"Los que pueden, actúan. Los que no pueden y sufren por ello, escriben. El acto de escribir, constituye una de las acciones mas profundas del sentir del ser humano. Ayuda a quemar la grasa del alma"

Ernest Hemingway.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Con ánimo de ofender


El otro día charlaba por teléfono con mi viejo amigo Oscar Barone, vecino filántropo de Zarate, amante de las motos y, entre otras cosas, excelente artista. Cada tanto me tomo el trabajo de hacer este ejercicio (el de charlar a la distancia con los amigos que aún conservo en la Argentina), respecto de cómo sigue la cosa por allí, para recordarme a mí mismo de donde vengo y mantener así la lucidez de que la vida es cruel y de que el ser humano, además de ser un animal peligroso, es también un hijo de la gran puta.
Entre una charla y otra Oscar me pidió que le diera mi opinión respecto de un editorial en el que un individuo llamado Santiago Cúneo (que se hace llamar periodista), habla sobre la situación actual de las Fuerzas Armadas, y del país en general.
Al ver la nota de este tipo confirmé lo que pienso de mi país hace bastante tiempo, y volví a recordar una de las grandes causas por las que decidí emigrar y buscarme la vida en el extranjero, hace ya ocho años.
El editorial es un vídeo editado de unos veinte minutos de duración, en el que se ve a un hombre (calvo, sombra de barba sobre la cara regordeta, mediana edad, incipiente obesidad y un tic nervioso que le obliga a apretar los párpados rítmicamente cada cierto tiempo), lanzando improperios y blasfemando en arameo en contra de las cúpulas militares argentinas, del presidente de la nación y de la madre que lo parió, e incitando a la sublevación, al levantamiento y al motín a oficiales, suboficiales y tropa subordinados a dichas autoridades.
Un tipo ridículo, sin argumento ni inteligencia, aburrido pero, sobre todo, emitiendo un mensaje peligroso.
En Argentina normalmente se confunde bronca con crítica, rabia con revolución; Y eso no puede ser así. Los argentinos somos furibundos por naturaleza. Somos un país violento por razones históricas, políticas y sociales. Pero una cosa es la calentura visceral y otra muy distinta la incitación impune al desorden.
La bronca de un “periodista” no lleva a ninguna parte si no va acompañada de un análisis crítico, de un debate intelectual, de un razonamiento organizado, sistemático y eficaz. Y este hombre no posee esas virtudes. Al escucharlo me doy cuenta de que no tiene la preparación necesaria para abordar este análisis. Su mensaje queda flotando entre la bronca contenida, el pugilato visceral contra la situación a la que se opone, y una violencia desmedida sin sentido común. Es el mismo insulto viejo y estéril que me tocó escuchar durante siete años contra el gobierno de turno cuando fui militar. Creo que la opinión de este individuo no aporta una solución inteligente a este nuevo problema (y digo nuevo sumando los otros viejos problemas), que afectan al país.
A los argentinos nos han manipulado mucho y tantas veces, que hasta de lo que podemos estar orgullosos lo utilizamos como arma arrojadiza, como elemento de discordia y confrontación. Somos gente de trinchera, de barricada. Somos el "conmigo o contra mí". Somos de boca o somos de river, radicales o peronistas. El argentino es muy consecuente con sus amores y con sus odios. Sobre todo con sus odios. Porque resulta que el argentino odia mucho más de lo que ama, es decir; siempre vota más en contra que a favor. Desconfía siempre de casi todo, y por eso se permite creer en mensajes viscerales como éste.
El problema que afecta nuevamente hoy a la Argentina es viejísimo como la historia misma: la puja entre la oligarquía y la clase obrera. La creciente deuda externa (una vez más). El recorte salarial. El menosprecio al esfuerzo del trabajador. Pero esto no es nuevo. Ha pasado muchas veces y el problema vuelve porque Argentina es un drama cíclico que termina siempre estancado en un mismo punto: empantanado en su enferma y carcomida clase política.
Yo lo viví de primera mano. Nadie me lo contó. Lo sufrí en carne propia durante diez años cuando era un joven soldado que creía en la subordinación y en el honor, en los ideales de valor, de patria, de soberanía y de unidad nacional. Y todo eso estalló en mil pedazos cuando choqué de frente con una realidad difícil de asimilar: la corrupción institucionalizada, el abandono, la cobardía, el desprestigio sistemático hacia los voluntarios que decidieron entregar su juventud en aras de un ideal. La ausencia de valores morales.
El problema es que en Argentina hay mucha incultura. No se lee lo suficiente ni se intenta siquiera comprender que es lo que sucede. El país está gobernado por los mismos desde hace mucho tiempo, porque en realidad no existe ninguna diferencia entre Kirchner o Macri, entre Menem o Alfonsín, entre Onganía o Videla... o entre los múltiples mandatos del mismo Perón, porque al final, él mismo era siempre la misma persona. Por eso digo que siempre son los mismos: la asquerosa condición humana.
Yo pienso que todo el problema de Argentina es un problema de educación. Los políticos no son más que una manifestación pública, el síntoma de una enfermedad llamada "nosotros". El conformismo, la incultura, el cainismo, la vileza, la envidia; eso somos nosotros, los argentinos. El político no es más que nuestra manifestación exterior. La oficialización de nuestra esencia.
Y esa ignorancia de lo que somos y de lo que fuimos nos hace caer, por ejemplo, en las estupideces que se leen cada día en las redes sociales. Como últimamente se ha puesto de moda venerar a un excombatiente de Malvinas de apellido Poltronieri (y que es verdad, el tipo protagonizó sin saberlo una gran hazaña cubriendo la retirada de sus compañeros bajo fuego enemigo), olvidando que fue un soldado que hizo exactamente lo que tenía que hacer y nada más; combatir.
Prácticamente en todos los países del mundo (por no decir todos, pues hay algunos que no cuentan con Fuerzas Armadas), la vida militar es una actividad amarga, anónima y sumamente ingrata. Esto es así porque así debe de ser. Desde los imperios bélicos hasta los sometidos coloniales, la vida del soldado siempre ha sido solitaria y nunca bien reconocida. Pero hay dos puntos de inflexión en este asunto que hacen la diferencia. Se llaman tradición guerrera y cultura de la honra. Inglaterra tiene eso, por ejemplo. Esos soldados británicos y anónimos (o mercenarios al servicio de la reina), son enviados a zonas de conflicto con sus trescientos veinte años de tradición militar a cuestas peleando alrededor del mundo, con precisión y crueldad. Y cuando regresan a casa los aplauden y los honran colectivamente o de manera individual, si se lo merecen. Luego se mezclan con los ciudadanos comunes de la sociedad y ya está, algunos siguen la vida y mueren de viejos, pero siempre conservan el orgullo y el reconocimiento de haber sido soldados. En Argentina sucede todo lo contrario. No es un país con tradición guerrera y la honra o el "honor" son palabras vacías que no existen en realidad, porque la gente las repite estúpidamente y no tiene ni idea de lo que significa. Por eso en el país donde me tocó nacer se sigue mascullando la bronca de combates que se libraron hace 30 o 40 años, transmitiendo la discordia de generación en generación. Los soldados profesionales de países con tradición bélica (y en este caso me refiero a soldados englobando a todos por igual, a cuadros junto a la tropa, voluntarios o forzados), van a la guerra sin pasión y sin odio, porque saben que combatir es su profesión y ya está, y que cuando termina ese combate perderán amigos y con los que quedan embarcarán en el siguiente puerto y sangrarán todos juntos de nuevo en otro punto del planeta, y que así será por el resto de los siglos, en el futuro. En mi país no se comprende esto y nunca se comprenderá, llamando "chicos de la guerra" a soldados que simplemente cumplieron con su trabajo, confundiendo honor con resentimiento o sentimentalismo y mezclando patriotismo verdadero con el aliento a un equipo de fútbol, enfundados en una puta bandera. Hay cientos de poltronieris analfabetos a lo largo de la historia argentina que sostuvieron la ametralladora mientras cubrían la retirada de sus camaradas, el asunto es que nunca nadie los ve, y solamente salen a la luz cuando les conviene a algunos imbéciles que precisan de sangre fresca y joven para jactarse de patriotas y respetuosos de la jodida memoria. Argentina está empantanada en un barrial del que no saldrá en mucho tiempo, si es que sale. Al menos yo no lo voy a ver. Esa publicación "honrando a un héroe de la patria", es simplemente propaganda. Basura mediática para consumo de un bar de analfabetos virtuales.
Entonces pienso que más allá de la gestión política de turno que manda el destino del país, el problema de Argentina es un problema de cultura. Y no me refiero a la pseudocultura en el sentido del diseño, del cine, de la música o el teatro. Me refiero a la cultura de verdad; al conocimiento de la propia memoria, de la historia, de los mecanismos sociales y políticos.
Eso es en realidad lo que fabrica ciudadanos críticos, porque un individuo educado en esa actitud tiene mecanismos de defensa sólidos. Así se puede pelear. Se puede combatir.
En fin. Así se puede cambiar el mundo asumiendo una actitud estoica; sin gritar, sin disparar una sola munición, sin seguir a ningún imbécil ni arrojar ninguna piedra.

sábado, 23 de junio de 2018

Una incursión en el norte de África



(Sebastian Galarza para Enlace Crítico. Puerto de Tánger. Marruecos)

El barco que tres veces por día sale desde la punta de Tarifa (España) rumbo al puerto de Tánger (en Marruecos), navegó unos sesenta minutos sobre el mar que conservaba un aspecto de lámina  aceitosa azul oscuro. A popa solo distinguíamos la estela de espuma blanca que dejaba atrás el gigantesco motor al cortar el agua, el vuelo rasante y chillón de las gaviotas y un horizonte a la vez lejano, líquido y movedizo que se perdía de vista, invitando a imaginar las arenas de la costa. En esas aguas, que se adensan y prolongan hacia norte y sur, se unen un mar y un océano; Mediterráneo y Atlántico se hermanan a punta de viento y oleaje. Aguas bravas y altivas que los romanos llamaron "Mare Nostrum" y los egipcios "el Gran Verde", y que han sido motivo central de comercio, de historias y relatos desde el poniente de Europa hasta el levante del norte africano.

Tocamos puerto poco después del mediodía. Antes de desembarcar escuchamos por radio las últimas novedades en idioma español: 

-Más de un centenar de migrantes han sido rescatados durante esta madrugada en aguas internacionales frente a las costas de Libia. Navegan a bordo del Aquarius rumbo al puerto español de Valencia. Hay muertos. Médicos sin fronteras atienden a los heridos.-

Los dos policías vestidos de civil que controlaban documentos se retorcieron incómodos en sus asientos cuando leyeron la palabra “Press” en mi declaración de aduana. Siempre resulta molesto un periodista husmeando en lugares donde se ocultan cosas.
Caminamos por la rue de la Marine y subimos las escaleras por las que se accede desde el zoco (nombre que en los países árabes se le da al mercado en una plaza u otro lugar al aire libre) hasta el Continental, un hotel que se levanta sobre la antigua sede de la Aduana y en el que durante los años de entre guerras se alojaron diplomáticos, intelectuales, políticos y espías.

Caminábamos sin prisas descubriendo lugares, el cámara español David Vilches y el arriba firmante en misión periodística, pero a la vez disfrutando del paseo. Buscábamos entrevistar a alguien dispuesto a contar alguna historia de migrantes, de gente común que se juega la vida aventurándose en el mar para llegar a Europa.
Me sentía bien en Tánger. Tenía la costumbre de moverme por territorios de límites imprecisos, y esa ciudad era uno de ellos. El ambiente local me resultaba tan familiar como la frontera entre México y Estados Unidos o la línea turbulenta que separa Chipre entre turcos y griegos. Era un ambiente en el que me sentía cómodo, anónimo, clandestino e impune. Por azar, necesidad táctica o placer personal, había pasado algunos años de mi vida frecuentando sitios parecidos: bares y cantinas sudamericanas, callejones oscuros de Guatemala, tabernas, puestos fronterizos y prostíbulos del Mediterráneo oriental. Atento siempre a los gestos, las palabras, las conversaciones. Aprendiendo lecciones útiles para la vida y la supervivencia. Por eso me movía con idéntica soltura en el Hotel Europa de San Sebastian o el “Des Mines” de París que en el Cerro del Cuatro de Guadalajara, entre las cucarachas de una pensión bonaerense argentina o en un burdel de Nicosia. Incluidos ambientes en los que convenía averiguar dónde estaba la puerta de salida antes de pedir una botella, y bebérsela echando un vistazo prudente por encima del hombro.
Estaba en esos pensamientos cuando me topé con una ciudad fascinante de estatus internacional. Un sitio que daba lugar al comercio, al tráfico de armas, de mujeres, de estupefacientes.

Era el lugar perfecto en donde ambientar una novela de espías. Recordé entonces al Lorenzo Falcó de don Arturo Pérez Reverte, aquel personaje oscuro, vital y aventurero que protagoniza las letras de sus últimas historias.
Es que las cosas nunca han sido del todo tranquilas en esa ciudad fronteriza donde todo se mezcla.
Bajo el sol, en las callejas y terrazas, el viento agitaba las chilabas de los hombres y los velos de las mujeres que caminaban hacia la Medina. Estaban en pleno Ramadán; el ayuno diario que realizan los creyentes de la fe musulmana cada noveno mes del calendario, desde el alba hasta que se pone el sol.
Como dije, accedimos a la ciudad vieja desde la Medina, subiendo por las calles inundadas de covachas y comercios de alfombras.

Las tiendas se apretaban en los callejones y los mercaderes barbudos vendían babuchas junto a camisetas de Cristiano Ronaldo y Leo Messi. Antes, en tiempos de la guerra, en ese mundo espiaban desde los limpiabotas hasta las putas. El olor a Kif y a desinfectante se apretaba ahora con el del humo del tabaco. Avanzábamos abriéndonos paso a través de un mundo exótico. Nuestra primera incursión en el norte de África.
En 1937, en esos mismos locales por donde ahora pasábamos nosotros rozando las paredes, se atraía a los viandantes con un farol rojo en el dintel y donde moros, prostitutas y legionarios franceses de quepis blancos bebían matarratas y fumaban Kif, la mezcla de la marihuana con el hachís.

Rodeamos una muralla e ingresamos en un establecimiento atiborrado de chucherías y baratijas coloridas. Alfombras y zapatos colgando del techo, cuchillos corvos de hoja lisa, cimitarras, grandes pipas de fumar, platería, dátiles secos…un vendedor callejero ofreciendo droga a hurtadillas. Allí, medio escondido, aguardaba nuestro contacto.
Un viejo de barba y túnica blanca, tocado con un gorro a la usanza marroquí nos condujo por el callejón hasta una puerta pequeña. Entonces apareció Aladino. Alto, delgado, con su ropaje largo y marrón que le llegaba hasta los pies, el cráneo rapado y la mirada tranquila, su sonrisa desdentada y los zapatos puntiagudos que me hicieron recordar a ese mago de los cuentos que vive en una lámpara.

Le conté acerca de nuestra misión en la ciudad y me dijo que, si teníamos suerte, tal vez encontraríamos a alguien que quisiera hablar del tema. Nos explicó que en Tánger todo era relativo y que nada era seguro salvo que el sol se ponía por el oeste.
Aladino nos sugirió entonces confraternizar con gente local para dar con alguien dispuesto a hablar acerca de cómo se cruza el mar y se ingresa ilegalmente en Europa. Nos invitó a visitar un Hammam.
En la tradición de los países árabes, se llama Hammam al baño público: una sauna segregada cuidadosamente separando a los hombres de las mujeres. Es un lugar antiguo que no solo cubre funciones de descanso e higiene, sino que también constituye un recinto de reunión social y política, donde se urden intrigas y se organizan conspiraciones.
Bajo el añoso techo de ladrillo mordido aquí y allá por manchas de verdín (una superficie abovedada similar a las cavas mexicanas donde se reposa el tequila), yacían hombres jóvenes y fuertes junto a débiles ancianos sentados o recostados todos ellos sobre el suelo y bancas de mármol. Hacía mucho calor y un vapor espeso inundaba la estancia. Un moro flaco y fibroso, de aspecto recio, con el torso descubierto, descalzo y vestido con un pantalón corto cargaba agua caliente en cubetas plásticas color negro. Cada hombre tomaba una cubeta y se echaba el agua sobre el cuerpo para luego ir a estirarse directamente sobre el suelo resbaladizo y espejado por el vapor.    
Sentado en un rincón sobre una plancha de mármol, estaba un anciano encorvado que tenía un ancla azul y desteñida tatuada en el antebrazo izquierdo. Se llamaba Alí y era un veterano de la última guerra.
– Salaam Alaikum- le dije-. Que la paz esté contigo.
Era un anciano duro. Guerrillero del frente Polisario que en 1975 intentó liberar al pueblo saharaui de la opresión marroquí. Un viejo apergaminado, de dientes gastados, el cráneo reluciente y la mirada desafiante. Me invitó a sentarme junto a él.
-         Hablo cinco idiomas. Herencia colonial- dijo.
-         ¿Eres español?- preguntó.
-         No. Soy argentino.-
-         Pues hablaremos castellano.-
-         Cuénteme como fue aquello-
-         Éramos pocos y nos movíamos de noche. Cuando nos sentíamos más débiles que el enemigo o habíamos sufrido muchas bajas, nos separábamos en pequeños grupos y volvíamos a reunirnos en el desierto. El Sáhara es grande. Alhamd lilah. Gracias a Dios.-
-         Hábleme de la sed-
-         La sed te hace ver cosas que no existen. En el desierto es como la muerte: en algún momento les llega a todos.-
-         ¿Qué le pasó en el brazo?
-         Una granada. Fue en 1975, cerca de Tindouf. Tenía hambre y había mucho viento. Cuando tiré me falló la mano. Mala suerte.-
-         ¿Y qué pasó después?
-         El viaje de regreso bajo la lluvia. El desierto pasando rápido bajo las ruedas del jeep. Mi boca que tiembla. La fiebre. La sed. El barco de la cruz roja en el puerto de Marsella. El hospital de Tánger.
-         Shukram, gracias- le dije.
-         Beslama, adiós.- dijo el viejo.

Salimos del Hammam y el aire exterior olía a una mezcla de sal marina, basura rancia en descomposición y resina de pino. En las calles que rodean la parte vieja, y que dan paso al puerto o las murallas, se concentraban sonidos, olores, conversaciones. En las casas de comida que desembocan en la Medina había olor a parrilla moruna y especias. Algunas tenían la mano de Fatma en el dintel de la puerta y en el interior mesas grasientas llenas de comensales a esa hora de la tarde.
Aladino nos condujo a un restaurante mugriento, a medio terminar, con bolsas de cemento apiladas una sobre la otra que hacían las veces de mostrador improvisado. Nos sentamos a una mesa bajo sombrillas de plástico y miramos alrededor: ningún occidental más que nosotros, nada de turistas ni extranjeros. Trozos de pollo empalados en pinchos, pimientos, caldos que se estaban cociendo, carnes que nadaban en salsas oscuras, difundían un olor cálido, sabroso y aromático. Comimos hasta el hartazgo y al levantarnos de allí, el sol comenzaba a declinar.

Se oyó un Al-lah Akbar lejano y prolongado en la distancia. Desde lo alto de un minarete llegaba el canto del muecín de una mezquita: la oración del crepúsculo.
Ese día no pudo ser lo de la entrevista con los migrantes. No dimos con ninguno. Se nos escurrían por los callejones como los gatos escuálidos que abundan en Tánger. Temían la caza de brujas lanzada por la policía, que los empuja a malvivir como ratas en cuevas infectas.  
Nos despedimos de Aladino con un abrazo luego de pagarle sus servicios de traductor frente al puerto de los pescadores. Tensas las cadenas de fondeo, los barcos anclados en la bahía apuntaban sus proas al viento.
Shukram, gracias- dijo Aladino.- Yo también ser hombre de la calle. Jefe, yo buscarme la vida.-
  

sábado, 9 de junio de 2018

Ingrata herencia


Lo experimenté algunas veces viviendo en el extranjero, especialmente en países de América Latina. En algunas ocasiones me tocó pagar el precio de portar mi pasaporte color azul. Ser argentino fuera de Argentina es una suerte o una maldición. Sin decirte nada y para sus adentros,  la gente te ama o te odia, te facilita el camino o te cierra la puerta, te da la mano o te rechaza. No hay términos medios. No hay grises. Es así de radical, de inexorable, de intenso. Y esta es una opinión muy personal, oigan, simplemente lo que yo he vivido. Lo aclaro para que luego no anden algunos rasgándose las vestiduras y acusándome de hipócrita, de cobarde o no sé de cuantas estupideces más. Es “experiencia de vida”, que le dicen.
Mi teoría acerca de Argentina es que sobre nosotros pesan dos grandes caracteres: el español y el italiano. Y ese carácter, desgraciadamente, está desequilibrado en favor del español, es decir, pesa más el español que el italiano. El italiano tiene naturalmente incorporado el arte de "arrangiarsi", como dicen ellos, y que significa "conformarse con lo que se tiene". Es un ciudadano más sabio, más lúcido, más conciliador y paciente. Pero el español es otro asunto. Es un tipo que pone etiquetas a las cosas o problemas, que elige casi siempre el "conmigo o contra mí", que predica "todo lo tuyo es malo y en mi bando no hay ningún defecto". Ese radicalismo es muy español. Es ese carácter el que llevó, por ejemplo, a aquella cruenta y estúpida guerra civil que desangró a España durante tres largos años (1936-1939).
La cuestión es que en Argentina pesa más el español que el italiano, y su hubiera un mayor equilibrio entre esas dos genéticas, quizás mi patria sería un país mucho más habitable.
Por eso es imposible reparar la grieta que separa esos "dos bandos" de los que tanto se habla últimamente. Es muy difícil construir una sociedad democrática cuando se piensa así, confrontando siempre y sin sentido, practicando el pugilato visceral contra todo el que se opone, eligiendo siempre la violencia desmedida sin sentido común. Un ejemplo burdo y simple: negarle toda virtud al equipo de fútbol contrario y adjudicarle al propio equipo todos los aciertos es, a parte de estúpido, suicida. Además de que es mentira.
En Argentina siempre hubo una "futbolización" de la política. Y digo bien; desde siempre. Cuando uno va a una cancha a ver algún partido, los fanáticos cantan a sus rivales lo mismo que en los mítines y comités de banderías políticas (redefiniendo la palabra “rival”, que en el argot fanático-futbolero o partidario de mi país equivale a enemigo): "no existís, fulano, no existís". Eso se traduce en una intolerancia profunda, en un rechazo sin lógica ni objetividad. La estupidez en una de sus más claras expresiones.
Por razones complejas de índole histórico, social o político, Argentina es un país con una gran infelicidad general, donde nos han hecho muchas cosas sucias y nos han deformado y hecho pagar precios muy altos por muchas cosas. Por eso al argentino no le interesa ver a su adversario convencido, sino más bien exterminado. No quiere que su rival conviva ni discuta con él, sino que pretende degollarlo, que no exista, borrar su memoria, su familia, su huella, sus monumentos, su nombre de las calles, descolgar sus retratos o sus fotos de las galerías y de los anales de la historia. El argentino busca arrasar sencillamente con todo aquello que se le oponga, sin que el sentido común valga una mierda. Ese impulso primitivo, visceral y cainita es muy argentino, desgraciadamente. Y lo digo yo que soy argentino y que me considero un tipo medianamente culto, que ha leído algo, que ha viajado por países en conflicto y que ha visto relativamente el mundo. En España es igual.
Entonces, como digo, todo lo anteriormente descripto es muy español y, por herencia genética, también muy argentino. Ese negar al adversario cualquier posibilidad, cualquier virtud o acierto es tan argentino que me aterra y me hace comprender porque en el extranjero nos ven así. Por eso es muy útil ver el problema desde afuera, porque desde una prudente distancia se aprecia mejor el asunto. La cercanía es miope, mientras que la distancia aclara la mirada.
Voy a dar un ejemplo claro. En Roma, Italia, caminas por la calle y ves edificios magníficos, con fachadas hermosas sobre las cuales se ven números y frases que dicen así: “Año II del fascismo”, o “SPQR (Senatus Populus Quorum Romanum-El senado es el pueblo de Roma-)”; y a los italianos les importa un carajo que ese edificio lo haya construido Mussolini, el Emperador Tiberio o la madre que lo parió. Es un buen edificio y listo. La gente entra y sale y nadie se preocupa por subir allí con una escalera a quitar, tachar o cincelar la inscripción que ahí arriba figura. Respetan la historia como corresponde porque así fue como ocurrió; con sus aciertos, errores, vilezas o decencias. Expresiones, al fin, de la grandeza o la decadencia humana. Y los italianos aceptan todo eso como es. Ni más ni menos.
En Argentina o en España en cambio, son capaces de hasta demoler el edificio o derribar una estatua (como ya lo han hecho, en efecto, con una imagen de Cristóbal Colón que estaba ubicada hasta el año 2013 detrás de la Casa Rosada, sede del gobierno en Buenos Aires), simplemente porque no comparten las ideas o acciones del infeliz de turno que realizó tal o cual acción.
Allí radica la diferencia genética. El italiano puede convivir con su memoria perfectamente, tiene ese arte, esa naturaleza práctica; mientras que el español necesita, visceralmente, destruir aquello que se le opone, que está en el bando opuesto.
Y así es Argentina. Carga con esa herencia genética del enfrentamiento sin razón.

sábado, 19 de mayo de 2018

Un reportero

Lo conocí el año pasado en Basilea, Suiza.

Es un hombre que arriesga la vida por su trabajo: Kurt Pelda viaja a zonas de guerra e informa directamente desde el frente. Recientemente transmitió desde Alepo, Siria, donde, de acuerdo con el presidente Al Assad, la "madre de todas las batallas" se está librando. 

Lo hace solo, bajo su propio riesgo, porque ningún editor podría asumir la responsabilidad de un reportero como Kurt Pelda en el frente. Recientemente, el periodista de guerra de 53 años estuvo en la zona de combate y ha regresado a Suiza con feroces y controvertidas imágenes filmadas en Alepo.

"Voy a donde la gente necesita apoyo, donde los civiles son asesinados por miles. Creo que es importante que veamos de primera mano lo que está sucediendo allí ", dice Kurt.

Pelda cree que también puede contribuir a "una buena causa". Esto puede sonar ingenuo para algunos, incluso hasta poco profesional. Pero Kurt es un profesional. Durante muchos años fue corresponsal en África del NZZ (Neuer Zuercher Zeitung, uno de los periódicos más importantes de Zurich), y desde entonces es periodista independiente para varios medios. 

Durante más de 28 años, este reportero con domicilio en Basilea, que obtuvo un doctorado en economía, viaja frecuentemente como corresponsal de primera línea a los teatros de operaciones bélicas en cualquier parte del mundo, casi siempre documentando el bando de los insurgentes que se oponen a los dictadores. Al hacerlo, Pelda no cierra los ojos a los crímenes de guerra cometidos por los rebeldes. Por ejemplo, informa sobre los asesinatos de prisioneros a manos de insurgentes en el conflicto sirio actual.

El siguiente enlace es un informe de la televisión suiza sobre la vida profesional y privada de un periodista de guerra.

domingo, 29 de abril de 2018

Los desertores de Córcega


Me lo contó el viejo Hans en la cocina de su casa, en Suiza, una tarde de invierno mientras tomábamos unas grapas junto al fuego.
El capitán de este relato nunca supo quién diablos era Hemingway, ni tampoco le importaba. 
Era un hombre que tenía dos oficios para ganarse la vida: uno legal y el otro clandestino. De día y cuando el clima le dejaba, era pescador; uno de esos tipos de piel tostada y camiseta agujereada que deambulan por los mercados de los puertos los domingos por la mañana, negociando sus botines de sardinas y atunes. Por las noches y sin ausentarse nunca, era contrabandista de whisky y licor desde Córcega a Cerdeña. Navegaba siempre, contra vientos, olas y mareas.
Su lancha y él habían visto de todo: el mar golpeando de verdad, cuando Dios se pone loco, el viento helado que muerde la piel cuando atraviesa una mala ropa de lana, y esos atardeceres rojos en el Mediterráneo, que son un espectáculo después de una larga jornada de faena bajo el sol, porque ayuda a descansar la vista en ese espejo de paz.
Era un italiano de unos 50 años y fumador de tabaco fuerte. Tenía la piel curtida como lija de carpintero, el pelo canoso y corto, y los ojos color del mar. Le gustaban las mujeres fáciles y los hoteles baratos, los buenos alcoholes, estar rodeado de sus compañeros y, sobre todo, le gustaba su barca, que se llamaba Pietro, igual que él. 
Era uno de esos italianos duros, sin apellido y sin pasado, que deambulan por los muelles de los puertos provinciales.
El hecho ocurrió en 1962.
Esa noche de junio, el capitán Pietro preparaba su barca para zarpar desde la orilla francesa del Estrecho de Bonifacio rumbo al sur, a Cerdeña, Italia. 
El mar era un salpicón de piedras que salían de entre las crestas canosas de las olas, despeinadas cada tanto por rachas de viento de fuerza siete. Era una de esas noches a las que hasta los piratas rudos temen, porque saben que la furia despiadada del agua puede romper de repente el timón, dejando sin gobierno la embarcación a merced de los vientos excitados, como si fuera un juguete de madera de once metros de eslora.
Junto al capitán de aquel barco iba Hans, aprendiz de marinero, un joven suizo soñador y artista de 25 años, de pectorales anchos y complexión recia, que tenía la sed de aventuras pegada a los huesos, y los rasgos regulares pero sin finura de los mercenarios italianos del renacimiento, que eran mitad bandidos, mitad campesinos.
Cerca de las veintitrés horas, desde las entrañas de la noche y bajo la lluvia, aparecieron tres hombres que negociaron unos instantes con Pietro, y que luego treparon a la lancha dando un salto ágil, por la banda de estribor. 
Hablaban una lengua tosca que gravitaba entre el francés y el alemán, y Hans reconoció enseguida esa jerga familiar: un austriaco y dos alemanes. 
Eran soldados de la Legión Extranjera Francesa que habían desertado de su cuartel y venían escapando. Lo hacían huyendo de las durísimas condiciones de la vida legionaria, más penosas aún en las calientes arenas, desiertos y montañas de Argelia, donde habían combatido. 
Eran hombres desesperados, náufragos de un pasado oscuro, enfrentados a un futuro incierto, pero con la esperanza compartida de alcanzar costas italianas, y aquella libertad tan soñada que les otorgaría el anonimato.
El destino buscado era Santa Teresa di Gallura, un puerto de mar en el norte de la Isla italiana de Cerdeña.
Navegarían con rumbo sur por el Estrecho de Bonifacio, que es una pintoresca lengua de agua de once kilómetros de largo, junto a las islas Lavezzi, y que parte en dos la tierra, separando la norteña y francesa Córcega de la italiana Cerdeña. Un faro aislado marcaba el peligro al sur de las Lavezzi, y a la bocana del puerto regresaban, rezagados, unos pequeños y desvalidos pesqueros, intentando poco a poco y entre olas de diez metros, ganar el abrigo de las piedras.
Zarparon aquel día al filo de la media noche, a pesar de la fuerte marejada que resultaba incómoda, porque el viento de fuerza seis preñaba la quilla y los empujaba por la proa, hacia atrás.
Penetraron en la noche vacilantes y minúsculos, aquellos cinco compañeros que el azar había juntado, a bordo de la lancha “Pietro”, que se perdía entre montañas de agua y pulverizaciones de espuma.
Iban los dos tripulantes maniobrando la barca a brazo partido, azotada de costado por olas desgreñadas y locas, que intentaban hacerles perder el control. 
El pasaje iba formado por esos tres gitanos rubios que llevaban el pelo cortado al rape, y que habían contratado los servicios del capitán con el deseo de evadirse de la isla de Córcega, de las guerras coloniales, de las penurias del desierto y de la Legión Extranjera.
Se supo luego que los hombres habían servido en un regimiento de paracaidistas con asiento en Calvi, que eran dos soldados rasos y un cabo primero, y que habían sido llevados y traídos por todos los rincones de Argelia, combatiendo y perdiendo junto al honor de aquel ejército derrotado, antes de subir por la pasarela de un barco de vapor en la rada de Mers-el-Kebir, que era el último enclave francés en la Argelia de 1962. Desembarcaron vencidos en Córcega, y ahora escapaban hacia el sur.
En ese tiempo, y al igual que ahora, se ingresaba por un mínimo de cinco años en la Legión Extranjera, y el período de servicio en la guerra era de dos.
Pero esa noche iban navegando a través de aquel mar de mil demonios convertidos en desertores, después de haber rodado por medio mundo jugándose la vida por Francia en ultramar, y luego de partirse el hígado en todos los bares desde el norte de Marruecos a Marsella. Escapaban aquellos gitanos rubios con la piel cubierta de tatuajes azules, de cicatrices hechas por la sífilis y de batallas pegadas al cuerpo y al corazón.
El capitán y su aprendiz ponían toda su energía en la lucha contra aquel violento estrecho de Bonifacio (que los tragaba de a ratos en múltiples y continuos temporales), enderezando poco a poco la proa de la lancha para evitar naufragar bajo el peso de la espuma.
Antes de ingresar en las pequeñas caletas de piedra que bordean la costa norte de Cerdeña, debieron evadir las luces de los guardacostas italianos que patrullaban la zona, con los motores apagados y la caña de emergencia lista para emprender la fuga. 
Ya habituados a la oscuridad y al brutal movimiento de la lancha, permanecieron así y allí, entablando conversaciones en voz baja. 
Tenían el vientre pegado al casco de la barca, y oían con las tripas los ruidos del mar que les subía a través del cuerpo hasta el entendimiento.
El viaje, que en condiciones normales debían haberlo hecho en poco menos de dos horas, había durado más de cinco en aquella madrugada tenebrosa, y, desviándose más de veinte kilómetros, por fin tocaron tierra firme en un peñasco de piedra en los alrededores de Santa Teresa. Todavía era de noche.
Los tres desertores arrojaron sus mochilas por la borda, y saltaron a tierra con esa misma agilidad de gatos con la que habían embarcado. Hablaron poco y antes de partir, uno de los tres gigantes rubios sacó una botella de su morral y la compartió con sus camaradas. Pietro y Hans los vieron desde la barca.
Aquellos viejos soldados no renovarían nunca más su alistamiento. Se les habían acabado las batallas y las aventuras. Se les había acabado la Legión. 
Destaparon la botella de alcohol barato y simbólicamente respiraron el olor a la cerveza de sus países: Alemania y Austria, donde iban a volver.
Pagaron el resto del dinero acordado en francos franceses, y engullidos por la opacidad de la noche que se entreabría y se cerraba como una cortina sin pliegues, se perdieron para siempre en la negrura de un camino sardo.

sábado, 21 de abril de 2018

Garnik, el veterano.




Ocurrió hace unos años, mientras trabajaba como obrero de la construcción en las montañas de Suiza.
Con el crepúsculo matutino habíamos entrado en un pequeño pueblo cerca de Altdorf, en el Cantón de Uri. La cuadrilla de hombres montados sobre un tractor. El conductor cruzando con cautela el borde de las cornisas y el sol resplandeciendo rojizo entre la niebla. Las chimeneas de las cabañas y de la única herrería se alineaban contra un cielo ceniciento y las luces globulosas de las hogueras destacaban bajo la oscuridad de las colinas. Un campamento de mineros dibujándose en el horizonte. Había llovido durante la noche anterior y a lo largo del camino las casitas de madera proyectaban sus ventanas iluminadas en charcas de las que unos cerdos chorreantes, como demonios zafios salidos de un pantano, huyeron gimiendo al ver a los vehículos. Las casas de aquel pueblo estaban protegidas por defensas y parapetos contra la nieve del invierno y el aire veraniego iba cargado de vapores de humedad. Los lugareños habían salido a la calle para ver a los hombres que llegaban a trabajar. “Auslaender”, llamaban en alemán a los extranjeros. Aquellos viejos ciudadanos montañeses, todos ellos muy solemnes junto al camino, se fijaban en los gestos que hacían los obreros con expresiones de miedo, expresiones de asombro.
Normalmente y en todo el mundo, el ambiente de la construcción está compuesto por buscadores de fortuna: hombres duros que nunca necesitan pensárselo dos veces antes de utilizar los puños, única ley en los trabajos manuales. Individuos curtidos, groseros y hoscos, intrusos en tierra extranjera que permanecen aparte masticando el tabaco que les ha proveído su capataz o fumando pequeños puros marrones que ellos mismos han adquirido, albañiles que se escarban los dientes con una espina como si acabaran de comer. Hombres quienes por la mera brutalidad y el peligro del trabajo que realizan, cobran un salario bastante mejor pagado que la mayoría de las ocupaciones disponibles, pero que cuando llega el fin de semana se lo gastan todo en alcohol, en putas y en largas noches de juerga.
Allí estaba el abajo firmante, junto a aquellos honrados mercenarios llegados desde todos los puntos de la tierra: antiguos traficantes de diamantes provenientes de Senegal, pescadores portugueses, ex marineros rusos, carpinteros alemanes, estibadores croatas y peones albaneses. Estábamos allí, en medio de las montañas, trabajando codo a codo mientras picábamos piedras, bajo un sol vertical que caía a plomo sobre los torsos desnudos brillantes de sudor, y ahogándonos de a ratos en el polvillo que desprendían las mezcladoras de cemento.
A la hora del almuerzo caminamos cuesta arriba por la senda de tierra que conducía a las barracas. Me senté sobre un tablón de madera entre un africano y otro hombre de Armenia, un veterano de la última guerra. Este hombre se llamaba Garnik y había llegado a las montañas para buscarse la vida dos años atrás, luego de vivir un tiempo en el sur de España y varios años después del genocidio de Xocali, una matanza​ de cientos de civiles azerbaiyanos en febrero de 1992 durante la guerra en el sureste del Cáucaso, por parte de las fuerzas armadas de Armenia y Rusia.
Ahora este antiguo guerrero se plantaba en la puerta de la barraca, solitario y extrañamente recatado, mirando por encima de las cabezas de los obreros, y por las noches nos hablaba de los años pasados en el frente, soldado afable, hombre reticente. Había estado en Nagorno Karabaj, donde pelearon hasta que la sangre corrió a litros por las trincheras y las zanjas y las faldas de las colinas, y nos contó cómo explotaban las frágiles cabezas humanas cuando eran alcanzadas y como una vez, apoyado contra un árbol con la pierna destrozada y estirada sobre la tierra, percibió una pausa en el tiroteo que se prolongó en un extraño silencio y cómo en aquel silencio empezó a crecer un rumor grave que él tomó por truenos hasta que apareció una granada de mortero rodando con ruido sobre las piedras como un bolo descarriado y pasó de largo y siguió colina abajo y se perdió de vista. Explicó como habían tomado la región de Kelbajar, un ejército de irregulares que luchaban en harapos y lucían bigotes y mugrientos gorros de lana, y explicó que las balas de las ametralladoras eran de cobre macizo y saltaban por la hierba como soles fugitivos y hasta el ganado aprendió a apartarse o echarse cuerpo a tierra para dejarlas pasar, y contó como las mujeres bajaban de las colinas arrastrando a los heridos y a los muertos y como veían desde allí abajo la batalla y que por las noches, sentados alrededor de un fuego enterrado, podían oír los gemidos de los moribundos a la luz de faroles moviéndose entre ellos como un coche fúnebre salido del limbo.
Agallas no les faltaban a esos azerbaiyanos, dijo el veterano, pero no sabían pelear. Aguantaban como podían. Cuentan que encontraron a algunos encadenados a las cureñas de sus piezas de artillería, incluidos los que se ocupaban de abastecer la munición, pero si fue como dicen yo nunca los vi. Metimos granadas en los cañones y en los cerrojos. Reventamos sus posiciones. Aquellos infelices parecían ratas despellejadas, eran los hombres más blancos que hayan visto nunca. Los que sobrevivieron se tiraron al suelo y empezaron a besarnos los pies y todo. El viejo Samuel los dejó a todos libres. Bueno, es que él no sabía lo que habían hecho. Solo les dijo que nada de robar. Por supuesto robaron todo lo que les cayó en las manos. Azotamos a un par de ellos y los dos se murieron de eso, pero al día siguiente otro grupo robó una vaca y Samuel los hizo colgar allí mismo. De lo cual fallecieron también. En aquel momento nunca imaginé que terminaría aquí metido, trabajando de obrero junto a ustedes. Ha pasado mucho tiempo.
Una breve charla a solas me reveló que aquel hombre era especial. Hablaba español, alemán e inglés con la misma soltura que su lengua materna, el armenio. Garnik era diferente. Hablaba de historia y de geografía, de antiguas culturas, de música clásica y de sitios y lugares sobre los que jamás había yo escuchado antes. Me  contó acerca de la vida en la antigua Unión Soviética, y de su trabajo como profesor de Historia en un pueblo cercano a los Montes Urales llamado Novi Urengói, al norte de Rusia. Me habló del frío que allí pasó, un frío atroz que bajaba de las montañas y se estancaba durante semanas en el horizonte azul, sumiendo al sitio en un letargo de muerte. Cuarenta grados bajo cero significan unos setenta grados bajo el punto de congelación. El hecho se traducía en un frío desagradable, y eso era todo. Allí vivían hombres rudos a quienes les resultaba difícil meditar sobre la susceptibilidad de la criatura humana a las bajas temperaturas, o sobre la fragilidad general del hombre, capaz sólo de vivir dentro de unos límites estrechos de frío y de calor. Cuarenta grados bajo cero significaban  quemaduras por hielo que provocaban dolor, y de la que había que protegerse por medio de manoplas, orejeras, mocasines y calcetines de lana. Aquel punto perdido en el mapa era pues el hogar de un primitivo asentamiento de trabajadores que explotaban yacimientos de gas natural, muy cerca del Círculo Polar Ártico. Él estuvo allí.
Era un hombre bajo y corpulento este Garnik. Sano y robusto, aunque bastante avejentado, de rasgos pronunciados, nariz amplia, con esa piel dura y cuarteada que es el resultado de largos años de exposición al sol y a los vientos. Tenía la cara y los ojos inconfundibles del hombre que ha vivido mucho, con un surco de amargura dibujado a cada lado de la boca; y entonces al instante se me vino a la memoria un fragmento de la novela “Tambores de bronce”, de Jean Larteguy:

“Con la piel más curtida que la mayor parte de sus compañeros, pequeño, de rostro alargado, este Chanda todavía tiene la vitalidad de un animal de campo. Es tímido y reservado, y posee una ligera tristeza que no lo abandona nunca; la tristeza de saber que no regresará nunca a su patria, la certeza de esos viejos pueblos hostigados por invasores que llegaron del norte en oleadas sucesivas”.

Aquel día de verano en las montañas de Suiza había llovido un poco y luego había parado y luego salido nuevamente el sol. En nuestra pausa para el almuerzo y mientras comíamos un rancho frío en la barraca dispuesta para los trabajadores, reinaba una gran paz en los picos de las colinas repartidas allá arriba en semicírculo todo alrededor. El lugar estaba lleno de un suave vapor donde el color del sol aparecía junto al color de la sombra, cosidos los dos juntos en un arcoíris como las franjas de una bandera. El viejo Garnik se apartó un poco y comenzó a cantar sentado una canción en una lengua por mi desconocida. Era un canto popular de su patria, Armenia, y lo entonaba con los dedos de las manos entrelazados, como si rezara, en voz baja y ceremoniosa, pero a la vez con un sentimiento que hacía mucho tiempo no escuchaba. Entonces me acerqué para oír mejor y él me habló en español.
Me duelen los huesos, dijo el veterano.
Me estoy haciendo viejo. No llegues nunca a viejo, muchacho. Muérete joven y fuerte o acabarás como yo. Te lo digo de verdad. Cincuenta y cinco años tengo, y he servido a mi país como un hombre. Primero enseñé Historia, en la Universidad de Ereván, y luego fui soldado en la guerra contra Azerbaiyán. No me queda casi nada y ahora me gano la vida aquí, junto a ti, trabajando de obrero.
Mira cómo será de perra la vida, muchacho.

(Foto: Lee Jeffries)

viernes, 6 de octubre de 2017

Sueños terrestres

Me pasé mucho tiempo buscando situaciones que me ayudaran a emigrar. Me gusta la música que estimula el pensamiento, el cine y la escritura que elevan. Me fascina sentir la liviandad del aire golpeándome la cara y el cuerpo mientras corro, ser Tintín sin su capitán, jugar a ser un espía, o ser Noel Raspeguy, el personaje aventurero de "Los centuriones" de Jean Lateguy, un tipo que decide abandonar su tierra natal para siempre, empeñado en tener una vida excepcional.
Nací intentando irme. Nadie se dio cuenta. Me metieron como a los demás en una jaula y ahí quedé preso durante años aprendiendo obediencia terrestre. Me rebelé contra la prisión de las ideas y las órdenes. Cuando escapé tenía poco más de 17 años y unas ganas locas de romperme la jeta contra la vida. Mis alas estaban entumecidas, casi arruinadas. Me enrolé en la Marina intentando conocer el mundo y allá me mandaron, bien lejos y arriba del mapa. Al poco tiempo me dí cuenta de que el precio que pagaba era demasiado alto. Entregaba mi libertad a cambio de que unos idiotas me dijeran exactamente lo que tenía que hacer.
La educación consiste en la amputación de la capacidad de volar. Educar sirve para cercenar la imaginación, la creatividad, la singularidad, la locura de cada uno. Educar es igualar: dos por dos son cuatro; esto es bueno, esto es malo. Lo diferente molesta, da miedo, se percibe como una amenaza a la grisura, una provocación en un mundo obediente y terrestre.
Cuando fui soldado nunca acepté una vida sin sueños individuales. Y como no podía volar, soñaba que me iba. La milicia es una fábrica para machacar individualismos, un sistema concebido para eclipsar la iniciativa personal. Allí todo funciona dentro de un engranaje: el hombre pasa a ser una pieza que ayuda a mover la maquinaria. Y entonces me fui.
Me gusta la opinión que tiene Perez Reverte, el escritor español, porque trabaja casi siempre sobre un hecho: las mujeres son las únicas que nos pueden enseñar a los hombres a volar.
Tuve el privilegio de tener lo esencial y poder gastar mi tiempo en viajes más o menos interesantes. En el mundo hay gente aplastada por el hambre y la injusticia que sobrevive en una doble cárcel: la que impide volar y la que impide saber que podrías llegar a volar.
Tuve maestros. Mi padre me enseñó a los 14 años dos lecciones capitales: que tenía piernas para correr  y que el aprendizaje para la vida está siempre en los libros importantes. Lo recuerdo corriendo y leyendo, siempre. El resto de las lecciones las aprendí solo, con la mochila al hombro.
Mi padre me enseñó también con el ejemplo, más allá de las palabras dichas, a poner ahí donde se necesita esa virtud que hace diferente a una persona en relación con las demás: la voluntad. Es lo que decía Shakespeare: "El porvenir de un hombre no está en las estrellas, sino en la voluntad y en el dominio de sí mismo".
Y también tuve rescatadoras. Algunas ni siquiera se dieron cuenta de que me rescataban de la vida terrestre. A veces fueron encuentros fugaces, o de meses. Con Montserrat por ejemplo, volé dos años enteros y, de alguna manera, no dejé de volar nunca.
Volar genera inseguridad en los demás. Dicen que la madurez consiste en dejar de pensar que uno es capaz de elevarse, levitar, viajar entre las nubes. Existen mujeres voladoras que se sienten amenazadas por el vuelo de sus amantes, y las que por alguna razón se dejaron atar por una cuerda de miedos que ellas mismas alimentan y miman para que no se rompa.
Tal vez ya nunca tenga certezas terrestres, ni entre mentalmente en una jaula de oro, y quizá cuando muera sea solo cenizas con alas. Quien sabe.
Mientras tanto sigo escuchando la música que me gusta.