"Los que pueden, actúan. Los que no pueden y sufren por ello, escriben. El acto de escribir, constituye una de las acciones mas profundas del sentir del ser humano. Ayuda a quemar la grasa del alma"

Ernest Hemingway.

sábado, 22 de junio de 2019

Los héroes solitarios

Hace algunos meses escribí una nota donde contaba que de finales felices me creo lo justo, y que la última varita mágica que vi la tenía clavada en el culo un hada madrina a la que violaron en el sur de México, en 2012. Ella buscaba migrar al norte desde su Guatemala natal, y soñaba con alcanzar las luces de Brownsville o San Diego, pero en vez de eso murió asesinada, sobre el polvo y en la miseria de aquella frontera perdida en Ciudad Hidalgo, peleando a dentelladas y arañazos, rodeada por las risotadas de sus verdugos y con la valentía que caracteriza a los guerreros anónimos. Los hijos de puta que la secuestraron lo hicieron en grupo, naturalmente, pero a pesar de saberse en peligro, ella viajaba sola y sin miedo aparente y sin retaguardia que la proteja. Se llamaba Marcela y era una loba individualista y por eso, a pesar de haber muerto, se salvó. No sé si me explico.
Recordar su muerte me viene perfecto para abrir el asunto sobre el que quiero escribir hoy; la importancia de ver la vida con la certeza de nuestra propia soledad, evitando así las muchedumbres y las manadas innecesarias. Porque, como quien dice, llegamos solos al mundo y nos vamos solos casi siempre. Es que así son las cosas, compadre, por más que muchos cantamañanas intenten venderte lo contrario.
Yo creo que el héroe de verdad siempre opera desde el silencio y la soledad y, por más que a veces termine al borde de la muerte, casi nunca grita y rara vez se deja ver. Desconfío mucho de aquellos que se jactan de benefactores. Por eso las causas generales no me interesan. Por eso se que las grandes aventuras colectivas, la mentirosa solidaridad, los miles de encendedores al viento en una noche de concierto, las ridículas pancartas con buenas intenciones, la barricada proselitista, el histérico griterío futbolero, la vieja utopía del "juntos podemos" y toda esa parafernalia se fue a la mierda hace mucho tiempo. Al menos para mí.
Vivimos en un mundo hostil y lleno de peligro. Como siempre ha sido en realidad. Un enorme campo minado en donde un paso en falso te hará volar en pedazos por los aires, sin avisarte y sin pedir permiso. De allí la importancia vital de estar preparado, lúcido, o al menos consciente de donde estamos pisando.
Hace tiempo dejé de creer en las instituciones y siempre sentí antipatía por las campañas y los proselitismos; siempre me ha desagradado la gente que no se conforma con tener una opinión y obrar en consecuencia, sino que necesita atraer a su causa a otros, verse arropada por las masas más manipulables y gregarias y deseosas de infectarse; la que organiza castigos colectivos, difamación y linchamientos verbales. La que ansía "dar su merecido" a quien le lleva la contra o emite un parecer que la fastidia. 
Porque, oigan, una cosa es reclamar, otra pelear, y otra ser parte de un rebaño imbécil que grita necedades. A ver si nos entendemos.
Quienes sentimos aversión hacia el “muchos contra uno”, somos unos raros, una especie en vías de extinción. No solo ocurre en la Argentina (país donde nací y donde el asunto es folklore cotidiano), sino en el mundo entero, sobre todo desde que se descubrió el mejor instrumento de propaganda e intoxicación que ha existido nunca; las redes sociales. Entonces, desde esa trinchera calentita y confortable, tras la pantalla del ordenador o del teléfono, la jauría cobarde se dedica sin cesar, y en masa, a escarmentar desproporcionadamente a los individuos que caen en desgracia por el motivo que sea, o que no se someten a la creencia "blindada" y sacrosanta de hoy: lo "políticamente correcto". Esto último lo sé de primera mano porque lo he vivido. Nadie me lo contó. Pude comprobarlo y compararlo.
Estuve varias veces en zonas de conflicto donde la vida valía una mierda, como en México, El Salvador, Nicaragua o lugares así, y además porque vengo de un país que es una nación singular, donde su más relevante escritor (Borges) se declaró irónicamente "inglés" y terminó muriendo, por elección, en el extranjero, o donde su máximo héroe (San Martín) falleció en el ostracismo de Boulogne, y se extinguió oscuramente en aquel pueblito francés, amargado, mirando de lejos una patria ingrata y miserable a la que le daba miedo regresar. Aquel mismo lugar donde las crisis económicas hunden una y otra vez a los argentinos en la pobreza (y al referir pobreza no hago alusión solamente a lo económico, sino más bien a la miseria moral producto de una violencia visceral, desmedida y sin sentido común).
La Argentina padece un mal singular que en otras partes de América Latina da la impresión de haberse superado pero que allí parece incurable: una incapacidad crónica, genética, cultural, existencial para reconocer errores y trascender las disputas partidarias, ideológicas y provinciales.
Estas referencias de Argentina las utilizo solamente como anécdotas generales para arribar al punto que en verdad me interesa. 
El ser humano se salva solo, y cualquier causa o puesta en común termina envilecida y corrompida por los mismos de siempre; farsantes, demagogos e ignorantes. A menudo esa chusma infame que en mi país, por ejemplo, responde al nombre colectivo de clase política.
Por eso y por otras cosas no creo en la humanidad y mis héroes son claramente individualistas. Hombres y mujeres que intentan superarse en silencio, que leen libros viejos tratando de comprender el presente con las letras del pasado. Gente que viaja sola y no en plan de alegre turista, sino en busca de un porvenir mejor sin mirar atrás. Despojos humanos colgados de trenes de carga rumbo al norte, con la esperanza brillando en los ojos, de que un día renacerá de esa desgracia un hombre nuevo. Hombres cargando mochilas pequeñas que portan dentro lo único que poseen en la vida. O aquellos individuos que evitan la muchedumbre y que, en las noches cuando se confunde fútbol con nacionalismo, apagan la tele y leen a Borges, a Onetti o a José Hernández. 
Esos son mis héroes y heroínas en un mundo que se tambalea. Creo que tiene que ver más con una cuestión de dignidad, de elegancia o de gallardía. Quién sabe.
En esto andaba pensando y decidí escribirlo. Porque, oigan, después de todo, en esta era de analfabetos virtuales cada uno es dueño de hacer o decir lo que se le antoje, y más desde la impunidad de las redes sociales. Así que aquí me tienen, dándole a la tecla.
Como les decía. Más allá de lo que podamos opinar ustedes o yo, me anduvo rondando por la cabeza el recuerdo de esa chica guatemalteca reventada en aquel vertedero inmundo de Ciudad Hidalgo, con las manos cruzadas atrás y atadas con alambre.
Venimos solos y nos vamos solos. Y eso si que es lapidario. 

sábado, 8 de junio de 2019

Sobre mujeres valientes, cojones y periodismo

Hace una década recibí la más importante lección de periodismo de mi vida. Tenía 28 años, quería contar historias, y cada tarde, al salir del trabajo, frecuentaba las aulas de una facultad de comunicación social en la provincia de Buenos Aires, Argentina. Al frente de la cátedra de sociología había una señora bajita, de pelo corto, elegante y culta, que hablaba sobre literatura clásica y sobre cronistas importantes de redacciones internacionales. Escéptica, viva, humana, ella fue quien me presentó a Marie, luego de haberme sugerido leer a Oriana Fallaci, a Tom wolfe y a Truman Capote.
Empezó a encargarme pequeñas notas, para foguearme, y un día me encargó que entrevistase al líder de una comunidad de gitanos que acababa de tener problemas con la policía.  Y cuando, abrumado por la responsabilidad, respondí que entrevistar a un líder comunal detenido quizás era demasiado para mí, y que tenía temor de hacerlo mal, la veterana se recostó en el respaldo de su silla y me dijo algo que nunca olvidaré: "¿Miedo?... Mira, pibe. Cuando tengas un pedazo de papel y una lapicera en la mano, quien debería temerte es el comisario a vos". 
Pero esto último fue solo una anécdota para contextualizar lo que realmente quería contarles. Entre todos aquellos textos y autores que la profesora nos sugería leer, hubo un personaje que me fascinó y, aprovechando que en Argentina se celebró un nuevo día del periodista el pasado 7 de junio, seguidamente les comparto su historia.
Marie Catherine Colvin fue una corresponsal de guerra estadounidense que trabajó para el periódico británico “The Sunday Times“ desde 1985 hasta su muerte en 2012, mientras cubría el sitio de la ciudad de Homs, en Siria.
A partir de 1986, Marie Colvin fue corresponsal del periódico especializada en el Medio Oriente. También cubrió conflictos en Chechenia, Kosovo, Sierra Leona, Zimbabwe, Sri Lanka y Timor Oriental .
Vio mucha violencia, experimentó en persona las brutalidades de guerra y sus reportes tuvieron gran impacto en el mundo occidental para comprender los conflictos de Medio Oriente. Tuvo que lidiar con el alcoholismo y el síndrome de estrés postraumático por los ataques a los que siempre estuvo expuesta. Se curtió como mujer dura en un ambiente militar masculino y como reportera en países particularmente duros para las mujeres.
Colvin perdió su ojo izquierdo debido a la explosión de una granada propulsada por cohete (RPG), que el Ejército de Sri Lanka lanzó cerca de una posición donde ella se encontraba el 16 de abril de 2001, durante la guerra civil en ese país. A partir de entonces llevaba un parche en el ojo, lo que la hacía (en mi opinión), aún más interesante. 
Fue testigo durante los últimos días de ese conflicto e informó sobre los crímenes de guerra perpetrados contra los tamiles.
En 2011, mientras informaba sobre la Primavera árabe en Túnez, Egipto y Libia , se le ofreció la oportunidad de entrevistar a Gaddafi, a quien ya lo había conocido en 1986, en ocasión de los bombardeos norteamericanos a Libia.
En su último viaje, febrero de 2012, cruzó la frontera Siria en moto, ignorando las sugerencias del gobierno que rogaba a los periodistas para que no ingresaran al país. 
El día anterior al ataque en el que murió, hizo un despacho telefónico donde describió bombardeos y ataques de francotiradores de las fuerzas sirias hacia edificios civiles y personas comunes en las calles. Dijo que era el peor conflicto que había experimentado en su vida.
Colvin murió el 22 de febrero, junto con el periodista fotográfico Rémi Ochlik. Una autopsia realizada en Damasco por el gobierno sirio concluyó que Marie Colvin fue asesinada por un "dispositivo explosivo improvisado lleno de clavos”. 
El gobierno sirio afirma que el artefacto explosivo fue colocado por terroristas el 22 de febrero de 2012, mientras otros testigos responsabilizaron directamente al Ejército Sirio.
En un discurso pronunciado en noviembre de 2010 en homenaje a periodistas fallecidos cubriendo guerras, Colvin admitía los serios riesgos de la profesión que había elegido, cuya misión, dijo, es "informar de los horrores de la guerra con rigor y sin prejuicios".
"Nunca ha sido más peligroso ser corresponsal de guerra, porque el periodismo en las zonas de combate se ha convertido en objetivo principal", dijo Colvin, al tiempo que pidió a los medios que sigan enviando periodistas a cubrir los conflictos bélicos.
Ramón Lobo, columnista del diario español “El País”, la despidió así: "Sólo los más grandes mueren en la plaza, como los toreros. Que descanse en paz".




jueves, 6 de junio de 2019

La espera

Ocurrió en Inglaterra, al sureste de la isla de Wight, a bordo de uno de los transportes de tropas que se encontraban fondeados en un punto de reunión llamado "Piccadilly Circus", en la madrugada del 6 de junio de 1944.
Nadie puede dormir. Al amanecer se arriarán las lanchas de desembarco y el primer contingente de tropas cruzará en ellas las aguas del Canal de la Mancha para atacar, por mar, la playa "Omaha".
Son las preliminares del Día "D", y la costa francesa de Normandía aguarda del otro lado, perdida entre la niebla.
En el barco, y en toda la flota de asalto, los hombres son conscientes de que, en algunas horas, muchos de ellos van a morir.
Un soldado está echado en su litera, cierra los ojos y sigue completamente despierto. A su alrededor, como un rumor de olas, oye en su duermevela el murmullo de los compañeros. "¡No lo haré, no lo haré!", grita alguien en sueños, y el soldado abre los ojos y mira detenidamente la bodega.
Su visión se pierde en un intrincado laberinto de hamacas, de cuerpos con torsos desnudos y de mochilas que se balancean. 
El hombre decide que tiene que ir al cagadero y, mientras reniega, consigue sentarse. 
Las piernas le cuelgan en el aire, y su espalda está encorvada bajo una de las hamacas de la litera superior. Suspira, alcanza las botas y se las pone lentamente. La suya es la cuarta de cinco literas superpuestas, y comienza a bajar con incertidumbre en la oscuridad, con miedo de pisar a los otros hombres de las literas mas bajas. 
Llagando al suelo busca el camino entre una maraña de bolsas y de fardos, tropieza con un fusil y camina hasta una puerta. Cruza la otra sección de la bodega, igualmente abarrotada, y llega, por fin, al retrete.
Mientras fuma mira el suelo negro encharcado de colillas, y escucha el ruido del agua que corre por la letrina. En realidad no tenía motivos para ir, pero sigue sentado allí porque está mas fresco y las emanaciones del retrete, del agua salada, del cloro, el olor viscoso y dulce del metal mojado, son menos sofocantes que la espesa hediondez de sudor que se respira en las bodegas donde duerme la tropa.
El soldado permanece allí mucho tiempo y después, lentamente, se pone de pie, se sube los pantalones verdes y piensa en los esfuerzos que tendrá que hacer para volver a su hamaca. 
El sabe que se echará allí simplemente a esperar a que suene el silbato del sargento, antes del alba, indicando el inicio del movimiento. 
Se dice a si mismo: "Ojalá ya llegue la hora. Me importa un carajo toda esta mierda. Ojala ya sea la hora".
De regreso a su hamaca y allí recostado mientras espera, recuerda lo vivido el año anterior, cuando fue lanzado en paracaídas esa mañana ventosa de julio sobre Sicilia, poco antes del amanecer. Lo tiene todo tan fresco en la memoria que le resulta increíble haber sobrevivido: los trazos color naranja de las municiones alemanas volando hacia él como si fueran interminables columnas de luciérnagas; el grito sordo de los paracaidistas que eran alcanzados sin haber aún tocado tierra; el calor que arreciaba sobre los tejados rojos de aquellas hermosas casitas italianas; ese muchacho de Austin, Texas, que cuando lo arrastraron hacia la trinchera llevaba las manos cruzadas sobre el vientre tratando de que no se le salieran las tripas, porque había sido alcanzado en el costado y tenía abierta toda la pared intestinal. Recuerda al enfermero flaco con cara de niño que mascaba tabaco y escupía sobre la arena, tan joven aún que no le crecía la barba. Recuerda sus manos ensangrentadas yendo de un herido a otro, susurrándoles al oído, dándoles ánimo, cosiendo heridas y marcando frentes con una "M" en señal de morfina. Oye aún el llanto apagado de los moribundos llamando a sus madres, y la insoportable quietud del silencio a la mañana siguiente, solo rota ocasionalmente por el zumbido de las moscas. Recuerda la sed, la boca seca y el calor. Maldito calor.
Pero Italia ya quedó atrás y este es otro año. La guerra continúa. Cochina guerra de mierda. Siempre los mismos al frente; obreros pobres y campesinos.
Las costas de Francia lo esperan ahora erizadas de ametralladoras alemanas hundidas en la bruma, bajo el brutal estruendo de la artillería naval que "ablanda" la playa.
Allí tumbado en su hamaca el hombre piensa en un día de su infancia, muy temprano por la mañana, en el que se quedó en la cama despierto. Era su cumpleaños y su madre le había prometido una fiesta.
Ningún soldado de la compañía puede dormir. 
Todos están despiertos en su duermevela. 
Nadie sabe quien llegará a ver el final de esa histórica jornada.


domingo, 21 de abril de 2019

Desopilantes consonantes

Acabo de leer un artículo de Arturo Pérez-Reverte, el viejo reportero de guerra y brillante novelista español, donde reproduce una nota que le ha enviado no se sabe quién. Desconocemos el nombre del autor original; así que, en esta versión postmoderna del manuscrito encontrado, me limito a seguir el juego iniciado por mano genial y anónima. El maravilloso texto se refiere a una supuesta reforma ortográfica que aplicaría la real Academia, a fin de hacer más comprensible el idioma castellano como lengua universal de los hispanohablantes y de las soberanías soberanistas. 
El asunto viene genial para estos tiempos inciertos en donde muchos impostores, incultos, cretinos y cantamañanas pretenden, con su ridícula y progre idea del "lenguaje inclusivo", hacer saltar por los aires un idioma de mil años, cuyo embrión se inicia en el siglo III antes de Cristo con el latín vulgar del Imperio Romano. 
Entonces, con mucho gusto y desternillándome de la risa, comparto con ustedes este texto desopilante y lo reproduzco seguidamente con escasas modificaciones.

Según el plan de los señores académicos españoles, la reforma se llevará a cabo empezando por la supresión de las diferencias entre c, q y k. Komo komienzo todo sonido parecido al de la k será asumido por esta letra. En adelante se eskribirá kasa, keso, Kijote. También se simplifikará el sonido de la c y la z para igualar a los españoles con sus hermanos hispanoamerikanos: "El sapato ke kalsa Sesilia es asul". Y desapareserá la doble c, reemplazándola la x: "Mi koche tuvo un axidente". Grasias a esta modifikasión los españoles no tendrán ventajas ortográfikas frente a sus hermanos hispanoparlantes por su estraña pronunsiasión de siertas letras.

Se funde la b kon la v, ya ke no existe diferensia entre el sonido de la b larga y la v chikita. Por lo kual desapareserá la v y beremos kómo obbiamente basta con la b para ke bibamos felises y kontentos. Lo mismo pasará kon la elle y la ye. Todo se eskribirá kon y: "Yébame de biaje a Sebiya, donde la yubia es una marabiya". Esta integrasión probocará agradesimiento general de kienes hablan kasteyano, desde Balensia hasta Bolibia.

La hache, kuya presensia es fantasma en nuestra lengua, kedará suprimida por kompleto: así, ablaremos de abichuelas o alkool. Se akabarán esas komplikadas y umiyantes distinsiones entre echo y hecho, y no tendremos ke rompernos la kabesa pensando kómo se eskribe sanaoria. Así ya no abrá ke desperdisiar más oras de estudio en semejante kuestión ke nos tenía artos.

Para mayor konsistensia, todo sonido de erre se eskribirá kon doble r: "El rrufián de Rroberto me rregaló una rradio". Asimismo, para ebitar otros problemas ortográfikos se fusionan la g y la j, para que así jitano se escriba como jirafa y jeranio como jefe. Ahora todo ba con jota de cojer. Por ejemplo: "El jeneral corrijió los correajes". No ay duda de ke estas sensiyas modifikaciones arán ke ablemos y eskribamos todos kon jenial rregularidad y más rrápido ritmo.

Orrible kalamidad del kasteyano, jeneralmente, son las tildes o asentos. Esta sankadiya kotidiana desaparese con la rreforma; aremos komo el ingles ke a triunfado unibersalmente sin tildes. Kedaran ellas kanseladas en el akto, y abran de ser el sentido komun y la intelijensia kayejera los ke digan a ke se rrefiere kada bokablo: "Obserba komo komo la paeya".

Las konsonantes st, ps, bs o pt juntas kedaran komo simples t o s, kon el fin de aprosimarnos a la pronunsiasion de ispanoamerikanos y para mejorar ete etado konfuso de la lengua. Tambien seran proibidas siertas asurdas konsonantes finales ke inkomodan y poko ayudan al siudadano: "¿Ke ora da tu rrelo?", "As un ueco en la pare", y "Erneto jetiona lo ahorro de Aguti". Por supueto, entre ellas se suprimiran las eses de los plurales: "La mujere y lo ombre tienen la mima atitude y fakultade inteletuale". Yegamo trite e inebitablemente a la eliminasion de la d del partisipio pasao y kanselasion de lo artikulo, impueta por el uso: "E bebio te erbio y con eso me abio". Kabibajo asetaremo eta kotumbre bulgar, ya ke el pueblo yano manda, kedando surpimia esa de interbokalika ke la jente no pronunsia.

Adema, y konsiderando ke el latin no tenia artikulo y nosotro no debemo imbentar kosa que Birjilio, Tasito y lo otro autore latino rrechasaban, kateyano karesera de artikulo. Sera poco enrredao en prinsipio, y abalaremo komo fubolita yugolabo en Argentina, pero depue todo etranjero beran ke tarea de aprender nuebo idioma rresulta ma fasile. Profesore terminaran benerando akademiko de la lengua epañola ke an desidio aser rreforma klabe para ke nasione ispanoablante gosemo berdaderamente del idioma de Servante y Kebedo.

Eso si: nunka asetaremo ke potensia etranjera token kabeyo de letra eñe. Ata ai podiamo yega. Eñe rrepresenta balore ma elebado de tradision ipanika y primero kaeremo mueto ante ke asetar bejasione a simbolo ke a sio y e korason bibifikante de lengua epañola unibersa.

viernes, 4 de enero de 2019

Budapest: crónica desde la antigua Cortina de Hierro

Su pelo estaba revuelto y era totalmente gris. Su barba también. Llevaba la ropa ajada y rota en las rodillas y los codos y se veía cansado y sucio; la cara reluciente de grasa, típica de los mendigos de cualquier lugar del mundo que se debaten entre cartones y mantas, peleando de madrugada con las ratas sobre el suelo duro y helado. Estaba sentado, aquel anciano, viendo a la gente patinar sobre el hielo, cantando suavemente en su lengua materna y balanceándose hacia adelante y atrás como un rabino que recita la Torá. El hombre aparecía solo, sobre el banco de un parque cualquiera a orillas del Danubio; allí donde las aguas marrones y una geografía caprichosa separan en dos la enorme planicie llamada Pest de los antiguos castillos de Buda, y dan vida a una ciudad a la vez cosmopolita y decadente llamada Budapest.



Interrogué al hombre viejo y a otros peatones sobre la dirección que buscaba, pues la mayoría de los carteles de monumen
tos, calles y lugares emblemáticos estaban escritos únicamente en húngaro, y no lograba comprender nada. Me miraban sin gastar siquiera una sonrisa de amabilidad y me respondían en húngaro. Se encogían de hombros y continuaban su camino, o seguían sentados viendo pasar los tranvías frente al haz de sol que les bañaba la cara. Tuve la sensación de que sabían hablar inglés, pero que les interesaba un carajo hacer el esfuerzo de comunicarse. Tenían esa mirada de indiferencia que parecía decir “haz tú el esfuerzo de entenderme a mí, cabrón”. Entonces pensé que no les faltaba razón, y menos si uno mira hacia atrás en la Historia y descubre todos los esfuerzos que esa gente se ha visto obligada a hacer durante demasiados años. 
Allí, en la capital de Hungría, antigua frontera occidental del bloque soviético, enclavada en el núcleo central de Europa, junto al río Danubio que aspira hacia el Mar Negro desde Alemania, se dibujaba frente a mí un terreno ondulado lleno de colinas y de bosques, con más de siete siglos de antigüedad y que había sufrido innumerables conquistas y destrucciones. Me resultó inevitable que mi primera impresión de la ciudad girara en torno al gran río, los puentes monumentales que lo cruzaban y la solemne estampa del Parlamento. El esplendor de ese escenario inicial resumía buena parte del encanto de la ciudad, de su decadente atmósfera imperial y de un carisma que ha sobrevivido a todos los horrores que la acecharon, ya desde la antigüedad con las invasiones tártaras del siglo XIII, la ocupación otomana durante siglo y medio o el posterior dominio austriaco. Pero muy en especial a lo largo del siglo XX, pues en Budapest dejaron su huella reciente las dos guerras mundiales, el Holocausto judío, la Revolución de 1956, la invasión soviética y cuarenta años de dictadura comunista. Toda esa carga marcó para siempre el carácter de su gente.



El anciano mendigo tenía libros al pie de su camastro y una insignia metálica con la hoz y el martillo prendida a un bolsillo de su abrigo. Pero ¿quién era él? ¿Un simple nostálgico del comunismo? ¿Un marinero rezagado del Partido Bolchevique? ¿Un místico? ¿Un adicto? ¿Un turista naufragado hace años? ¿Un aventurero? Era imposible saberlo.
Levanté mi gorra de lana descubriéndome la cabeza para saludar cuando pasé frente a él, golpeando mis pies contra el suelo para combatir el frío, viendo a otros mendigos igualmente cansados, agrietados por el viento y con los vientres vacíos de rancho caliente durante meses, mientras pedían caridad arrodillados en las esquinas de aquella hermosa ciudad europea.
Yo iba caminando por la Avenida Andrássy. Tenía tres días para recorrer la ciudad en busca de historias de gente común que vivió bajo la dictadura comunista; un peregrinaje narrativo a lo largo de una frontera invisible que hoy es imaginaria, pero que hasta hace pocas décadas se llamó cortina de hierro, y que fue real y brutal.
Caminar por países nuevos es habitar un estado de asombro diario. Así que el viejo mendigo del parque, con sus libros rojos y su insignia soviética prendida a la chaqueta no fue realmente una sorpresa para mí. Tampoco lo sobresalté. El no me vio, pues estaba perdido en su mundo; balanceándose y cantando en su idioma. Él ni siquiera abrió los ojos.
Miré hacia atrás.
El edificio gris ocupaba toda una esquina hasta la mitad de la cuadra. En el número 60 de la avenida Andrássy surgió frente a mí el antiguo cuartel de la Policía de Seguridad Política del Partido Comunista Húngaro ( hoy convertido en museo); el famoso e infame AVO.
El 17 de enero de 1945, mientras el sitio de Budapest todavía estaba en marcha, los comunistas nombraron a Gábor Peter (un aprendiz de sastre), para dirigir el Servicio de Información Política al estilo soviético. Con sus mismos métodos de secuestro, represión, tortura y eliminación sistemática de opositores, el AVO era una policía similar a la GESTAPO alemana. En un tiempo relativamente corto, esos elementos especiales establecieron una temida y notoria organización cuya principal responsabilidad era rastrear a opositores del régimen y llevarlos a juicio, considerando a civiles comunes como criminales de guerra. Para estas tareas, el AVO utilizó las herramientas de la persecución y el terrorismo de estado.
Los oficiales del AVO húngaro eran entrenados en una academia especial ubicada en Budapest (por agentes tácticos venidos desde Tirgo Mures, Rumania), donde básicamente se les enseñaba el “método Dzherzhinsky” ( llamado así en honor al padre del “Terror Rojo”, Félix Dzherzhinsky, creador de la “Cheka” en 1917, la policía secreta de Lenin que después se convertiría en el KGB). La doctrina de esa academia se resumía a algo muy simple pero brutal; tener odio despiadado contra los enemigos de la clase obrera y eliminarlos a toda costa, utilizando técnicas metódicas, disciplinadas e implacables. Se les enseñaba, por ejemplo, a aplicar “el interruptor”; una técnica que consiste en colocar los dos dedos pulgares a cada lado del cuello de un enemigo y presionar, muy fuerte, sobre la arteria carótida del infeliz cautivo. Quince segundos de esa presión provoca un desmayo. Un minuto, la muerte. Utilizaban este método luego de “ablandar” al detenido mediante brutales palizas con porras o a puño limpio, e instigaban terror psicológico en el prisionero provocándole involuntarias evacuaciones de vientre o vejiga, o desvanecimientos perfectamente calculados y controlados por los interrogadores. Eran matones profesionales. Su arte era la violencia.
Placas con fotografías de prisioneros rodeaban la fachada del muro. Un monumento con cadenas herrumbradas recordaba la asfixia de los años bajo la cortina de hierro, y un tanque soviético T-34 aparecía estacionado para siempre dentro del edificio a modo de recordatorio, de que alguna vez en esas calles se combatió casa por casa y granja por granja, entre minas anti-persona o trampas explosivas que acechaban a todos por igual; soldados, obreros, campesinos o niños. Dispositivos mortales que yacían en silencio esperando a que alguien saltase alguna tapia para saquear un almacén o una casa, empujado por el hambre, y terminase volando por los aires con los pies despedazados en medio de gritos y un solo estallido sordo.



Ingresé en aquella fortaleza cuadrada y levanté la vista. Miles de carpetas con archivos colgaban en ordenadas estanterías; cientos y cientos de nombres de quienes fueron sospechosos de conspirar contra el régimen. Vidas anónimas silenciadas y resumidas a números, tinta y papel.




Un monumento de piedra que enaltecía a los “valerosos soldados de la revolución” dominaba la entrada al sótano y a las cámaras de tortura. 



La sugerente propaganda política se reflejaba en afiches que destacaban al soldado, al obrero y al campesino, como constructores de un mundo nuevo y perfecto. Estampas de hombres fuertes, sólidos y fiables, con antebrazos de acero y miradas decididas que apuntaban hacia un horizonte socialista claro y definitivo. La vieja utopía de la felicidad masiva. Ovejas marchando alegremente al matadero popular.


Ingresé en una pequeña oficina. El cuarto se había detenido en el tiempo hacía 60 años. Un escritorio de madera oscura, un calentador a vapor y una lámpara de lectura sobre la mesa. Simple y básico pero efectivo, como el fusil Kalashnikov. El despacho del asesor soviético, el comisario político; un individuo tenebroso y omnipotente sobre el que recaía todo el poder; inteligencia militar, deportaciones, control de la economía, de la atención sanitaria, la educación, la comida, el transporte y las comunicaciones. Absolutamente todo se manejaba desde allí, al pie de un retrato de Stalin y entre libros de doctrina marxista. El último asesor soviético abandonó ese pequeño recinto en 1989, tras cuarenta años de dictadura. 


En los países donde el Ejército Rojo expulsó a los nazis, la Unión Soviética forzó un tipo de asentamiento socialista destinado a la población civil que allí vivía. La cortina de hierro era una enorme frontera que comenzaba en el noroeste de la antigua DDR (Deutsche Demokratische Republik, Alemania Oriental), y terminaba en el sudoeste de Bulgaria. Era una frontera herméticamente cerrada y asegurada con minas terrestres, donde la población civil vivía literalmente atrapada. La mayoría de la gente optaba por no correr riesgos y no intentaba traspasarla. Pero aquellos que, no obstante, trataron de hacerlo, tuvieron que considerar, en el mejor de los casos, un largo tiempo en prisión acusados de traición a la clase obrera. La famosa dictadura del proletariado. Justicia popular, deportación o muerte. O, muchas veces, directamente lo último. Pero también hubo algunos que decidieron lanzarse a la aventura de cruzar la frontera y lo lograron, mientras que otros hicieron lo mismo y encontraron la muerte en los campos minados, recibieron disparos mientras huían o fueron capturados y ejecutados sumariamente en el mismo lugar.
En Hungría, los partidos políticos fueron abolidos y se introdujo un sistema de partido único. La mayoría de las organizaciones sociales y las sociedades fueron prohibidas, y solo los seguidores del Partido Obrero Húngaro gozaron de representación política. Cada línea, teoría, o punto de vista que no se ajustaba a la doctrina del partido se consideraba hostil y se debía erradicar. El marxismo-leninismo y estalinismo extendió sus tentáculos sobre la economía, la vida cultural, la educación y la vida cotidiana en general. El gobierno parlamentario dejó de existir al igual que los debates políticos.
El mayor líder del comunismo húngaro fue Mátyás Rákosi, el “sabio consejero”, como se hacía llamar. El principal alumno húngaro de Stalin gobernó el Estado con disciplina espartana y la vida diaria se militarizó; un país entero atrapado en una psicosis de guerra. Los comunistas cambiaron la constitución, declarando a Hungría como República Popular. Abolieron la propiedad privada y, como en todo resto de la Unión Soviética, introdujeron una economía centralizada y planificada que pronto llevó al país a la bancarrota. La escasez se convirtió en un rasgo económico permanente. Las estanterías de las tiendas estaban vacías y la gente se veía obligada a esperar en largas filas durante horas, bajo la nieve del invierno o bajo el sol vertical del verano; el pan o el azúcar, los huevos o la manteca. La dignidad se escapaba como el agua entre los dedos, junto a la esperanza de una vida mejor. Sólo algunos soldados, campesinos u obreros afiliados al partido gozaban en ocasiones de ventajas económicas mejores, comúnmente luego de realizar trabajos “especiales” impuestos por sus capitanes o comisarios políticos. Normalmente esas tareas consistían en delatar a desertores o posibles conspiradores. El terror siempre proyectaba su sombra sobre la vida cotidiana.
Veía todo aquello mientras recorría lentamente los calabozos, bunkers y habitaciones enrejadas, aisladas con placas acústicas para amortiguar los gritos de los prisioneros que eran torturados hasta la muerte. Reflexioné un instante y me dije a mi mismo que aquel sitio podría ser muy similar a los sótanos de la ESMA que conocí en Buenos Aires, o a los calabozos de las bases navales del interior de la Argentina donde alguna vez me tocó trabajar. Entonces reafirmé, con serena certeza, mi vieja convicción de que todos los regímenes totalitarios tienen la misma e infame raíz; la puerca condición humana. En esos agujeros húmedos de la capital de Hungría comprobé una vez más que el mundo es un lugar peligroso dominado siempre por los mismos hijos de puta; inescrupulosos que hacen de la barbarie y del sometimiento un arte organizado, sistemático y metódico, y que el mal puede tomar diversas formas, fronteras o banderas, pero que siempre termina oliendo igual: a sudor rancio de prisionero, a miedo, a orines y a mierda.

Cuando salí del sótano de la Avenida Andrássy ya era casi de noche, y las luces amarillas que se iban encendiendo a través de la ciudad le daban al sitio un aspecto de cuento. Un pálido disco de sol se había deslizado bajo una grieta en las nubes de tormenta, y durante unos minutos todo brilló con luz eléctrica. Haces de oro y plata rociaron la avenida, encendiendo las cúpulas de los edificios que se extendían en filas alineadas hasta el borde del mundo. Pasó un tranvía y miré mi reloj. Dieciséis con quince minutos. El hielo de una charca crujió bajo mi bota y tragué un aire tan frío, fino y metálico que me cortó la garganta como cuchillas de afeitar. Volví a golpear mis pies contra la tierra dura como el hierro, y comencé a remontar la calle en aquel paisaje anochecido, soplándome las manos para infundirme calor rumbo al refugio del hotel.


Las calles de Budapest, con su historia retumbando de esquina a esquina como ecos silenciosos, parecían susurrar palabras que podrían ser: doble ocupación, dictaduras, nazismo, Unión Soviética, resistencia, ansias de libertad. Palabras que crean en el visitante una sensación contradictoria, de terror y de heroísmo a la vez, de esperanza y desesperación.
Hay que desnudar los sentidos para notar eso, porque la modernidad caló fuerte en la ciudad, llena de zonas con terrazas y bares vintage, festivales, foodtrucks, y lugares donde calentarse contra el frío de finales de diciembre.
Pero aún así, en Budapest es posible sentir todavía el dolor de sus fantasmas.


domingo, 9 de diciembre de 2018

Un refugio en Buenos Aires

Buenos Aires lleva el nombre tácito de "París del sur". Y es verdad, pues su arquitectura de fachadas señoriales, sus elegantes cúpulas verdosas y su clasicismo propios del Gran Siglo, seducen al visitante y lo transportan en el tiempo a la ilusión de una Francia a la vez lejana, imaginaria, elegante y seductora.
Pero Buenos Aires además tiene otra cara, como todo, y cuando la caminas o convives en ella observas que es también una ciudad desalmada y grosera, martirizada bajo los neumáticos de miles de conductores insolidarios y ruidosos. Cortes de calles, protestas, policías que trafican con todo y que conviven con tenderos ilegales que venden hasta sus almas para poder regresar a casa con algo de puchero que arrimar a la cazuela. Las putas malogradas de Plaza Miserere. La Avenida Pueyrredón con sus borrachos de siempre esperando el milagro acodados sobre el mostrador de “El Escorial”. Predicadores evangélicos vociferantes que intentan, sin éxito alguno, salvar del infierno a pequeños granujas que menudean estupefacientes enfundados en ropa de gimnasia. Los recuerdo a todos ellos; tan nítidos y coloridos como fotos en secuencia indeleble.
Hace diez años, cuando vivía en Zarate, el abajo firmante iba mucho a Buenos Aires porque me gustaba ver el bullicio de la ciudad. Disfrutaba viendo los reflejos de luz de las vidrieras y escaparates en el asfalto húmedo de las avenidas, en pleno mes de julio cuando el viento inexorable de la sudestada barría las veredas y el implacable azote te cortaba la cara. La gente saliendo por la boca del subte a los empujones con abrigo y bufanda. Los mozos trabajando en los cafés; pulcramente uniformados con aquellas camisas blancas y chalecos negros suyos, peinados a la gomina, tan elegantes y aplomados en medio de aquel desmadre que parecían actores de cine, o muñequitos de torta.
En aquel tiempo, o sea, en 2008, la ciudad tenía un jefe de gobierno que luego fue presidente del país. Un tipo flaco y con cara de buen chico que, como todos los políticos que gobernaron la Argentina, comenzó amable, con promesas de dignidad y toda la parafernalia, y que ahora es sufrido a diario por muchos ciudadanos en sus carnes y sentimientos. Sin embargo, pese a dirigentes sin escrúpulos, a la mala leche de algunos y a otros elementos que amenazan con afearla, a Buenos Aires no han conseguido quitarle todos sus encantos.
Esos lugares encantadores suelen ser trincheras solitarias, aisladas y perdidas en medio del caótico combate que se libra en la ciudad. Y es eso lo que hoy voy contarles; sobre una de esas pequeñas reservas indias, uno de esos bastiones que resisten más o menos victoriosamente el embate de la ordinariez, la estupidez y la codicia, y aún ofrecen refugio a las gentes de buena voluntad. Hace diez años se contaba todavía, gracias a Dios o a quien carajo sea, con la Librería de Ávila.
Anoche, mientras rebuscaba un texto de espías entre los libros de mi biblioteca, me reencontré con un ejemplar viejo y con olor a sótano; una de esas afiladas y sabias dagas que tanto me gustan. Ahora que en el centro de Europa vienen las frías y nubladas mañanas de domingo, cuando las ramas desnudas de los árboles dejan que el sol se filtre y caliente la hojarasca caída, y los puestos pintados de gris donde venden castañas calientes se escalonan calle arriba, acostumbro a quedarme en casa releyendo libros de segunda mano; naufragios de bibliotecas y saldos condenados al exilio que las editoriales arrojan como restos mortales entre resacas de tinta y papel. Así me reencontré con este viejo libro de Jean Larteguy, y recordé que lo había adquirido por unas pocas monedas en la Librería de Ávila.
Si el viajero que llega a Buenos Aires es uno de esos felices contaminados por el virus singular, incurable, que se adquiere al tocar las páginas de un libro viejo, uno de sus itinerarios obligados se iniciará en el barrio de Monserrat, con un cortado sobre las viejas mesas de mármol y madera del café Tortoni, a esa hora en que hay pocos clientes y los mozos, entre bostezo y bostezo, hojean el diario junto a la registradora y al mostrador con medialunas. Luego, tras saludar en silencio a todos los venerables fantasmas que acechan entre aquellas paredes elegantes y espejos señoriales, el viajero bajará en dirección al río acompañado por uno de ellos (tal vez Borges, Gardel, Storni o cualquier otro) hacia el Cabildo y la Plaza de Mayo, y bordeando esta última, sin prisas, caminará por la calle Bolívar para luego, torciendo levemente a la izquierda, bajar por Alsina deteniéndose frente al puesto de libros que allí aguardan, a que un afortunado poseedor les dé calor, utilidad y vida.
Y tal vez, si ese día el buen fantasma de turno le sonríe por encima del hombro, el paseante hallará, con un ligero sobresalto de placer emocionado, ese volumen nuevo o amarillento como el mío, ese título que busca, que intuye o que espera, destinado a él desde que alguien, quizá muerto hace siglos, lo imaginó y escribió en la soledad de un estudio, en una mugrienta pensión o en la mesa de un café, antes de darlo a la imprenta como quien pone un mensaje dentro de una botella capaz de recorrer el curso del tiempo.
Después, con su botín maravilloso bien apretado contra el pecho, el paseante agradecerá solemnemente al hombre encorvado que lo mira desde atrás del mostrador; un anciano librero con lentes de marco metálico, un sabio de guardapolvo o chaqueta azul con los bigotes y los dedos amarillentos por tantos años de nicotina y café, que se calienta al amor de una estufa eléctrica. Un hombre viejo como sus libros, pero metódico e implacable como un filósofo alemán.
Así era hace diez años la Librería de Ávila; tal vez uno de los últimos recintos antiguos, sabios y lúcidos que todavía funcionan en Buenos Aires.
Pues nada. Que había encontrado este librito revolviendo mi estantería y quise contarles sobre aquel rincón en que lo compré; un lugar que fue mi trinchera y mi oasis en aquella jungla de cemento y estupidez. Allí solía encontrar indulgentes ancianos, pacientes asesores y corteses combatientes contra la ignorancia. 
En fin. Cultos compañeros de aventura.



sábado, 17 de noviembre de 2018

Déjenlos en paz


Escribo esto cuando se cumple un año y dos días de la desaparición del submarino ARA San Juan de la Armada Argentina, en algún lugar del Océano Atlántico Sur, mientras navegaba cumpliendo una misión naval desde su puerto de origen, en Ushuaia, rumbo a su destino final, Mar del Plata, al que nunca llegó. Ayer, felizmente, han hallado la nave.
Desde el momento en que se informó sobre su desaparición, hubo en Argentina una abundante ración de reacciones y declaraciones pintorescas por parte de políticos, tertulianos de bar y ciudadanos comunes, particulares en general, que enviaban sus mensajes a la prensa o a las redes sociales. Porque es extraño que en Argentina alguien relacione el silencio con el respeto y la honra a los muertos, y mucho menos si esos muertos son militares que han dado la vida por su país. Nadie guardó silencio; ni por falta de opinión formada, ni por perplejidad, ni por prudencia. Todos opinaron por las dudas, como siempre suele ocurrir en cualquier tema, porque lo más habitual es que el argentino se llene primero la boca (o mejor dicho; los muros del facebook), con una verborragia rápida y vehemente antes de reflexionar. Esto lo digo en general, oigan, porque siempre hay excepciones.
No será el abajo firmante, por tanto, quien lance otra opinión o pedido de justicia respecto de la suerte que corrieron el submarino y su tripulación, pues yo mismo fui miembro de la Armada durante 11 años (y asumía serenamente mi trabajo como una actividad riesgosa, en la que existía riesgo de padecer accidentes relacionados a esos menesteres), lo cual me convierte en camarada directo de los caídos, y considero que un silencio elegante a distancia prudente, lacónico y estoico, es la mejor ofrenda que puedo depositar, a modo de epitafio, sobre las tumbas simbólicas de mis antiguos hermanos de armas. Porque simplemente han muerto cumpliendo con su deber y nada más. A mucha honra. Punto.  
Pero acerca de lo que si he de opinar en esta nota, es sobre la epidemia de hipocresía, banalidad, incultura y estupidez que sufre ahora mismo la sociedad del país donde me tocó nacer.
Entre las declaraciones pintorescas de nuestros compatriotas algunas destacan por su cretinismo y mala leche, antiguas enfermedades que misteriosamente y desde hace varias décadas, se han hecho epidémicas entre la falsa izquierda que nos rodea. Por ejemplo; hay quienes por un lado se rasgan las vestiduras clamando justicia y exigendo conocer quien dio la orden de zarpada del buque en esas condiciones, y por el otro lado desprestigian al mismo tiempo a los marinos jóvenes, haciéndoles responsables de esas viejas e históricas rencillas sociales que ellos mismos (por juventud o  tiempo cronológico), no han llegado a vivir. Otros directamente escupen y se ciscan sobre la memoria de la desgraciada tripulación. 
Varias veces lo viví en carne propia, nadie me lo contó. Escenas de irrespeto y maltrato verbal hacia el uniforme mientras viajaba en tren o en transporte público interurbano por la provincia de Buenos Aires; como aquel episodio vivido junto a mi camarada y amigo Santiago Trutali, una helada noche de julio a bordo del expreso nocturno que cubría el trayecto Bahía Blanca-Constitución. Un par de sujetos de aspecto innoble, tosco y  vulgar nos habían abordado en un vagón de segunda clase (largas filas de asientos de madera, luz mortecina y amarillenta, el viento aullando y colándose por todos los burletes), increpándonos al grito de "milicos de mierda", mientras se mofaban de nuestro corte de pelo (nuca rapada a cero y arriba un cepillo cortado a número dos), típico de los infantes de marina. Entonces no nos quedó otra opción que hacer justicia por mano propia, porque no éramos precisamente dos samaritanos acostumbrados a practicar el arte de "poner la otra mejilla", y en un instante nos vimos ajustando cuentas con aquel par de zafios bastardos, combatiendo espalda contra espalda mientras empalmábamos puñetazos en corto, un pugilato visceral contra todo lo que se nos cruzaba enfrente. En aquella pelea apenas tuvimos tiempo de mirar dónde les habíamos dado. Era un caiga quien caiga, seguir adelante y que el diablo reconozca a los suyos. 
Este episodio que acabo de narrar es el reflejo de la imagen que tiene cierto sector de la sociedad argentina sobre las Fuerzas Armadas, como si esa actitud hostil para con sus soldados los haría mejores, más progres y más libres. Pobres imbéciles.
Esa es la misma estupidizada parte de la sociedad argentina que reacciona poniéndose medallas compasivas en redes sociales, exhibiendo hipócritas peticiones de "unión nacional frente a la muerte de nuestros queridos compatriotas", muestras de dolor con los falaces slogans "Todos somos el ARA San Juan", o "44 héroes, no los olvidaremos". Yo no me trago esa pastilla, porque se que el mundo es un lugar peligroso y está lleno de hijos de puta.
Sepan que a veces los soldados, pilotos, marinos, bomberos o policías regresan a casa en cajas de madera. O directamente no regresan nunca. ¿O que creen? ¿que mientras sofoca un incendio un bombero no se puede quemar?, ¿o un policía no puede ser tiroteado mientras impide un atraco?, ¿o un piloto no se puede estrellar?, ¿o el barco de un marinero no se puede hundir? Pues la única manera de asegurarse de que esas desgracias no ocurran es que esos servidores públicos no existan (tal como desean varios). Es que en Argentina ha llegado a creerse que las tropas están para labores humanitarias y nada más. Error. Todo barco puede tener su iceberg y todo Napoleón su Waterloo. Y las tropas están destinadas, en el peor de los casos, a ir a la guerra.
Oigan, despierten. Dejen de clamar justicia por una causa que en realidad no les interesa un carajo. Dejen de mirarse el ombligo y de estar embobados con el fútbol de la tele y tomen conciencia de que Argentina es un país mediocre, analfabeto, con un escasísimo nivel de educación y cultura, abandonado en manos de una casta política de sinvergüenzas y de mercachifles iletrados. Esa Argentina como referente cultural latinoamericano está extinguida. Y no volverá más porque a nadie más le importa.
La Argentina de las letras, aquella de Borges y de Sabato, la de la familia entera alentando alegremente a Huracán en la cancha los domingos después de los ravioles, la del trabajo prestigioso en una fábrica, la tierra de las oportunidades para miles de inmigrantes que huían de una Europa enrojecida por los incendios; ese país ya se acabó y sólo queda lo que vemos, al menos yo, en las noticias por internet, a una saludable distancia.
Por eso, por respeto a los marinos que creyeron en su patria y murieron sin reclamar nada ni acusar a nadie, tengan a bien reflexionar un momento antes de expresar nuevamente sus indignaciones estériles contra todo y contra todos. 
Si estuvieran aquí y vieran el circo que se ha montado, una vez más, estoy casi seguro de que mis camaradas navales se partirían de la risa. Por eso, y por la memoria de esos 44 servidores de la patria; guarden silencio, señores. Aprendan de su ejemplo y déjenlos en paz.

domingo, 21 de octubre de 2018

Zonas de confort

Es cada vez más frecuente leer en redes sociales, sobre todo en facebook, opiniones de individuos que se creen gurúes de la evolución humana y de la superación personal. Ocurre con el deporte (tan de moda ahora), con la nutrición, con el yoga o con los negocios, entre otros varios etcéteras. Bastardos que mienten a la gente y que bombardean a los lectores con munición barata y sucia. Basura mediática de baja calidad. Dan consejos elaborados sobre cómo enfrentar la vida a través de su "experiencia", pero en realidad son adultos débiles camuflados tras la máscara de impunidad que otorga un ordenador o un teléfono móvil, porque nadie los conoce y se infiltran con rapidez. Y desde esa segura trinchera, calentita y cómoda, con una taza de café humeando al lado y los bizcochos a mano, le dan a la tecla sin vacilar ni arriesgar absolutamente nada, más que perder unas horas de su tiempo emitiendo comunicados inciertos que jamás experimentarán personalmente. Que nuca vivirán en realidad. 
Hace unos días estuve leyendo la publicación de uno de estos "valientes de Internet" (en Argentina se reproducen como hongos en el bosque después de la lluvia), que creen que la vida es gratuita y alegre, que los osos en Alaska son simpáticos y mimosines y que el drama se soluciona haciendo el signo de la paz con los dedos en "V", saludando con "namastés" o proponiendo una tregua de besitos con lengua al enemigo gurka que se agazapa dispuesto a acuchillarnos sin piedad. 
El anónimo en cuestión escribía con mucha labia (típico de progre), con mucha letra barroca, pero a la vez con esa expresión entre liviana, arrogante y feliz de los mimos. De unos treinta y pico de años y todavía viviendo en casa de su mamá, nuestro progre hacía declaraciones dramáticas acerca de lo opresivo del sistema en que vivimos, y acto seguido advertía: "Te aseguro que la vida fuera de tu entorno te conectará con tu ser interior, y al salir de tu zona de confort serás libre de verdad". Entonces me imaginé al pobre receptor inculto del otro lado, a ese monigote que no filtra ni discrimina, que simplemente traga información embrutecido por la sordidez y la necesidad en las que habita y que, alarmado por la advertencia, vacila en la luz amarillenta de su pocilga infecta, intentando decidir si le conviene o no dar el paso y arriesgar lo conocido, cerrando los ojos, apretando los dientes y reteniendo aire en los pulmones al verse a sí mismo marchando lejos con una mochila al hombro, sin dinero ni contactos ni otra idea más que escapar de la pobreza y la necesidad. Entonces volví a pensar en la misma certeza que tengo siempre: el mundo es un lugar peligroso y lleno de hijos de puta.
Me gustaría ver a ese progre de treinta y pico de años que lanza consignas liberales desde el sillón del living de su casa materna, y que nunca tuvo la necesidad de verse durmiendo al raso, sintiendo el puñetazo de la intemperie en los riñones. Me gustaría saber cual sería su opinión al respecto, si de repente la vida se le tuerce y se ve en la necesidad de emigrar a algún país lejano, o si alguien lo obligara a enrolarse por la fuerza en la Infantería de Marina y marchar a la guerra. ¿Que haría ese tipo?, ¿cómo sería su vida en uno de esos casos?. Pues a continuación me aventuro a elaborar una hipótesis.
Haría marchas a pie de 48 kilómetros al día y viviría de la tierra, de su mochila, aprendiendo lecciones de humildad en campo abierto, formando una columna para comer raciones frías y enlatadas, porque su jefe se aseguraría de que él fuera el último de la fila; respetando un viejo axioma de conducción militar que dice: "los soldados jóvenes siempre se alimentan primero". En las patrullas presenciales y en las operaciones de convoy trabajaría sin descanso ni relevo, durante días, uniendo la luz del sol con la de la luna, y se sentiría tan cansado y hambriento que se arriesgaría a dejar la piel por caer dormido unos instantes en algún agujero enfangado y polvoriento. Aprendería que el animal humano se acostumbra a cualquier cosa si dura lo suficiente.
En territorio hostil realizaría incursiones clandestinas, siempre de noche, y aplicaría la estrategia del fogonazo: atontar a los malos con fuego agresivo y luego machacarlos a base de operaciones psicológicas, imponiendo el argumento de la tribu superior. Se movería con igual sigilo en la madrugada fría y ventosa del desierto, como en la negrura sofocante y húmeda de la selva; y en las sombras proyectadas por la luna llena vería a los francotiradores pintarse la cara con verde de camuflaje. Dormitar de día y velar toda la noche se convertiría  en el patrón normal de sus días, y al amanecer, tosiendo y congelado, hundiría la cabeza hasta las orejas en un pasamosntañas como todo desayuno. 
Aprendería que el chasquido de las balas puede ser un buen sonido. Indican que van hacia afuera, que son propias, y en cualquier caso que están a una distancia segura; pero que el silbido de la munición es malo, porque suele significar hacia adentro y cerca.
En ese mundo tan distinto, nuestro progre aprendería a avanzar penosamente tres pasos y retroceder otros dos. La vieja, clásica e inmemorial labor de la infantería, poco diferente de como se había practicado en las Malvinas, en Vietnam, en Argelia y más atrás, hasta los tiempos de los griegos y los romanos. Los oficiales insertando carne de cañón y esperando a que los ataquen, para aprovechar la oportunidad y romper al enemigo sobre la línea de contacto. 
Nuestro nueva recluta progre aprendería que la zona de confort que más le conviene es ese  sillón desde donde ahora mismo ladra, y que lo más probable es que acabe muerto rápida y anónimamente si es arrojado a esa otra realidad que acabo de describir. 
Por otra parte vuelvo a pensar en ese pobre diablo de la pocilga infecta, sin dinero ni contactos ni otra idea más que escapar de la pobreza y la necesidad en pos de mejorar su vida, ese que lee a duras penas y que comprende la mitad o directamente no comprende nada, porque tiene hambre, y con hambre no se puede pensar. Y sonrío hacia adentro cuando pienso en él, porque se que tiene chances de sobrevivir, pues la abnegada disposición a morir de los pobres es producto de sus orígenes de clase obrera. Las clases trabajadoras siempre han estado acostumbradas a vidas y reveses duros e injustos. Poseen una identidad menos articulada y narcisista que las élites, y pueden asumir sus egos con mayor facilidad dentro de una orgullosa identidad unitaria, como la que apuntala a un pelotón de fuego, la capa organizativa en la que mejor funcionan los soldados de infantería. 
Los conozco bien, porque fueron mis compañeros.
Algunas veces vale la pena mojarse un poco y separar la paja del trigo, distinguir entre la verdad y la mentira de lo que vemos publicado en las redes sociales. Es necesario, a veces, llamar estúpidos a los que se jactan de eruditos, y dar ánimos a los que, en silencio y con heroico estoicismo, luchan por un porvenir mejor.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Sobre imberbes y demagogos: en defensa del español


Ocurrió ayer. Como todos los sábados por la tarde, aproveché la tranquilidad doméstica para apostarme (taza de té a mano), en mi pequeña biblioteca frente al ordenador atrincherado entre libros, sacudirme el trajín de la semana, leer actualidad y enterarme de los sucesos sobre los cuales giró el mundo durante los últimos días.
Abrí, como de costumbre, los portales digitales de "El País" y el "New York Times", para dirigirme raudamente a sus respectivas columnas de opinión. Allí, entre otras cosas, leí un editorial de Vargas Llosa y otro interesante artículo sobre cuánto nos afecta a los seres humanos la contaminación del aire. 
Luego de la lectura exhaustiva de toda aquella rigurosa prensa, decidí que era un buen momento para distraerme un poco y entonces comencé a navegar por YouTube. Así fue como di con el video.
Al pulsar "Play" apareció en pantalla la imagen de una chica argentina frágil y menuda que hablaba de manera extraña defendiendo una especie de "huelga" estudiantil: pañuelo verde al cuello, el pelo corto estirado en una melena que apenas le pasaba las orejas, el perfil afilado y tibiamente masculino de adolescente imberbe y enfermizo que pretende irrumpir con vehemencia imprudente en el mundo de los adultos, los ojillos cansados por el peso de la excesiva responsabilidad de comunicar tras unos marcos de lentes demasiado grandes para su fisonomía, la voz indiscutible de jovencita tierna que apenas ha dejado de ser niña (no pasaría los diecisiete). Ya saben, lo de siempre, el típico crío de secundario con ánimos exaltados que sueña con la vieja y cansada utopía de cambiar el mundo.
Pero la descripción física de esta niña es solo una anécdota que utilizo narrativamente para abordar lo que en realidad quiero y es objeto de esta nota. Su forma de hablar.
La cría se expresaba modificando grotescamente en sus palabras las letras "o" por las "e" y, según me entero por otros artículos, es ahora moda en Argentina esta forma de lenguaje "inclusivo", que pretende exaltar el feminismo recalcitrante mediante chantajes y disparates como éstos, lo cual corrompe el noble idioma español con su estupidez y demagogia. Es que “utilizar la letra O en textos y discursos nos está excluyendo como mujeres”, dicen.
Ojalá lean esto esos cretinos (y cretinas), que pretenden establecer como delito social, con protestas y denuncias, el uso correcto de la lengua; del español que yo uso para parlamentar y escribir, el mismo que amo y defiendo.
Sepan los que leen y comprenden esta dulce lengua, que más allá de lo que digamos ustedes o yo, lo cierto es que el idioma español con que hemos sido paridos (o castellano, según a quien le quede el poncho), es nuestra verdadera patria, el pasaporte inmediato que nos acredita identidad alrededor del mundo. Y al permitir estupideces como el "lenguaje inclusivo", estamos siendo indiferentes e incapaces de sacar partido a esa patria común impresionante, variada y poderosa que nos une, formada por 550 millones de individuos en 23 países cuya verdadera y legítima bandera es "El Quijote" (y en el caso de Argentina, además, el "Martín Fierro"). Si eso fuera así, si supiéramos utilizar el sentido común en vez de reventarnos a trompadas o permitir idioteces como éstas, los gringos nos tendrían verdadero miedo. Lo malo es que ya nos tienen tomado el pulso y saben que no somos suficiente enemigo, por nuestra propia estupidez.
Ya los quisiera ver yo a esos críos malcriados que profanan el propio acervo cultural de su lengua, peleando en un país extranjero para ganarse la vida como obreros de la construcción, granjeros u operarios de fábrica, mientras cada día, al enfrentarse a la calle para ganarse el jornal, les apura también la urgencia de romperse la nariz contra idiomas nuevos y duros como el ruso, el checo o el alemán, para intentar integrarse en esa nueva cultura que ahora los acoge y les permite, finalmente y con mucho sacrificio, retomar lentamente la cuesta arriba hacia el futuro que perdieron en sus tierras de origen.
Pero la culpa no la tienen ellos sino nosotros mismos, los que lo sabemos y nos hacemos nada, los que habiendo vivido, leído, viajado, escrito y peleado, sentimos vergüenza de corregir a pequeños imberbes como éstos, agachando las orejas para que no nos llamen misóginos o machistas. O, por supuesto, directamente fascistas. Como si tuviera algo que ver ser de izquierdas o de derechas para maltratar a una mujer. País de cobardes e inútiles.
En fin. A veces, es cierto, en episodios como los que acabo de narrar, dan ganas de no abrir nunca más una noticia sobre Argentina; pero no es cosa de regalar esa satisfacción. Mejor seguir dando palos, peleando por el sentido común, llamando imbéciles a los que lo son, y estúpidos a quienes creen que por meter la cabeza en un agujero no se les queda el culo al aire.