"Los que pueden, actúan. Los que no pueden y sufren por ello, escriben. El acto de escribir, constituye una de las acciones mas profundas del sentir del ser humano. Ayuda a quemar la grasa del alma"

Ernest Hemingway.

domingo, 27 de noviembre de 2016

El Chipre que nunca te han contado: la guerra desnuda


En el aislado pueblo turco de Gunyeli, en el norte de Chipre, la gente aún sigue hablando de la guerra.
Todavía queda en la memoria de los viejos el lejano sonido a tableteo de ametralladoras griegas, intentando defender sus posiciones, y la imagen de miles de paracaidistas turcos aterrizando a los tumbos sobre campos y tejados, cayendo desde el amanecer azul oscurecido por una nube de aviones de transporte.
Pensando en aquella gente fue que recordé las malas fotos en blanco y negro que aún me quedan grabadas en la cabeza, y que veía siempre pegadas en un muro de piedra de la ciudad vieja de Nicosia, justo frente al puesto de control de la ONU donde nos tocaba hacer guardia: el rostro del niño que llora en la frontera aferrado a la mano de sus padres mientras muestran documentos, camino hacia el exilio; los vecinos agazapados en un portal mirando hacia arriba mientras suena el estrépito de las bombas; hombres haciendo cola con ojos grandes de hambre y miedo para conseguir un mendrugo de pan. El cadáver en la cuneta. El soldado que tiembla de frío en su trinchera; el inválido que acaba de pisar una mina y es ayudado por sus compañeros a trepar por el camino de tierra, mientras se le caen las tripas y la cinta de munición de los hombros. El techo hundido de la casa abandonada, destrozada por un obús de artillería. La familia de campesinos que huye con lo puesto, desesperada, escapando entre columnas de humo negro, dejando atrás la mesa servida, el perro atado y hasta los juguetes del crío tirados en el jardín.
Esa guerra de Chipre no la viví, pero algunos años después estuve allí intentando ayudar a mantener la paz, o algo que se le parezca. En realidad esa paz nunca llegó de verdad pero al menos lo intentamos, mis compañeros y yo.
Aquello que me tocó ver y oír fueron los restos de la disputa por la isla de Chipre, que comenzó en 1974 entre los ejércitos de Grecia y Turquía, y que continúa hasta hoy.
Inició en 1931 cuando se aprobó la "Enosis", anexión de Chipre a Grecia, siguiendo el ejemplo de la unión de la isla de Creta al continente.
Los turcos, conformes con la tutela británica preferían la "Taksin" (partición de la isla), antes que ser minoría bajo un gobierno griego. También estaba en juego la disputa por el monopolio de las creencias religiosas, ya que los turcos no toleraban la idea de someter su credo musulmán bajo el rito cristiano ortodoxo griego. Y entonces, estallo la violencia.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU), intervino con una fuerza militar compuesta por soldados de diversas nacionalidades y con una misión común: imponer la paz y evitar el resurgimiento de las hostilidades. Pero no hubo paz ni nada que se le parezca, porque si hay paz no existen soldados ni cascos azules que la cuiden.
Bajo esa situación me enviaron a la isla.

Llegué al aeropuerto de Larnaca (en el sur de Chipre), una mañana calurosa del año 2005, después de diecisiete horas de vuelo, dos malas comidas y una escala en Senegal, África. Era septiembre y el verano comenzaba a morir.
La tierra arenosa, parda, color marrón claro, era un paisaje que me recordaba a los relatos bíblicos de Nazaret o Jerusalén. Burros, Palmeras de dátiles y cultivos de aceituna salpicaban las montañas, y numerosos yacimientos minerales dominaban el paisaje.
Al bajar del avión vi el rostro de un paracaidista inglés que esperaba el relevo de su guardia. Era un soldado joven, que mascaba un chicle apoyado sobre una ametralladora G.P.M.G. Su silueta se perdía entre las bolsas de fardo que custodiaba en un camión. La cabeza rapada bajo su casco de kevlar lo hacía ver como un hongo, color arena y negro. Tal vez pensaba en su casa, como yo.
Descargamos cajas de suministros de unos enormes camiones y cargamos en él nuestras bolsas de embarco y las mochilas, bajo la mirada de un sargento británico de bigotes, que estaba parado sobre palets de madera. Gritaba en inglés y daba órdenes a unos cabos, que se movían como las hormigas cuando les patean el nido.
Subí junto a mi grupo a un blindado color blanco, con el escudo de la ONU por todos lados y una bandera azul que bailaba en la brisa. Comenzamos el viaje hacia el Campo San Martín, que es la base argentina donde viven los contingentes militares durante 6 meses.
En aquel tiempo yo tenía el grado de cabo segundo, y mi puesto de combate era el de fusilero y operador de radio de la Compañía "Bravo", uno de los escalones más bajos de la tropa. Y allí, en aquel vehículo blindado que trepaba por montañas y se perdía entre los valles viajábamos nosotros, demasiado valientes, jóvenes e inconscientes como para sentir miedo o interpretar el dolor ajeno. Anónimos y rasos como el resto de la infantería en todo el mundo, íbamos junto a otros compañeros con quienes compartir las mismas emociones y ansiedades. Formábamos parte de un Batallón Conjunto Argentino destinado en la isla de Chipre, para cumplir misiones de reconocimiento y observación.
Atravesamos los límites del aeropuerto militar y por primera vez pude ver los restos de una guerra, heridas todavía frescas. La huella de la metralla en los muros de las casas y de los viejos edificios. La pista de aterrizaje, castigada por las granadas de mortero. Aviones abandonados que yacían esparcidos como fichas de poker desordenadas. Las marcas de los impactos de cohetes y de obuses que se veían como enormes flores negras, grandes agujeros abiertos, oscuros y oxidados. Intimidaba verlos. Por primera vez sentía estar realmente en una zona de conflicto.
Saliendo desde nuestra base por los caminos rurales, pasábamos por pueblitos clavados en las montañas o perdidos en parajes desolados. Viajábamos siempre rumbo al norte, a la zona turca y más pobre de la isla. Recuerdo haber detenido varias veces la mirada en pequeños caseríos que colgaban de las laderas de los cerros. Uno se llamaba Kokinotrimitia y era muy bonito. Lo veía por primera vez, y lo vería por mucho tiempo más. Los mocosos corrían felices detrás de bastones con rueditas en las puntas o cuidaban las ovejas de los campos linderos. Las viejas del pueblo, con las cabezas cubiertas por pañuelos de colores, los puños apretados contra las caderas y vestidas con faldas largas ceñidas a la cintura, regresaban a sus casas desde el campo, después de labrar la tierra, y regalaban pan con ricota a los hombres que patrullaban la zona. Entonces los soldados bajaban un momento la guardia, se colgaban el fusil a la espalda y jugaban a la pelota con los chicos. Pero algunos años atrás, pueblitos como aquel fueron el escenario de la barbarie.
Un día de patrulla llegamos al sector de las aldeas turcas de Maratha, Santalaris y Aloda, que están ubicadas en un valle entre montañas, casi pegadas una al lado de la otra. Son semejantes a la mayoría de los pequeños pueblos turcos de Chipre situados en las zonas de cultivo: una calle principal con sus tres cafés, su círculo de antiguos combatientes musulmanes, algunos almacenes griegos y otros pequeños comercios turcos. Los musulmanes caminan muy serios rumbo a la mezquita, evitando tropezarse con los cristianos ortodoxos que regresan de la vieja iglesia de piedra donde cuelgan iconos religiosos al estilo ruso. En los pueblos mixtos, donde todavía conviven turcos y griegos, el odio entre ellos se ha hecho una cosa viva, palpable, y tiene su olor y sus costumbres; por la noche gruñe en las calles desiertas como un perro hambriento.
Un paisaje rural domina siempre el horizonte, y al final del invierno los campos se llenan de flores amarillas.

Los viejos que se reunían en las tabernas y en los bares a beber vino y a jugar a los dados me lo contaron. Entonces supe que tenía la gran oportunidad de ver y de escuchar en vivo esa otra guerra, la guerra muda y desnuda, la que se vive todavía de puertas para adentro, la que nunca verán los turistas y la que no sale en la tele ni en los diarios. Allí supe que las guerras terminan siendo siempre la misma mierda en todos los rincones del mundo: un relato alucinado y escalofriante de amigos, vecinos y parientes que lo han perdido todo, sorprendidos por el fuego de la artillería en plena madrugada, o arrancados de sus casas en pijama, mientras las mujeres y los hijos imploran con los mocos colgando desde la escalera.
En aquella aldea turca de Maratha ocurrió este relato que a continuación escribo. Allí conocí a un viejo canoso y rengo que me contó esta historia atroz. Su nombre era Ahmad, atendía uno de los bazares donde nos abastecíamos de agua, y había sido marinero de cubierta en un sardinero español, algún tiempo después de la guerra.

La masacre

Unas horas después del asalto de los paracaidistas turcos al norte de la isla, el 20 de julio de 1974, los griegos se llevan de la aldea a todos los hombres de etnia turca en edad militar, como prisioneros de guerra. Una vez que los hombres se han marchado, llegan varios soldados de una guerrilla griega llamada “EOKA B”, provenientes de la vecina Peristeronopigi e instalan un campamento en una cafetería. Más tarde se emborrachan, disparan varias veces al aire y violan a muchas mujeres, niñas e incluso también a los niños. La violación continúa durante 24 días, hasta el 14 de agosto de 1974, cuando deben retirarse debido a una segunda incursión turca. Entonces deciden no dejar ningún testigo y exterminar a toda la población.
Ya se levanta el sol del día 15 de agosto cuando llegan los cascos azules ingleses desplegados en la zona, avisados por los campesinos. Se encuentran ante el espectáculo de 84 cuerpos de musulmanes (mujeres, ancianos y niños), alineados unos al lado de los otros en la falda de una colina, frente a la mezquita. Algunos están degollados y tienen los pies apuntando hacia Occidente, en dirección a Grecia. El mensaje es brutal: limpieza étnica y odio religioso, así de simple. Los faros de un camión iluminan en el amanecer la escena de terror. Un soldado inglés se aparta para vomitar.
Según el Imán de la mezquita de Maratha, había 90 civiles en la aldea antes de la masacre. Sobreviven solo 6.
Un testigo afirma que al menos 3 de los atacantes tenían el acento nativo de Grecia, lo cual sugiere que podría tratarse de soldados griegos.

La venganza

Días después el ejército turco avanza ganando posiciones hacia el sur. Ya se han enterado de lo sucedido en Maratha.
Es de noche cuando llegan al poblado y sabotean la central de electricidad. Peristeronopigi duerme. Un capitán emerge de la oscuridad y está parado en el centro de un círculo que forma su sección, unos 30 hombres en uniforme de camuflaje. Nunca antes han visto a su jefe con ese rostro, con esa facción tan terrible. “Solo a los hombres”, dice con voz seca, “no tocaremos a las mujeres ni a los niños; sólo a los hombres y con el cuchillo, para que los que tengan valor puedan defenderse”.
Se desabrochan el correaje y dejan las mochilas a la custodia de los centinelas que vigilan el perímetro. Los hombres se han despojado de sus cinturones, de sus equipos, de sus fusiles y de sus granadas, conservando solo el cuchillo.
Se deslizan en la oscuridad como fantasmas, sin hacer el menor ruido. El furor y la necesidad de sangre y de venganza que les llega desde el vientre es lo que los vuelve fríos y tranquilos.
Avanzan lentamente hacia las puertas de las casas de paredes blanqueadas a la cal. Se sienten fatigados pero a la vez con una extraña fuerza que los empuja hacia adelante.
El capitán derriba la primera puerta a las patadas. Ningún guerrillero griego alcanza a defenderse.
Al otro día descubren 28 cuerpos tendidos en la calle, frente a la vieja iglesia ortodoxa de piedra, degollados, con el vientre abierto y las partes sexuales metidas en la boca. Un oficial le indica a su jefe que los cadáveres están colocados en dirección hacia el Oriente, hacia La Meca, como bestias sacrificadas en ceremonia religiosa. En otro tiempo los turcos hacían lo mismo, en Armenia. La ley del talión se ha consumado; ojo por ojo y diente por diente. El cuchillo transforma la guerra en asesinato. Han reaccionado hombres primitivos y no soldados al perpetrar este holocausto. Pero para ellos, la venganza era necesaria.

Años después de todo aquello, cuando me tocó el turno de estar 6 meses trabajando en esa hermosa isla acariciada por el Mediterráneo, inicialmente ignoré todo esto que acabo de narrar. Tal vez por pura ignorancia o quizás simplemente porque no supe expresar, en su momento, aquellos relatos crueles y las miradas de horror en las caras flacas de aquellos pobres infelices, cuando contaban sus historias. Eran seres con los que cada tanto me cruzaba en el camino. 
Ciertamente en aquel tiempo yo era solo un crío soñador con simples ganas de chicas, de peleas y aventuras. Pero hoy, ya descreído y escéptico en general ante a la vida, se que en el mundo hay más hijos de puta que hombres buenos, lamentablemente, que la mala leche es el puñetazo diario en la cara y que la crueldad, los psicópatas impunes, las injusticias y los miserables están a la orden del día.
Por eso no me extraña ni me impresiona que hombres crueles hayan perpetrado estas masacres, como en este capítulo olvidado de Chipre que acabo de contar, o como en Sarajevo, o Colombia, o Guatemala, o Camboya, o como en tantos otros rincones del mundo que ahora mismo son mudos, y que tal vez siempre quedarán así.


Entonces ahí la tienen; la simple, bastarda y sucia condición humana.

lunes, 17 de octubre de 2016

Fundación de la nostalgia


Querida vieja.
Te recuerdo en la distancia, nuevamente, con el calor de un hombre agradecido por haber recibido de vos, la vida. 
Te doy entonces el beso de rigor y el abrazo sempiterno, para que viajen juntos a través del mar y del viento frío de este octubre que ya comienza a sentirse, y que lleguen hasta tu casa, allá por los caminos donde la tierra se transforma en una lengua roja que parte la selva y el monte en dos. Aquí está, escribiéndote de nuevo, el hijo tuyo inquieto y que por el gusto o el azar se ha convertido en buscavidas, en trotamundo, en inmigrante.
Aquí estoy, unos cuantos kilómetros más lejos y algunos años mas viejo, en la continuación de esta vida que ya lleva mas de diez años, entre todos los caminos que las piernas supieron aguantar, la cabeza razonar y el cuerpo responder.
Continúo con esta costumbre epistolar de escribir las novedades que acontecen en mis días, y así extiendo la bitácora iniciada hace ya bastante tiempo, que comenzó tal vez con aquellos relatos cotidianos del campo argentino, muy al sur de la provincia de Buenos Aires, cuando iniciaba este largo viaje.
Ha pasado el tiempo de las novedades desde América Latina, donde te conté (tal vez tardíamente debido al aislamiento geográfico o la situación del momento), acerca de los sucesos personales, sociales y políticos que acontecieron durante mi estadía en el Perú, en México, en Guatemala, y de los que he tomado parte durante mi paso por los caminos de aquellas ya entrañables tierras.
Sabes que la actualidad me encuentra nuevamente en Europa, intentando adaptarme a la nueva cultura, al sistema de trabajo y al nuevo idioma, que por tener su raíz germánica distinta a la de mi lengua madre, me resulta algo difícil aunque no imposible de aprender. Lo tomo siempre como un desafío que me motiva a continuar.
Ayer, mientras caminaba por una calle de piedra barrida por el viento, con las manos en los bolsillos y la cabeza hundida en la gorra de lana, intenté recordar cuantas veces pensé en vos en situaciones similares, y la verdad es que no pude responderme.
Bien sabes de mis luchas y de mis fortalezas, y de que no soy ni Cristo ni filántropo, pero tampoco un marginal al filo de la ley, que por lo tanto solo vivo como puedo y sin joder mucho a casi nadie (plagiando una frase de Twain). Me encuentro mas cerca de ser un condotiero del siglo XX que un tipo ramplón, cobarde y menguado, miedoso de su autosuficiencia.
Entonces, pensando en eso se me vino a la cabeza un recuerdo de hace muchos años, de cuando era soldado y te pensaba en el día de un cumpleaños tuyo y yo estaba lejos, como siempre.
Ocurrió en la selva amazónica, cerca de un río marrón, justo en la frontera entre Perú y Colombia. Yo me había recostado para descansar y pensar un poco. Era de madrugada. Recién había largado mi turno de guardia y como almohada tenía una mochila. Con las botas puestas y el fusil recostado a un lado, cerca de la mano, pensaba y aspiraba los humos de un cigarrillo ajeno y del fogón cercano. Afuera, alrededor del humo y de los pensamientos, el mes de julio se engañaba a sí mismo fingiendo que era febrero y había una tormenta de lluvia, rayos y truenos que logró lo que parecía imposible: hacer callar a los grillos.
Pero yo no estaba pensando en la lluvia, no estaba tratando de adivinar cuál de los relámpagos que rasguñaba la tela de la noche sería el de la muerte, ni siquiera me preocupaba de que el poncho de nylon que cubría mi refugio fuese demasiado pequeño, ni que se mojara la orilla de la hamaca. Habíamos hecho, con los compañeros, un camastro de ramas y horcones, amarrados con bejucos y lianas. Lo hicimos porque lo usábamos de piso seco, de bodega y, a veces, para dormir. En la hamaca no me acomodaba o me acomodaba demasiado, me quedaba muy dormido y el sueño profundo era un lujo que, allá, se podía pagar muy caro. En la cama de varillas de palo uno estaba lo suficientemente incómodo como para que el sueño fuera apenas un pestañazo.
No, no me preocupaba ni la noche, ni la lluvia, ni los truenos. Me preocupaba saber como podía hacerte llegar una tacita de cerámica que te había comprado en el mercado de un pueblo nativo, y que tenía en el costado un lindo dibujito del Macchu Picchu. Me preocupaba pensar en que se iba a romper antes de llegar a tus manos.
Esa madrugada te escribí unas líneas en el cartón de una caja de ración. Te escribí a la luz de un cabito de vela que cargaba en la mochila.

Pero eso ya pasó y fue hace mucho tiempo. Hoy te envío, desde esta costa del Atlántico, un beso muy grande, mis mejores deseos de felicidad y la seguridad de que en la distancia siempre estas conmigo.
Con cariño, tu hijo; el de la cabeza dura y la salud de hierro.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Nota de despedida para un jefe militar

Estimado Señor Capitán: 
Desconozco las instancias reales en las que se encuentra, pero acabo de leer la carta de despedida de su segundo y debo admitir que esas palabras han caldo hondo en mi memoria de soldado, pues de alguna manera yo también lo recuerdo a usted como ese gran ejemplo de mando y conducción al cual se refiere su oficial adjunto. Conociendo en profundidad la burocracia militar, interpreto que la superioridad ha cometido el error de suprimir su jefatura. Lo acompaño en el repudio contra esa decisión, y lamento saber que, después de tanto tiempo, todavía siguen floreciendo la traición y las intrigas entre las filas, y que la situación sigue siendo la misma. 
Usted ha sido un referente en mi pasada vida militar. Lo recuerdo con el afecto de un optio romano hacia su centurión, porque, tal como aquellos antiguos, usted también ha sido mi jefe de compañía; un oficial distinguido y apegado a la disciplina; un hombre con cualidades de resistencia, templanza y mando; un militar íntegro y un líder en apariencia siempre listo para iniciar cualquier aventura. Fui un subordinado suyo, un simple cabo segundo en aquel batallón de operaciones ribereñas, en aquella masa verde de infantes de marina. Fui el más joven de la patrulla que lo acompañó a la inmensidad de la amazonia, hace ya tantos años, allí donde se funden las fronteras del norte del Perú. Usted me eligió para ser su operador de radio en aquella misión en plena selva, y allí, en un alto de marcha, en medio del barro y sentados en un círculo espalda contra espalda junto a nuestros otros compañeros, habló usted de un tal Larteguy y de guerreros por mi desconocidos, de batallas épicas de tiempos pasados, y de valientes soldados franceses que resistían en trincheras sitiadas por el enemigo, una guerra perdida en Indochina. Y fue allí, en lo profundo de aquella inexorable jungla de América Latina, donde tal vez se despertó en mi la vocación de periodista; la necesidad de investigar el pasado y de contar historias ocultas para el futuro, de defender los escombros de los héroes olvidados. Aquel día usted incentivó de inmediato mi ansiosa atención. 
Estimado Señor Capitán, siempre lo recordaré como el líder de una columna de hombres curtidos que trotan en fila india, avanzando a marchas forzadas por un sendero inundado de aguas marrones, llevando a cuestas sus armas y sus municiones con el mismo paso largo y silencioso de los cazadores de la selva, doblados bajo el peso de sus equipos, con las miradas duras por la falta de sueño y las bocas crispadas por los interminables días de campaña, pero llevando siempre el fusil pegado al pecho y cantando entre dientes canciones que hablan de fidelidad por los camaradas, del gusto por la aventura y de lo pintoresco de las misiones furtivas y peligrosas. 
Al igual que su segundo al mando, le deseo buenos vientos en su camino y pocas bajas en sus nuevas misiones. Tenga a bien recordarme como aquel humilde cabo de infantería que lo siguió con valor, convicción y orgullo, de tener un jefe de compañía que, en cada campaña, transformaba a sus tropas en un relato de Rudyard Kipling.
Le envío el saludo marcial de siempre junto a aquel viejo lema en latín que recitábamos cada mañana al cerrar filas: PATRIAE SEMPER VIGILES (Siempre Alertas por la Patria)
Un abrazo de final del verano desde Lucerna, Suiza.

miércoles, 13 de julio de 2016

En tierras lejanas

A veces un viaje suele ser tan largo que uno mismo siente como si flotara de manera permanente, aunque tenga los pies bien clavados en la tierra. Esto sucede hasta que finalmente la cabeza logra comprender que ya no habrá regreso.
Mi viaje comenzó hace muchos años, unido a una columna de hombres que avanzaban a marchas forzadas, doblados bajo el peso de enormes mochilas. 
Primero fui soldado, hace más de una década en un archipiélago. Más tarde fui aprendiz de boxeador, hace años en las noches de una ciudad. Me alejé de la milicia y del ring. Me fui de mi país buscando alejarme de todo, de la oscuridad, del pasado, de la incertidumbre diaria de unas calles desbordadas de violencia, del sin sentido, de la claustrofobia de saberme en una vida sin futuro. Necesitaba respirar, curar las malas fotos guardadas en la mente.
Viajé hacia el Norte. Aquel país era inmenso y hermoso. Tenía llanuras, selvas, sierras y grandes bosques y muchas costas sobre el mar. Tenía volcanes y alcoholes y tortillas y muchos indios que se vestían de vivos colores. Una vez, en unas aguas de aquel país, fui a la deriva en un kayak hasta que una tempestad de poniente me arrojó sobre la costa. Allí conocí a gentes increíbles, hice amigos, hermanos del camino, viví placeres y noches eternas, vi pueblecitos de caña con paredes blancas pintadas a la cal, iglesias enterradas hasta la mitad en piedras negras, muertos que bailaban y la salsa mas picante del mundo. Allí también conocí el hambre. Pero un día volví a irme.
Luego de unos años viviendo en aquel lugar me dirigí al Sur, siempre al Sur, hacia los países cálidos y soleados que había recorrido primero. Un tiempo antes había llegado a la bahía de Epistoki, en una isla de piedra donde abundaba el cobre y donde se hablaba el griego y el turco, y, en fin, adonde también residían unos sacerdotes ortodoxos en un gran monasterio de madera.
Más tarde llegué a un pequeño país entre montañas y bosques, en el centro de Europa. Los antepasados de esa patria fueron primero soldados de una confederación y luego mercenarios, porque eran pobres y solo tenían el hábito de la guerra. Allí me recibieron en un campamento de obreros. Había hombres grandes, algunos leñadores, casi todos barbudos, cuya lengua tosca gravitaba entre el alemán y el francés. Usaban máquinas y tractores para demoler la piedra, pero también herramientas tradicionales para excavar la tierra y cortar los árboles. Eran hombres rudos. Me uní a ellos.
Los obreros me otorgaron una herramienta para picar la piedra. El cabo y la punta eran de hierro, con una goma opacada por el uso y por el sudor. Pesaba mucho más de lo que aparentaba.
Allí aprendí algunas cosas nuevas.
Recordé entonces lo que Jack London escribió: cuando un hombre viaja a un país lejano, debe prepararse para olvidar muchas de las cosas que ha aprendido antes, y adquirir las costumbres propias de la vida en el nuevo país. Debe abandonar los viejos ideales y dioses, y, a menudo, revertir los propios códigos que delinearon hasta entonces su conducta. Para quienes tienen la facultad proteica de la adaptación, la novedad de semejante cambio puede ser inclusive una fuente de placer. Pero, para aquellos que se aferran a los carriles en los que fueron creados, la presión de un entorno así modificado resulta insoportable, y se irritan en cuerpo y alma bajo las nuevas restricciones, que no comprenden. Esta irritación hace al hombre reaccionar, produce males diversos y conduce a más de una desgracia.

El hombre que no sepa adaptarse a la nueva rutina haría mejor en volver a su país. Si dilata demasiado su regreso, es muy posible que muera.

miércoles, 13 de abril de 2016

Gracias Eduardo


(Texto publicado en Enlace Crítico, el 15 de abril de 2015, en ocasión de la muerte de Eduardo Galeano)

Hace algunos años yo viajaba por las cumbres del altiplano boliviano cuando lo conocí. Allá lejos y arriba, en aquel pueblito andino perdido entre el alto sol y el aire seco, descubrí sus letras y comencé a seguirlo.
Una señora de manos viejas y pelo de paja me vendió un librito que tenía en la tapa la imagen de un indio masticando una hoja de coca. Yo andaba jugando al aventurero rebelde por las amplias noches de la América Latina, estrenando mi flamante libertad nunca antes vivida, nunca antes sentida. Quería pensar, y no sabía. Quería escribir, y no podía.
A veces soñaba con escribir grandes crónicas, relatos de viajes exóticos, pero antes de terminar la lectura correctiva de aquellos mínimos trabajitos, la frustración del fracaso literario me obligaba a romper las notas, una y otra vez. No me gustaba o no me salía. Siempre me fallaba algo.
En aquellos días vacilantes descubrí el estilo de Eduardo Galeano y poco a poco, en solitario, intenté ir aprendiendo. De entrada me gustó leer su biografía porque era un tipo que básicamente aprendió viviendo. Un autodidacta que se fue puliendo a sí mismo y masificó una cultura difícil de encontrar en un universitario.
El viejo había nacido en 1940 en el Uruguay, en esa linda ciudad llamada Montevideo, que late al ritmo del candombe y del vaivén de las aguas del Río de la Plata. Antes del periodismo tuvo varios oficios: a los 14 años vendió su primera caricatura política al semanario El Sol, de Montevideo. Trabajó después como obrero de fábrica, dibujante, pintor, mensajero, mecanógrafo y cajero de banco, entre otras labores.
En 1973 fue encarcelado y obligado a abandonar el Uruguay. Se fue a vivir a Buenos Aires donde fundó la revista “Crisis”. En 1976 fue censurado por el gobierno militar argentino y se casó por tercera vez. Sería el turno de España, de Barcelona y de la vida de inmigrante. El tiempo del exilio europeo.
Regresó a Montevideo 9 años después, y en 1985 fundó el semanario “Brecha”, que sigue hasta hoy con su sello indeleble.
En mis primeros años como redactor de la revista “Todo en Campana”, yo leía sus textos buscando ese apoyo que tanto necesitaba. Y entre aquellas letras cómplices, aquellas antologías a veces violentas y otras veces adorables, la poesía y el drama se mezclaban con la muerte y la pura pasión de vivir. Con el estímulo de esas letras pude sentir que mi voluntad de escribir crecía, y me ayudaba a pensar que quizás yo también podría hacerlo de manera interesante, alguna vez.
Esas letras me daban esperanza, y me acompañaban en la soledad de esas primeras prácticas, en este noble oficio de escribir. Aunque hasta la fecha, sinceramente sigo sintiendo que todavía no he logrado hacerlo bien.
Algunos de sus libros me acompañan todavía. Por el mundo han vagado conmigo, esos asesores literarios que me ayudan a interpretar mejor el mensaje silencioso de todo lo que veo, de todo lo que escucho, de todo lo que siento. 
De los viajes y de la vida en otros países no conservo muchos recuerdos materiales más que libros, y algún que otro pequeño objeto que no pesa tanto y que caben en la mochila. Pero, curiosamente, siempre tengo algún libro de Galeano que me sigue como perro fiel, junto a la útil navaja suiza y a una vieja armónica Hohner que ya ha comenzado a oxidarse un poco. Lo descubrí el otro día y me propuse la tarea de limpiarla. Lo prometo, porque es un buen instrumento y se merece seguir viviendo.
Esta mañana antes del laburo, mientras calentaba el café y leía las noticias, me enteré de que el viejo murió y me entró una especie de nostalgia. No esa cosa cursi ni pedante de frases hechas o condolencias vacías, sino una nostalgia de verdad, estoica, silenciosa, ese mismo sabor a moneda vieja en la boca, esa sensación de cosa rota cuerpo adentro que se siente cuando te cae encima la “garúa”, en una madrugada de guardia en algún aislado puesto del campo, o el mismo sentimiento triste de cuando te enfrentas a una “mujer que dice chau”.
No lo lloré, pero sí lo recordé como aquel maestro que siempre quise tener y nunca pude conocer. Hoy escribo para decirle gracias, gracias por tantas letras que me ha dejado, querido Eduardo Galeano. 
Si él pudiera escucharme le diría que me ha enseñado mucho, y que gracias a su trabajo he aprendido a amar este silencioso oficio de escribir.
Le diría que siempre he tenido ganas de conocerlo personalmente y de preguntarle muchas cosas, pero que no me esperó y que se murió muy pronto. Le diría que ahora no me queda más remedio que recordarlo en las letras que dejó, y en las imágenes que le han tomado, en los retratos.
Al ver esas fotos tengo siempre la misma impresión: un tipo de rostro familiar, con la frente amplia y erudita que se pierde en una calvicie similar a la de los viejos judíos ortodoxos. El aire grave de la cara, con dos profundos surcos de experiencia a los costados de la boca y la mirada agresiva, con los ojos de ese azul desganado que los ingleses llaman gris, siempre con la apariencia de buscar pelea. Es la marca indeleble de sus raíces celtas.

Recordaré a Galeano en la media luz pálida que tienen las plazas, y que son iguales en todo el mundo al caer la tarde. En las calles desiertas de ciudades y de pueblos, cuando la luna le gana la batalla al sol y ha cesado ya el ronquido de los motores, mientras suena la última puerta de auto. En el monólogo confuso y grandilocuente de un vagabundo ebrio, que charla acerca de la dificultad de ser uno mismo en este siglo de mierda.
Recordaré al viejo en el taconeo rápido de una muchacha a la que se asedia y que huye, y que después vacila y camina despacio para dejarse alcanzar. En la música de un acordeón que suena al viento, ejecutado por un inmigrante invisible y juntador de monedas, sentado en la penumbra de un umbral sin puerta, con media cara perdida en el agudo y negro filo de una sombra.
Recordaré a Galeano en los antiquísimos y elegantes muros de las viejas y cansadas ciudades europeas, pero también en las paredes manchadas de miseria de los barrios y chabolas del sur de América Latina, donde los agujeros de los techos de cartón se tapan con lo que hay, para evitar que el viento fuerte de la sudestada apague el fuego donde cocinan el puchero.
El relato del viejo seguirá vivo en el peón de obra en construcción que matea antes del alba, en la prostituta sórdida que chasquea los dedos para reclamar su paga, luego de abrirle los muslos a su amante de media hora; y en la crítica igualitaria y profunda tanto al catolicismo arcaico, intolerante y puritano, como también al marxismo estéril, opresivo y empobrecedor de los pueblos que todavía resisten bajo su régimen. 
Y ahora, mientras recuerdo su vida me resulta un poco extraño pensar que ya se ha muerto, porque me lo imagino a él mismo sentado frente a un vaso de vino y un trozo de queso escribiendo su epitafio. Pero tengo que creerlo porque ya se fue, aunque no haya cerrado bien la puerta.
Tengo un libro suyo puesto justo delante, sobre mi mesa de escribir. Reviso la última parte y, en el epílogo que no recuerdo cuando subrayé con lápiz puedo leer:
“Nacerán y volverán a morir, y otra vez volverán a morir y otra vez nacerán. Y nunca dejarán de nacer, porque la muerte es mentira”. 

sábado, 2 de abril de 2016

Un héroe de Malvinas

La historia de este hombre es digna de contar, pues detrás de su rostro humilde y marcado por rasgos duros, se esconde en realidad un héroe.
Se llama Salvador Manuel Ojeda y es un veterano de la guerra de las Malvinas que tuve la suerte de conocer. Fue mi instructor de tiro en la Escuela de Infantería de Marina durante el tiempo en que pasé por ella, en el año 2001.
En 1982 y durante la Guerra de las Malvinas, Don Salvador tenía el grado de Cabo Principal de la Infantería de Marina y servía en una sección de la Compañía de Ingenieros Anfibios destacada en Gypsy Cove, una pequeña bahía ubicada a dos kilómetros y medio al norte de Puerto Argentino (Port Stanley)
Debido a su posición estratégica (detrás de unos médanos de arena y muy cercana a ambos lados de Puerto Argentino y su aeropuerto), con playas capaces de soportar un desembarco anfibio esperado en la costa este de la Isla Soledad, la playa y la bahía que contenían a Gypsy Cove habían sido fuertemente sembradas por los ingleses con explosivos. Las fuerzas británicas finalmente marcharon hacia Puerto Argentino desde el oeste, abandonando tras ellos el terreno totalmente sembrado con cientos de minas (habían desembarcado en la bahía San Carlos)
Mientras en Buenos Aires continuaban las conversaciones entre autoridades argentinas y británicas sin conclusión positiva, las patrulla de infantes de marina e ingenieros anfibios realizaban tareas de reconocimiento y comenzaban las primeras misiones de combate terrestre. Una de las tareas de los Ingenieros Anfibios era realizar delimitaciones de campo minado, operación que consiste en sondear palmo a palmo y manualmente el terreno, con el objetivo de marcar posibles lugares donde se encuentran los explosivos.
El día 17 de abril de 1982 amaneció frío, el cielo estaba encapotado con espesos bancos de niebla y hacía mucho viento que azotaba desde el mar. Los helicópteros iban y venían transportando armamento, pertrechos y abastecimiento, mientras las tropas efectuaban ejercicios de adiestramiento. Alrededor de las cuatro de la tarde, el Cabo Principal Ojeda se hallaba en una misión de marcación. Avanzaba lentamente sobre una brecha despejada cuando escuchó un intenso rugido, y sintió un soplo de viento duro y caliente y una aguja que le pellizcaba la pierna; algo lo había golpeado en la parte mas baja del pie. Cayó boca abajo en el barro y le zumbaron los oídos. Tendido sobre el vientre, creyó oír por unos segundos el tableteo de una ametralladora y luego un grito:
-¡Enfermero! ¡enfermero!
Intentó levantarse pero no pudo. Había tropezado con una mina que estaba fuera de línea. La onda expansiva lo despidió violentamente del campo, arrojándolo hacia afuera del perímetro, amputándole el pié derecho y dejándolo inconsciente, tirado boca abajo sobre la tierra desnuda y helada. Su pié derecho había desaparecido y restos de cuero de su bota colgaban de un extremo de su pierna. El resto era una masa blanda y espesa de color escarlata.
Tenía la cabeza aturdida y el tintineo de sus oídos se había convertido en un débil zumbido. Sus compañeros lo arrastraron desde la hondonada y lo subieron al nivel de la superficie, cerca de un terraplén y de una línea de dunas que dominaba la playa. A lo lejos se escuchaban rotores de helicópteros.
Antes de ser evacuado al hospital lo rodearon sus camaradas pero en realidad estaba solo. Estaba solo en el mundo de los heridos graves, aislado por un dolor que nadie podía compartir con él y por el terror a una oscuridad que amenazaba envolverle.
Fue asistido en Puerto Argentino y luego repatriado al continente. Le otorgaron la medalla "La Nación Argentina al herido en combate", condecoración militar con que se distingue a todo el personal que resulta herido de consideración como consecuencia directa de los riesgos del combate.
Lo conocí diecinueve años después de aquella herida de guerra, cuando fue mi instructor en la Escuela de Infantería. 
Luego de todo aquel drama y a pesar de faltarle una pierna, Don Ojeda, "el rengo" como le decíamos, continuaba vinculado a la Armada y transmitía con cariño sus enseñanzas a los jóvenes reclutas que, como yo, teníamos también el deseo de servir a la patria.
Recuerdo una noche en especial durante mis tiempos de aspirante, cuando me encontraba en un ejercicio de campaña cerca de una arboleda sin nombre en el fondo de Puerto Belgrano, haciendo guardia afuera de una carpa. Esa noche hacía un frío de mil demonios y el viento implacable cortaba la piel como si fuera un cuchillo. Yo estaba helado y comencé a temblar y apretaba con fuerza mi fusil para intentar calentarme las manos. Entonces escuché una voz que me llamaba desde el interior de la carpa: "vení pibe, tomate un poco de café y ayudame con la pierna"
Ese día aprendí a soportar el frío y a ser un poco mas estoico. 
Don Ojeda nos daba otras lecciones aparte de manejar el fusil. Nos instruía acerca de esa gran virtud bastante olvidada ya por los seres humanos: nos enseñaba voluntad. Nos enseñaba a resistir.






lunes, 28 de marzo de 2016

Un buen compañero

Hoy escribo nuevamente acerca de mi cuchillo, para contar cuanto me ha servido en este tiempo que lleva viajando conmigo.
Lo fabricó hace tres años un buen amigo de nombre Andres Mayol, excelente herrero y artesano. Desde entonces este filo no ha quedado quieto, pues tiene oficio de viajero, igual que yo. Lo llevo siempre en mi mochila a través de los diversos caminos que me toca recorrer.
Es un cuchillo duro, forjado para el trabajo y las buenas aventuras. Buen compañero, pues ha soportado duras pruebas bajo diversas condiciones meteorológicas, en distintas regiones geográficas del mundo.
Durante estos tres últimos años ha compartido conmigo las páginas del libro de mi vida. Ha demostrado que su filo es fiel y que su golpe es certero, que nunca afloja. Ha visto ciudades y pueblos, campos y selvas, montañas y mares, ríos y desiertos. Vio París con sus calles espejadas bajo la lluvia, el melancólico Londres, la elegante Ginebra, las costas de Croacia, el Coliseo de la vieja Roma; Y en su corta vida también ha recorrido un largo camino de paisajes rurales y de aldeas aisladas.
Demostró ser un excelente cuchillo, de cabo a punta, abriéndose paso a través de pieles y cueros de animales salvajes, de carnes asadas, de cuerdas de campamentos, de maderas y de piedras sobre las que raspó para iniciar fuegos.
Su nombre es Lobo, y ha viajado también por tierras exóticas, habitadas por individuos extraños que practican duros oficios. Han conocido su filo los ladrones de pieles de foca del Mar Báltico, en las cercanías de Estonia; los traficantes de opio del norte de Tailandia; los indios Rarámuri que corren descalzos en el desierto de México y los descendientes de guerrilleros tribales de las montañas de Laos, en el sudeste de Asia. Todos ellos han aprobado sus virtudes. Todos ellos han elogiado la fortaleza de su filo y la fina robustez de su construcción. Elogiaron su acero. En una ocasión incluso he medido su destreza contra las virtudes de un cuchillo de caza hecho en Inglaterra. Y el Lobo ha ganado.
Igual que yo, el Lobo sabe que la mejor escuela para aprender geografía es vivir dentro de una mochila, pues en ese aprendizaje uno puede charlar con contrabandistas vascos de licor en los Pirineos españoles, con esquimales rusos en la estepa siberiana, con pastores alpinos en las montañas de Suiza, con pescadores italianos en el puerto de Bari, con nativos Shuar del Amazonas o ver como se pone el sol en alguna población aislada en la costa balcánica del Mar Adriático. Esos lugares tienen allí nombres diferentes que en los mapas, y las distancias se miden por días.
Todos aquellos mercaderes, nativos, campesinos, pescadores, salvajes y aventureros que conocieron mi cuchillo, supieron que el Lobo es una herramienta de acero que tiene un origen todavía más lejano: la calurosa Posadas, un lugar ubicado en un país al sur de todos los mapas. 
Lobo ya tiene varias marcas en su vaina. La última fue hecha por un nativo de la etnia Akha, en la selva del norte de Tailandia. Es una pequeña gran marca en idioma thai. Una marca que va quedando para la historia junto a las otras, apiladas en su lomo como si fueran tatuajes. 
Esos hombres extraños ya lo vieron en aquellas tierras lejanas, y quizás alguna vez, en el futuro, su filo sea recordado a la luz de algún fogón, por otros aventureros y gentes desconocidas mientras charlan entre sí acerca de caminos peligrosos, de animales salvajes, de tribus perdidas en selvas impenetrables o en imponentes cordilleras y de un loco solitario que vaga por las sendas con una mochila gastada y un cuchillo de cazador. 
Tal vez ese día la fama de un cuchillo como el Lobo se vuelva mítica, y su nombre se transmita de boca en boca. Es mi esperanza, como en un sueño.

jueves, 24 de marzo de 2016

Tailandia: los monjes de la pagoda

Dicen que las imágenes valen más que las palabras y estoy de acuerdo con eso. Pero las palabras también sirven para comprender mejor las imágenes del mundo. La gente apuesta hoy por las rápidas imágenes porque en general se ha abandonado el buen hábito de la lectura. Eso me parece lamentable porque siempre las imágenes atrapan, es verdad, pero serán mas interesantes aquellas fotos que, junto a las palabras, ayudan a reflexionar, a sentir y a comprender.
Siete de la mañana en Koh Chang, una isla selvática y montañosa que flota en las aguas del Golfo de Tailandia, frente a las costas de Camboya.
La jungla tiene ese olor denso y fresco que las plantas difunden siempre por la mañana: un aroma a flores perfumadas y a frutas silvestres. Por la carretera desierta que serpentea la selva rumbo al norte, hacia Camboya, se levanta un paisaje exótico y extraño formado por árboles gigantes y montañas verdes, salpicado de chozas de paja y de templos budistas al borde de los caminos, y de palmeras flacas que agitan al viento sus hojas brillantes como si fueran hélices.
En una curva del camino aparecen unos monjes que regresan a su pagoda. 
Antes del amanecer y al sonido del gong, se han reunido en el templo para recitar la primera oración del día. Luego salieron por el camino que conduce a las aldeas a mendigar orgullosamente su comida. Unas mujeres respondieron a la colecta juntando las manos y arrodillándose frente a cestos de arroz humeante.
Son hombres medianamente jóvenes y llevan la cabeza afeitada en señal de respeto y de sumisión a Buda. Pasan caminando en silencio a través de la jungla, desdeñosos, impasibles, vestidos con sus túnicas color naranja y llevando marmitas de madera donde mezclan sus alimentos. Uno parece mas grande y tiene las manos tatuadas. El otro lleva un hombro descubierto. Son bonzos, monjes que han hecho el voto de pobreza. Marchan descalzos y en fila india, con el mismo paso largo de los cazadores de la selva, y se oye el ligero ruido de sus pies cuando rozan el asfalto de la calle.
Más atrás camina otro monje mas viejo, de piel oscura. Va solo y encorvado sobre un bastón. Habla raramente en una lengua incomprensible. Parece una sombra salida de la gran selva. Lleva la cabeza rapada del mismo modo que sus discípulos y viste el mismo hábito color naranja.

El budismo que se practica en esta parte de Asia es pacífico y se llama Theravada, que significa "la palabra de los antiguos"
Durante la guerra de Vietnam los monjes negaban la incineración a todos aquellos que sucumbían de muerte violenta, como los soldados que morían en combate. Sus cuerpos debieron pudrirse primero en la tierra y el alma permanecer durante meses encima del cadáver en descomposición, padeciendo horribles sufrimientos antes de poder desprenderse totalmente del cuerpo.
En Tailandia se sigue aplicando la antigua norma de no levantar monumentos para los que han muerto en acciones de guerra. Pero los monjes son tolerantes y, como todos los sacerdotes del mundo, saben adaptar sus principios a las circunstancias.


miércoles, 23 de marzo de 2016

Fotos del mundo: la anciana Yao


Aldea de Huai Tong, muy cerca del río Mekong, ubicada en medio de la selva en la frontera entre Tailandia y Laos. Allí doy con una anciana que me permite hacerle una foto.
Está de pie frente a una choza, parada sobre el suelo de tierra pelado y rojo. Tiene el rostro marcado por rasgos duros y lleva la cabeza cubierta con un bonete negro. Pertenece a la tribu de los Yao, traficantes de opio chino que provienen del Yunnan. Sus antepasados saquearon y quemaron las aldeas de Laos, y hasta llegaron a apoderarse de su antigua capital, Luang Prabang. En su bolsa, la vieja lleva pequeñas balanzas de marfil y medidas de peso birmanas, que tienen la forma de un gallo. Las usa para pesar el opio.
Los hombres de la aldea son buenos baqueanos de la selva y expertos en el manejo del machete y de las canoas en el río. Eran hábiles para mantener la guerra de guerrillas durante meses, porque sabían cazar y conocían todos los senderos. A los norteamericanos les simpatizaron los Yao durante la guerra de Vietnam porque decían que ellos eran los mejores bandidos de la región. Les caían bien porque (igual que los mercenarios), siempre son los bandidos los que mejor hacen las guerras ajenas, y además porque jamás se quejan.
Generalmente los bandidos son estoicos. Nunca reclaman nada. 

sábado, 12 de marzo de 2016

Tailandia: los guerrilleros olvidados

 El río Mekong marca una frontera triangular al norte de la provincia de Chiang Rai, allí donde convergen Laos, Tailandia y Myanmar. Esta anomalía geopolítica fue bautizada en su tiempo por la CIA norteamericana con el nombre de "Triángulo de Oro", pues la región era el mayor productor mundial de opio, superando a países como Afganistán, México o la India. Pero esa producción de droga ha pasado ya a la historia, y hoy existen fuertes penas y restricciones en Tailandia con el fin de controlar su flujo. Ahora, la principal atracción de la zona son los relatos de la conquista de esa frontera y las historias sobre los personajes de aquel comercio ilícito.
Sin embargo existen otras historias muy interesantes y mayormente desconocidas de la zona. Son relatos acerca de grupos tribales que lucharon en guerras secretas y que fueron traicionados por las potencias que los utilizaron, como los mercenarios Hmong o los guerrilleros Yao, que sirvieron como soldados a sueldo contratados por el gobierno de los EE.UU.

En la década de 1970 y durante la guerra que Estados Unidos libró en Vietnam, los Hmong, un pueblo nativo que vivía en las montañas de esta frontera, fue reclutado y lanzado a luchar en favor de la CIA en su campaña secreta contra el comunismo de Laos.
Los Hmong tenían razones muy poderosas para combatir contra los comunistas laosianos y vietnamitas; querían defender lo que daba valor a su vida: la libertad en su forma más exagerada. El gobierno laosiano había querido obligar a aquellos montañeses nómadas a radicarse en un lugar fijo. Los habían inundado de propaganda comunista, los obligaban a asistir a reuniones, a comités políticos, a respetar las leyes de la higiene y a vivir como ellos no querían. Los Hmong se habían rebelado contra los comunistas: aquellos hombrecillos tristes y puntillosos que venían trayendo la doctrina roja desde los deltas vietnamitas del sur del Mekong.
La Agencia Central de Inteligencia de los EE.UU, la CIA, que luchaba en ese entonces contra el comunismo en Asia, vio que el momento era oportuno para desencadenar un gran desorden en todas las crestas de las montañas desde el Yunnan (en China), hasta Tran Ninh (en Vietnam).
Entonces comenzaron a realizar el mismo trabajo metódico que ya habían hecho los franceses durante su guerra colonial en Indochina: enviaron pequeños grupos formados por cinco o diez soldados de las fuerzas Especiales (Boinas Verdes y comandos Seal de la Marina), quienes se internaron en lo profundo de los picos de las montañas, al otro lado de las nubes, donde permanecieron aislados durante meses con el objetivo de ganarse el corazón, la mente y la confianza de aquellos nativos deseosos de recuperar su libertad.
En menos de un año, pequeños equipos de guerrilleros estaban organizados en el norte de Laos y en las regiones altas de Tailandia y Vietnam. Impedían el paso de las divisiones vietnamitas, pues bloqueaban los puntos elevados y los desfiladeros. Los Hmong ayudaron a los blancos porque pensaban que los norteamericanos eran menos molestos que los vietnamitas.
Eran soldados perfectos pues dominaban el terreno, conocían a fondo los valles y las selvas y eran expertos en el arte del camuflaje y del engaño. Durante el día pasaban por simples hombres y mujeres, campesinos que llevaban collares de oro y plata alrededor del cuello, que cultivaban el opio y el arroz en los verdes campos inundados que se extendían hasta los bordes de las colinas. Pero durante la noche hacían la guerra de guerrillas. Como si fueran hormigas, llevaban adelante complejas y silenciosas operaciones militares. Salían a las oscuras selvas junto a sus consejeros norteamericanos a colocar minas, a tender emboscadas contra las patrullas y a dar golpes de mano en los senderos que solían recorrer los pequeños hombrecillos de Ho Chi-Minh, aquella famosa guerrilla de fantasmas que se hacía llamar Vietcong, y que portaba fusiles de asalto y lanzacohetes rusos, vestía pijamas negros y calzaba sandalias fabricadas con los restos del caucho de neumáticos usados.
Los Hmong preferían realizar ese tipo de guerra irregular junto a los extranjeros blancos, en lugar de someterse a un invasor comunista local.
Los Boinas Verdes norteamericanos estudiaron primero lo que podían valer esos montañeses, y se dieron cuenta de que, a su manera, eran excelentes soldados: cuando se sentían más débiles que el enemigo o habían sufrido demasiadas bajas, se dispersaban en pequeños grupos y volvían a reagruparse en la selva, de acuerdo con la vieja táctica de las guerrillas. A pesar de vestirse como querían (descalzos algunos, otros llevando pollos en sus mochilas), tenían las cualidades necesarias para tomar un puesto aislado o asaltar un camino.
Comenzó entonces el intercambio de conocimiento. Los norteamericanos enseñaron a los nativos a operar equipos de radio, a preparar emboscadas y a despejar zonas de lanzamiento para recibir desde el cielo abastecimiento por paracaídas, a disparar con fusil en la selva, a valerse tácticamente de una ametralladora. Aplicaron con ellos todos los secretos de la propaganda clandestina y los desarrollaron entre esas poblaciones primitivas. Estudiaron la manera de crear movimientos de resistencia y de utilizar en provecho propio los groseros errores cometidos años antes por los franceses, respecto a los pueblos que habían intentado conquistar.
Los nativos les enseñaron, a su vez, a hablar los diferentes dialectos de su idioma, a montar trampas para atrapar caza, a conocer los senderos y en qué dirección corrían los ríos, a orientarse en las montañas, camuflarse, marchar descalzos, protegerse de la lluvia y cocinar el arroz.
Juntos, nativos y blancos, llevaron a cabo delicadas operaciones militares encubiertas en contra de los comunistas laosianos y del ejército de Vietnam del Norte. Estas operaciones fueron solo conocidas por los altos jerarcas de la CIA durante más de treinta años: Guerra subversiva y guerra en la jungla, sabotaje de instalaciones militares y asesinato selectivo de personalidades, bloqueo de vías de comunicación y puestos de escucha avanzados en plena montaña.
Cuando los norteamericanos fueron derrotados y se retiraron en 1975, abandonaron a su suerte a la mayoría de esos guerrilleros en la selva, donde han vivido ocultos hasta hoy. Miles fueron asesinados cuando trataban de escapar o regresar a Tailandia, y los supervivientes siguen sufriendo actualmente el genocidio y la persecución por parte del gobierno comunista de Laos, debido a su vieja alianza con los EE.UU. Estos combatientes y sus familias viven hoy con el miedo constante de ser atacados y con pocas esperanzas de que el gobierno laosiano los deje en paz.

Un poblado en la selva

Por la ruta que conduce a Sop Ruak (un pueblo fronterizo lleno de templos budistas en ruinas y lanchas que traen mercancías desde el interior de la China), llegamos a la aldea de Huai Tong.

Huai Tong estaba enclavada en plena selva, en la ribera de un arroyo de aguas marrones y quietas, cerca del recodo de un río en forma de herradura. Eran unas veinte chozas de paja y un viejo portal de madera que tenía las marcas de fuegos pasados. Al llegar a la aldea avanzamos con cautela a través de un camino de tierra que bordeaba el arroyo, intentando respetar lo más que se podía su ritmo de vida.
El poblado estaba protegido por cocoteros y las chozas construidas al ras del suelo, apenas elevadas sobre pilotes de bambú y dispuestas alrededor de una explanada libre de árboles.

Una vieja con el rostro oscuro y agrietado como una lija permanecía sentada en cuclillas junto a un pequeño telar donde enrollaba hilos de colores. Más adelante había una pequeña fogata donde otras personas calentaban estacas sobre la llama, aparentemente para endurecerles la punta. Apenas había hombres en los alrededores: solo algunas ancianas, con los dientes manchados de rojo negruzco de tanto mascar betel (una especie de fruta parecida a la nuez) y un par de viejos ociosos que vestían camisas de color azul índigo y cómicos sombreros de paja. Un perro flaco rondaba en el polvo.
Las chozas eran todas iguales. El interior de ellas estaba mal ventilado, olía a humo de leña y el piso de tablas era tan duro y liso como el hormigón. El lugar era oscuro, sombrío.




Nos acercamos a las mujeres. Tenían rostros aplastados, faldas negras tableadas y llevaban grandes polainas de colores que las hacían renguear al caminar; pero todas ellas estaban cubiertas de adornos de oro y plata.



Un jefe tribal me contó que mandaba a sus mujeres a cubrirse de joyas y cencerros, porque de esa manera sabía continuamente donde estaban. Cuando por la noche querían escaparse para reunirse con otro hombre, él las podía escuchar. Es una antigua práctica que siguen manteniendo.
Numerosos nativos Hmong viven actualmente en aldeas similares a Huai Tong, y adoptaron el nombre más antiguo con que se identifica a su etnia: los Akha.
Optaron por este cambio debido al temor que tienen de recibir posibles represalias o ataques por parte de autoridades o infiltrados laosianos.
Cerca de 300.000 miembros de la tribu de los Akha viven en situación de extrema pobreza en las montañas del norte de Tailandia, sin ser reconocidos como ciudadanos de pleno derecho por el gobierno del país. Desde hace unos años, sin embargo, afloran las ONG ´s locales que tratan de situar en el mapa a esta minoría étnica a través de programas de voluntariado educativo. Muchos familiares, descendientes y sobrevivientes de aquel tiempo atroz se refugian hoy bajo la sombra de tranquilas aldeas, y es posible llegar a ellos a través de agencias que regulan y controlan los asuntos tribales.
Viven al margen de la ley, sin documento de identificación que los acredite como tailandeses y con escaso acceso a las prestaciones más básicas. Sus poblados son de difícil acceso, habitualmente están situados a kilómetros de la civilización, y solo si uno se escapa de los circuitos turísticos y planes de viaje más habituales logra acceder a ellos, a esos grandes olvidados del país. La tranquilidad con la que asumen su destino, sin embargo, no deja de sorprender.
Subsisten gracias a pequeñas plantaciones de arroz y maíz que les alcanza para comer, pero no para sacar rendimientos económicos con su venta, y a la cría de animales. Poco más. Por eso, y ante las bajas expectativas de progresar, los más jóvenes han optado en los últimos tiempos por abandonar el poblado. Mucho de ellos, sin embargo, lo hacen sin fortuna y acaban en manos de las redes del tráfico de drogas y explotación sexual que dominan una de las zonas más conflictivas y peligrosas de la región.
La complejidad de la tribu nunca ha facilitado las cosas. Los misioneros religiosos no fueron del todo bien recibidos ya que, por su raíz animista (creen en espíritus), los Akha no aceptaron que se les intentara evangelizar o imponer otra cultura diferente a la suya después de tres siglos de periplos por el continente. Por eso, no ha sido hasta la aparición de ONG’s autóctonas cuando las condiciones de vida de esta tribu han empezado a mejorar, vinculándolos también con circuitos turísticos, que en realidad terminan siendo siempre una especie de lamentables zoológicos humanos.
Esas gentes eran descendientes de treinta y seis razas diferentes, y habían practicado treinta y seis oficios.