"Los que pueden, actúan. Los que no pueden y sufren por ello, escriben. El acto de escribir, constituye una de las acciones mas profundas del sentir del ser humano. Ayuda a quemar la grasa del alma"

Ernest Hemingway.

domingo, 5 de marzo de 2017

Vivir de otro modo

Cada persona tiene sueños por realizar o diversos horizontes que alcanzar.
Hay quienes son felices siguiendo la línea normal de las tradiciones, el cumplimiento de las reglas y la adaptación personal a esos parámetros de seguridad, de confort y de tranquilidad. Se arraigan en un sitio determinado y se limitan a continuar en él durante todas sus vidas.
Hay otros que buscan cosas distintas, tipos que eligen vivir vidas diferentes. Yo he sido uno de ellos.
Buscando ese horizonte distinto fue que un día descubrí la Infantería de Marina.
Era un lugar en donde cada hombre llegaba por propia elección. Todos eran voluntarios. Algunos escapaban de la pobreza, Otros buscaban desafíos y querían ver el mundo. Otros exigían aventuras y escuchaban el llamado del guerrero. Así fue como me uní a ellos una mañana calurosa de febrero. Yo quería descubrir de cuanto era capaz, mental y físicamente. Quería saber de que material estaba hecho, si podía soportarlo o si de plano era un cagón. Y entonces allí lo supe.
Me dieron el número de matrícula 419588-7, y ese fue mi nombre y apellido durante diez años. 
Una vez que dejé atrás esa tropa de élite, decidí comenzar a escribir pequeñas historias como ésta, para contar lo que vi, viví y aprendí dentro de aquella unidad de combate tan especial, donde lo único que contaba era la fuerza, la voluntad y los valores morales de cada persona.
Decidí contarlo para hacer un mero acto de justicia, porque en un país con una generación de jóvenes tan cobardes como el mío (donde la mayoría es licenciado en la alta escuela del griterío anónimo y son muy pocos los que salen bajo el ala de mamá a pelear de verdad y a romperse la nariz por ideales propios), casi nadie los conoce o a nadie le interesa, y eso, simplemente me motiva. 
Algunas veces por ignorancia, otras por culpa de un pasado oscuro y otras tantas por heridas sociales que aún no han cicatrizado, aquella actividad que abracé con tanto orgullo durante mas de una década todavía hoy tiene mala prensa y una despreciable reputación en esa patria a la vez amada, cruel y ahora lejana que dejé atrás.
Allí quedaron muchos amigos y hermanos de armas que nunca voy a olvidar, y es por ellos que también cuento estas historias compartidas durante diez años. Junto a esos hombres duros experimenté momentos y vivencias inolvidables, algunas veces muy fuertes, en regiones remotas de la Argentina y en sitios lejanos del mundo durante el transcurso de diferentes operaciones militares.
Gracias a la Infantería de Marina descubrí nuevos horizontes, crucé varios países de América, de Europa y del Medio Oriente, me introduje en el corazón de la selva amazónica, en lugares como el norte del Perú, donde la pobreza extrema podía llegar a impresionar, pero al mismo tiempo nos brindaba la posibilidad de participar en operativos para apoyar el desarrollo en esas comunidades aisladas del país.
En aquellas jornadas yo me concentraba pensando en que cada día allí era una valiosa experiencia, y en que tenía la enorme posibilidad de ver el mundo con los ojos de un privilegiado viajero y aventurero.
En cada misión real o de entrenamiento conjunto con ejércitos de otros países, sentía que estaba viajando permanentemente a distintos lugares del planeta, experimentando diferentes estados mentales, diferentes religiones, diferentes estatus sociales, diferentes culturas. Fue una experiencia de vida única, una formación plural que en ninguna universidad convencional hubiera podido obtener. 
Se podía ver el mundo entero en una sola escena, en un solo y amplio mosaico, compartiendo con individuos que hablaban otras lenguas y que habían vivido otras experiencias. Ellos habían estado en la guerra, en la guerra de verdad y no como en la tele.
La vida en la Infantería de Marina fue una sucesión de situaciones únicas. Me llenó y me enseñó a cada paso. Era un lugar en donde valía la pena soportar ciertos rigores y sacrificios para poder acceder a esas vivencias, para ser parte del equipo, integrante de ese ambiente.
Allí conocí soldados despiertos y listos que se buscaban la vida como nadie, que desaparecían de repente y de pronto, cuando todos creíamos que habían desertado, reaparecían con dos gallinas debajo del sobaco y un pedazo de pan para sus compañeros. Nadie me lo contó. Lo vi con mis propios ojos. Sucedió en los campos de la provincia de Buenos Aires, en los montes inundados del delta del Paraná, en la isla de Chipre, en Haití o en Kosovo: aquellos héroes llevaban niños en brazos, repartían tabaco a los ancianos, regalaban sus raciones de campaña a las mujeres que lloraban junto a los escombros de sus hogares. Y de noche, cuando se hallaban en sus puestos de centinela, se les acercaba la gente agradecida para traerles un trozo de pan, una taza de té o incluso una destartalada hamaca para que pudieran hacer sentados sus turnos de guardia.
Aquellos tipos no eran altos ni apuestos, ni les dieron medallas, ni salieron en primera plana de los diarios, ni en los noticieros. Nadie aplaudió sus hazañas, y ni los políticos ni los almirantes que explotaron en su provecho esas virtudes ajenas hicieron discurso al respecto.
Intenten imaginar el siguiente cuadro: oscuridad, disparos de francotiradores, munición trazante que pasa recortando los esqueletos negros de los edificios. Un ambiente cargado de tensión e incertidumbre. Una anciana civil que no habla una palabra en otra cosa que no sea el dialecto albanés de las montañas de kosovo y que cae herida en medio de un fuego cruzado. Entonces un soldado que observa la escena se mueve inquieto dentro de su posición excavada a toda prisa. De pronto mueve la cabeza como si acabara de tomar una decisión. Nervioso, toma su F.N y comprueba el cargador.
Le tiemblan las manos pero igual se cala el casco, aprieta los dientes para morderse el miedo y corre en la oscuridad hacia la vieja campesina que se desangra sobre el asfalto.
Ese soldado se llama Iván y fue mi compañero, mi amigo. Nunca nadie le dio una medalla ni lo nombraron en ninguna formación. Hoy es policía y hace guardia en una plaza de la ciudad de Buenos Aires. Nadie lo conoce.

Creo que la enseñanza más importante que me quedó de todo aquel servicio fue haber comprendido que todos los individuos que vivimos en este planeta somos al final parte de una misma bolsa; la enorme familia de los seres humanos, y que si todos los tipos de esas nacionalidades pudimos servir juntos en las mismas circunstancias, significa que el ser humano podría llegar a crear un mundo unido, alguna vez.

Agradezco a la Infantería de Marina por haber cambiado en mi mente esa parte del ser que llega cerrado al mundo, que reconoce solamente a su familia, a su grupo nativo y a su tierra de procedencia, y que no acepta realidades diferentes.
Tiempo después lo supe y descubrirlo fue genial: en aquellos años no solo estaba aprendiendo a sostener un fusil, a disparar con precisión o a marchar muchos kilómetros transportando una mochila. Aprendía también a abrir mi mente y mi espíritu a tal punto que hoy puedo sentir que el planeta entero es mi hogar.
Eso significa básicamente para mi las palabras Infantería de Marina. Cada vez que lo recuerdo me sigo sintiendo orgulloso de haber pertenecido. 
Pues nada, era solo eso. Otra vez quise contarles.



viernes, 3 de marzo de 2017

Coyotes, lobos y corderos

No es pionero ni cazador. Su antigua profesión le había enseñado el arte de sobrevivir y el oficio de matar.
En otro tiempo fue voluntario para todo aquello y lo hizo por gusto, pero sin pena ni odio. No buscó la gloria ni el dinero. Nunca esperó recompensa ni alabanza alguna. Perseguía la aventura. Aprendió con rigor las reglas que utiliza la infantería en la guerra de montaña: ocupar las crestas cuando una columna se arriesga por un desfiladero. 
Le enseñaron a vivir de la tierra, a encontrar agua y a procurarse alimento, a marchar durante días a través de la jungla o a cavar un refugio en el desierto. Aprendió a ir al combate despojado de rencor, pero con caridad en su corazón. Fue soldado, zapador, trampero y rastreador. Había nacido en la provincia, allá lejos, tierra adentro, era hombre de frontera. Ahora vive cerca de los bosques pues no sabría hacerlo solamente en una ciudad. Cuando puede huye del ruido y se refugia en el aire libre y puro de las montañas. Un mar de estrellas en el cielo gris pizarra vigilan su descanso. Tumbado boca arriba ve pasar millares de pequeños fuegos que titilan en el crepúsculo azul acerado. En el cinto lleva siempre su cuchillo, pues ninguna otra llave abre las puertas de ese mundo en el que vive.

A pesar de todo supo abrirse camino. Le tocó emigrar de su patria rota. Marchó al norte y así llegó hasta México. Le había escrito a un viejo amigo y éste supo asistirlo en los primeros tiempos de aquel país extranjero. 
Llegó a Guadalajara un 16 de septiembre. Las calles hervían de gente y una música de trompetas flotaba en el aire. Portales adornados de banderas verdes, blancas y rojas donde había que agachar la cabeza para salvar el travesaño de los dinteles y bajar escalones de piedra para entrar en la frescura de los patios. Vendedoras sentadas en banquetas ofreciendo agua de horchata y de jamaica y figuras de santos vestidos con ropa de muñecas, burdas caras de madera pintadas de vivos colores. Chiquillos ofreciendo periódicos y pregonando las noticias. Ristras de pimientos secos y unas cuantas calabazas. Botellas de cristal con hierbas dentro.

Entró en la ciudad por una avenida ancha, empujado como una res por la muchedumbre que abarrotaba las calles adoquinadas. Gritos procedentes del gentío que repartía sonrisas y brindaba con tequila, saludando entre flores y copas ofrecidas. Llegó hasta la plaza donde una fuente escupía agua y la gente ociosa observaba sentada en sus butacas y dejó atrás el palacio del gobernador y atrás la catedral en cuyos contornos españoles se amortiguaba la luz del sol. Una vieja fachada de piedra esculpida al estilo colonial que contenía a las figuras del Cristo y de sus apóstoles. Unas palomas hacían guardia en extrañas posturas de benevolencia.
Frente a la puerta de la catedral había viejos pedigüeños con las manos acartonadas extendidas y mendigos lisiados de mirada triste vestidos con andrajos y niños durmiendo a la sombra con las moscas paseándose por sus caras sin sueño. Oscuras monedas en cuencos de plástico apoyados en el suelo, los arrugados ojos de los ciegos y vendedores de tamales y viejas de rostro oscuro y torturado acuclilladas sobre pequeños carritos metálicos atendiendo lumbres de carbón de leña donde chisporroteaban unas tiras renegridas de carne anónima. Entonces él se sentó a una mesilla cercana a un puesto de carne y una mujer joven le llevó un cuenco de frijoles y unas tortillas de maíz caliente envueltas en un trapo blanco e impecable. Parecía feliz y le sonreía, y disimulados entre los pliegues de su falda había traído dulces y en el fondo del plato de frijoles había trozos de carne y en otro cuenco unas salsas de brillantes colores.
Comió velozmente aquella comida sabrosa, picante y caliente, inclinado sobre la pequeña mesita como un fugitivo evadido de la ley que saqueara las ruinas de la ciudad que ha abandonado. Estaba lejos de casa en un país extranjero, y aunque sus oídos escuchaban la música de las trompetas y las risas de la gente, la incertidumbre que se extendía en su camino parecía haberle sorbido el alma.

Al año siguiente viajó más al norte y en Nogales conoció a un tipo que ganaba buenos dólares pasando gente a través de la frontera con Estados Unidos. "El coyote", le decían. Cada vez que cruzaba un cargamento regresaba rico a su tierra, pero mas viejo y con la cabeza poblada de recuerdos de pobres infelices que habían quedado atrás, muertos de sed, alcanzados por las balas o perdidos en el desierto.
El tipo no hablaba inglés y se dirigía a los gringos con gruñidos o gestos. Iba armado con una vieja Colt 45 y tenía mucho miedo de la patrulla fronteriza. Liaba su tabaco en hojas de maíz y se sentaba junto al fuego a escuchar la noche y a charlar.
La pinche migra está bien cabrona, oiga.
¿Porqué?
Dicen que los que cruzamos pal otro lado somos todos criminales y nos meten plomo.
¿Y porqué hacen eso?
Oiga, ¿que usté nunca vio como le hacen los animales?
No, ¿como le hacen?
Cuando los corderos se pierden en el monte, se les oye llorar. Unas veces acude la madre. Otras el lobo.

sábado, 25 de febrero de 2017

Viajar hacia adentro

Hace dieciséis años y un mes que abandoné la provincia donde nací, y hace seis años y un día que falto de mi país. No hay nostalgia ni rencor en mi recuerdo. Solo es eso, un recuerdo. 
El día que me fui de la Argentina, septiembre del 2011, Buenos Aires despertaba bostezando en una mañana fresca, nublada, con la misma humedad de siempre. 
Como todo final de semana, las calles del barrio de Balvanera eran desde temprano un quilombo de gritos, de bocinazos, de apurones, puteadas entre taxistas y colectiveros que esperaban en el semáforo, diarieros que regulaban su aullido profesional.
Crucé plaza Miserere y avenida Pueyrredón a la altura de Rivadavia y me senté a una mesa del "Escorial", junto a la ventana. Pedí "La Nación", un café y un tostado y sin querer oí la charla de unos borrachos que se acodaban en una esquina del mostrador. Conversaban con un mozo acerca del triunfo de Boca, de porqué la nicotina terminaba tiñendo de amarillo los bigotes y cosas así.
No se porqué recuerdo esto ahora. Tal vez al final sea un poco de nostalgia de la ciudad, que se yo.
Mis recuerdos mas fuertes de Argentina terminan llevándome casi siempre a Zarate, a la casita de la calle 3 de febrero, a la chica rubia de los sábados por la noche, a los compañeros del club y a los amigos de la facultad.
Al final nunca conseguí recibirme de periodista, pero logré obtener unos carnets que me identifican como cronista. Creo que con eso basta por ahora. Y entonces pienso en lo que dijo Mark Twain, en aquello de que "el periodismo es la manera mas interesante y culta de ser pobre". 
No voy a explicar las razones de porqué me fui del país como si fuera un marinero borracho en una taberna de puerto. Solo decidí mirar hacia adelante y quedarme con lo mejor. 
Ahora la mochila está sobre mi cama. Tiene diez años, muchos trotes y algunas heridas: Tailandia, Laos, Belice, Turquía, Perú, México, Guatemala, Bosnia y su Sarajevo, Croacia, y la lista sigue. Es una buena compañera. A su lado, desplegadas en un desorden ordenado están todas las cosas imprescindibles que le caben dentro. Antes de la última mudanza las guardaba en una caja. Era fácil: bastaba con volcarlas sobre la mesa con la seguridad de que nada importante se quedaría atrás: colchoneta, baterías para la computadora, libros, cuchillo y algo de ropa.
Soy un maniático que no tiene mucho pero que conserva algunas cosas específicas como si fueran amuletos de la suerte, aunque tampoco creo en ellos. Parezco un curandero que arrastra crucesitas y vírgenes. Son parte de un equilibrio invisible que no quiero alterar. Porque con la suerte no hay principios: lo que funciona, funciona, y lo que no, pues no.
Escribo estas notas rodeado de papeles, de libros y de cosas que nunca puedo olvidar: mi vieja billetera de cuero marrón (que mas que billetera es un talismán), pasaporte, apuntes varios y la navaja suiza. Hace un mes comencé el trabajo de escribir mi primer novela y tengo un libro de John Williams que compré hace poco y que según dicen es una historia muy bien escrita. Tal vez me ayude a comprender un poco mas acerca de las letras, y de la gente. Todavía no lo se pero allí sigo. Hay tiempo; las noches son larguísimas.
Cuando me fui de la Argentina no avisé a casi nadie. No me gustan las despedidas ni despedirme en exceso. He leído que existe una tendencia humana a quedarse atrapado en lugares que ya no te pertenecen, bien porque te fuiste, bien porque te echaron. Sucede con los trabajos, con las mujeres, con los amigos, con los países. Entonces uno puede instalarse en el rencor, culpar a otros. El rencor no modifica el pasado, solo perturba el presente, te empuja hacia la melancolía. 
Me he ido de tantos lugares que aprendí a cerrar la puerta detrás mío sin dar portazos, en silencio. Elegí mirar hacia adelante, y allí sigo. Pienso en mis amigos y les deseo lo mejor, porque se lo merecen. 
Y por ahora no digo ni una palabra más, que por hoy ya dije demasiado.

domingo, 19 de febrero de 2017

Buenos y malos


Estoy seguro de que a ustedes también les habrá pasado alguna vez. En ocasiones, una simple palabra, una frase, una imagen, desencadenan una serie de recuerdos gratos o ingratos. En este caso fueron de los dos. Me ocurrió hace unos pocos días, hablando con un amigo acerca de la crisis económica, de las fronteras y de los azares migratorios que a veces tocan ver o vivir por allí.
Este amigo había dicho una cosa como: "no es un sitio para débiles", o algo así.
Entonces el comentario me salió de forma automática: "que mundo de mierda", dije. Luego, tras un instante, caí en la cuenta de que no para todos es así. Que a algunos todavía les queda la esperanza de que algo cambie. Pero mi primera asociación de recuerdos (y debe ser por las malas fotos que conservo en la cabeza o por las sensaciones que me quedan), me llevó a responder eso. Creo que después de todo soy un tipo afortunado y que al final, aquéllas aventuras terminaron siendo solo horas dichosas, supongo.

Como les contaba, hablábamos con este amigo acerca de sitios realmente duros en el planeta y de lo lejos que nos parece todo cuando vivimos desconectados de ciertas realidades, abstraídos en nuestros pequeños universos personales.  Yo le decía que a veces son curiosas las cosas que nos terminan afectando, y que, por ejemplo, cuando uno se encamina a una zona de conflicto piensa que luego no podrá dormir por los muertos que verá allá. Pero al final la cosa resulta ser mucho más inesperada, y son otras las cuestiones que terminan tomándote desprevenido. Son esas cosas las que, al final, terminan trastornando un poco la cabeza.

Creo que puedo decir que una de las cosas que más me han impresionado en mi vida no ocurrió precisamente en una zona en guerra. Fue hace un tiempo largo en un barrio de las afueras de Cusco, en el Perú, cuando conocí a Marcos, un niño de nueve años que vendía velas y limpiaba zapatos en la plaza de armas de la ciudad vieja. Era el hijo huérfano de unos campesinos que habían sido brutalmente arrancados de la tierra y se habían desintegrado en la ciudad. Vivía con una tía que tenía seis hijos y que cocinaba anticuchos y lavaba ropas ajenas a cambio de un salario mensual equivalente a 180 Euros.

La conversación con aquel niño fue para mi mucho mas impactante, más sorprendente y más reveladora que ninguna otra situación vivida en otras zonas de conflicto. Y, al tiempo, después de haber tenido la oportunidad maravillosa de vivir esa experiencia, comencé a pensar en lo fuerte que podía ser realmente el ser humano. 
Fue allí que me di cuenta de que este mundo de mierda en que vivimos no es lugar para débiles, y que a la hora de sobrevivir bajo presión, las personas tendemos a ser un poco como los perros: olemos el peligro a nuestro alrededor y nos olemos entre nosotros, para saber donde atacar o hacia que dirección seguir corriendo, en caso de. 
Es muy básico en realidad, pero es lo que pienso. Igual que los perros, el ser humano enfrentado a situaciones realmente extremas busca abrazarse a otros seres que están preparados, que tienen algo dentro que los entiende, que abrazan esa experiencia dura por la que están pasando. Eso es a lo que llamo "sobrevivir".

A veces uno tiene el privilegio de plantarse frente a alguien que es gigante, como lo era Marcos, y entonces uno se da cuenta de lo pequeño que es, y que básicamente lo que tienes que hacer en ese momento es callarte la boca y escucharlo, darte cuenta de que estás frente a una realidad que es imposible de no ver. Aquella tarde en la sierra frente a aquel niño que limpiaba zapatos me estremecí como no recuerdo haberlo hecho antes o en otra oportunidad. Ahí me di cuenta de que poder ver y contar aquello, de tener el privilegio de conocer a esas personas y de compartir con ellas, era un regalo.

Y ahora tal vez venga la parte buena de este cuento. A pesar de que en el mundo hay muchos bastardos, yo intento no creer en ellos. Ni en ellos ni en los otros imbéciles que se dicen buenos. Trato de pensar mas bien que el mundo es como el cine: en las películas, si el bueno  es muy bueno y el malo es muy malo, lo que termina siendo malo es la película.
Entonces yo creo mucho en los grises, en las personas que cuentan las cosas como son por mas que duelan y no en los que especulan con el dolor ajeno para ganarse una buena reputación. En lo posible, intento no justificar a las personas con las que me toca hablar, trato de no juzgar. Oigan, dije trato, pero sigo siendo humano y algunas veces me cuesta bastante.

Creo, sinceramente, que todos llevamos la maldad adentro. Y no es preciso hacer tanto esfuerzo para darse cuenta de ello. Uno se asoma en internet al foro de un diario deportivo y ve como la gente tarda tres o cuatro comentarios en llamarse "hijo de puta, ojalá te mueras". La violencia y la maldad es algo que tenemos dentro y que vivimos todos, sin excepción. Porque yo también soy bueno algunas veces y otras veces malo, sépanlo.
Todos somos todo al mismo tiempo, y en este tiempo en el que la ficción de la tele (por ejemplo), crea unos personajes tan extraños por los que no sabemos que sentir, el periodismo, que debería ser el verdadero especialista en esos grises de la naturaleza humana, camina muchas veces hacia la "comida masticada", hacia esa opinión fácil de contar solamente lo que la gente quiere oír, de decirles todo aquello que tienen que pensar, según ellos. Pienso que todos deberíamos de confrontar contra esa complejidad de comodidad, que al final nos esclaviza.

En todo el mundo pasa lo mismo, y me refiero a todo el jodido planeta. El sistema de medios de un país como Argentina, por ejemplo, no está hecho para informar sino para reforzar todo aquello que la gente piensa: ser de derecha o ser de izquierda, leer Clarín, leer La Nación o no leer un carajo, directamente, y que todo el resto te importe una mierda. Para mi, todo eso no habla más que de una sociedad enferma.

Lamento haber perdido contacto con aquel nene de la sierra peruana, con Marcos. Es difícil imaginarme como estará ahora, si vivirá o no y si vive que andará haciendo. Saber si dentro de unos años será el hombre más honesto o el más piadoso o un nuevo y perfecto hijo de puta. Pero de lo que no me cabe duda es de que, cuando lo conocí, era un niño valiente.    



miércoles, 15 de febrero de 2017

Laos: la guerrilla fantasma abandonada por la CIA


Un equipo periodístico de Enlace Crítico viajó al sudeste asiático y se internó en la selva del norte de Laos en busca de una historia oscura, desconocida y violenta pero a la vez apasionante. Este es el relato acerca de un grupo tribal que fue abandonado por la CIA norteamericana, después del último conflicto que desangró a esa región de Asia. Cuarenta y dos años después, la guerra de Vietnam todavía continúa para el pueblo Hmong. Esta es la historia moderna de David contra Goliat, es el “Apocalypse now” del siglo XXI.


Después de tres días de tediosa espera en una húmeda y calurosa habitación de hotel en Chiang Kong, cruzamos la frontera tailandesa atravesando en lancha el río Mekong e ingresamos en Laos.
País comunista, Laos intenta promover ante el mundo una falsa imagen de paz y tranquilidad. “Laos no problem, notigs hapens hier” (aquí no ocurre nada, nada sucede) ”, dice en un mal inglés el guardia fronterizo, sentado sobre una pequeña butaca de madera dentro de su puesto de control y con una gran sonrisa dibujada en la cara. Tiene un fusil automático Kalashnikov apoyado sobre las rodillas.
Logramos contactar a un guía local que estuviera dispuesto a mostrarnos el sendero por la selva, después de mucho investigar y luego de sobornar a la policía turística con 950.000 kypes (moneda local), unos 120 dólares norteamericanos. Traíamos la información de un posible contacto seguro desde Tailandia. El hombre cobró su dinero y nos condujo en una moto-taxi a un templo budista en donde nos esperaban unos monjes. Ellos protegían la identidad de nuestro guía.


Cuando llegamos, a las cinco de la tarde, el templo de Huay Xay, con sus mohosas paredes y sus escaleras adornadas con dragones, se hallaba todavía sumido, como toda la ciudad, en el sopor pegajoso que solo se disipa con la primera lluvia violenta de la tarde.

Huay Xay se encuentra a dos horas y media de camino por la carretera que viene desde Chiang Rai, la última ciudad tailandesa de la frontera, al borde de la selva y a orillas del río Mekong. Esa posición geográfica convierte al sitio en un lugar discreto y cómodo, para mezclarse entre los turistas y pasar desapercibidos antes de iniciar la marcha clandestina rumbo al este, a las montañas. La aguas rojas del río sirvieron de cementerio para todos aquellos a quienes los soldados comunistas no consiguieron convencer. A veces los pescadores encontraban los cadáveres, pero no lo denunciaban para evitar complicaciones. “Notigs hapens hier”.

Cuando tomamos contacto con él, nuestro guía esperaba arrodillado y descalzo sobre el suelo. Era uno de esos tipos que en la calle no tienen nombre ni rostro ni nada que lo identifique. Oficialmente no existía. Estaba en una gran habitación vacía donde otros monjes oraban cantando mantras, con sus cabezas rapadas. Humos de incienso y olores de sándalo quemado escapaban a través de dos ventanas provistas de barrotes que daban a un patio de tierra flanqueado por palmeras, donde unos niños pequeños de piel oscura merodeaban desnudos por los alrededores.

Gruesas gotas de agua reventaron en el patio, trayendo consigo intensos aromas de tierra negra, de frutas dulzonas, de pantano y de podredumbre, que son los olores de la estación de las lluvias en Laos.

El largo viaje comenzó en el ocaso del crepúsculo vespertino, cuando cargamos las mochilas sobre un tuc-tuc (moto taxi), y pusimos rumbo hacia el este, hacia los límites de Huay Xay donde cambiaríamos de vehículo rumbo a la frontera con Vietnam, una jungla virgen y oscura enclavada entre unas montañas donde no llegan los turistas.

De madrugada llegamos a Muang Phouan, que singnifica “ciudad horizontal”, una provincia del nordeste de Laos ubicada a cinco o seis horas desde Huay Xay a bordo de un viejo camión Bedford. El sitio tiene en gran parte una topografía montañosa, con valles poblados de verdes arrozales entre los picos dentados de unas colinas azules. En esas regiones apartadas, unos centenares de personas siguen combatiendo en lo más profundo de la selva, y muriendo en una guerra que oficialmente terminó en 1975. Cercados por bases del Ejército laosiano, esos hombres, mujeres y niños se esconden en las zonas más inaccesibles de la región de Phu Bia.


Son los restos de una guerrilla creada por la CIA norteamericana, cuyos agentes reclutaron a los miembros de la etnia Hmong, una fuerza de combate que llegó a contar con decenas de miles de guerrilleros. Su misión era detener el avance de los vietnamitas comunistas en Laos y hostigar mediante emboscadas y golpes de mano la crucial ruta Ho Chi Minh, utilizada para enviar suministros y armamento al sur de Vietnam. Esta tribu Hmong, que ya había ayudado a los franceses durante la Segunda Guerra Mundial y en la guerra por la recuperación de la Indochina colonial, se empleó a fondo también durante la campaña que los norteamericanos libraron contra el comunismo en esta parte de Asia.

Entre las víctimas anónimas de la Guerra de Vietnam está el pueblo Hmong, una etnia de origen chino que combatió junto a los norteamericanos desde la clandestinidad. Este es el sufrimiento de una minoría olvidada por casi todo el mundo, es el ejército perdido de la CIA.

Los Hmong ya sufrían discriminación y tenían fama de buenos guerrilleros cuando la Agencia Central de Inteligencia norteamericana (CIA), los empezó a reclutar sobre el terreno en la mayor operación encubierta de su historia. En Laos, país declarado neutral que acabó convertido en otro frente de la Guerra Fría, estas fuerzas indígenas ayudaron a atacar la ruta de suministros comunista y a rescatar pilotos de norteamericanos caídos. Una colaboración contra un enemigo común que les salió cara. En 1971, el ejército Hmong estaba formado mayoritariamente por menores de 16 años y mayores de 45. La metralla había laminado a las generaciones intermedias. Tras la retirada yanqui, su situación empeoró. Los hmong fueron abandonados por la administración estadounidense debido al carácter no oficial de sus actividades. Desde entonces las autoridades laosianas persiguieron y masacraron sistemáticamente a muchos de ellos. A algunos los enviaron a campos de reeducación de los que no volvieron. Otros lograron escapar a Tailandia. Algunos pocos consiguieron asentarse en Estados Unidos después de recibir de la ONU el estatus de refugiados políticos. Pero hubo un grupo que decidió no rendirse y ocultarse en la jungla. En los años 70, dicho batallón fantasma sumaba 50.000 milicianos. En los 90 seguía teniendo 10.000. Desde entonces, ha sido diezmado con armas químicas, ha sufrido tortura y se le ha intentado exterminar como si fuese una plaga. Huir a la selva y seguir luchando fue la única alternativa viable para muchos. El ejército de Laos los persiguió y, hoy en día, a pesar de que oficialmente niega su existencia, sigue haciéndolo.

El trabajo de los agentes norteamericanos de la CIA consistía en reclutar civiles Hmong, jóvenes o viejos, darles un entrenamiento militar básico y equiparlos con radios y balizas camufladas en hojas o piedras para que pudieran usarlas tras las líneas enemigas. Ellos deambulaban por ahí y cuando veían una concentración de vehículos, municiones o tropas, dejaban caer estos dispositivos. Los norteamericanos recibían la señal, recogían al equipo en la zona y tan pronto como tenían la seguridad de haberlo extraído, solicitaban apoyo de fuego a la fuerza aérea mediante las coordenadas topográficas del lugar exacto de donde procedía esa señal. Era un trabajo efectivo y simple, de bajo costo y alto rendimiento.
En la actualidad el ejército fantasma no llega al centenar de efectivos, aunque en el campamento hmong cercano a Phu Bia (un punto ciego en el espesor de la selva), aquellos con capacidad para manejar un arma de fuego tal vez sean bastantes menos. Es el fantasma de la Guerra de Vietnam y el drama de los que fueron dejados atrás.
Es necesario hacer un viaje al corazón de las tinieblas para conocer de cerca a unos hombres, mujeres y niños silenciados por los gobiernos y los cronistas oficiales. Es, quizá, el relato del final de una civilización. Son pocos, no le importan a nadie y el mundo puede ignorarles sin mucho problema. Pero el problema es que existen.

Ocultos en la selva


Con la primera luz del amanecer llegamos a una aldea polvorienta ubicada sobre un arroyo en el fondo de unos claros de la jungla. La pétrea frialdad de los campesinos me detuvo. No parecían desear que estuviéramos ahí, o no les importaba. Se limitaron a permanecer parados, viéndonos pasar, silenciosos e inmóviles, sin mostrar alegría ni pesar ni ira ni temor. Sus ojos imperturbables poseían una cruel indiferencia. Me detuve frente a una choza donde una mujer vieja daba de comer a unos pollos. Me vio y no dijo nada. Iba adornada con collares que parecían de plata y un extraño tocado en la cabeza del mismo material. Veía la presencia de aquellos extranjeros como una invasión o un desastre natural que arrasaba su aldea y, aceptando que eso era parte del destino, no sentía por nosotros más de lo que podía sentir por una inundación. Tal pasividad me pareció inhumana. Podría tratarse de una máscara estoica que ocultaba profundos sentimientos de tristeza o de furia, pero si se trataba de eso, su capacidad de controlar las emociones resultaba igualmente inhumana. Así lo exigía su supervivencia. Igual que las grandes montañas de Laos, esos campesinos duraban.


En aquella aldea nos recibió el jefe de una columna móvil que nos conduciría por el tramo final del camino, a un día y medio de marcha por la jungla, hasta el campamento guerrillero. Era un hombrecillo minúsculo y movedizo, con el rostro triangular y los dientes amarillentos teñidos por la acción de mascar betel (una fruta silvestre parecida a la nuez). Levaba el torso desnudo, estaba descalzo y parado sobre el suelo de su cabaña elevada sobre pilotes. Nosotros también nos quitamos las botas antes de entrar. Hizo fuego en una hoguera y bebimos té. El recinto era mediano y tenía una luz natural extraña y sucia, que se filtraba por las rendijas de las paredes de tabla a través del humo de la lumbre. Mazorcas de maíz, bolsas de arroz y recipientes varios colgaban de las paredes. No había muebles y nos sentamos directamente en el suelo para charlar.


El hombre habló con el guía en un dialecto incomprensible, una mezcla de chino y de thai; la lengua de los traficantes de opio. Habló durante un tiempo con una entonación nasal, chillona, y se refirió a la situación de los combatientes que resistían en las montañas, los ataques del ejército. Luego de un rato se levantó del suelo y se fue en busca de otros hombres.

El guía de la patrulla nos condujo por una ciénaga y luego en el ascenso de una sierra de doscientos cincuenta metros de altura. La única senda para escalarla consistía en un paso de animales de caza. Al principio resultó fácil.


Poco después la cuesta se volvió tan escarpada que tuvimos que seguir gateando, apoyados en las manos, aferrándonos a las grises raíces de las caobas, adelantando un pie a la vez, jadeando y transpirando en el aire húmedo. A veces un hombre caía y derribaba a los otros que esperaban abajo. Arbustos espinosos clavaban sus garras en la ropa y en la carne, enredaderas del diámetro de una cuerda se enroscaban en los brazos, en las piernas y en las mochilas con una tenacidad casi inhumana. Cuando finalmente llegamos a la cresta consulté el mapa y la hora: en cinco horas habíamos avanzado algo menos de un kilómetro.

Nos empeñamos toda la tarde en cruzar aquella maldita colina del infierno, hasta que la noche cayó sobre nosotros como un rayo y entonces el guía ordenó a sus hombres asegurar un perímetro para establecer una base de patrulla reducida. Dormitamos de a ratos durante toda la madrugada, sentados en un círculo cerrado y recostados sobre nuestras mochilas, las piernas apuntando hacia afuera y la espalda hacia el centro, todos juntos y apretados, apoyados por cinco hombres armados que escrutaban la noche como animales perseguidos, con los músculos agotados, los ojos cansados, sin quitarnos las botas y sin encender fuego.
  
Al llegar al campamento nos recibieron unos hombres vestidos con una especie de uniforme militar; sentados en cuclillas, algunos llevan camisas verdes, otros de tela negra, iban descubiertos o tenían sombreros de jungla. Todos vestían pantalones gastados, desgarrados, con sandalias fabricadas de viejos neumáticos. Algunos tenían marcas de viejas heridas alrededor del cuello y en las piernas. Colgados al hombro o a la espalda y con la correa sobre el pecho, fusiles automáticos chinos, viejos rifles norteamericanos y lanzacohetes rusos RPG.


Algunos llevaban mochila de campaña y otros transportaban pedazos de una tela alargada con forma de chorizo: un budín de arroz.
Muy jóvenes la mayoría, muy ancianos otros, de piel amarilla, tenían bien marcados los finos rasgos asiáticos: párpados tirantes, cejas apenas dibujadas, pómulos altos. Charlaban entre ellos en una lengua incomprensible. Eran montañeses, los Hmong. Tenían las miradas duras y las bocas crispadas. Había niños entre ellos, chiquillos de entre siete y nueve años equipados para la guerra con fusiles verdaderos, cargando verdaderas granadas de fragmentación. No jugaban a los soldados, ellos iban al combate.
Algunos hombres llevaban a sus pequeños hijos amarrados a la espalda, como pequeñas crías indefensas espiando desde atrás. Asumían el rol de sus mujeres, asesinadas por el ejército o muertas de enfermedad o heridas o imposibilitadas.


Durante las noches las sanguijuelas y los mosquitos los devoraban porque su jefe les prohibía encender fuego. A las cuatro de la mañana se levantaban a patrullar y a recorrer los senderos, las posibles avenidas de aproximación del enemigo. Preparaban su magra comida. Cuando comían arroz era porque encontraban restos abandonados por los soldados laosianos, pero generalmente se alimentaban de raíces, de hojas, de tubérculos que recogían durante las jornadas de patrulla. Eran flacos, huesudos, los músculos anudados y pegados a las articulaciones. 

Shang Lin lucha en una guerra que oficialmente terminó hace 40 años. Dice que cuando sea grande le gustaría ser médico, pero por el momento marcha de patrulla y hace guardia con un fusil AK-47 casi de su misma estatura.
“Mataron a mi abuelo, tomé su fusil y comencé a disparar. Sólo veía los fogonazos. Había muertos por todas partes”, relata un niño de 10 años que no tendría por qué saber cómo funciona el mundo.


Sobrevivir, sin embargo, es lo primero que aprende cualquiera en los campamentos Hmong de Laos. Allí cada día en pie cuenta como una victoria. Sólo los más viejos del lugar recuerdan el día exacto en el que sus vidas cambiaron para siempre. Fue el 30 de abril de 1975, cuando Estados Unidos abandonó Saigón a la carrera ante el avance de las tropas norvietnamitas. Con el ruido de los helicópteros de evacuación se despidió del sudeste asiático la mayor potencia militar del mundo. Un millón de combatientes y 2,5 millones de civiles habían muerto en dos décadas de enfrentamiento armado.


Cae la noche nuevamente sobre la oscura jungla que nos devora. Nos disponemos a intentar dormir cuando un grupo de niños-guerrilleros sale por las sendas a hacer reconocimientos y a montar trampas. Es una guerra anónima que no cuenta con un frente delimitado y se tiene una sensación de incertidumbre al atravesar la línea indefinida entre la zona de seguridad y la “tierra de nadie”.

Por la mañana volvemos al sendero que conduce a los poblados de los valles e iniciamos el descenso, un accidentado camino de regreso hacia la cruda luz del sol que calcina los arrozales.

Saliendo de aquella jungla montañosa en Laos tenemos la sensación de que los seres humanos nunca han terminado de aprender ciertas lecciones.
El mundo necesita urgentemente más instrucciones de humanidad, y más horas de historia en el colegio.


viernes, 10 de febrero de 2017

El papá de las Fuerzas Especiales


Hace un año, cuando me encontraba viajando por un país llamado Myanmar (antigua Birmania), cerca de un río marrón y en lo profundo de la selva fronteriza pegada al norte de Tailandia, recordé que en mis años militares un antiguo jefe me había hablado una vez acerca de un hombre extraño. Era un inglés excéntrico y a la vez brillante que durante su niñez había sido unos de los primeros practicantes del escultismo, y es el dueño de la pintoresca historia que a continuación les paso a relatar.
El 12 de febrero de 1943, hace setenta y cuatro años, ocho columnas inglesas mandadas por un coronel llamado Charles Orde Wingate, de treinta y nueve años de edad, marcharon secretamente desde la India a Birmania, atravesando las líneas japonesas, y sembrando por más de tres meses la confusión y el pánico entre los alarmados nipones. Se movían éstos con frenética agitación de aquí para allá, como las abejas de un panal desbaratado, buscando y persiguiendo a los atrevidos irruptores, pero nunca pudieron atraparlos ni alcanzarlos. Las guerrillas de Wingate ejecutaban sabotajes y emboscadas, barrían las avanzadas japonesas, volaban puentes y ferrocarriles y destruían aeródromos y carreteras.

Los Chindits (nombre que Wingate dio a sus soldados, tomándolo del de los dragones que guardan los templos de Birmania), penetraron cerca de 500 kilómetros en el territorio ocupado por los japoneses y efectuaron una heroica retirada a la India. Las bajas que tuvieron no alcanzaron ni aun al mínimo que los jefes más optimistas habían calculado.

Aquella expedición fue sin duda uno de los episodios más novelescos de la Segunda Guerra mundial. He aquí sus resultados: alivió a los chinos de parte de la presión que sobre ellos ejercían las fuerzas japonesas; obtuvo valiosos datos que la fuerza aérea inglesa (RAF) aprovechó para varias irrupciones devastadoras; estorbó el avance de los japoneses, y, probablemente, hasta impidió la invasión de la India. Sirvió, sobre todo, de ejemplo de la táctica que debe adoptarse para la reconquista de países con geografía selvática y de la preparación que ha de darse a las tropas que tomen parte en ella. Los gurkas, birmanos e ingleses que componían esa expedición demostraron que los japoneses no eran ya amos invencibles ni irresistibles de la jungla.

El regimiento inglés de los Chindits de Wingate lo formaban tropas de segunda línea, compuestas, en su mayoría, por hombres casados, de veintiocho a treinta y cinco años de edad, reclutados en el norte de Inglaterra. "Tendrán ustedes que volverse unos Tarzanes", les dijo Wingate a estos soldados, y los tuvo seis meses enteros en las selvas de la India, ejercitándolos, bajo una temperatura abrasadora, en el paso de ríos, en la infiltración de las líneas enemigas, en largas machas con equipo pesado. Así sacó de ellos tropas de asalto bien instruídas, resueltas, capaces de sobrellevar la mayores fatigas. De lo riguroso de tal programa, podrá juzgarse por lo que decía un soldado al volver de la incursión: "Comparada con los meses de instrucción, toda la campaña fue tortas y pan pintado":

A los oficiales los sometió igualmente Wingate a un interminable curso de aplicación, en el cual les tocaba resolver problemas, no en el mapa, sino en el terreno. Transcurrido un tiempo, estos oficiales tuvieron la satisfacción de ver que ninguna de las situaciones tácticas que se les presentaron en Birmania los tomaba por sorpresa, pues todas correspondían a alguna de las que se habían ejercitado en resolver prácticamente.

Un Mariscal norteamericano pasó revista a los Chindits cuando estaban a punto de partir de la India. Les rindió el significativo homenaje de saludarlos antes de que ellos lo saludaran a él. Bien sabía, como lo sabía todo el mundo, que, a cuantos cayesen heridos o enfermos habría que abandonarlos probablemente en poder de los japoneses.

El paso del río Chindwin, de 800 metros de ancho, límite entre las tierras ocupadas por los nipones y las ocupadas por los ingleses, fue el primer tropiezo serio de la expedición. Las tropas enviadas a reconocer las inmediaciones volvieron con la noticia de que no había ni rastro de japoneses en varias leguas a la redonda. El material de campaña pesado se pasó en sampanes, botes de caucho y canoas. Jefes, oficiales y soldados se desnudaron y pasaron a nado. El cruce duró toda una noche, todo un día y la mitad de la noche siguiente. Wingate tiró su casco y su ropa al interior de la última canoa, y se arrojó a la impetuosa corriente.

Los Chindits atravesaron densas selvas, treparon altas cuchillas por cuestas escabrosas, bordearon precipicios, bajaron a valles profundos cubiertos de hierba que los tapaba. Hallaron esqueletos que jalonaban el camino por donde las tropas de las Naciones Unidas se habían retirado el verano anterior.

Wingate evitaba las trochas conocidas. Prefería casi siempre abrirse su propio camino a través de la espesura. A veces hacía veredas falsas para engañar al enemigo; pero su regla general era avanzar con la mayor rapidez posible. Las patrullas japonesas andaban a menudo tan cerca, que sus soldados chocaban muy seguido con las avanzadas de Wingate, en medio del bosque. El tiroteo era continuo. Los Chindits dieron muerte a más de 1.000 japoneses. El grueso de las fuerzas japonesas no pudo alcanzarlos nunca.

Con frecuencia los Chindits recorrían 48 kilómetros en un día con temperaturas superiores a los 40 grados centígrados. Wingate, siempre alerta, no permitía que se desperdiciara ni un solo instante. Prohibió a sus soldados afeitarse, para que no perdieran esos valiosos diez minutos de sueño. Sostenía que el mejor modo de conservar la salud era estar siempre en marcha. Y quizá tuviera razón, pues muy contados fueron los casos de malaria que hubo.

A la cabeza de cada columna iba una jauría de perros, enseñados a olfatear el rastro de los japoneses. Las ocho columnas se mantenían en comunicación constante entre sí por medio de la radio, palomas y perros mensajeros. En elefantes montados por baqueanos birmanos, iban los obuses, los antiaéreos, los botes plegadizos y los aparatos de telegrafía sin hilos. Venían luego los caballos y los soldados, después las mulas. Finalmente, en la retaguardia, carros cargados de ametralladoras, fusiles  y provisiones, granadas y municiones, tirados por bueyes. Cada columna tenía alrededor de 1.600 metros de largo. "Esto se parece al arca de Noé", decía uno de los soldados al ver trepar por una cuesta la larga fila de hombres y bestias. En la selva, el ruido de la marcha no se oía a 200 metros de distancia, pues la espesura amortiguaba los ruidos.

Los Chindits, en su mayoría, llevaban zapatillas de deporte con suela de caucho para moverse mas rápido, pero los exploradores que operaban en las vanguardias de las columnas vestían pantalones cortos, calzaban botas de cuero y se cubrían las cabezas con cascos de acero para diferenciarse de los nativos a quienes reclutaban. Imprescindibles en el equipo de los hombres era el sombrero australiano de ala doblada, una tela de mosquitero por cabeza y nuca, y el machete al cinto. Cada uno de ellos entró en Birmania con una ración de paracaidista para seis días en la mochila. Los aeroplanos continuaron abasteciéndolos desde el aire. Recibieron durante las jornadas un total de 225 toneladas métricas de provisiones.


Con cada columna iba un oficial de la fuerza aérea, para elegir los lugares donde se debían dejar caer los víveres y otros abastecimientos. Elegía, por lo común, arrozales, cauces secos de ríos, claros de montes en la periferia de las aldeas y malezas pisoteadas por los animales. Por medio de comunicaciones en clave se avisaba a la base aérea de Asam cuándo y a dónde debían enviar los suministros. El humo de grandes fogatas guiaba a los aviadores durante el día; señales luminosas durante la noche. Los enormes aviones descendían hasta 45 metros del suelo a arrojar sus cargamentos de armas, municiones, dinamita y latas de carne, galletas, dátiles, pasas, té, azúcar, sal y tabletas de vitamina C. La única rotura que hubo que lamentar fue la de una botella de ron.
Sobre la polvorienta aldea de Monyowa, muy cerca del río Chindwin, se lanzaron varias veces abastecimientos para ayudar a aquellos duros combatientes. Hoy, después de setenta y cuatro años, la vida en el lugar sigue siendo prácticamente igual, sin muchas tecnologías ni modificaciones aparentes a pesar de las décadas transcurridas. Allí los siglos se han congelado en el tiempo.




La RAF ponía heroico empeño en suministrar a los expedicionarios cuanto pedían. Hubo quien pidió una biografía de Bernard Shaw; otro, una botella de whisky irlandés para celebrar el día de San Patricio; un tercero, un monóculo; un cuarto, una dentadura postiza y un faldón escocés. Dos radiotelegrafistas se lanzaron en paracaídas para reemplazar a dos de sus compañeros que enfermaron. Uno de los oficiales, a quien los japoneses tenían rodeado, hizo que la RAF le enviara un testamento ya redactado para firmarlo. El principal restaurante de Calcuta trabajó toda una noche preparando 180 kilos de chocolate que pidieron los Chindits, y que los aviones les arrojaron al día siguiente en Birmania, después de volar más de 1.100 kilómetros.

Un grupo de Chindits llegó en cierta ocasión al vivac de unas fuerzas japonesas que habían salido por la mañana. Los Chindits no encontraron sino a los cocineros birmanos, que estaban muy atareados preparando la comida. Los hombres de Wingate comieron hasta hartarse, muy obsequiosamente servidos por los guisanderos birmanos, y lo que no comieron, se lo llevaron.

La expedición había penetrado hasta 190 kilómetros de la carretera de Birmania cuando recibió órdenes de regresar. Al llegar en su contrarumbo al río Irauaddi, en una noche fría de luna, los japoneses, apostados en la orilla opuesta, empezaron a hacer nutrido fuego de obuses y ametralladoras. Wingate hubiera podido forzar el paso del río y desalojar al enemigo; pero a costa de muchas vidas. De pie en la orilla del río, examinando la situación serena y perspicazmente, con su larga y tupida barba y una frazada que le caía desde los hombros como un manto, hacía pensar en los profetas de antaño. Con la rapidez de la intuición vio al punto lo que más convenía hacer. Ordenó a los Chindits que se dispersaran en grupos de unos 40 hombres y se internaran en las junglas por diversas partes, a fin de desconcertar al enemigo, y que luego descendieran a la orilla y fueran cruzando a hurtadillas por diferentes puntos. A las 48 horas, todos habían cruzado. Enterraron los aparatos de radio, destruyeromn todo el equipo pesado que llevaban y emprendieron la marcha de cerca de 500 kilómetros que debían hacer para regresar a la India.

Sin radio, ya no podían recibir abastecimiento por avión, pues los pilots no sabían a dónde efectuar los lanzamientos. Los Chindits se comieron primero los bueyes y las mulas, y luego siguieron viviendo de arroz, culebras, buitres, hojas, raíces y sopa de hierba. Perseguidos sin cesar por los japoneses, tenían que desviarse de los pocos manantiales que había, y a veces pasaban varios días sin más agua que uno que otro trago sacado de canutos de bambú. Sabiendo que la seguridad de la expedición dependía de la rapidez de la marcha, Wingate forzaba a su gente a avanzar casi sin tregua.

Después de la aventura, dieron afectuosamente a los Chindits los nombres de "El Circo de Wingate", "Los Locos de Wingate", "La Chusma de Wingate". Los jefes y oficiales eran tipos curiosos, casi todos sujetos recios y atrevidos, avezados al servicio de los "comandos". Mike Calvert, llamado "El Loco Mike" o "Mike Dinamita", era perito en minas de trampa y en la demolición de edificios viejos; artista en cuyos ojos brillaba la inspiración cuando hablaba de dinamita y pólvora. Aún no había cumplido los treinta años, y casi no había teatro de la guerra en que no hubiera servido detrás del frente enemigo.

El mayor Bernard Fergusson, que jamás se quitaba el monóculo, abandonó su descansada plaza en la plana mayor de un regimiento de escoceses para ir a tirarle de las orejas al Mikado. "Me he pasado la vida soñando con volar puentes", decía jubiloso al ver dispararse por los aires los fragmentos de la cañada de Bonchaung. Para leer en el monte, Fergusson llevó consigo algunas novelas clásicas de shakespeare. "Nos fumamos todas las 600 páginas", decía, "pues, aunque teníamos picadura en abundancia, se nos acabó el papel de cigarrillos".

Al teniente Albert Tooth, que había sido comerciante de vinos en un área suburbana de Manchester, lo llamaban "la maravilla desdentada del faldón". Con la dentadura podrida y una barba que se dejó crecer hasta el pecho (según él para asustar a los japoneses), se empecinó en hacer toda la campaña sin quitarse su vistosa falda de lana escocesa.

Uno de los voluntarios de la expedición era el norteamericano James Gibson, teniente de aviación, a quien sus compañeros pusieron el apodo de "Carolina". "Estoy cansado", decía, "de matar japoneses al vuelo. Quiero ver la cara que ponen esos malvados enanos cuando les entran las balas".

En el abigarrado personal de Wingate figuraban un príncipe birmano; un ex historiador de Oxford; el teniente William Edge, muy versado en la preparación de bifes de búfalo; y el sargento escocés de comandos Robert Blain, que, cuando la situación se ponía muy negra, decía filosóficamente: "Como dice mi abuelita, ëstas son cosas que el cielo nos manda para probarnos".

Cuando Wingate regresó, le dieron en la India el apodo, o título, de "Lawrence de Birmania". Sus fabulosas hazañas de guerrillero ya le habían valido los de Lawrence de Judea" y "Lawrence de Etiopía". En Inglaterra la gente lo recuerda hoy a secas como "El nuevo Lawrence". Y hasta la casualidad se sabe de que Wingate es pariente del famoso "Lawrence de Arabia". Parece que el ejército inglés tiene la virtud de producir uno de estos excéntricos genios militares en cada generación: Clive de la India, Gordon "el Chino", Lawrence de Arabia.

Wingate fue un general "de Biblia y espada", de fe profunda en la eficacia de la oración, místico de la escuela de los yoguis, y soldado aguerrido que se complace en pelear por pelear. Siempre iniciaba el día con una oración. A menudo empleaba como cifra palabras y frases bíblicas. La espada, la Biblia y la adaptabilidad a la vida de los pueblos más extraños parecen ser atributos congénitos de la índole y la mentalidad de Wingate. Su padre sirvió treinta y dos años en el Ejército inglés de la India, y cuando se retiró del servicio fundó una misión entre los pantanos. La madre de Wingate era profundamente religiosa y lo educó con puritana rigidez.

Como se aprecia en la foto que ilustra el inicio de esta nota, Wingate tenía la cara angulosa y descarnada del intelectual, ojos oscuros y penetrantes, nariz delgada y huesuda, boca austera, mentón saliente y barba oscura que empezaba a encanecer. En Birmania llevaba camisa andrajosa de monte, pantalón de pana burda y un casco de palma pasado de moda que parecía un tarro encasquetado en la cabeza. Profesaba la teoría de que el ser humano es capaz de almacenar energía como el camello acumula agua de reserva. En campaña, marchaba semanas enteras sin dormir más que unas pocas horas por día. Ahora, eso sí, cuando la campaña terminaba, se pasaba días seguidos durmiendo, o abstraído en extática contemplación. Una de sus manías era la conservación de la robustez del cuerpo. Entrenaba diariamente en solitario mediante ejercicios de calistenia. No fumaba. En las marchas, se le veía a menudo mascando cebollas crudas, pues creía firmemente que tenían grandes virtudes preservativas de la salud. Todas las noches se frotaba la espalda con un cepillo de caucho.

En un profesional de las armas como Wingate, sorprende ver la variedad de asuntos en que se interesaba. Por la mañana se le oía tararear canciones árabes. Tenía pasión por la música, y se pasaba horas enteras escuchando sinfonías fonográficas tendido en el suelo. Sus gustos literarios iban desde Shakespeare hasta las tiras cómicas de los periódicos dominicales, aunque prefiere siempre la lectura seria.

Conoció a su bella esposa en el Mediterráneo, a bordo de un vapor. Ella tenía quince años; él, treinta. "Vino derecho hacia mí", dijo Wingate, "y me dijo sin empacho: Usted es el hombre con quien me voy a casar. Como estábamos de acuerdo no hubo discusión. Aquello fue como la ejecución de un doble y mancomunado plan de campaña".

Wingate hablaba como una enciclopedia. Entre los jefes y oficiales discurría sobre los ascetas yoguis de la India, los hábitos sociales de la hiena, la conducta de una mosca tapada con un dedal, los cuadros de los pintores del siglo XVIII, o el mejor modo de ganar la guerra. En Etiopía sorprendió una vez a un grupo de oficiales con una verdadera conferencia sobre la caza de hienas con pistola en noches de luna.

Wingate no respetaba títulos ni categorías militares. Su indiscreción no tenía límites. Sin temor y sin problemas sermoneaba a sus superiores cuando creía que habían cometido equivocaciones. Quizá haya sido el único jefe inglés de los tiempos modernos que se haya valido de la antigua prerrogativa de presentar por escrito al rey quejas acerca de jefes de mayor graduación. Sus ideas anárquicas despertaron la ira de muchos militares encopetados, que lo miraban de reojo y lo creían un poco desequilibrado. "Pues, hombre", le decía él a un amigo, "yo no estoy tan loco como la gente se figura".

En 1938 se le otorgó en Palestina la condecoración de la Orden de Servicios Distinguidos (a la cual luego se le agregó dos galones), por haber mandado los destacamentos que exterminaron las cuadrillas de terroristas árabes a sueldo del Eje. En Etiopía se granjeó la admiración y el apoyo de las tribus con una serie de irrupciones atrevidas en territorios ocupados por fuerzas italianas muy superiores a las suyas.

Fue uno de los pocos blancos que en las guerras asiáticas han logrado cautivar el ánimo de los naturales de tierras de mentalidad primitiva. Llevaba siempre consigo un altavoz y un grupo de hábiles propagandistas nativos. En todos los pueblos de Birmania y Etiopía se detenía siempre lo suficiente para repartir hojas volantes y perifonear una proclama en lenguaje tan sencillo como pintoresco. "Aquí llegaron los hombres misteriosos que han venido a visitarlos", decía a los birmanos, "pueden llamar en su auxilio, de regiones remotas, grandes e incomprensibles poderes aéreos, y los libertarán de los feroces y ceñudos japoneses". Los birmanos le dieron reverentemente el título de "Señor Protector de las Pagodas". De buena gana guiaron a los Chindits por trochas secretas, y ni una palabra dijeron a los japoneses acerca de la expedición. Sin esta valiosa ayuda, es probable que el enemigo hubiera descubierto y aniquilado a los irruptores.

"Los japoneses", decía Wingate, "no son superhombres, ni mucho menos. Sus planes y operaciones militares no manifiestan ser fruto de inteligencias superiores. La guerra en la selva exige gran ingeniosidad y gran resistencia. El japonés tiene la resistencia suficiente, pero le falta ingeniosidad. Cuando se encuentra en presencia de un problema nuevo, rara vez sabe qué hacer. Nosotros hemos demostrado que podemos vencerlo en su propio terreno".

Wingate murió pocos meses después de aquella gran operación militar, a los 41 años de edad y mientras volaba en un avión que se estrelló contra una colina cerca de Imfal (India). Creo haberles dicho que cuando niño fue boy scout y que le gustaba viajar y las aventuras. Antes del accidente que le costó la vida había leído la reciente publicación de un francés al que todos consideraban loco: "El principito", de Saint Exupéry. Mientras todos dijeron que ese libro era una estupidez y que estaba condenado al fracaso, él quedó fascinado. Fue uno de los últimos textos que leyó antes de trepar por la escalerilla del avión que lo llevaría a la muerte. Pues nada, esta es la historia que quise contarles.