La situación comienza a ser desesperada: hay muertos, varios hombres más están enfermos, se acabaron las jodidas provisiones y poco a poco todo se va yendo al carajo. Pedro de Mendoza, el adelantado, que sufre de llagas y de sífilis, envía guarniciones en todas direcciones en busca de alimentos para paliar la hambruna, pero las mismas son inmediatamente rechazadas por terribles partidas de querandíes. La noche triste se acerca.
Una mañana de otoño, en alguna parte sobre la cortina de niebla que velaba la laguna, un sol impreciso iluminaba apenas las siluetas de los caballos y de los hombres que se movían a lo largo del camino, en dirección al bosque bajo y al campo abierto. Era aquel un sol invisible, frío, rebelde y hereje, sin duda indigno de su nombre: una luz sucia, gris, entre la que se movían los capitanes y los soldados que iban llegando cubiertos de hierro, sombríos, con las expresiones duras y las gotas de sudor corriéndoles por los morriones y la cara y las cicatrices y las barbas. Los compañeros se miraban unos a otros, inquietos.
Los barbudos sabían que allí afuera, ya lejos de la seguridad de la empalizada, había miles de indios pampas querandíes sedientos de venganza, pues ellos les habían atacado primero y habían robado sus mazorcas y quemado sus chozas y violado a sus mujeres. Las habían violado como lo que eran: unas perras paganas. Las habían ultrajado disfrutándolas, con rudeza. Aquellas hembras no eran más que simples animales jóvenes y tristes, que nunca sonreían. Muchas quedaron preñadas en el campamento y los soldados las echaron a patadas, los muy bestias, a ellas y a los bastardos paganos que llevaban en las tripas. Los blancos sabían todo esto y por eso ahora temían, temblando de miedo, mientras avanzaban entre aquella neblina espectral en su búsqueda desesperada de comida. Un silencio mudo parecía gritarles...
“perros malditos, vais a morir todos hasta el último, y pagaréis el deshonor de nuestras gentes, y vuestra sangre correrá por los arroyos y los campos y llegará hasta el río donde flotan sus galeones incendiados”.
La infantería no recibió otra orden más que andar ligeros, espada en mano, barbijos de los morriones ajustados a la cabeza, pelear como diablos y abrirse paso entre la niebla como fuera. La columna se movía con ruido de pasos, oraciones y blasfemias, y un rumor metálico de armas y corazas. En eso estaban cuando cientos y miles de guerreros desnudos cayeron en turba sobre la columna, aullando y matando, armados y feroces tirando con lanzas y con flechas y con mazas y con todo. Resbalaban los caballos en la brecha mojada de niebla y caían los hombres desventrados, gritando, a la laguna, y avanzaban los españoles en aquellas tinieblas, por los pantanos llenos de barro y de tripas y de mierda, del coraje y del miedo de los compañeros, con el agua por la cintura.
Muchos se ahogaron. “¡Atrás, volvamos!”, gritaban algunos, corriendo a encerrarse de nuevo allí de donde ya no saldrían jamás. Otros apretaban los dientes y seguían adelante entre la turba de indios, arremetiendo a cuchilladas desde una retaguardia sumergida bajo miles de querandíes sedientos de venganza, una retaguardia que ya no era sino una masa de seres aullantes, un desorden de hombres luchando a la desesperada por abrirse paso, gritos por todas partes, gritos de los hombres que clavaban las espadas ensangrentadas, gritos de los heridos y agonizantes, gritos de los indios que caían con valor inaudito sobre los soldados rebosantes de hierro, sangre y barro de la laguna, gritos de los españoles apresados a quienes cortaban los tendones de los pies para que no escapasen, antes de arrastrarlos vivos hacia los toldos y abrirles la cabeza y el pecho a pedradas y lanzazos.
Y así pelearon hasta que se hizo noche, todos aquellos salvajes y cristianos entreverados con bravura, indios contra barbudos, a la desesperada, chapoteando en el barro, abriéndose paso a puñaladas, batiéndose todos como perros salvajes, matando y matando sin tregua, hasta que por fin un capitán logró alzarse de entre la pila de muertos y tocar retirada, y entonces los pocos vivos que todavía quedaban se echaron a nadar en la laguna hasta alcanzar el abrigo del monte. Algunos desaparecieron para siempre. Otros lograron llegar al conjunto de ranchos que hacía las veces de Santa María de los Buenos Ayres. Doy fe que todo cuanto se relata arriba ocurrió de verdad, el 15 de junio del año de Nuestro Señor de 1536.
En diciembre, días antes de las navidades de los cristianos, los indios logran vulnerar las defensas del fuerte, penetrar en él e incendiarlo, provocando la destrucción total de puesto adelantado “Del Buen Ayre”. Don Pedro de Mendoza, derrotado y enfermo, reúne los pedazos desmembrados que quedan de su ejército y embarca nuevamente rumbo al norte. Ha perdido la batalla.
Antes de irse, Mendoza dejó un pliego de mortaja que decía lo siguiente: 
“Me voy con seis o siete llagas en el cuerpo, cuatro más en la cabeza y otra en la mano que no me deja escribir ni aún firmar. Y si Dios os diera alguna joya o alguna piedra, no dejéis de enviármela porque tenga algún remedio de mis trabajos y mis llagas”. 
El hombre nunca recibió nada. En vez de eso murió en alta mar, el 23 de junio de 1537.

Y así aconteció la historia de cómo unos nativos semidesnudos y descalzos expulsaron a unos altos barbudos de ojos azules, en su primer intento por asegurar la plaza de Indias que más tarde se llamaría Buenos Aires.

jueves, 8 de diciembre de 2016

El niño del blindado


Fue en 2005, en Chipre. Ocurrió en una de esas patrullas de rutina que hacíamos en los territorios divididos entre los turcos y los griegos. Allí vivían campesinos toscos, hombres bajos y barbudos, de contextura gruesa, bigotes anchos y caras cuadradas y pálidas, que iban casi siempre a labrar la tierra sentados en la cabina de un tractor y armados con escopetas de caza. 
Allí vivían con sus familias, con sus mujeres gordas, sus perros lanudos y sus hijos chillones. Eran las semanas previas a la navidad. 
Unas noches atrás habíamos tenido el fin de semana libre y salimos de permiso (de jarana o de juerga, como quien dice), Miguel Cocca, Eduardo Estigarribia y yo, en busca de aventuras o diversión en los bares y burdeles que estaban pegados a los negros murallones de piedra de la ciudad vieja de Nicosia. Algunas veces, en aquellos sórdidos tugurios, en vez de putas terminábamos encontrando mucha lágrima de mujer violada o alguna que otra historia de hijos bastardos o huerfanitos abandonados, malos relatos de mujeres rumanas, serbias o chechenas ilegales, que se habían quedado ancladas entre el muelle de los barcos, el sueño roto de un porvenir mejor y las luces rojas de la ciudad.  

El otro día, revisando un archivo encontré unas fotos de aquel tiempo. Y entonces noté que mi recuerdo se mantiene intacto después de una década; perfecto, al detalle, nítido como en un video o un plano en secuencia.

Allí estamos nosotros, muy jóvenes y valientes, recién afeitados y listos para comer, sentados en la barraca que será nuestro hogar durante medio año. 
Llegamos hace 4 meses en un avión de transporte militar y conocemos bien la zona. A esta altura ya nos sentimos veteranos y creemos saber y haberlo visto todo. Acabamos de acondicionar, en los fondos de nuestra base y a punta de pala y músculo, un sector de tierra arcillosa y aplanada que hará las veces de helipuerto. Diariamente asistimos al despegue y al aterrizaje de las aeronaves, porque los rotores y las turbinas de las máquinas producen sonoros tornados en miniatura, que levantan nubes de polvo, ramas y piedras y que nos obligan a arrancarnos de la rutina para buscar refugio bajo cualquier alero, carpa, lona, o cosa que nos proteja los ojos de la tierra y los oídos de la sordera. Todos los días vemos la isla entera desplegada en un enorme mapa pegado con chinches a la pared de la oficina de nuestro jefe de compañía (un capitanejo flaco y desgarbado que fuma como un murciélago), y en las imágenes satelitales que nos muestran unos tipos de inteligencia. Para nosotros, esas imágenes del mapa siguen siendo solo líneas y puntos de colores que marcan las posiciones de las fuerzas en conflicto. Pequeñas posiciones turcas y griegas que se van moviendo hacia adelante o hacia atrás, según soplen los vientos políticos. Pero íntimamente sabemos que en el campo se vive y se siente diferente.
Anuncian que han comenzado los incendios y nos ordenan ir a ver, a controlar y a reportar. La sensación es rara, una mezcla de adrenalina, de cansancio y de vacío en el estómago. Es una nueva salida al terreno pero sentimos una tensión diferente. Nadie habla o se habla muy poco.
Tengo veintitrés años y voy a salir nuevamente de patrulla, una patrulla terrestre más en la Isla de Chipre. 
La mañana es sucia y gris cuando subo al vehículo blindado junto a mis compañeros, luego de cargar el armamento, las mochilas, comida y munición para 4 días, medicamentos, el agua, los rollos de alambre de púas para las barricadas de control, y más munición para la ametralladora. 
Viajamos rumbo al norte sentados sobre chalecos antibala (para intentar protegernos las bolas en caso de saltar por los aires cuando a algún explosivo desubicado se le ocurra cruzarse en nuestro camino), mientras escuchamos las frituras que emite el equipo de radio, y que enlaza las comunicaciones entre la base y nuestro convoy. 
Un joven teniente de artillería, de apellido Pegassano, va a cargo de la misión, y el resto del equipo está formado por cuatro cabos de la Infantería de Marina, un suboficial, dos Comandos peruanos y un enfermero del Ejército. Nos dirigimos hacia donde terminan las montañas y comienza el desierto, más allá de "Box factory", nombre en código con el que se indica el OP 32, nuestro puesto de avanzada y observación.
El poblado de Agios Giorgios es el primer caserío que dejamos atrás, cercano a la alambrada que marca el límite de la base. Hundido en el polvo, abandonado y minado luego de ser bombardeado, sus habitantes huyeron para no ser víctimas de la artillería turca. Los techos de las casas presentan enormes agujeros de obuses, y las paredes destruidas ya acusan el paso mudo del tiempo. El color predominante es el marrón oscuro, que se mezcla con el rojo amanecer a través de la ventanilla del vehículo. No hay en el lugar ningún rastro de la vida que debería verse en una aldea como esta: las voces ausentes de los niños que no juegan, los animales que no emiten ningún sonido. Es un pueblo fantasma, frente a una cantera de piedra abandonada sobre una brecha sucia y polvorienta. Ausencia y desolación. Silencio.
El convoy avanza. La bandera azul de las Naciones Unidas flamea al viento, bailando en la brisa. La radio suena, emitiendo frituras y órdenes en idioma inglés. En las cunetas hay cadáveres de animales, y una nube de humo negro flota suspendida entre el cielo y la tierra, con el fondo de un sol naciente sucio y rojo que es difícil de distinguir por sobre los incendios. A un costado del camino yace el esqueleto descuartizado de un tanque británico que voló por los aires cuando pisó una mina.
En la carretera de Nicosia a Dekhalia, cubiertos detrás de bolsas de arena y en trincheras excavadas a toda prisa, algunos soldados grecochipriotas, muy jóvenes y confiados, descansan aguardando la llegada de los tanques turcos, dispuestos a disparar sus escasas municiones y luego a escapar, morir o ser capturados. Pero los turcos nunca llegan ni llegarán, y entonces la espera se transforma en tedio. Ese es uno de los mayores enemigos de los soldados: la eterna espera, porque te obliga a pensar estupideces.
Es la primera vez que veo campos tan inmensos arder hasta el horizonte. Nos cruzamos con un pequeño convoy de dos camiones blancos, protegidos por banderas azules. A bordo van soldados ingleses y algunos palestinos refugiados junto a dos periodistas que buscan una base militar con teléfono para transmitir.
A bordo de nuestro vehículo de exploración, Damian Carrera, con un cigarrillo en la boca y tomando notas con su única mano libre, el Suboficial Taborda que acompaña al conductor, el cabo Gomez de Olivera con su fusil F.A.L apoyado en las rodillas y yo, vemos pasar el paisaje en cámara lenta. Pareciera que estamos dentro de una película. 
"Una patrulla eslovaca dio con un campo minado en la carretera a Famagusta. Transitar con precaución", anuncia la radio. Es el otoño de 2005, mi segunda incursión en "tierra de nadie". La anterior había sido en la frontera entre Perú y Colombia, el año pasado.
Nuestros vehículos pasan por un pueblo abandonado, donde el calor que difunden los incendios del campo sofoca el aire y te pega la camisa al cuerpo. 
Ya casi en las afueras, una familia de fugitivos nos hace señales desesperadas. Se trata de un matrimonio con cuatro niños de los que el mayor no tendrá más de doce años. Van cargados con maletas y bultos de ropa, todo cuanto han podido salvar de su casa destruida por el fuego. Nos hacen señales para que nos detengamos. La mujer sostiene al hijo más pequeño, con dos niñas agarradas a su falda. El padre va cargado como una bestia, y el hijo mayor lleva a la espalda una mochila. Tiene otra maleta a los pies. Saben que el fuego se acerca, y que somos su única posibilidad de escapar. Vemos la angustia en sus caras, la desesperación de la mujer, la embrutecida fatiga del hombre, el desconcierto de los niños. Pero el convoy se usa sólo para reportar incidentes y para las patrullas de observación.
El sargento que conduce nuestro vehículo pasa de largo a gran velocidad. "Son las órdenes", dice impasible.
Sigo mirando al grupo familiar que se queda atrás, en las afueras del pueblo incendiado. Entonces veo al padre que se sienta sobre una maleta y al niño que levanta el puño y que escupe hacia el convoy, mientras nos alejamos por la carretera. 
Lamento no haber podido siquiera dirigirle la palabra. Aquel era un niño valiente.

domingo, 27 de noviembre de 2016

El Chipre que nunca te han contado: la guerra desnuda


En el aislado pueblo turco de Gunyeli, en el norte de Chipre, la gente aún sigue hablando de la guerra.
Todavía queda en la memoria de los viejos el lejano sonido a tableteo de ametralladoras griegas, intentando defender sus posiciones, y la imagen de miles de paracaidistas turcos aterrizando a los tumbos sobre campos y tejados, cayendo desde el amanecer azul oscurecido por una nube de aviones de transporte.
Pensando en aquella gente fue que recordé las malas fotos en blanco y negro que aún me quedan grabadas en la cabeza, y que veía siempre pegadas en un muro de piedra de la ciudad vieja de Nicosia, justo frente al puesto de control de la ONU donde nos tocaba hacer guardia: el rostro del niño que llora en la frontera aferrado a la mano de sus padres mientras muestran documentos, camino hacia el exilio; los vecinos agazapados en un portal mirando hacia arriba mientras suena el estrépito de las bombas; hombres haciendo cola con ojos grandes de hambre y miedo para conseguir un mendrugo de pan. El cadáver en la cuneta. El soldado que tiembla de frío en su trinchera; el inválido que acaba de pisar una mina y es ayudado por sus compañeros a trepar por el camino de tierra, mientras se le caen las tripas y la cinta de munición de los hombros. El techo hundido de la casa abandonada, destrozada por un obús de artillería. La familia de campesinos que huye con lo puesto, desesperada, escapando entre columnas de humo negro, dejando atrás la mesa servida, el perro atado y hasta los juguetes del crío tirados en el jardín.
Esa guerra de Chipre no la viví, pero algunos años después estuve allí intentando ayudar a mantener la paz, o algo que se le parezca. En realidad esa paz nunca llegó de verdad pero al menos lo intentamos, mis compañeros y yo.
Aquello que me tocó ver y oír fueron los restos de la disputa por la isla de Chipre, que comenzó en 1974 entre los ejércitos de Grecia y Turquía, y que continúa hasta hoy.
Inició en 1931 cuando se aprobó la "Enosis", anexión de Chipre a Grecia, siguiendo el ejemplo de la unión de la isla de Creta al continente.
Los turcos, conformes con la tutela británica preferían la "Taksin" (partición de la isla), antes que ser minoría bajo un gobierno griego. También estaba en juego la disputa por el monopolio de las creencias religiosas, ya que los turcos no toleraban la idea de someter su credo musulmán bajo el rito cristiano ortodoxo griego. Y entonces, estallo la violencia.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU), intervino con una fuerza militar compuesta por soldados de diversas nacionalidades y con una misión común: imponer la paz y evitar el resurgimiento de las hostilidades. Pero no hubo paz ni nada que se le parezca, porque si hay paz no existen soldados ni cascos azules que la cuiden.
Bajo esa situación me enviaron a la isla.

Llegué al aeropuerto de Larnaca (en el sur de Chipre), una mañana calurosa del año 2005, después de diecisiete horas de vuelo, dos malas comidas y una escala en Senegal, África. Era septiembre y el verano comenzaba a morir.
La tierra arenosa, parda, color marrón claro, era un paisaje que me recordaba a los relatos bíblicos de Nazaret o Jerusalén. Burros, Palmeras de dátiles y cultivos de aceituna salpicaban las montañas, y numerosos yacimientos minerales dominaban el paisaje.
Al bajar del avión vi el rostro de un paracaidista inglés que esperaba el relevo de su guardia. Era un soldado joven, que mascaba un chicle apoyado sobre una ametralladora G.P.M.G. Su silueta se perdía entre las bolsas de fardo que custodiaba en un camión. La cabeza rapada bajo su casco de kevlar lo hacía ver como un hongo, color arena y negro. Tal vez pensaba en su casa, como yo.
Descargamos cajas de suministros de unos enormes camiones y cargamos en él nuestras bolsas de embarco y las mochilas, bajo la mirada de un sargento británico de bigotes, que estaba parado sobre palets de madera. Gritaba en inglés y daba órdenes a unos cabos, que se movían como las hormigas cuando les patean el nido.
Subí junto a mi grupo a un blindado color blanco, con el escudo de la ONU por todos lados y una bandera azul que bailaba en la brisa. Comenzamos el viaje hacia el Campo San Martín, que es la base argentina donde viven los contingentes militares durante 6 meses.
En aquel tiempo yo tenía el grado de cabo segundo, y mi puesto de combate era el de fusilero y operador de radio de la Compañía "Bravo", uno de los escalones más bajos de la tropa. Y allí, en aquel vehículo blindado que trepaba por montañas y se perdía entre los valles viajábamos nosotros, demasiado valientes, jóvenes e inconscientes como para sentir miedo o interpretar el dolor ajeno. Anónimos y rasos como el resto de la infantería en todo el mundo, íbamos junto a otros compañeros con quienes compartir las mismas emociones y ansiedades. Formábamos parte de un Batallón Conjunto Argentino destinado en la isla de Chipre, para cumplir misiones de reconocimiento y observación.
Atravesamos los límites del aeropuerto militar y por primera vez pude ver los restos de una guerra, heridas todavía frescas. La huella de la metralla en los muros de las casas y de los viejos edificios. La pista de aterrizaje, castigada por las granadas de mortero. Aviones abandonados que yacían esparcidos como fichas de poker desordenadas. Las marcas de los impactos de cohetes y de obuses que se veían como enormes flores negras, grandes agujeros abiertos, oscuros y oxidados. Intimidaba verlos. Por primera vez sentía estar realmente en una zona de conflicto.
Saliendo desde nuestra base por los caminos rurales, pasábamos por pueblitos clavados en las montañas o perdidos en parajes desolados. Viajábamos siempre rumbo al norte, a la zona turca y más pobre de la isla. Recuerdo haber detenido varias veces la mirada en pequeños caseríos que colgaban de las laderas de los cerros. Uno se llamaba Kokinotrimitia y era muy bonito. Lo veía por primera vez, y lo vería por mucho tiempo más. Los mocosos corrían felices detrás de bastones con rueditas en las puntas o cuidaban las ovejas de los campos linderos. Las viejas del pueblo, con las cabezas cubiertas por pañuelos de colores, los puños apretados contra las caderas y vestidas con faldas largas ceñidas a la cintura, regresaban a sus casas desde el campo, después de labrar la tierra, y regalaban pan con ricota a los hombres que patrullaban la zona. Entonces los soldados bajaban un momento la guardia, se colgaban el fusil a la espalda y jugaban a la pelota con los chicos. Pero algunos años atrás, pueblitos como aquel fueron el escenario de la barbarie.
Un día de patrulla llegamos al sector de las aldeas turcas de Maratha, Santalaris y Aloda, que están ubicadas en un valle entre montañas, casi pegadas una al lado de la otra. Son semejantes a la mayoría de los pequeños pueblos turcos de Chipre situados en las zonas de cultivo: una calle principal con sus tres cafés, su círculo de antiguos combatientes musulmanes, algunos almacenes griegos y otros pequeños comercios turcos. Los musulmanes caminan muy serios rumbo a la mezquita, evitando tropezarse con los cristianos ortodoxos que regresan de la vieja iglesia de piedra donde cuelgan iconos religiosos al estilo ruso. En los pueblos mixtos, donde todavía conviven turcos y griegos, el odio entre ellos se ha hecho una cosa viva, palpable, y tiene su olor y sus costumbres; por la noche gruñe en las calles desiertas como un perro hambriento.
Un paisaje rural domina siempre el horizonte, y al final del invierno los campos se llenan de flores amarillas.

Los viejos que se reunían en las tabernas y en los bares a beber vino y a jugar a los dados me lo contaron. Entonces supe que tenía la gran oportunidad de ver y de escuchar en vivo esa otra guerra, la guerra muda y desnuda, la que se vive todavía de puertas para adentro, la que nunca verán los turistas y la que no sale en la tele ni en los diarios. Allí supe que las guerras terminan siendo siempre la misma mierda en todos los rincones del mundo: un relato alucinado y escalofriante de amigos, vecinos y parientes que lo han perdido todo, sorprendidos por el fuego de la artillería en plena madrugada, o arrancados de sus casas en pijama, mientras las mujeres y los hijos imploran con los mocos colgando desde la escalera.
En aquella aldea turca de Maratha ocurrió este relato que a continuación escribo. Allí conocí a un viejo canoso y rengo que me contó esta historia atroz. Su nombre era Ahmad, atendía uno de los bazares donde nos abastecíamos de agua, y había sido marinero de cubierta en un sardinero español, algún tiempo después de la guerra.

La masacre

Unas horas después del asalto de los paracaidistas turcos al norte de la isla, el 20 de julio de 1974, los griegos se llevan de la aldea a todos los hombres de etnia turca en edad militar, como prisioneros de guerra. Una vez que los hombres se han marchado, llegan varios soldados de una guerrilla griega llamada “EOKA B”, provenientes de la vecina Peristeronopigi e instalan un campamento en una cafetería. Más tarde se emborrachan, disparan varias veces al aire y violan a muchas mujeres, niñas e incluso también a los niños. La violación continúa durante 24 días, hasta el 14 de agosto de 1974, cuando deben retirarse debido a una segunda incursión turca. Entonces deciden no dejar ningún testigo y exterminar a toda la población.
Ya se levanta el sol del día 15 de agosto cuando llegan los cascos azules ingleses desplegados en la zona, avisados por los campesinos. Se encuentran ante el espectáculo de 84 cuerpos de musulmanes (mujeres, ancianos y niños), alineados unos al lado de los otros en la falda de una colina, frente a la mezquita. Algunos están degollados y tienen los pies apuntando hacia Occidente, en dirección a Grecia. El mensaje es brutal: limpieza étnica y odio religioso, así de simple. Los faros de un camión iluminan en el amanecer la escena de terror. Un soldado inglés se aparta para vomitar.
Según el Imán de la mezquita de Maratha, había 90 civiles en la aldea antes de la masacre. Sobreviven solo 6.
Un testigo afirma que al menos 3 de los atacantes tenían el acento nativo de Grecia, lo cual sugiere que podría tratarse de soldados griegos.

La venganza

Días después el ejército turco avanza ganando posiciones hacia el sur. Ya se han enterado de lo sucedido en Maratha.
Es de noche cuando llegan al poblado y sabotean la central de electricidad. Peristeronopigi duerme. Un capitán emerge de la oscuridad y está parado en el centro de un círculo que forma su sección, unos 30 hombres en uniforme de camuflaje. Nunca antes han visto a su jefe con ese rostro, con esa facción tan terrible. “Solo a los hombres”, dice con voz seca, “no tocaremos a las mujeres ni a los niños; sólo a los hombres y con el cuchillo, para que los que tengan valor puedan defenderse”.
Se desabrochan el correaje y dejan las mochilas a la custodia de los centinelas que vigilan el perímetro. Los hombres se han despojado de sus cinturones, de sus equipos, de sus fusiles y de sus granadas, conservando solo el cuchillo.
Se deslizan en la oscuridad como fantasmas, sin hacer el menor ruido. El furor y la necesidad de sangre y de venganza que les llega desde el vientre es lo que los vuelve fríos y tranquilos.
Avanzan lentamente hacia las puertas de las casas de paredes blanqueadas a la cal. Se sienten fatigados pero a la vez con una extraña fuerza que los empuja hacia adelante.
El capitán derriba la primera puerta a las patadas. Ningún guerrillero griego alcanza a defenderse.
Al otro día descubren 28 cuerpos tendidos en la calle, frente a la vieja iglesia ortodoxa de piedra, degollados, con el vientre abierto y las partes sexuales metidas en la boca. Un oficial le indica a su jefe que los cadáveres están colocados en dirección hacia el Oriente, hacia La Meca, como bestias sacrificadas en ceremonia religiosa. En otro tiempo los turcos hacían lo mismo, en Armenia. La ley del talión se ha consumado; ojo por ojo y diente por diente. El cuchillo transforma la guerra en asesinato. Han reaccionado hombres primitivos y no soldados al perpetrar este holocausto. Pero para ellos, la venganza era necesaria.

Años después de todo aquello, cuando me tocó el turno de estar 6 meses trabajando en esa hermosa isla acariciada por el Mediterráneo, inicialmente ignoré todo esto que acabo de narrar. Tal vez por pura ignorancia o quizás simplemente porque no supe expresar, en su momento, aquellos relatos crueles y las miradas de horror en las caras flacas de aquellos pobres infelices, cuando contaban sus historias. Eran seres con los que cada tanto me cruzaba en el camino. 
Ciertamente en aquel tiempo yo era solo un crío soñador con simples ganas de chicas, de peleas y aventuras. Pero hoy, ya descreído y escéptico en general ante a la vida, se que en el mundo hay más hijos de puta que hombres buenos, lamentablemente, que la mala leche es el puñetazo diario en la cara y que la crueldad, los psicópatas impunes, las injusticias y los miserables están a la orden del día.
Por eso no me extraña ni me impresiona que hombres crueles hayan perpetrado estas masacres, como en este capítulo olvidado de Chipre que acabo de contar, o como en Sarajevo, o Colombia, o Guatemala, o Camboya, o como en tantos otros rincones del mundo que ahora mismo son mudos, y que tal vez siempre quedarán así.


Entonces ahí la tienen; la simple, bastarda y sucia condición humana.

lunes, 17 de octubre de 2016

Fundación de la nostalgia


Querida vieja.
Te recuerdo en la distancia, nuevamente, con el calor de un hombre agradecido por haber recibido de vos, la vida. 
Te doy entonces el beso de rigor y el abrazo sempiterno, para que viajen juntos a través del mar y del viento frío de este octubre que ya comienza a sentirse, y que lleguen hasta tu casa, allá por los caminos donde la tierra se transforma en una lengua roja que parte la selva y el monte en dos. Aquí está, escribiéndote de nuevo, el hijo tuyo inquieto y que por el gusto o el azar se ha convertido en buscavidas, en trotamundo, en inmigrante.
Aquí estoy, unos cuantos kilómetros más lejos y algunos años mas viejo, en la continuación de esta vida que ya lleva mas de diez años, entre todos los caminos que las piernas supieron aguantar, la cabeza razonar y el cuerpo responder.
Continúo con esta costumbre epistolar de escribir las novedades que acontecen en mis días, y así extiendo la bitácora iniciada hace ya bastante tiempo, que comenzó tal vez con aquellos relatos cotidianos del campo argentino, muy al sur de la provincia de Buenos Aires, cuando iniciaba este largo viaje.
Ha pasado el tiempo de las novedades desde América Latina, donde te conté (tal vez tardíamente debido al aislamiento geográfico o la situación del momento), acerca de los sucesos personales, sociales y políticos que acontecieron durante mi estadía en el Perú, en México, en Guatemala, y de los que he tomado parte durante mi paso por los caminos de aquellas ya entrañables tierras.
Sabes que la actualidad me encuentra nuevamente en Europa, intentando adaptarme a la nueva cultura, al sistema de trabajo y al nuevo idioma, que por tener su raíz germánica distinta a la de mi lengua madre, me resulta algo difícil aunque no imposible de aprender. Lo tomo siempre como un desafío que me motiva a continuar.
Ayer, mientras caminaba por una calle de piedra barrida por el viento, con las manos en los bolsillos y la cabeza hundida en la gorra de lana, intenté recordar cuantas veces pensé en vos en situaciones similares, y la verdad es que no pude responderme.
Bien sabes de mis luchas y de mis fortalezas, y de que no soy ni Cristo ni filántropo, pero tampoco un marginal al filo de la ley, que por lo tanto solo vivo como puedo y sin joder mucho a casi nadie (plagiando una frase de Twain). Me encuentro mas cerca de ser un condotiero del siglo XX que un tipo ramplón, cobarde y menguado, miedoso de su autosuficiencia.
Entonces, pensando en eso se me vino a la cabeza un recuerdo de hace muchos años, de cuando era soldado y te pensaba en el día de un cumpleaños tuyo y yo estaba lejos, como siempre.
Ocurrió en la selva amazónica, cerca de un río marrón, justo en la frontera entre Perú y Colombia. Yo me había recostado para descansar y pensar un poco. Era de madrugada. Recién había largado mi turno de guardia y como almohada tenía una mochila. Con las botas puestas y el fusil recostado a un lado, cerca de la mano, pensaba y aspiraba los humos de un cigarrillo ajeno y del fogón cercano. Afuera, alrededor del humo y de los pensamientos, el mes de julio se engañaba a sí mismo fingiendo que era febrero y había una tormenta de lluvia, rayos y truenos que logró lo que parecía imposible: hacer callar a los grillos.
Pero yo no estaba pensando en la lluvia, no estaba tratando de adivinar cuál de los relámpagos que rasguñaba la tela de la noche sería el de la muerte, ni siquiera me preocupaba de que el poncho de nylon que cubría mi refugio fuese demasiado pequeño, ni que se mojara la orilla de la hamaca. Habíamos hecho, con los compañeros, un camastro de ramas y horcones, amarrados con bejucos y lianas. Lo hicimos porque lo usábamos de piso seco, de bodega y, a veces, para dormir. En la hamaca no me acomodaba o me acomodaba demasiado, me quedaba muy dormido y el sueño profundo era un lujo que, allá, se podía pagar muy caro. En la cama de varillas de palo uno estaba lo suficientemente incómodo como para que el sueño fuera apenas un pestañazo.
No, no me preocupaba ni la noche, ni la lluvia, ni los truenos. Me preocupaba saber como podía hacerte llegar una tacita de cerámica que te había comprado en el mercado de un pueblo nativo, y que tenía en el costado un lindo dibujito del Macchu Picchu. Me preocupaba pensar en que se iba a romper antes de llegar a tus manos.
Esa madrugada te escribí unas líneas en el cartón de una caja de ración. Te escribí a la luz de un cabito de vela que cargaba en la mochila.

Pero eso ya pasó y fue hace mucho tiempo. Hoy te envío, desde esta costa del Atlántico, un beso muy grande, mis mejores deseos de felicidad y la seguridad de que en la distancia siempre estas conmigo.
Con cariño, tu hijo; el de la cabeza dura y la salud de hierro.