"Los que pueden, actúan. Los que no pueden y sufren por ello, escriben. El acto de escribir, constituye una de las acciones mas profundas del sentir del ser humano. Ayuda a quemar la grasa del alma"

Ernest Hemingway.

domingo, 7 de febrero de 2016

Andares helvéticos

Llegué una noche con el último vuelo de Lufthansa que venía desde Frankfurt, Alemania.
El capricho de la llovizna molesta se empecinaba en caer sobre aquella ciudad desconocida. Eran apenas las 5 de la tarde de un día helado de finales de diciembre, y los negocios y los bares comenzaban a exhibir los alegres colores de sus luces. Un aire limpio y gélido, desinfectado, se podía respirar a través de las aberturas del túnel que conectaba el avión con el aeropuerto. Entonces descendí a paso firme, aunque todavía con los músculos un poco endurecidos a causa de las muchas horas de vuelo.
A mi lado iba un tipo flaco, seco de carnes, más bien bajito y con unos ridículos bigotes teñidos de amarillo por la nicotina. Me habló en un francés cerrado y yo le respondí que no entendía, en mi media lengua mezclada entre el sajón aprendido a los ponchazos, y mi español de arrabal latinoamericano. Sonaba en el aire un blues cadencioso, de esos que los negros tocan como ninguno, y de repente me entraron unas ganas locas de tocar la armónica, pero las tenía a todas dentro en la mochila y entonces no puede. Se me mezclaron los nombres en la cabeza cuando traté de adivinar quien cantaba.
Lo primero que sentí al llegar fue el intenso frío. Una especie de frío que parecía contraer los poros y aislar el organismo contra algunos males para la salud. Por un momento creí imposible la supervivencia de ciertas enfermedades, bacilos, virus, o bacterias en aquel gélido ambiente.
Enseguida vi los relojes en las vidrieras, sinónimos de la puntualidad, y las publicidades de chocolates que se exportan a todo el mundo. La ciudad de Zurich me estaba recibiendo, en el país que fue la inspiración del maestro Jorge Luis Borges, y también su lugar elegido para morir.
Mi reloj marcaba las 17:15 y la capa oscura de la noche ya caída aparecía serruchada por una fina llovizna. Rostros desconocidos de profundos ojos azules, olores nuevos, y un cartel de "Willkommen in der Schweiz", me daban la bienvenida a Suiza.
Borges amó ese rincón del planeta, y dijo que Suiza era "un ejemplo para el mundo porque es un país que se ha formado con gente que conserva la individualidad de su idioma y de su religión, respeta eso, vive en armonía y formó un país, por la inteligencia y por la razón"
Y así llegué aquella tarde-noche a la Confederación Helvética, pequeño país europeo, impactante, desconocido y misterioso, cargando mi mochila de siempre (aunque ahora con pocos libros porque en la corrida del equipaje los tuve que abandonar en Buenos Aires), y arrastrando mis muchas ganas de descubrir el lugar.
En tren llegué a Lucerna esa misma noche.
La lluvia caía lentamente en forma de pequeños y adorables copos de nieve, blancos e impolutos, desprovistos de maldad y con el sabor de los sueños junto a una hoguera. Cuando nieva reina en el lugar un silencio absoluto, sordo y librado de ruidos, y limpio de sonidos y de acústicas. La imaginación me hizo creer que en alguna esquina encontraría sentado a un duende de larga barba blanca, uno de esos tipos que en las noches cercanas a la navidad corren de tejado en tejado repartiendo regalos a los niños.
Lucerna era una ciudad extraída de un libro de cuentos.
Recordando a Borges caminé por esas calles apreciando la prosperidad generada desde la época medieval, y que ha quedado perfectamente reflejada en las casas del centro y en los puentes de madera que cruzan el río Reuss, un afluente del Rin. Para muchos, esa es la ciudad más bella de Suiza, porque enamora al viajero con sus múltiples encantos.
El magnífico paisaje citadino estaba enmarcado sobre un valle entre dos montes de nombres Rigi y Pilatus, protectores y rompevientos naturales de la ciudad. Era la más populosa de las ciudades de la Suiza central.
Llegando a la estación central del tren (a la que llaman “Bahnhof”), observé a la gente leyendo, en silencio, metidos en sus mundos que es un mundo de orden y respeto por el otro, organizado y puntual. En los andenes vi mujeres rubias con enormes mochilas de montaña a sus espaldas que hablan en inglés, y a unos vendedores marroquíes que ofrecían tabacos con aroma en una tienda de fumar. Un joven leía con fervor un libro de historia, con la imagen del senador romano Cornelio Tácito estampado en la portada.
Algunas cosas allí marchaban distinto, en comparación con las regiones de América Latina por mí conocidas, y si tuviera que enumerar en un inventario lo que hasta ahora he visto, lo haría de la siguiente manera: los autos se detenían y esperaban a que pasen los peatones tranquilamente. No se utilizaban las bocinas y además se saludaban, agradecidos, ambos actores de la vía pública con una gran sonrisa. Los residuos domiciliarios se depositaban correctamente en bolsas de color azul celeste, que además eran reglamentarias, y tenían un valor de 17 francos en los supermercados locales. La gente se saludaba con tres besos en las mejillas, y el robo o el atraco era un dato curioso. Existían muy pocos asaltos y simplemente no ocurrían.
El sector más popular y arrabalero de la ciudad estaba ubicado bajo la sombra de una montaña baja (o más bien antigua), llamada Gutschwald. Era una avenida de nombre Baselstrasse, donde residían muchas familias de extranjeros inmigrantes y de bajos recursos llegados a esa zona de la ciudad con esperanzas de un mejor futuro. Las corrientes migratorias del barrio habían mutado al ritmo de las décadas y de los acontecimientos históricos o políticos ocurridos en el mundo. A veces un mundo no tan lejano.
En los años noventa, la “Baselstrasse” albergó a ciudadanos de una Ex Yugoslavia que ardía bajo las bombas y los morteros de las guerras post-soviéticas. Muchos croatas huyeron de sus tierras natales escapando de los carniceros serbios que llenaron los Balcanes de fosas comunes y se refugiaron allí. Luego fue el turno de numerosas familias que provenían de Sri Lanka quienes, atormentados por la miseria, llegaron de la misma manera que los anteriores refugiados, a convivir en comunidades cerradas, dándole un aspecto de grisáceo y sombrío paisaje, a ese nuevo Guetto contemporáneo que persiste en subsistir como una burbuja, rodeado por los Alpes y por esos puros vientos oxigenados.
Me sorprendí gratamente al descubrir que mi inglés aprendido en la calle se entendía bastante bien, y que también podía comprender lo que la gente me decía, dando inicio de ese modo a algunas interesantes conversaciones con personas que hasta ese momento pertenecían para mí a un universo paralelo, separado por la barrera del idioma. Es lapidario: definitivamente, los sajones han ganado la batalla y han sometido al mundo bajo el peso de su lengua.
Viví tres meses en un barrio de monobloques cuadrados en las afueras de la ciudad. Eran unos antiguos edificios europeos remodelados después de la Gran Guerra, y tenían tejas rojas en todos los techos a dos aguas, y unas ventanitas alpinas que desde cierta lejanía se confundían con las aberturas de un viejo monasterio.
Viví allí durante todo aquel invierno, y apenas la dulzura brillante de un sol moribundo, puntual, y lentamente apagado, me recordaba que venía del sopor pegajoso y cálido de la selva del nordeste argentino, tierra entrañable y nunca olvidada, en la que el calor infernal solo se disipa con la primera lluvia violenta de la tarde.
Había visto una ciudad con tantas bicicletas como personas. Las bicis se quedaban afuera, esperando a sus dueños bajo la lluvia o la nieve. Dormían sin candados y nunca andaban cansadas para seguir rodando. Entonces pensé que si todas las personas pudieran ser tan dóciles como las bicis, seguro que el mundo sería mejor.
Un día conseguí un trabajo temporal en Alemania, cerca de la frontera con Suiza, al otro lado del caudaloso río Rhin. Era leñador de pinos en una explotación forestal de un pueblito llamado Walshut-Tiengen. Haciendo eso ganaba algún de dinero para seguir con la vida y prepararme para los próximos pasos. Viajaba en tren rumbo al norte todos los días, hasta un puente que marcaba la frontera con el viejo país de los cuentos de Grimm. Me levantaba muy temprano, antes del alba, y todavía podía ver las marcas de las heladas nocturnas derritiéndose en las veredas. El invierno se estaba yendo, se sentía, y era una suerte para tipos buscavidas como yo.
Me gustaba viajar al norte en aquellas madrugadas solitarias, porque eran dos horas donde me encontraba conmigo mismo y con mis libros. El aire era seco y se desgarraba como una seda. El lucero del alba brillaba todavía. Cruzaba caminando por las calles desiertas y sentía que la bella y vieja ciudad medieval me devoraba y se volvía mía. Sentía que me pertenecía hasta que llegaba al barullo matutino del "banhoff", la estación de trenes.
Ya estaba volando en un tren, sobre las vías, cuando el sol comenzaba a nacer envuelto en paños sangrientos, recién salido del vientre de su madre, la noche. Y entonces soñaba que flotaba hacia un mundo diferente, donde todo era más sencillo y no existían tantas distancias ni tristezas. En ese tren olvidaba por un momento mis angustias, mis dudas y mis guerras inútiles, mis victorias que nunca fueron tales, y un día recordé a una mujer que quise mucho, porque la vi reflejada en la figura de una chica sentada de espaldas, frente a mi. Tenía los cabellos castaños, oscuros y opacos como esa fruta, y los ojos de ese color verde desganado que los ingleses llaman gris. Pensé en ella, y la extrañé por un momento.
Antes de finalizar aquel invierno nevó mucho, y los copos blancos no dejaron de caer durante días enteros, tapándolo todo. Una mañana me vestí sin ruido, me dije adiós frente el espejo, bajé a la calle tranquila y me puse a caminar. Aquel día tropecé en la nieve, caí de frente contra el suelo y pude sentir en mi boca todo el sabor de aquel país encantador. Era un sabor a hierba fresca y un aroma a tierra mojada de campo mezclada con los olores de los animales de la montaña.
Ese es el olor que para siempre asociaré con el país. Es el aroma de de la Suiza que conozco.



viernes, 5 de febrero de 2016

Viaje al infierno: el campo de exterminio nazi que funcionó en Francia


Veintitrés de noviembre de 1944. Catorce horas. Tropas aliadas de la división blindada del general Leclerc liberan Estasburgo de la opresión nazi. Ocho días después, un grupo de soldados aliados descubre el horror practicado por los verdugos de las SS: los cuerpos salvajemente mutilados de 86 judíos en el subsuelo del instituto de anatomía de la universidad de Estrasburgo.

Esa simple crónica, desnuda, impersonal, anónima (una más de las numerosas que ya se han escrito con respecto al exterminio de judíos por parte de Hitler y sus oscuros camaradas), ha despertado en el corresponsal de Enlace Crítico destacado en Europa un interés inusual: viajar en la misma dirección por la que transitaron miles de prisioneros deportados durante el régimen nazi, experiencia de la cual muy pocos pudieron escapar.

Viajamos en coche rumbo a Natzwiller, un pueblito perdido en una región oscura y boscosa de la Alsacia francesa. Enclavada en el monte de Los Vosgos, en el sur de Francia. El lugar fue la antigua y última parada de los prisioneros destinados al único campo de concentración alemán que existió en el territorio francés.
Pasando el puente que une las dos orillas del caudaloso Rhin, el vehículo se adentra en la provincia de Alsacia. Atrás ya ha quedado Suiza.
En Mulhouse, la orilla francesa del río, los campos de cultivos verdes se pierden en el horizonte inundado por una densa neblina que deja filtrar, de a poco, los tibios rayos de un sol tardío. Es la mitad de marzo y el frío se está despidiendo. Dos elegantes cigueñas que vienen emigrando en su largo vuelo desde Marruecos, paradas sobre la torre de un campanario, traen desde África el anuncio del final del invierno.
Llegando al pueblo de Andlau se respira un aire oxigenado de sol y con olor a uvas secas. Preguntar a la gente del lugar alguna información acerca de lo que sucedió en aquellos años de 1940 no es tarea fácil. Nadie sabe o intenta recordar nada. Todos quieren olvidar, en especial los viejos.
Desde la carretera se observa el pueblo como una pequeña comarca circundada por montañas lejanas y salvajes. El orgullo del pueblo está representado en sus antiguas casitas de colores adornadas con madera, en sus terrazas productoras de vino, y en la cúpula de una vieja abadía de origen romano.
El vehículo japonés en que viajamos comienza a trepar pesadamente las laderas de un monte cubierto de pinos, y el hilo de un arroyo de aguas claras baja de la montaña, formando un limpio caudal que revienta entre las piedras cubiertas de musgo.
Llegando a "Champ du Feu" hay que doblar a la derecha. Son 11 km de carretera en la cima de unos montes que forman una especie de valle. Es la región de los Vosgos.
Rastros de una pesada nevada nocturna se dejan ver al costado del camino, mientras la limpia cinta de asfalto negro serpentea entre árboles misteriosos. Hielo blando y alto sol dominan el paisaje.
En medio de este lugar idílico, en el que todo parece extraído de un cuento, aparece dibujado tras el parabrisas un cartel solitario: "Zona de silencio y memoria. Antiguo Campo de concentración de Struthof-Natzwiller (KZ-Na)". Hemos llegado a destino.
En las curvas estrechas puede uno imaginarse aquel camión que avanzaba balanceándose desde un lugar llamado “Markirch”, donde pobres infelices vestidos en harapos grises eran obligados a picar las piedras de granito rojo de una cantera, al servicio de la infame codicia Nazi.
Al llegar al campo, las puertas están cerradas detrás de los alambres de púas, y las torres de vigilancia de madera, color oscuro, dan al visitante una extraña bienvenida. Una mezcla de naturaleza, pasado y silencio, inunda el lugar.
Anteriormente a la ocupación alemana de Alsacia, en 1940, “Le Struthof” era un sitio donde las familias francesas pasaban sus días de campo, esquiaban, caminaban y disfrutaban del aire y del sol.
Pero en la primavera de mayo de 1940, un ingeniero de apellido Blumberg que servía a las SS (en español significa: Escuadrón de Protección), descubrió una veta de granito rojo en la cima del Monte Louise. La piedra sería utilizada para la construcción de proyectos para el Tercer Reich.

Este campo de concentración de Struthof-Natzweiler fue creado para la explotación de la cantera de piedra cercana, con la mano de obra esclava de los miles de deportados por causas políticas y raciales que por él pasaron, y es el único establecido en el territorio francés, como también el primero de los campos de la muerte en ser liberado por las tropas aliadas en 1944.
La segunda excusa para la creación de este campo, fue el internamiento clandestino de numerosos prisioneros políticos, considerados por los nazis “criminales contra el estado alemán”, en el marco de un decreto llamado “Noche y Niebla” (En alemán: Nacht und Nebel), en el cual se castigaba a todo aquel francés, extranjero o alemán que estaba en contra del régimen de Hitler en el territorio de Francia. Los prisioneros que más han sufrido el internamiento en este campo, por causa del decreto “Nacht und Nebel”, fueron los miembros de la resistencia francesa y los agentes de operaciones especiales aliados desplegados en la Francia ocupada.
Los desgraciados que eran capturados bajo acusación o sospecha de algún delito durante los operativos “Noche y Niebla”, fueron catalogados con las siglas “NN” marcadas en sus raídas chaquetas rayadas, y sometidos a un brutal tratamiento que incluyó la tortura física, el experimento “médico” con seres humanos, la eliminación física por medio de la horca, el fusilamiento sumario, la cámara de gas y la cremación de sus restos en hornos destinados a tal fin.
Según el registro alemán de matriculados de la extensa red de campos de concentración, la mayor parte de las 51. 684 personas detenidas en este campo de Struthof, fueron de origen polaco (13.606 personas), y soviético (7.586 deportados). Hay datos de 7 ciudadanos de origen suizo que colaboraban con la resistencia francesa y también fueron asesinados aquí. Por este lugar pasaron 22.000 presos de 31 nacionalidades. La mayoría ha muerto durante su deportación.
Llegando al campo se puede observar que todo se mantiene intacto, como antes había sido, y solo faltan los guardias con sus perros pastores ladrando a diestra y siniestra, las ametralladoras M-G 42 instaladas en lo alto de las garitas de vigilancia y apuntando hacia los seres humanos, y la corriente eléctrica acechando en el perímetro a todo aquel que intentara escapar.
Los prisioneros llegaban en camiones, luego de un penoso viaje en tren, generalmente engañados con la promesa de que iban rumbo a un campo en mejores condiciones que el de Auschwitz. A su llegada a este campo de Struthof, el nuevo grupo era internado en el bloque número 3 durante 15 días. Allí se los “fumigaba”, con el pretexto de eliminar enfermedades como el tifus, de la cual muchos terminaron muriendo finalmente. Se acomodaban en el lugar entre 2000 y 3000 presos por “temporada”, y cada una de esas temporadas significaba el exterminio total de esos contingentes de deportados. La nefasta y famosa “solución final al problema judío”, ideada por Heinrich Himmler y ejecutada bajo las órdenes de jerarcas nazis como Rudolf Hess, funcionaba con la precisión de un reloj suizo aquí, en la cima de este monte, en estas antiguas instalaciones de lo que fue un campo de exterminio nazi, ubicado en el agreste territorio alsaciano.
Con 18 barracones, este campo comenzó a funcionar el día 21 de mayo de 1941. Los primeros presos internados fueron 300 “criminales” alemanes, acusados de colaborar con la resistencia francesa.
El primer comandante del campo fue un SS de nombre Josef Kramer, apodado “la bestia de Belsen”, debido a sus métodos especialmente brutales y sádicos, quien organizó el exterminio de numerosos judíos por órdenes superiores, pero en especial la tortura de personas a quien él mismo consideraba “microbios peligrosos”. Esos desdichados grupos de seres humanos, catalogados por este individuo como “microbios”, eran todos aquellos que no poseían una raíz racial de origen “ario puro”, o quienes tenían un estilo de vida simplemente diferente a los suyos, y que por desgracia habían caído en manos de sus verdugos SS (del alemán Schutzstaffel).
Kramer alternaba sus días entre la plácida vida en su casa alpina con piscina de natación ubicada a pocos metros del campo (y que todavía se observa, aunque ahora herméticamente cerrada), y el asesinato sistemático y selectivo de polacos, gitanos, homosexuales, comunistas, testigos de Jehová y enfermos mentales, especialmente seleccionados por órdenes suyas entre cada contingente de nuevos prisioneros que llegaban al campo.
A comienzos de 1944 había unos 2000 prisioneros en Struthof, pero en septiembre, cuando el campo fue evacuado, unos 7000 presos habitaban en él, bajo condiciones sanitarias infrahumanas. Muchos de ellos procedían de otros campos que ya habían sido evacuados.
Había en aquel tiempo un personaje oscuro de nombre August Hirt, y que tenía por gusto coleccionar esqueletos de hombres y mujeres judíos, con el supuesto interés de analizarlos “científicamente” con fines antropológicos. De estatura media, más bien bajito, boca torcida y mirada incoherente, este íntimo amigo del partido nazi había sido herido gravemente sirviendo como voluntario en la Primera Guerra Mundial. Condecorado como héroe, se transformó luego en médico especializado en anatomía y destinado a la universidad que el Tercer Reich instaló en Estrasburgo.
Hirt soñaba con el delirio de estudiar los genes de razas “inferiores”. Negros, gitanos, deficientes mentales y armenios, fueron los primeros cobayos de sus “investigaciones”. Pero sobre todo, judíos.
Para ello, escribió una carta destinada a Heinrich Himmler con la petición de que se le envíen 150 presos judíos “en buen estado”, para llevar a cabo un proyecto que deje un rastro de la raza judía, una vez finalizada la operación denominada “solución final”.
Himmler da su consentimiento, y en julio de 1943 parte de Auschwitz un convoy de 87 presos judíos con destino a este campo nazi de Struthof-Natzweiller.
En su testimonio realizado ante la corte de justicia militar de Hamelín, antes de ser condenado a morir en la horca, el comandante del Campo Josef Kramer declaró lo siguiente:

"En agosto de 1943 recibí la orden de aceptar inmediatamente a 80 prisioneros desde Auschwitz. La carta llevaba la instrucción de contactar inmediatamente con el doctor Hirt de la facultad de Medicina de Estrasburgo. Viajé al instituto de anatomía en Estrasburgo donde Hirt me informó acerca de la llegada de prisioneros procedentes de Auschwitz con destino a Natzweiler-Struthof. Me dijo también que había que matar a estas personas en la cámara de gas del campo y que sus cuerpos deberían ser remitidos al Instituto de Anatomía y ser puestos a su disposición. El Dr. Hirt me entregó una especie de sales y me dijo la dosis que debería utilizar"...

Dentro del campo todo parece moverse en cámara lenta. El tiempo se detiene. Se observa primero la barraca número 13 (ahora convertida en museo), donde los presos políticos eran hacinados como animales y forzados a trabajar hasta morir: de hambre, de tifus o disparo de fusil.


Caminando por la entrada principal llama la atención lo cerrado que es el tejido del alambre de púas. Una de las personas responsables de guiar a los visitantes por las instalaciones, nos comenta que el alambre alemán era más cerrado y duro que el fabricado en Francia en aquellos años, por eso los comandantes hacían traer especialmente las alambradas desde fábricas de acero ubicadas en el sur de Alemania, en la Selva Negra.

Impacta de manera especial un barracón aislado, apartado del resto de los demás alojamientos, cercano al perímetro electrificado, donde eran recluidos los prisioneros que cometían alguna “falta”. Esa barraca era denominada “la cárcel”, y en ella se perpetraban torturas, bajo acusaciones tan absurdas, como las de no saludar debidamente el paso de algún “kapo”, personajes que eran los celadores del campo.

Cae la tarde y el sol se filtra entre las ramas de los pinos que abundan en el lugar. Una bandera francesa flamea solitaria en la brisa, y domina la explanada donde relucen numerosas tumbas con cruces de granito blanco y placas anónimas, que recuerdan vagamente el cementerio militar de Colleville-Sur-Mer, en Normandía, donde se honra a los soldados muertos durante el desembarco del Día “D”.
Pero estas no son tumbas de soldados. No hay honor alguno en este campo de mármol y piedras sueltas. Son fosas donde descansan los restos de hombres y mujeres “Inconnu” (de la palabra francesa “desconocido”), y que se han llevado a su última morada el secreto de sus últimos momentos, sus identidades nunca más reveladas, y todo el sufrimiento que la humanidad jamás podrá olvidar.





jueves, 4 de febrero de 2016

Patria al hombro

Hay dos cosas de mi país que me producen a la vez simpatía y rechazo.
La primera, y la cual valoro mucho, es la libertad de culto que todos los ciudadanos pueden ejercer.  La segunda, y que me produce un profundo rechazo, es la  manera con la que cualquier idiota ejerce la política.
El libre culto hace bien al orden social, porque le otorga  al individuo la autonomía necesaria para elegir en lo que quiere creer. Pero sucede que a la Argentina le falta tiempo de desarrollo para comprender algunas cosas.
Mi país es un pueblo que se independizó de España hace apenas 200 años, y entonces eso la convierte en una sociedad muy joven, similar al resto de América Latina, pero con algunas particularidades muy especiales. Al escribir esto tal vez logre que mas de uno se rompa las vestiduras y me grite blasfemias, pero la verdad no me importa mucho porque lo digo con todo respeto, y sin estar a favor o en contra de nadie, en lo absoluto. Después de todo ellos no me pagan el sueldo.
En cuanto a clérigos, laicos o devotos, yo prefiero siempre a los pecadores antes que a los santos, porque en todo caso los malos me resultan más humanos, mas creíbles, mas auténticos. Me caen bien.
Pienso que es muy buena la diversidad religiosa, como así también la amplitud ideológica y la posibilidad de libre elección sin censuras. Me gusta imaginar esa vieja utopía de "cada uno en su rancho sin joder a nadie", pero me cuesta bastante pensar en un sistema de anarquía popular organizada, antes que en el gregarismo partidista que reina hoy, y que persigue el único objetivo de mendigar migajas para sobrevivir. Porque esa es la realidad en la Argentina de hoy.
Y aquí va la otra punta del ovillo.
La política en mi país está contaminada, bastardeada, ultrajada y corrompida, y es objeto de una feroz manipulación por parte de los individuos que ejercen con ella las altas esferas del poder. La utilizan como a una puta sórdida: los proxenetas que la manejan saben que ella tiene el poder para manipular a todos los que se le acercan, y con el tiempo la han transformado en una prostituta profesional. La venden  y abren sus nalgas a todo el que pasa y necesita de ella, por múltiples razones. Pero esa política promiscua es también muy interesada, porque después de ser usada chasquea sus dedos para reclamar su paga, naturalmente. Sin moverse nunca de su sitio de poder, ella extorsiona y negocia, se exhibe, siempre abierta, a la espera del nuevo cliente, del nuevo ocupante que le inyectará su sífilis. Pero eso sí...
Si no eres peronista en Argentina, no me vengas a hablar de evita o de Cristina en una noche de choripan y comité; o si no eres radical, no me vengas a criticar a Alfonsín o a decirme que el sombrero de Yrigoyen salió torcido en la foto. Argentina es la sociedad del "conmigo o contra mi": eres de Boca o eres de River, eres de derecha o de izquierda. Siempre estamos al límite. Siempre peleando. El argentino es muy consecuente con sus amores y con sus odios, sobre todo con sus odios. Por eso es que también cuando vamos al extranjero, generamos lo mismo. Allá afuera nos aman o no odian, por razones obvias. Sépanlo.
Argentina es una sociedad de trincheras, de barricadas y de piquetes, de gente que vota mas en contra que a favor, que pega gritos y que da puñetazos sobre la mesa, pero que al final, en general, se queda siempre en ello y no hace nada mas.
En mi país todo proceso político siempre comienza con ilusiones y con ideas, pero luego de un tiempo se ve como el demagogo ocupa el lugar de privilegio, como el discurso retorico sustituye al discurso racional, y como el mas bruto y populista siempre termina sustituyendo al inteligente y al capaz. En pocas palabras, cuando uno observa la política argentina, va viendo luego de un tiempo como las buenas intenciones se diluyen en la miserable condición humana.
¿Suluciones? no creo que por el momento haya soluciones para esto. No siempre hay soluciones para todo, pero pienso que existen mecanismos, intentos o posibilidades de cambiarlo. Creo que lo más lógico sería apostar a la cultura, pero a una cultura de verdad, no simplemente a ir a ver una película de cine Arte o leer la crítica de una pintura de Monet.
Pienso que lo que hace falta es educar a los niños de otra manera, de otra forma, en el valor de la austeridad y en el saber que un juego de video, un celular o unas  zapatillas de marca no te solucionan la vida. 
Creo que con esa educación, ese hombre nuevo por venir será mejor, y que tendrá los mecanismos necesarios para darse cuenta de que este mundo es jodido, complicado, y entonces estará mas preparado para enfrentarse a aquellos miserables que le vengan a mentir. Tendrá la certeza de que el peligro está allí afuera. Sabrá protegerse y ser mas libre, en una palabra.

Ojalá los políticos vieran esas necesidades en el pueblo. Ojalá se dieran cuenta.

martes, 2 de febrero de 2016

Mexicanos, al grito de guerra

Hace ya un tiempo, en el año 2005 y durante una misión junto a los Cascos Azules argentinos de la ONU, yo estaba tomando jugo de frutas en un hotel de Nicosia, en Chipre, cuando un sargento inglés de las fuerzas especiales llamado Jackson me contó que, en situaciones extremas, aislados en territorio enemigo, los soldados de origen latino siempre solían comportarse mejor, estadísticamente, que los de origen anglosajón.
"Los ingleses y los norteamericanos funcionamos muy bien en equipo. Más cohesionados, solidarios y disciplinados", me dijo aquella vez el sargento Jackson. 
Pero también confesó que "cuando falta el apoyo exterior, cuando las cosas se van a la mierda y cada uno se queda solo y debe arreglárselas como puede, los latinos llevan siempre la ventaja. Se las arreglan mejor, con más ingenio"
Aquel sargento inglés me dijo que los latinos estaban hechos para la iniciativa privada en mitad del cagadero. Acostumbrados a buscarse la vida en pleno desmadre.

Recordé esa charla hace unos días, cuando vi por la tele las declaraciones de un tal Donald Trump, un hombrecillo de aspecto nervioso, regordete y gritón, que actualmente es uno de los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos, y que critica duramente a los mexicanos y a los inmigrantes en general. 
Es que para él, esos individuos son una amenaza para el país.

Sucede que me tocó conocer a muchos de esos inmigrantes a los que este tipo critica hoy. Ellos eran "Marines" norteamericanos, y los conocí en algunos de los extraños países en los que me ha tocado estar. 
Eran de origen latino esos hombres de apellido Sánchez, Gutiérrez, Rodríguez o González, con los que compartí alguna botella de algo en la cantina de algún cuartel, alegrías en bares o burdeles, o tristes tardes dentro de alguna trinchera barrosa inundada por la lluvia. Compartí con ellos momentos de trabajo pero también de vida, y ahora se han transformado en marcas indelebles en mi cabeza. 
Esos apellidos eran moneda corriente en los identificadores pegados sobre el bolsillo superior derecho de los uniformes militares, norteamericanos, por supuesto.
Aquellos muchachos de piel trigueña, estatura más bien baja y ojos negros, que hablaban en inglés con un fuerte acento español y que habían visto la acción y la muerte en los desiertos de Irak y Afganistán, patrullaron junto a mí la selva amazónica del Perú. 
Yo estuve con ellos, y los conozco bien como para defenderlos. 
Eran la carne de cañón de todos los batallones, asignados siempre para ir al frente como voluntarios, en las misiones más complejas y peligrosas. Eran soldados baratos y lo sabían, y generalmente vivían situaciones azarosas solo compartidas entre ellos.
Los individuos de ascendencia latina que se incorporan al Ejército o la Marina norteamericana, son enviados al frente inmediatamente luego de finalizar su entrenamiento básico. Y es allí donde reside su orgullo, porque se sienten parte de una raza fuerte y luchadora, habituados a soportar violentos golpes de la vida de campaña, en diversos ambientes geográficos, usualmente muy lejos de sus bases de origen, en extraños países alrededor del mundo.

En la selva donde nos tocó estar juntos, por ejemplo, las patrullas tenían esa calidad de pesadilla que caracteriza a la mayoría de las operaciones de pequeñas unidades en la guerra. El camino sucio se retorcía, serpenteaba, y parecía no conducir nunca a ninguna parte. La sección aparentaba dirigirse siempre al vacío, perseguida por algo intangible pero real, era una sensación de estar rodeados permanentemente por algo que no se podía ver. Lo más irritante era la imposibilidad de ver, y también de sumergirse constantemente en cursos de aguas oscuras y de aspecto tenebroso.
En eso residía lo aterrador de aquella jungla: era una ciénaga que cegaba y asfixiaba. Estimulaba el mismo instinto que nos vuelve temerosos en lugares oscuros como caserones viejos y abandonados, o callejones oscuros.
En ese ambiente brutal los soldados mexicanos, dominicanos y puertorriqueños eran los mejores, porque caminaban en silencio a pesar de ir dando tumbos en el barro, no se quejaban nunca y soportaban como mulas de carga el peso del equipo sobre sus espaldas encorvadas. Eran estoicos. Un ejemplo de voluntad y resistencia.

Entonces me pregunto si alguna vez el señor Donald Trump ha vivido lo que vivieron esos soldados latinos en aquella selva, porque también son ellos a los que insulta. Me pregunto qué pensará ese tipo de traje y de mirada despectiva, acerca de esos fulanos que hablan español, y que eligieron jurar lealtad para jugarse la vida en alguna de las plazas olvidadas por Dios que posee Estados Unidos alrededor del mundo.
Esos latinos bastardos, de espaldas mojadas, indocumentados y muertos de hambre a los que él se refiere, llegaron desde el sur para ofrecer sus manos y juraron dar hasta su última gota de sangre en pos de defender los ridículos valores morales y las jodidas buenas intenciones que los apóstoles de la democracia predican.
Me pregunto si el hijo del señor Trump, con todos sus títulos de nativo norteamericano y de buen estudiante feliz, ha tenido alguna vez los testículos que tienen esos latinos (oscuros y trigueños parias que su padre desprecia), para ir a jugarse la piel en algún callejón polvoriento, o en algún páramo desolado del culo del mundo, en nombre de la democracia y de las buenas intenciones.
Pero, como ya se sabe, la idiotez mediática siempre puede más que las historias verdaderas y las personas de carne y hueso, y entonces el olvido de estos hombres me parece impropio.

Todos los soldados latinos que he conocido sirviendo en la Infantería de Marina, poseen las mismas aptitudes que se exigen a los profesionales de las fuerzas armadas en cualquier ejército serio del mundo: iniciativa y decisión tácticas, firmeza en la ejecución y capacidad de buscarse la vida en territorio hostil. Y si a esos atributos le agregamos coraje y un buen par de huevos, nos encontramos frente al soldado perfecto. 
En estos tiempos estúpidos y demagógicos, cuando miro la tele y veo a líderes como Trump diciendo viva la democracia y abajo los inmigrantes, me digo que pronto harán falta unos cuantos más de aquellos morenos bajitos. Por lo menos, para proteger alguna embajada norteamericana en África o en Medio Oriente, mientras evacuan a diplomáticos de corbata, amenazados por fanáticos yihadistas ilusionados en cortar alguna cabeza.

jueves, 28 de enero de 2016

Crisis migratoria en Europa: la odisea de los sirios rumbo al norte


(Un guardia fronterizo camina rumbo al control de un tren en la estación suiza de Buchs, cerca de la frontera austriaca)

Sebastian Galarza-Corresponsal en Suiza.

La noche es fría, apenas dos grados.
Los guardias fronterizos acaban de detener a un hombre joven que viajaba escondido en un tren.
Está vestido con unos pantalones cortos, una camiseta azul de mangas largas y unas chancletas de plástico bajo sus pies descalzos.
"Una vez más", grita el hombre moreno, de cabellos rizados y aspecto africano que se escondía en uno de los baños del convoy. Sin resistencia se deja atrapar. Camina despacio por el andén con las manos esposadas detrás de la espalda, mientras dos enormes policías lo escoltan a cada lado.Su delito: ingresar en Suiza sin papeles.
Estamos en el pueblo de Buchs, sobre la línea que marca la frontera entre Suiza y Austria.
El reloj de la estación de trenes indica que son las dos y media de la mañana, y varios policías con perros montan guardia en el andén número 9, que es la única plataforma donde llegan los trenes que vienen desde Austria.
“¿De donde viene?”, pregunta en inglés un guardia de fronteras. “De Siria”, es la respuesta.
El hombre ha recorrido un largo camino para llegar hasta aquí. Saliendo desde Homs, su ciudad natal en Siria, esquivó a señores de la guerra, negoció con traficantes de personas y jugó a las escondidas con las bombas y con los francotiradores fanáticos. Hizo la misma ruta que elige la mayoría de los desplazados por la guerra en Siria: atravesando Turquía, Macedonia, Serbia, Hungría, y por último Austria, para llegar hasta esta estación de tren en Suiza donde ha sido detenido.
Burló a la muerte en varias ocasiones para intentar salvarse, y hasta ahora lo ha logrado. Le gustaría continuar por Francia rumbo a Gran Bretaña, donde tiene algunos familiares.
Pero por ahora, sin embargo, su viaje termina aquí, en este pequeño pueblo situado entre el Lago Constanza y los Alpes.
Aparte de una bolsa de plástico el hombre no tiene ningún equipaje. Su nombre es Abdel Azim y viaja prácticamente con lo puesto.
Este inmigrante es uno de los primeros detenidos esta noche por los guardias fronterizos. Al final del turno serán 42 adultos y un niño.
El tren cubre la ruta Viena- París y pasa también brevemente por Suiza, entre Buchs y Basel.
No hay paradas regulares, sólo un control técnico en Buchs, donde no se proporciona ningún suministro ni servicio.
Sin embargo, desde los últimos meses la Guardia de Fronteras de Suiza ha comenzado a recorrer los trenes en Buchs . Quién resulta atrapado en el viaje sin documentos de identidad, sin visado o sin permiso de residencia en Europa, es enviado esa misma noche de regreso a Austria, o al lugar de donde venga.
El mismo procedimiento de control se realiza ahora mismo en casi todos los países europeos, y los inmigrantes irregulares descubiertos son detenidos y reubicados en centros de acogida. Si se comprueba una necesidad real de asilo se los acomoda, pero los que no logran ese estatus son deportados inmediatamente, de manera cortés pero irreversible.
La situación de refugiados como Abdel Azim se ha transformado en una crisis gravísima, que demuestra una falta absoluta de control sobre esta inmensa marea humana que viene, en este caso desde Siria, y que pone en grave peligro el futuro de todo el continente europeo.
En Suiza generalmente no hay controles policiales en los trenes. No está permitido a causa de una ley de libre circulación de personas que el Tratado de la Comunidad Europea estipula. Sólo hay autorización para controles detallados, para sospechosos de terrorismo, por ejemplo. Pero, aunque sólo en Francia son activos, estos controles significan mucho trabajo adicional para la Guardia de Fronteras de Suiza.

“No hay intérprete que pueda comprender todos los dialectos que habla esta gente. Muchas veces son kurdos que se expresan en lenguas de la montaña, tan antiguas que no tienen siquiera traducción al idioma árabe. A todos se les coloca una banda de color con un número alrededor de la muñeca para evitar la confusión”, dice un oficial fronterizo que está parado tras un vidrio donde se amontonan los indocumentados.

Tal vez la vieja y cansada Europa esté comenzando a pagar sus deudas morales después de tantos siglos de colonialismos, opresiones y abusos a sus vecinos árabes y africanos.
Tal vez deba yo tomar conciencia de que en este momento soy testigo privilegiado de un nuevo éxodo. El mundo vive ahora mismo y una vez más, la brutal tragedia humana que producen las guerras.
El drama ha llegado esta noche al paraíso, y en las puertas de la apacible Suiza ya se sienten los golpes.
Realmente produce tristeza ver esto.



miércoles, 27 de enero de 2016

Retrato de un bravo

Me dispongo a narrar un relato muy viejo. 
Advierto que es un cuento que con el tiempo se ha transformado en leyenda, y que luego se ha olvidado mil veces.
No es mi intención profanar su sepultura en este acto, pero debo admitir que esta es la historia de un cadáver cuyo dueño fue un hombre libre pero sin suerte, y que resulta realmente muy atractiva de contar. La escribo porque creo indispensable rescatar la vida de este bravo, de entre todos esos muertos anónimos que yacen en la tierra convertidos en maleza, cuyas almas se amontonan deambulando por las noches, mientras vagan por los pasillos y las tumbas de un viejo cementerio de Buenos Aires, sin más virtudes que el recuerdo del buen manejo del cuchillo, y la certeza del coraje.
Dedico este texto a los pedantes defensores de la paz, santurrones e hipócritas, que escriben a veces en editoriales de papel prensa o en columnas de opinión, y que se jactan de eruditos al abrazar con absoluto fervor la veracidad única de la enciclopedia extranjera. Me refiero a los “progresistas” que desdeñan historias como esta, creadas sobre el imaginario popular de unos hombres anónimos llamados gauchos, que nacieron bajo un cielo interminable en el sur de todas las pampas del mundo. Que sepan ellos, ignorantes de etiqueta y pacotilla, chupamedias del Robin Hood y de todo lo sajón, que a través de estos relatos también se aprende cultura. Y, porque la violencia también educa, aquí les traigo la historia de este bravo argentino del siglo XIX.

Los que conocieron (y fueron muchos), la vida de nuestro hombre, destacan la influencia que tuvo la llanura sobre su formación. Pero este gaucho vivió, eso sí, una vida brutal y monótona. Al momento de su muerte, en 1874, de una puñalada feroz que le atravesó un pulmón, no había alcanzado a ver jamás una montaña, ni un pico nevado ni un barco de guerra. Tampoco había conocido el mar. El padre de nuestro personaje fue un individuo tenebroso y criminal que terminó ajusticiado por las tropas del ejército, y su madre una mujer campesina y analfabeta que intentó criar a su hijo lo mejor que pudo. Nada más se sabe de ellos.
Nuestro gaucho nació en 1829 en el partido bonaerense de San José de Flores, a unas 20 leguas del pueblo viejo de Lobos. Fue el año del ataque francés a la escuadra argentina, y tiempos en que las huestes del General Lavalle se replegaban, cabalgando desordenadamente rumbo al abrigo de la Pampa, hostigados ya por Rosas que asumía el poder.
Llevó este hombre una vida tranquila durante casi treinta años, alejado del alcohol, de las pulperías y de los altercados entre los troperos. Individuo taciturno, sus días transcurrían durmiendo sobre un catre, mateando desde temprano y recogiéndose a la oración. Dedicaba su tiempo, generalmente, al trabajo rural desde el alba hasta el poniente, y aplicado a esas labores consiguió rancho propio, unas cabezas de ganado y algunas hectáreas de tierra aptas para labrar.
Era un hombre alto y fuerte, de barba negra y cerrada, de melena irregular color castaño y el rostro enrojecido picado de viruela. Una noche feliz en un fogón le reveló habilidades para la guitarra y el canto. Enseguida ganó fama de mujeriego pero se enamoró de una hembra apodada “la Vicenta”, con quien se casó. Y es allí donde se inician todas sus desgracias porque,  “la Vicenta”,  era también pretendida por el Teniente Alcalde de la zona, quien comenzó a perseguir a nuestro gaucho acusándole delitos injustificables.
En su furtiva y valerosa vida abundan los actos de arrojo, pero no es intención de este cronista contarlos a todos en este relato. Sería muy largo. De todas aquellas jornadas de desventuras nos interesa solo una noche; la jornada de su muerte y el día en que se inició la leyenda. Los acontecimientos ocurrieron más o menos así:
A mediados del mes de abril de 1874, nuestro hombre venía huyendo al galope por las vastedades del campo bonaerense entre Navarro y Lobos, escapando de la autoridad después de haber sido acusado de asesinar de cinco puñaladas a un fulano de apellido Sardetti en un almacén. En su defensa el gaucho alegó que el muerto le debía cinco mil pesos, y que por eso lo había tendido de cinco puntazos a la altura del plexo. En el camino se había trabado en combates desiguales de los que siempre salió airoso, luchando salvajemente contra malones de indios y partidas policiales, agazapado y abriéndose paso entre los pajonales y las neblinas indescifrables como si fuera un animal. Ya había soportado golpizas y malos tratos por parte de los cabos que lo alcanzaban cada tanto en alguna población o puesto aislado, y de quienes permanentemente volvía a evadirse. Se había escapado varias veces de aquellas miserias, porque prefería perder la vida antes que su libertad. Era el tiempo de una existencia errante de vastos amaneceres, y de jornadas que tenían el olor del caballo. A esas alturas ya se había enviciado en la práctica habitual de matar, y hay quienes dicen que fue uno de los primeros asesinos seriales del país.
El veinte de abril del mismo año, y por orden del Gobernador de Buenos Aires, se envía una partida policial de 25 hombres para detener al infractor. Lo rodean en el pueblo bonaerense de Lobos, dentro de un almacén y pulpería de nombre “La Estrella”, donde había parado a descansar.
Ninguno de los policías allí presentes se animaba a entrar para buscarlo, y los minutos transcurrían lentamente transformándose en horas. De pronto, en mitad de aquella noche, el criminal salió de su guarida para pelearlos.
Entonces el cabo Eulogio Varela lo entrevé en la penumbra: es él, con la melena crecida y la barba negra y cerrada que parece comerle la cara. Nuestro gaucho comienza en el acto a encarnizarse con los policías que tiene más a mano, apuñalando a mansalva. Siente como la sangre le corre entre los dedos, y el palpitar de los pequeños manantiales escarlata que brotan de los cuerpos tras cada puntazo metálico. Apila muertos y heridos en un pasillo, aullando con ojos de loco, mientras busca la salida. Aprieta los dientes cada vez que granizan las puñaladas. Intenta luego afirmarse contra una pared para cubrirse la espalda, pero es herido por la bayoneta del sargento Chirino que le perfora el pulmón izquierdo. Cayó pero pudo levantarse para disparar un trabuco, dejar ciego a un perseguidor de un impacto en un ojo, y luego cortarle a otro cuatro dedos de una mano con el golpe de su propio sable. Después de dos vómitos de sangre quedó tendido para siempre en el suelo, con las dos piernas apuntando hacia el campo.
Y así fue como murió, atropellando la muerte, en aquella pelea desesperada por la supervivencia, después de mucho matar, con las barbas empapadas, el cuchillo entre los dientes y el escapulario de la virgen chorreando sangre propia y ajena.

Pocas pertenencias se le reconocieron tras su muerte: un caballo colorado, un pequeño perro llamado “cacique”, un poncho de vicuña y un enorme cuchillo de 63 centímetros de hoja que le había obsequiado un tal Adolfo Alsina. Su herencia fue un hijo del mismo nombre, y una mujer apodada “la Vicenta”
En el libro de muertos de la parroquia del pueblo se asentó el deceso de este hombre, producto de múltiples puñaladas y de una gran herida corto punzante en la cabeza. Y así, partido el cráneo por un sable de las guerras del Brasil, ingresó nuestro héroe al firmamento de las leyendas.

Su nombre era Juan Moreira, y fue un gaucho libre que murió peleando.

domingo, 24 de enero de 2016

Lobo


Del hierro nació este filo que tiene por nombre "Lobo"
Es una hermosa herramienta que cargo siempre a la mano, regalo de un gran amigo de profesión forjador, que se llama Andres Mayol y es un herrero escondido. Él fue el buen trabajador que fabricó mi cuchillo.
Es un fierro duro y ágil, como un buen soldado quiere, para andar al aire libre, por el campo, por la selva, o por montañas desiertas.
Herramienta indispensable en menesteres camperos, pa llevarlo en la mochila, a la cintura o al viento, o para ser documento si la pelea es muy cruenta.
"Si sale, sale cortando", dicen los viejos del campo, pero este amigo de fierro que acompaña ahora mis pasos, es instrumento ligero para todos mis trabajos.
Talismán para mi suerte, arma blanca en bajos fondos, relumbra con su arrogancia de aburguesado aristócrata, pero en su esencia está el brillo, de los sencillos troperos. 
Destaco en su construcción la finura de su temple, forjado a yunque y martillo en tierras rojas de selva. El influjo de Misiones, está plasmado en su cuerpo.
Rancho, mujer y perro son los anhelos del gaucho, pero si uno va andando por caminos muy lejanos, se reducen las opciones, de cosas que vas cargando.
Yo elegí a este bravo amigo, liviano y fornido fierro, para que sea mi Sancho en múltiples aventuras, y de ahora en adelante alejará a los malevos, cortará pan, carnes, pescados, o cuerdas del campamento. Hará fuego y otras cosas, útiles del momento, me librará de los males, y de cualquier otro tormento.
Lo llevo en las lejanías y en paisajes despoblados, pero también en ciudades y en calles de nuevos pagos, para que otros lo aprecien, y puedan ser inspirados.
Lobo escucha otros idiomas, nórdicos, alemanes, pero también lenguas indias, de nuestras comunidades, viajando siempre en mochila, aventura interesante.
Vamos suerte, vamos juntos, desde que juntos nacimos; y ya que juntos vivimos sin podernos dividir, yo abriré con mi cuchillo el camino pa seguir.

sábado, 23 de enero de 2016

La comarca de los Alpes y los lagos, o un país llamado Suiza


Como en todos los lugares del mundo, hay paisajes diversos, selvas y ríos, desiertos y campos, montañas y caminos. Todos son distintos, unos mas, y otros menos bonitos. 
Existen lugares donde la naturaleza envuelve tanto al ser humano, que no deja muchas palabras mas que observar y volar en ellos.
Existe en el centro de Europa un pequeño país, donde el paisaje se confunde con un sueño. 
Es el lugar donde conviven hombres de diversas estirpes, que profesan diferentes religiones y hablan diversos idiomas.
Ellos han tomado la extraña resolución de ser razonables. Han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades. 
Los habitantes de esta tierra fueron primero soldados de la Confederación y después mercenarios, porque eran pobres y solo tenían el hábito de la guerra.
Con el tiempo, este pequeño país se ha transformado en una torre de razón y de firme fe, mucho mas que de poder económico.
Es un país en las tierras altas europeas, donde suenan al viento los sonidos de instrumentos realizados con extraños y largos cuernos, que se han convertido en el símbolo nacional.
Y allá arriba en las montañas, los rayos del sol se posan en una masa de brumas de la que emergen crestas negras. Son los Alpes.
Y a pocos minutos de contemplarlos, los vientos barren los copos de lana y los regueros de hollín que ensucian el cielo, entonces allá abajo relucen los bosques, como placas de óxido pegadas a los flancos de las montañas.
Y cuando el sol se pone, en lo alto se observan reflejos azules del acero, y abajo un bronce dorado que brilla. 
Este decorado metálico me ha conquistado, y siento la tierra como a mi propia patria. 
Te saludo con el respeto de los ojos forasteros, querida Confederación Helvética, la que para el resto del mundo, seguirá siendo siempre la pequeña Suiza.

Un crepúsculo en la montaña


Ocurrió en Suiza.
Aquella tarde, cuando bajaba de la montaña, pude contemplar nuevamente esa extraña belleza que me había atrapado desde el primer momento en que la vi.
Aquel atardecer pudo haber sido el mismo en cualquier otro lugar del planeta, pero creo que el contexto íntimo y personal de cada ser humano es lo que nos hace verlos distintos a cada uno de ellos.
Yo estaba parado en medio de aquellos picos que parecían infinitos, y entonces emergió frente a mi un paisaje vigoroso, violento y salvaje, cargado de piedras y de nieves intrincadas, y de vientos fríos que castigaban las alturas retozando limpiamente a través de un cielo azul ceniza. Era el invierno.
Desde arriba, las distancias que veía en ese abismo parecían imposibles de ser cubiertas por el paso de un hombre, porque los caminos retorcidos y los pequeños valles verdes se encontraban siempre interrumpidos por imponentes paredes de granito gris, que se elevaban sobre el campo a intervalos irregulares, y reposaban allá abajo con el aspecto de jorobados y eternos monjes penitentes.
Entonces, a través de la apertura de una nube, pude ver la vieja patria helvética que se dibujaba mas abajo.
Era un país de casitas rurales hechas de madera, con ventanas de persianas pintadas de colores, casas escondidas en el fondo de jardines, con amplios establos y graneros donde reposaban las cosechas, la leña y el ganado.
Pero arriba, en la montaña, el viento azotaba duramente las mejillas desnudas de los hombres, y el frío dolía en el alma.
La bandera roja y blanca de ese antiguo país se desplegó frente a mí, ondeando en la brisa con elegancia, prendida a un mástil metálico. 
Entonces contemplé aquellos picos devastados por el viento, y un viejo sentimiento de soledad militar me invadió nuevamente, por un momento pasajero. 
Era una visión como después de una batalla, ese instante cuando incluso el paisaje cae herido tras el paso de las tropas.
Allá, en el nuberío, descubrí catedrales, jardines de flores increíbles, monstruos, caballos al galope, aves de muchas alas, mares que estallaban, espumas que volaban y mujeres que ondulaban y en el viento se ofrecían y en el viento se iban.
Y así fui esa tarde un cazador de nubes, un simple perseguidor de esa belleza fugitiva.

viernes, 22 de enero de 2016

Francia: un voluntario en la Legión Extranjera

Era un sábado gris y frío. El sol tímido arrancaba las nubes del cielo como si fueran un vendaje, y exhibía su reflejo sobre las extrañas y marrones aguas del Sena.
Luego de recorrer París durante cinco días, me decidí por fin a iniciar la marcha rumbo a las afueras de la ciudad.
Salí de Les Halles y viajé en metro 4 estaciones hasta Fontenay Sous Bois, un pequeño pueblito con aspecto tranquilo, sembrado de pequeños cafés, panaderías y residencias familiares.
Los habitantes de aquel lugar comenzaban a sacudirse la modorra de un frío sábado por la mañana, y las panaderías desprendían desde sus chimeneas sabrosos aromas de croissants, baguettes y café. Una señora coqueta paseaba a un perrito ridículo con aspecto nervioso.
Bajé del tren en una estación desconocida y el viento helado me sacudió la cara de un cachetazo. Subí a un colectivo de la línea 124 que me llevó hasta Noguent sur Marne, y allí  vi el primer cartel que anunciaba mi destino. 
Caminé unas pocas cuadras por el Boulevard Strasbourg y giré a la izquierda. Estaba temblando.
Un nuevo cartel de reclutamiento anunciaba el rumbo del cuartel, mientras una extraña sensación me ganaba las piernas, que parecían de goma. 
Mientras caminaba me di cuenta de que un hombre me seguía fijamente con la mirada, desde una ventana, y con su taza de café en una mano .
En el camino hacia la guardia había un edificio de monobloques que se levantaba como un gran elefante color crema. Y entonces mi tiempo se detuvo.
Vi el acceso de la guardia con su reja de barrotes color negro, y en esa mañana gris llegué por fin al fuerte medieval. 
Era el Fort de Nogent, el cuartel de la Legión Extranjera Francesa en la ciudad de París.
Un soldado legionario estaba parado en la penumbra del acceso, y montaba guardia con su fusil "FAMAS" terciado al pecho. Me heló con la mirada cuando me presenté frente a él. Su impecable uniforme de camuflaje y el lustre de las botas, relucían bajo su impoluto quepis blanco.
Era el comienzo y el final de un largo camino de sueños y de alegrías, de penalidades y de euforias, de rechazos e ilusiones, de pasiones, de distancias e idealismo por la vida militar.
Había cruzado todo el mar y medio mundo para llegar hasta allí, a aquel último bastión del soldado internacional. Y de repente me encontré parado con mi mochila al hombro sobre mis piernas de goma, frente a la puerta donde miles de hombres de todo el mundo habían escrito sus historias, a veces fantásticas y gloriosas, otras veces oscuras y sombrías, pero todas ellas persiguiendo una misma causa: la de sentirse parte de aquel selecto club, admirados por todos donde iban y los primeros en partir en caso de conflicto. Le estaba viendo la cara a aquella vieja realidad por mucho tiempo soñada, pero a la vez despreciada.
Parado frente a las puertas de la mítica Legión Extranjera, recordé el manto de misterio que cubre la historia de esa vieja unidad de élite del Ejército francés, que fue creada en 1831 para proteger y extender el imperio colonial durante el siglo XIX. 
Era para mi el final de una alocada aventura militar de virilidad y fortaleza, pero también una alarma de soledad y lejanía, en pos de responder al llamado del guerrero. Detrás de aquella reja estaba la Legión, esa que ha sido cantada, filmada, pintada y escrita, y que ahora mismo recuerdo como un susurro doloroso en la voz de Edith Piaf.
Supe que los legionarios eran soldados venidos de todos los rincones del mundo, y que se reunían en ese regimiento para luchar por ellos mismos y no por una bandera, y que su lema era “Legio, patria, nostra”, o la Legión es nuestro hogar.
Durante muchos años había acunado la idea de unirme a ellos, porque soñaba con ser parte de aquel grupo de intrépidos aventureros. Ese día vi por fin la puerta de aquel mundo extraño, desconocido para mí a pesar de mi probada experiencia de soldado.
Aquello era distinto, porque un sentimiento de inquietud me invitaba a cruzar la reja, a experimentar la sensación de ser realmente anónimo, al menos por un tiempo, y a desentrañar la incógnita de si los legionarios eran en verdad héroes románticos, o unos simples mercenarios.
Aquel día sentí nuevamente el antiguo y fuerte deseo que creía haber superado: el de unirme a ese grupo heterogéneo de patriotas nacionalistas, de aristócratas, de criminales curtidos, de antifascistas y anarquistas, de creyentes, ateos y aventureros, todos reunidos buscando el refugio o la acción bajo el famoso quepis blanco y las charreteras escarlata.
Hoy, repasando esas vivencias, ya desengañado y descreído de causa alguna, pesimista en general ante la vida, recuerdo mis andanzas por aquellos rumbos. Pero las recuerdo con la sonrisa cómplice del adulto que ve jugar a los niños, y me pregunto asombrado como alguna vez pude tragarme esos cuentos chinos de soldados, de banderas, de honores vacíos y de causas perdidas por los que matar o morir. Una juventud ilusa, a la que recurren los poderosos cuando necesitan derramar sangre por tonterías. 
Pero, a pesar de todo, me sigue atrayendo la idea de que exista una Legión Extranjera, porque sigue resguardando el sueño utópico de todo soldado que se precie de ser tal, y porque  esos hombres (por valientes o por estúpidos), tuvieron el coraje de arriesgar el pellejo por lo que creyeron justo. Y eso es más de lo que podemos afirmar la mayoría de nosotros.