"Los que pueden, actúan. Los que no pueden y sufren por ello, escriben. El acto de escribir, constituye una de las acciones mas profundas del sentir del ser humano. Ayuda a quemar la grasa del alma"

Ernest Hemingway.

domingo, 29 de abril de 2018

Los desertores de Córcega


Me lo contó el viejo Hans en la cocina de su casa, en Suiza, una tarde de invierno mientras tomábamos unas grapas junto al fuego.
El capitán de este relato nunca supo quién diablos era Hemingway, ni tampoco le importaba. 
Era un hombre que tenía dos oficios para ganarse la vida: uno legal y el otro clandestino. De día y cuando el clima le dejaba, era pescador; uno de esos tipos de piel tostada y camiseta agujereada que deambulan por los mercados de los puertos los domingos por la mañana, negociando sus botines de sardinas y atunes. Por las noches y sin ausentarse nunca, era contrabandista de whisky y licor desde Córcega a Cerdeña. Navegaba siempre, contra vientos, olas y mareas.
Su lancha y él habían visto de todo: el mar golpeando de verdad, cuando Dios se pone loco, el viento helado que muerde la piel cuando atraviesa una mala ropa de lana, y esos atardeceres rojos en el Mediterráneo, que son un espectáculo después de una larga jornada de faena bajo el sol, porque ayuda a descansar la vista en ese espejo de paz.
Era un italiano de unos 50 años y fumador de tabaco fuerte. Tenía la piel curtida como lija de carpintero, el pelo canoso y corto, y los ojos color del mar. Le gustaban las mujeres fáciles y los hoteles baratos, los buenos alcoholes, estar rodeado de sus compañeros y, sobre todo, le gustaba su barca, que se llamaba Pietro, igual que él. 
Era uno de esos italianos duros, sin apellido y sin pasado, que deambulan por los muelles de los puertos provinciales.
El hecho ocurrió en 1962.
Esa noche de junio, el capitán Pietro preparaba su barca para zarpar desde la orilla francesa del Estrecho de Bonifacio rumbo al sur, a Cerdeña, Italia. 
El mar era un salpicón de piedras que salían de entre las crestas canosas de las olas, despeinadas cada tanto por rachas de viento de fuerza siete. Era una de esas noches a las que hasta los piratas rudos temen, porque saben que la furia despiadada del agua puede romper de repente el timón, dejando sin gobierno la embarcación a merced de los vientos excitados, como si fuera un juguete de madera de once metros de eslora.
Junto al capitán de aquel barco iba Hans, aprendiz de marinero, un joven suizo soñador y artista de 25 años, de pectorales anchos y complexión recia, que tenía la sed de aventuras pegada a los huesos, y los rasgos regulares pero sin finura de los mercenarios italianos del renacimiento, que eran mitad bandidos, mitad campesinos.
Cerca de las veintitrés horas, desde las entrañas de la noche y bajo la lluvia, aparecieron tres hombres que negociaron unos instantes con Pietro, y que luego treparon a la lancha dando un salto ágil, por la banda de estribor. 
Hablaban una lengua tosca que gravitaba entre el francés y el alemán, y Hans reconoció enseguida esa jerga familiar: un austriaco y dos alemanes. 
Eran soldados de la Legión Extranjera Francesa que habían desertado de su cuartel y venían escapando. Lo hacían huyendo de las durísimas condiciones de la vida legionaria, más penosas aún en las calientes arenas, desiertos y montañas de Argelia, donde habían combatido. 
Eran hombres desesperados, náufragos de un pasado oscuro, enfrentados a un futuro incierto, pero con la esperanza compartida de alcanzar costas italianas, y aquella libertad tan soñada que les otorgaría el anonimato.
El destino buscado era Santa Teresa di Gallura, un puerto de mar en el norte de la Isla italiana de Cerdeña.
Navegarían con rumbo sur por el Estrecho de Bonifacio, que es una pintoresca lengua de agua de once kilómetros de largo, junto a las islas Lavezzi, y que parte en dos la tierra, separando la norteña y francesa Córcega de la italiana Cerdeña. Un faro aislado marcaba el peligro al sur de las Lavezzi, y a la bocana del puerto regresaban, rezagados, unos pequeños y desvalidos pesqueros, intentando poco a poco y entre olas de diez metros, ganar el abrigo de las piedras.
Zarparon aquel día al filo de la media noche, a pesar de la fuerte marejada que resultaba incómoda, porque el viento de fuerza seis preñaba la quilla y los empujaba por la proa, hacia atrás.
Penetraron en la noche vacilantes y minúsculos, aquellos cinco compañeros que el azar había juntado, a bordo de la lancha “Pietro”, que se perdía entre montañas de agua y pulverizaciones de espuma.
Iban los dos tripulantes maniobrando la barca a brazo partido, azotada de costado por olas desgreñadas y locas, que intentaban hacerles perder el control. 
El pasaje iba formado por esos tres gitanos rubios que llevaban el pelo cortado al rape, y que habían contratado los servicios del capitán con el deseo de evadirse de la isla de Córcega, de las guerras coloniales, de las penurias del desierto y de la Legión Extranjera.
Se supo luego que los hombres habían servido en un regimiento de paracaidistas con asiento en Calvi, que eran dos soldados rasos y un cabo primero, y que habían sido llevados y traídos por todos los rincones de Argelia, combatiendo y perdiendo junto al honor de aquel ejército derrotado, antes de subir por la pasarela de un barco de vapor en la rada de Mers-el-Kebir, que era el último enclave francés en la Argelia de 1962. Desembarcaron vencidos en Córcega, y ahora escapaban hacia el sur.
En ese tiempo, y al igual que ahora, se ingresaba por un mínimo de cinco años en la Legión Extranjera, y el período de servicio en la guerra era de dos.
Pero esa noche iban navegando a través de aquel mar de mil demonios convertidos en desertores, después de haber rodado por medio mundo jugándose la vida por Francia en ultramar, y luego de partirse el hígado en todos los bares desde el norte de Marruecos a Marsella. Escapaban aquellos gitanos rubios con la piel cubierta de tatuajes azules, de cicatrices hechas por la sífilis y de batallas pegadas al cuerpo y al corazón.
El capitán y su aprendiz ponían toda su energía en la lucha contra aquel violento estrecho de Bonifacio (que los tragaba de a ratos en múltiples y continuos temporales), enderezando poco a poco la proa de la lancha para evitar naufragar bajo el peso de la espuma.
Antes de ingresar en las pequeñas caletas de piedra que bordean la costa norte de Cerdeña, debieron evadir las luces de los guardacostas italianos que patrullaban la zona, con los motores apagados y la caña de emergencia lista para emprender la fuga. 
Ya habituados a la oscuridad y al brutal movimiento de la lancha, permanecieron así y allí, entablando conversaciones en voz baja. 
Tenían el vientre pegado al casco de la barca, y oían con las tripas los ruidos del mar que les subía a través del cuerpo hasta el entendimiento.
El viaje, que en condiciones normales debían haberlo hecho en poco menos de dos horas, había durado más de cinco en aquella madrugada tenebrosa, y, desviándose más de veinte kilómetros, por fin tocaron tierra firme en un peñasco de piedra en los alrededores de Santa Teresa. Todavía era de noche.
Los tres desertores arrojaron sus mochilas por la borda, y saltaron a tierra con esa misma agilidad de gatos con la que habían embarcado. Hablaron poco y antes de partir, uno de los tres gigantes rubios sacó una botella de su morral y la compartió con sus camaradas. Pietro y Hans los vieron desde la barca.
Aquellos viejos soldados no renovarían nunca más su alistamiento. Se les habían acabado las batallas y las aventuras. Se les había acabado la Legión. 
Destaparon la botella de alcohol barato y simbólicamente respiraron el olor a la cerveza de sus países: Alemania y Austria, donde iban a volver.
Pagaron el resto del dinero acordado en francos franceses, y engullidos por la opacidad de la noche que se entreabría y se cerraba como una cortina sin pliegues, se perdieron para siempre en la negrura de un camino sardo.

sábado, 21 de abril de 2018

Garnik, el veterano.




Ocurrió hace unos años, mientras trabajaba como obrero de la construcción en las montañas de Suiza.
Con el crepúsculo matutino habíamos entrado en un pequeño pueblo cerca de Altdorf, en el Cantón de Uri. La cuadrilla de hombres montados sobre un tractor. El conductor cruzando con cautela el borde de las cornisas y el sol resplandeciendo rojizo entre la niebla. Las chimeneas de las cabañas y de la única herrería se alineaban contra un cielo ceniciento y las luces globulosas de las hogueras destacaban bajo la oscuridad de las colinas. Un campamento de mineros dibujándose en el horizonte. Había llovido durante la noche anterior y a lo largo del camino las casitas de madera proyectaban sus ventanas iluminadas en charcas de las que unos cerdos chorreantes, como demonios zafios salidos de un pantano, huyeron gimiendo al ver a los vehículos. Las casas de aquel pueblo estaban protegidas por defensas y parapetos contra la nieve del invierno y el aire veraniego iba cargado de vapores de humedad. Los lugareños habían salido a la calle para ver a los hombres que llegaban a trabajar. “Auslaender”, llamaban en alemán a los extranjeros. Aquellos viejos ciudadanos montañeses, todos ellos muy solemnes junto al camino, se fijaban en los gestos que hacían los obreros con expresiones de miedo, expresiones de asombro.
Normalmente y en todo el mundo, el ambiente de la construcción está compuesto por buscadores de fortuna: hombres duros que nunca necesitan pensárselo dos veces antes de utilizar los puños, única ley en los trabajos manuales. Individuos curtidos, groseros y hoscos, intrusos en tierra extranjera que permanecen aparte masticando el tabaco que les ha proveído su capataz o fumando pequeños puros marrones que ellos mismos han adquirido, albañiles que se escarban los dientes con una espina como si acabaran de comer. Hombres quienes por la mera brutalidad y el peligro del trabajo que realizan, cobran un salario bastante mejor pagado que la mayoría de las ocupaciones disponibles, pero que cuando llega el fin de semana se lo gastan todo en alcohol, en putas y en largas noches de juerga.
Allí estaba el abajo firmante, junto a aquellos honrados mercenarios llegados desde todos los puntos de la tierra: antiguos traficantes de diamantes provenientes de Senegal, pescadores portugueses, ex marineros rusos, carpinteros alemanes, estibadores croatas y peones albaneses. Estábamos allí, en medio de las montañas, trabajando codo a codo mientras picábamos piedras, bajo un sol vertical que caía a plomo sobre los torsos desnudos brillantes de sudor, y ahogándonos de a ratos en el polvillo que desprendían las mezcladoras de cemento.
A la hora del almuerzo caminamos cuesta arriba por la senda de tierra que conducía a las barracas. Me senté sobre un tablón de madera entre un africano y otro hombre de Armenia, un veterano de la última guerra. Este hombre se llamaba Garnik y había llegado a las montañas para buscarse la vida dos años atrás, luego de vivir un tiempo en el sur de España y varios años después del genocidio de Xocali, una matanza​ de cientos de civiles azerbaiyanos en febrero de 1992 durante la guerra en el sureste del Cáucaso, por parte de las fuerzas armadas de Armenia y Rusia.
Ahora este antiguo guerrero se plantaba en la puerta de la barraca, solitario y extrañamente recatado, mirando por encima de las cabezas de los obreros, y por las noches nos hablaba de los años pasados en el frente, soldado afable, hombre reticente. Había estado en Nagorno Karabaj, donde pelearon hasta que la sangre corrió a litros por las trincheras y las zanjas y las faldas de las colinas, y nos contó cómo explotaban las frágiles cabezas humanas cuando eran alcanzadas y como una vez, apoyado contra un árbol con la pierna destrozada y estirada sobre la tierra, percibió una pausa en el tiroteo que se prolongó en un extraño silencio y cómo en aquel silencio empezó a crecer un rumor grave que él tomó por truenos hasta que apareció una granada de mortero rodando con ruido sobre las piedras como un bolo descarriado y pasó de largo y siguió colina abajo y se perdió de vista. Explicó como habían tomado la región de Kelbajar, un ejército de irregulares que luchaban en harapos y lucían bigotes y mugrientos gorros de lana, y explicó que las balas de las ametralladoras eran de cobre macizo y saltaban por la hierba como soles fugitivos y hasta el ganado aprendió a apartarse o echarse cuerpo a tierra para dejarlas pasar, y contó como las mujeres bajaban de las colinas arrastrando a los heridos y a los muertos y como veían desde allí abajo la batalla y que por las noches, sentados alrededor de un fuego enterrado, podían oír los gemidos de los moribundos a la luz de faroles moviéndose entre ellos como un coche fúnebre salido del limbo.
Agallas no les faltaban a esos azerbaiyanos, dijo el veterano, pero no sabían pelear. Aguantaban como podían. Cuentan que encontraron a algunos encadenados a las cureñas de sus piezas de artillería, incluidos los que se ocupaban de abastecer la munición, pero si fue como dicen yo nunca los vi. Metimos granadas en los cañones y en los cerrojos. Reventamos sus posiciones. Aquellos infelices parecían ratas despellejadas, eran los hombres más blancos que hayan visto nunca. Los que sobrevivieron se tiraron al suelo y empezaron a besarnos los pies y todo. El viejo Samuel los dejó a todos libres. Bueno, es que él no sabía lo que habían hecho. Solo les dijo que nada de robar. Por supuesto robaron todo lo que les cayó en las manos. Azotamos a un par de ellos y los dos se murieron de eso, pero al día siguiente otro grupo robó una vaca y Samuel los hizo colgar allí mismo. De lo cual fallecieron también. En aquel momento nunca imaginé que terminaría aquí metido, trabajando de obrero junto a ustedes. Ha pasado mucho tiempo.
Una breve charla a solas me reveló que aquel hombre era especial. Hablaba español, alemán e inglés con la misma soltura que su lengua materna, el armenio. Garnik era diferente. Hablaba de historia y de geografía, de antiguas culturas, de música clásica y de sitios y lugares sobre los que jamás había yo escuchado antes. Me  contó acerca de la vida en la antigua Unión Soviética, y de su trabajo como profesor de Historia en un pueblo cercano a los Montes Urales llamado Novi Urengói, al norte de Rusia. Me habló del frío que allí pasó, un frío atroz que bajaba de las montañas y se estancaba durante semanas en el horizonte azul, sumiendo al sitio en un letargo de muerte. Cuarenta grados bajo cero significan unos setenta grados bajo el punto de congelación. El hecho se traducía en un frío desagradable, y eso era todo. Allí vivían hombres rudos a quienes les resultaba difícil meditar sobre la susceptibilidad de la criatura humana a las bajas temperaturas, o sobre la fragilidad general del hombre, capaz sólo de vivir dentro de unos límites estrechos de frío y de calor. Cuarenta grados bajo cero significaban  quemaduras por hielo que provocaban dolor, y de la que había que protegerse por medio de manoplas, orejeras, mocasines y calcetines de lana. Aquel punto perdido en el mapa era pues el hogar de un primitivo asentamiento de trabajadores que explotaban yacimientos de gas natural, muy cerca del Círculo Polar Ártico. Él estuvo allí.
Era un hombre bajo y corpulento este Garnik. Sano y robusto, aunque bastante avejentado, de rasgos pronunciados, nariz amplia, con esa piel dura y cuarteada que es el resultado de largos años de exposición al sol y a los vientos. Tenía la cara y los ojos inconfundibles del hombre que ha vivido mucho, con un surco de amargura dibujado a cada lado de la boca; y entonces al instante se me vino a la memoria un fragmento de la novela “Tambores de bronce”, de Jean Larteguy:

“Con la piel más curtida que la mayor parte de sus compañeros, pequeño, de rostro alargado, este Chanda todavía tiene la vitalidad de un animal de campo. Es tímido y reservado, y posee una ligera tristeza que no lo abandona nunca; la tristeza de saber que no regresará nunca a su patria, la certeza de esos viejos pueblos hostigados por invasores que llegaron del norte en oleadas sucesivas”.

Aquel día de verano en las montañas de Suiza había llovido un poco y luego había parado y luego salido nuevamente el sol. En nuestra pausa para el almuerzo y mientras comíamos un rancho frío en la barraca dispuesta para los trabajadores, reinaba una gran paz en los picos de las colinas repartidas allá arriba en semicírculo todo alrededor. El lugar estaba lleno de un suave vapor donde el color del sol aparecía junto al color de la sombra, cosidos los dos juntos en un arcoíris como las franjas de una bandera. El viejo Garnik se apartó un poco y comenzó a cantar sentado una canción en una lengua por mi desconocida. Era un canto popular de su patria, Armenia, y lo entonaba con los dedos de las manos entrelazados, como si rezara, en voz baja y ceremoniosa, pero a la vez con un sentimiento que hacía mucho tiempo no escuchaba. Entonces me acerqué para oír mejor y él me habló en español.
Me duelen los huesos, dijo el veterano.
Me estoy haciendo viejo. No llegues nunca a viejo, muchacho. Muérete joven y fuerte o acabarás como yo. Te lo digo de verdad. Cincuenta y cinco años tengo, y he servido a mi país como un hombre. Primero enseñé Historia, en la Universidad de Ereván, y luego fui soldado en la guerra contra Azerbaiyán. No me queda casi nada y ahora me gano la vida aquí, junto a ti, trabajando de obrero.
Mira cómo será de perra la vida, muchacho.

(Foto: Lee Jeffries)

viernes, 6 de octubre de 2017

Sueños terrestres

Me pasé mucho tiempo buscando situaciones que me ayudaran a emigrar. Me gusta la música que estimula el pensamiento, el cine y la escritura que elevan. Me fascina sentir la liviandad del aire golpeándome la cara y el cuerpo mientras corro, ser Tintín sin su capitán, jugar a ser un espía, o ser Noel Raspeguy, el personaje aventurero de "Los centuriones" de Jean Lateguy, un tipo que decide abandonar su tierra natal para siempre, empeñado en tener una vida excepcional.
Nací intentando irme. Nadie se dio cuenta. Me metieron como a los demás en una jaula y ahí quedé preso durante años aprendiendo obediencia terrestre. Me rebelé contra la prisión de las ideas y las órdenes. Cuando escapé tenía poco más de 17 años y unas ganas locas de romperme la jeta contra la vida. Mis alas estaban entumecidas, casi arruinadas. Me enrolé en la Marina intentando conocer el mundo y allá me mandaron, bien lejos y arriba del mapa. Al poco tiempo me dí cuenta de que el precio que pagaba era demasiado alto. Entregaba mi libertad a cambio de que unos idiotas me dijeran exactamente lo que tenía que hacer.
La educación consiste en la amputación de la capacidad de volar. Educar sirve para cercenar la imaginación, la creatividad, la singularidad, la locura de cada uno. Educar es igualar: dos por dos son cuatro; esto es bueno, esto es malo. Lo diferente molesta, da miedo, se percibe como una amenaza a la grisura, una provocación en un mundo obediente y terrestre.
Cuando fui soldado nunca acepté una vida sin sueños individuales. Y como no podía volar, soñaba que me iba. La milicia es una fábrica para machacar individualismos, un sistema concebido para eclipsar la iniciativa personal. Allí todo funciona dentro de un engranaje: el hombre pasa a ser una pieza que ayuda a mover la maquinaria. Y entonces me fui.
Me gusta la opinión que tiene Perez Reverte, el escritor español, porque trabaja casi siempre sobre un hecho: las mujeres son las únicas que nos pueden enseñar a los hombres a volar.
Tuve el privilegio de tener lo esencial y poder gastar mi tiempo en viajes más o menos interesantes. En el mundo hay gente aplastada por el hambre y la injusticia que sobrevive en una doble cárcel: la que impide volar y la que impide saber que podrías llegar a volar.
Tuve maestros. Mi padre me enseñó a los 14 años dos lecciones capitales: que tenía piernas para correr  y que el aprendizaje para la vida está siempre en los libros importantes. Lo recuerdo corriendo y leyendo, siempre. El resto de las lecciones las aprendí solo, con la mochila al hombro.
Mi padre me enseñó también con el ejemplo, más allá de las palabras dichas, a poner ahí donde se necesita esa virtud que hace diferente a una persona en relación con las demás: la voluntad. Es lo que decía Shakespeare: "El porvenir de un hombre no está en las estrellas, sino en la voluntad y en el dominio de sí mismo".
Y también tuve rescatadoras. Algunas ni siquiera se dieron cuenta de que me rescataban de la vida terrestre. A veces fueron encuentros fugaces, o de meses. Con Montserrat por ejemplo, volé dos años enteros y, de alguna manera, no dejé de volar nunca.
Volar genera inseguridad en los demás. Dicen que la madurez consiste en dejar de pensar que uno es capaz de elevarse, levitar, viajar entre las nubes. Existen mujeres voladoras que se sienten amenazadas por el vuelo de sus amantes, y las que por alguna razón se dejaron atar por una cuerda de miedos que ellas mismas alimentan y miman para que no se rompa.
Tal vez ya nunca tenga certezas terrestres, ni entre mentalmente en una jaula de oro, y quizá cuando muera sea solo cenizas con alas. Quien sabe.
Mientras tanto sigo escuchando la música que me gusta.



domingo, 20 de agosto de 2017

Terrorismo en Europa: la conexión helvética

(Exclusivo para Enlace Crítico)

Hasta ahora, Suiza se ha salvado del terror. Pero esto tiene una lógica: durante décadas, el pequeño país alpino sirvió como un importante centro estratégico y logístico para las organizaciones terroristas.

Un nuevo y serio tropiezo han sufrido los servicios de inteligencia occidentales. Hace cuarenta y ocho horas que el Estado Islámico (DAESH, por su acrónimo en árabe), volvió a golpear con fuerza una capital de la Comunidad Europea. Luego de París, Londres, Bruselas y Berlín, ahora le ha tocado el turno a Barcelona. El último jueves por la noche vimos, en todos los telediarios alrededor del mundo, las imágenes de una furgoneta atropellando a una multitud en La Rambla de Barcelona. Trece muertos y más de cien heridos. El atentado más grave que sufre España desde el 11 de marzo de 2004.
El DAESH ya había amenazado varias veces a España con ataques terroristas, y como punto neurálgico turístico, el riesgo aumentaba probablemente en Barcelona. Hace poco más de cuarenta y ocho horas, esa pesadilla se hizo realidad.
Sin embargo, es demasiado fácil culpar a las autoridades de seguridad por no detener la amenaza terrorista. Esa es justamente una parte de la estrategia de DAESH: abarcar tantos países de Europa como sea posible con amenazas, y confundir así a las fuerzas de seguridad.
El hecho es que, igual que en muchas ciudades europeas, también hay una escena extremista en Barcelona. En 2015, las autoridades españolas ya estaban investigando a los seguidores de DAESH, porque entablaban intercambio y conexión con radicales suizos.
Durante los últimos cinco años, Suiza recibió un gran número de inmigrantes de los estados del Magreb (una región de África del Norte que comprende a los actuales territorios de Marruecos, Túnez y Argelia, aunque más modernamente se incluye también a Mauritania y Libia). 
Según la opinión que nos brindó este último viernes un agente encubierto de un grupo anti-terrorista del ejército suizo, con quien tuvimos la oportunidad de dialogar, "dentro de las fronteras de Suiza hay identificados unos pocos elementos radicales que podrían colaborar con células activas en futuros atentados. Pero esos pocos resultan ser extremistas peligrosos".
Pero ¿por qué los ataques terroristas ocurren en países como Alemania, Francia, España e Inglaterra, mientras que Suiza se mantiene a salvo?
Esta situación tiene una explicación clara. Suiza ha sido un centro de reunión para las organizaciones terroristas durante décadas. Aquí los terroristas pueden descansar y abastecerse, planear y ensayar sus operaciones, con leyes liberales que los protegen y un sistema de inteligencia débil que termina favoreciéndoles, como así también encuentran facilidades para proporcionar dinero y armas a las células activas que ejecutan luego las operaciones terroristas y los atentados sobre el terreno. Por lo tanto, Suiza es cuidada para el terrorismo y siempre se salva por razones estratégicas.
Pero, en cuestiones de seguridad internacional, hay un interrogante muy complicado de resolver para la policía, el ejército y los servicios secretos: ¿cómo luchar contra el terrorismo sin alterar demasiado la vida de los ciudadanos comunes, además de la importancia de que los efectivos estén cada vez más armados y civilmente mezclados en grandes festivales, manifestaciones y conciertos?. La burocracia estatal dice que es primordial preservar a la vez la calma y la normalidad en la rutina de la gente.
Mientras tanto, en la madrugada del sábado, en la localidad costera española de Cambrils (Tarragona), la Guardia Civil y los Mossos de Esquadra han abatido a tiros a un grupo de individuos fuera de la ley, cuyos miembros salieron de un coche armados con cuchillos tras atropellar a varias personas y saltarse un control. Cinco terroristas muertos. Según fuentes policiales, uno de los atacantes abatidos, que respondía al nombre de "Abdul", habría pasado una temporada en Suiza tras su ingreso a Europa, procedente de Argelia.

martes, 1 de agosto de 2017

Francia: el último hogar de los soldados



Cada vez que algún viaje o circunstancia me llevan a París, el abajo firmante aprovecha siempre para dar un paseo por el Hotel de Los Inválidos, aquella extraordinaria y antigua fortaleza militar de piedra color arena, creada en 1670 por orden de Luis XIV, para dar asilo a los viejos soldados inválidos y sin hogar que habían luchado y sangrado por Francia, en infames y olvidadas guerras coloniales que tuvieron lugar en distintos sitios alrededor del mundo.
Visité el castillo por primera vez siendo aún muy joven, un día de invierno, de llovizna y de bruma gris. Yo era cabo de la infantería de Marina y había desembarcado en la ciudad espejada por la lluvia, en una escala de avión rumbo a un campamento de los cascos azules argentinos desplegados en la isla de Chipre. Aquella visita había sido fugaz, pero sirvió para despertar en mí una profunda fascinación.
Regresé por segunda vez ocho años después, mientras intentaba enrolarme en la Legión Extranjera. Hoy, ya retirado de las armas, de la aventura militar y de todo aquello, regreso como un ciudadano civil pero con el mismo y viejo espíritu, con el mismo entusiasmo.
Siempre que llego al castillo (y luego de pasar por el control correspondiente de la guardia militar), se mezclan primero en mi memoria los recuerdos de todo aquello que viví y que leí: mis antiguos jefes de sección y los buenos compañeros charlando en torno al fuego, las noches de juerga en los burdeles, "Los Centuriones" de Jean Larteguy, un vivac improvisado en la montaña, "El húsar" de Pérez Reverte, una ración de campaña en el bolsillo de la mochila, mercenarios europeos peleando en el Congo, una larga marcha por la selva amazónica, un puesto de control en la frontera turca o la foto color sepia de un soldado de treinta y tantos años llamado Silvano Galarza, que luego sería mi abuelo, y que combatió en un desierto perdido en el culo de Sudamérica, luchando en una guerra vieja contra un enemigo invisible, contra la sed y los insectos y la miseria, en medio de una frontera polvorienta y cruel.
Los franceses han tenido el buen gusto de conservar intacto el castillo medieval del cual estoy hablando ahora, y donde además descansan los restos de Napoleón Bonaparte, en una cripta de caoba, ébano y roble.
Los muros del fuerte también contienen al Museo del Ejército, y allí reposan las memorias de cientos de miles de rudos combatientes (la mayoría de origen campesino), que se acuchillaron concienzudamente a lo largo de 200 años, de modo que hoy es posible visitarlo con un libro de Historia en la mano, paso a paso. Así, cada vez que llego al Museo del Ejército en Los Inválidos de París, puedo acompañar a los fantasmas de aquellos soldados desde la batalla de Champigny al asalto de las trincheras del Somme, y seguirlos después en su terrible retirada por las montañas del norte de Vietnam, perseguidos por infantería ligera comunista armada con machetes y fusiles checos que, exasperados por la carnicería, negaban cuartel y no hacían prisioneros. A veces llueve, y entonces camino con un paracaidista británico bajo la lluvia, empapado como él, con la boina bordó hecha una mierda y arrastrando el equipo y las municiones, pasando junto a los canales inundados de Normandía y a los cuerpos del ganado muerto y de sus camaradas heridos. 
Al atardecer observo desde lo alto de una atalaya, a los últimos legionarios empeñados en resistir el asedio de Dien-Bien-Phu (en la vieja colonia de Indochina, hoy llamada Vietnam), moviéndose como hormigas en sus pozos, cada uno con una granada en una mano y el cuchillo entre los dientes, con sus quepis blancos manchados de sangre todavía fresca, sus chaquetas camufladas y sus botas de asalto hundidas en el barro.

Allí puedo asistir también al caos de la retirada alemana de Colmar, en la Alsacia de 1945, y acompañarles por los caminos rurales, donde las maltrechas unidades de la Wehrmacht resistieron las descargas directas de la artillería aliada y el ataque frontal de la infantería, entre los bosques, ríos y canales cercanos a Mulhouse, donde se peleó por cada ladrillo de casa hasta llegar a Cernay, que terminó incendiada. Recorro luego con la vista las miserables posiciones cubiertas de espanto, los caminos embarrados, y me veo pisando la hierba mojada que pisaron aquellos soldados. Me retiro con ellos por el camino de Dijon imaginando a esos muchachos de diecisiete años (alistados a las apuradas un par de meses antes), tras su primer y último combate, huyendo de los fusileros marroquíes que acuchillaban sin piedad a los fugitivos.
Y entonces, en ese melancólico y privado momento de recuerdos militares y lecturas añejas, me detengo conmovido en un rincón, frente a una pintura. Es la representación del honor inútil y del pánico, y a la vez un canto a la amistad, donde se observa a un joven soldado malherido y a su compañero tendiéndole una mano, en un piadoso gesto de solidaridad. Es el “Honor al coraje infeliz”, de Edouard Détaille, una pintura que retrata la derrota, pero a la vez la humanidad.
En ella veo a un soldado francés echado sobre una piedra con la rodilla destrozada, la boca entreabierta y la mirada perdida. Parece un muñeco roto. Yace, solo y desamparado, con la mochila todavía puesta, sobre su propia sangre que comienza a convertirse en un charco, en el ángulo inferior derecho del cuadro. Le han herido en las piernas y sabe que morirá porque no puede seguir marchando. Todavía está lúcido y lo comprende, por eso presenta esa mirada de agotamiento, ese abandono y esa resignación. Está a punto de morir y lo sabe. A su izquierda aparece su compañero, su camarada, tendiéndole algo para intentar consolarlo en su desgracia. Su mirada es contemplativa y bondadosa. Es un soldado muy joven (igual que el herido). Lleva un clarín terciado a la espalda y el fusil cruzado y en apresto, pero aprieta las mandíbulas temiendo la cercanía de la muerte, esa tormenta fría y veloz que en cualquier momento puede arrastrarle a él también. Observo bien el cuadro y casi puedo oír el rechinar de dientes sobre el estrépito de los disparos y el ruido de la batalla. A la izquierda y más arriba (cerrando el cuadro), aparece de espaldas la silueta de un fusilero corpulento con aspecto de sargento, haciendo fuego desde el hombro con su fusil de chispa y su mochila y su gorra roja de granadero de un regimiento de dragones; infantería de línea francesa. Es el ángel que protege a los dos jóvenes guerreros. Pero mi vista siempre termina posada sobre los ojos del herido y de su solidario compañero: han matado y han visto matar. Han ejecutado y vivido en carne propia el acto más antiguo de la humanidad.

Salgo del Museo y camino lentamente sobre las piedras pulidas que conforman la enorme plaza de armas, bajo la marcial mirada del busto de bronce de Napoleón. Para hombres como yo, que llevan la vocación militar pegada a las tripas, Los Inválidos es un sitio que te deja sin aliento. Veo las placas conmemorativas que rodean las galerías superiores, y revivo mentalmente, sobre el suelo adoquinado, las circunstancias de todas las batallas.
Pienso, inevitablemente, en la demagogia estúpida que se niega a aceptar los ángulos de sombra que existen en la Historia y en la cruda condición del hombre: los campos de batalla pueden convertirse también en una extraordinaria escuela de lucidez, de solidaridad y de tolerancia.
Y que me perdonen los defensores de la paz; pero al abajo firmante le parece excelente que jóvenes colegiales en edad de formarse revivan lo que otros jóvenes de otro tiempo tuvieron que afrontar, cuando fueron juguetes de los poderosos, de las banderas y de las fanfarrias, o cuando pelearon generosamente por una fe o una idea. Que aprendan lo que otros dejaron de bueno y de malo, y a menudo de ambas cosas a la vez. Que pisen los inmensos cementerios que hay al final de los caminos alegremente abiertos por bocones y miserables, dispuestos a abrir la caja de sorpresas en su propio beneficio mientras se llenan la boca con palabras como patria, nación, ideología, cultura, raza, iglesia o dios. Pero también que aprendan que los estados, y las naciones, y el ser humano, se han hecho con lucha y con sangre. Que el acontecer de los siglos y sus sobresaltos desataron unos lazos y anudaron otros. Que no somos islas ni pueblos extraños, sino gente cuyos abuelos, y bisabuelos, y tatarabuelos, compartieron sueños, miedos, lluvias y sequías, amores y batallas; acuchillándose unas veces sin piedad, y enamorándose otras de lado a lado del río que algunos pretendían consagrar frontera. Y que de toda esa terrible y maravillosa saga de semen y sangre nacimos siendo lo que somos, fruto de una Historia de la que a veces debemos horrorizarnos y otras sentirnos orgullosos. Pero que es la nuestra.

Todo esto me sucede cada vez que visito el fuerte medieval de Los Inválidos, en París.
La experiencia en un museo de guerra puede ser mala o puede ser buena. Todo depende de quién te guíe por él.

domingo, 2 de julio de 2017

Un credo personal

En este mundo extraño en que vivimos, hecho de caos e incertidumbre, hay una clase de individuo que está listo para responder a la llamada de los desafíos. Un hombre normal con un deseo poco normal de tener éxito. Forjado en la adversidad, en otra etapa formó parte de una élite especial. Allí aprendió a servir y a proteger una forma de vida diferente. Yo soy ese hombre. Mi insignia es un símbolo de valor y patrimonio. La llevo tatuada sobre mi hombro izquierdo. Me ha sido otorgada por los guerreros que me precedieron y encarna la confianza de aquellos que han confiado en mí. Al portar mi insignia acepté la responsabilidad de la profesión y el estilo de vida que había elegido; la abnegación, el peligro, la distancia, el aislamiento y el trabajo duro. Son privilegios que me he ganado cada día. Mi lealtad para con mis ideales es inquebrantable. Serví humildemente como guardián de mis compatriotas, siempre listo para defender a aquellos que no se podían defender. En aquel tiempo de servicio nunca di publicidad a la naturaleza de mi labor ni busqué reconocimiento por mis acciones, porque simplemente no podía hacerlo. Acepté voluntariamente los riesgos inherentes a la profesión y puse el bienestar y la seguridad de los demás por delante de los míos. Serví con honor dentro y fuera del campo de batalla. Allí supe que la capacidad para controlar mis emociones y mis actos, cualquiera que fueran las circunstancias, me hacían diferente al resto de los hombres. Fui un soldado de la Infantería de Marina, nacido desde el mar y proyectado hacia una playa hostil, como en una operación anfibia. Y, aunque haya abandonado aquel mundo, aún sigo siendo un soldado.
De aquel tiempo guardo valiosas enseñanzas que hoy aplico a mi vida diaria. Es mi forma de ver el liderazgo y la excelencia personal, forjada en los desiertos, junglas, ciudades quemadas y océanos del turbio mundo de las operaciones especiales. Mi norma es la inflexible integridad. Mi carácter y mi honor son firmes. Mi vínculo es la palabra.
Espero siempre dirigir y obedecer. Si no hay órdenes tomo el mando, dirijo a mis compañeros de equipo y llevo a cabo la misión. Dirijo en cualquier situación mediante el ejemplo. No renuncio nunca. No me rindo. Persevero y prospero en la adversidad. Compito siempre contra mí mismo, esperando ser mejor cada vez, físicamente más duro y mentalmente más fuerte que mis enemigos. Si me derriban vuelvo a ponerme de pie cada vez que caigo. Recurro a mi fuerza física y a mi inteligencia mental para proteger a mi equipo y cumplir la misión que se nos presenta en el momento. El entrenamiento constante es el pilar donde descansa la base de mi confianza. Nunca huyo de una pelea.
Exijo disciplina. Espero innovación. Mi vida y el éxito de mi misión dependen exclusivamente de mí, de mi contracción al estudio, de mi capacidad técnica, de mi competencia táctica, de mi entrenamiento físico y de mi cuidado del detalle. Mi formación nunca se termina. En otro tiempo me entrené para la guerra. Hoy lucho para vencer. Estoy listo para resistir todo tipo de combates con el fin de cumplir mi misión y las metas marcadas por la planificación. La ejecución de mis obligaciones será rápida y violenta cuando sea preciso, pero guiada por los mismos principios que defiendo: humildad, lealtad e integridad.
Hombres valientes han luchado y muerto construyendo la orgullosa tradición y la dura reputación que hoy estoy obligado a defender. Peleando en las peores condiciones recordaré el legado de mis antiguos, para reforzar la determinación que me guiará silenciosamente a la victoria en cada acción. No fallaré.

viernes, 26 de mayo de 2017

Dos viejos en un bar

El otro día estaba en un bar con unos amigos y frente a la barra había una mesa con dos hombres mayores sentados a ella. Se veían elegantes y noté que hablaban español. Entonces afiné el oído. Comencé a escuchar la charla de aquellos dos tipos por simple curiosidad, para saber lo que decían y si me enteraba de algo. Hablaban de cultura. Ya saben; de libros, de escritores, de historia y cosas así. Y en un momento dado, uno de los  viejos le dice al otro: "Oye, no saquemos ese tema ahora, no busquemos polémica, porque la cultura y la erudición por sí solas no nos hacen mejores personas". Entonces volví a pensar en situaciones que ya había visto antes. En aquella actitud tan cobarde, por ejemplo, de no querer opinar acerca de cierto asunto para no crear polémica. En la miserable posición de no arriesgarse nunca y de conformarse, de quedarse pasivo y tan tranquilo mientras se te viene encima el caos del mundo. Son actitudes despreciables que a veces tienen los seres humanos y que no me gustan para nada. Las detesto.
Y así fue como caí en cuenta de que la confrontación sirve y mucho, simplemente porque la polémica nos brinda una posibilidad única de ejercer nuestro legítimo derecho a expresar lo que pensamos. Eso significa que estamos vivos. Indica que somos seres inteligentes y no animales descerebrados o sometidos al yugo de una manada gregaria. Confrontar con inteligencia es sinónimo de cultura. Es un ejercicio muy útil que sirve para entrenar la cabeza, afinar la mirada y afrontar la vida.
La cultura debería de ser siempre la herramienta de la confrontación. Sirve, por ejemplo, para no gritar cuando se cae un avión. Y pensando en eso me acordé de una anécdota. Un día iba volando de Cuidad de México a Frankfurt. Cuando subí al avión, sabía que se podía caer, porque soy razonablemente culto, como cualquiera con un mínimo de vida y lecturas, y sabía que según la ley de la gravedad las cosas que pesan se caen. A veces se caen. Y cada Titanic tiene su iceberg. Porque he leído, y eso es ser culto: saber que cada Titanic tiene su iceberg o que cada avión se puede caer. Y ese día, volando en ese avión cayó un rayo, y al perder altura la gente empezó a gritar, y yo me dije: "que estupidez, estos idiotas gritando, no sé de qué se sorprenden, si los aviones se caen, ¿qué esperaban? Me voy a morir entre gente gritando, que forma más idiota de morir". ¿Por qué no grité yo? Porque sabía que los aviones se caen, y esos bobos creían de verdad que el avión no se iba a caer nunca. Suben al Titanic pensando que no se va a hundir. Lo creen de verdad. Creen que el auto en el que viajan no se va a estrellar contra el árbol, creen que son inmortales. Y la cultura te permite saber que no lo eres. La cultura da una actitud responsable y madura frente a la vida y la muerte. La parte positiva de la cultura es que, cuando llegan los bárbaros, tú estás en la pequeña biblioteca hecha de libros interesantes que has podido conseguir, apoyado en la ventana, viendo cómo gritan allá abajo los malevos que antes se las daban de guapos, y las vecinas chusmas, y ves cómo las violan, cómo arde Roma, y todo el mundo gritando, y tú dices: "Pero idiotas, ¿qué esperaban? Los bárbaros hacen estas cosas. Si hubieran leído sabrían que tarde o temprano pasan estas cosas". 
Algunos relacionan cultura con algo parecido al estoicismo. Pero se confunden. Es que no es estoicismo, es lucidez, es decir: sé que me voy a morir y lo acepto sin chistar. Punto. He visto países castigados por la guerra, gente muriendo de hambre, crueldad, violencia, y todo eso. Aquello ha sido una escuela magnífica. La guerra es un lugar donde florecen los hijos de puta, pero también es una escuela de lucidez extraordinaria. No hay nada como la guerra para ver lo que es la vida de verdad. No hay nada como ver al ser humano usando la violencia para ver lo que es la vida de verdad. Y me refiero a sitios como México, Perú, Bosnia o la frontera entre Birmania y Tailandia, para que nos vayamos entendiendo. Entonces llegas allí y te dices que tal vez vas a morir, que todos vamos a morir, y lo aceptas con lucidez.
Volviendo a los viejitos del bar. Si aquel señor elegante, sentado frente a mi con las piernas cruzadas, la camisa planchada, la gorra Stetson ladeada sobre la ceja izquierda y saboreando su pinta de Guinness pudiera leer esta nota, le diría lo siguiente, con todo el respeto que se merece: "es verdad señor, un tipo que confronta quizá pueda ser tan pasivo y conformista como un cobarde. O incluso más". 
La polémica no nos hace mejores personas, es verdad, pero en todo caso actúa como un analgésico frente a la epidemia de la estupidez. Nos reconforta, y a veces nos sirve para ser un poco más lúcidos.

viernes, 19 de mayo de 2017

Fronteras

Nunca ha sido fácil cruzar una frontera. Y a menudo cruzarla resulta peligroso. Es algo que puede costarte la vida; para algunos es la barrera entre la vida y la muerte. En Alsacia, Francia, por ejemplo, hay un cementerio lleno de gente que nunca lo logró. Los quemaron apilados como leña, luego de matarlos a palos o en cámaras de gas. Vi ese cementerio con mis propios ojos, nadie me lo contó.
En Bosnia, en el Perú, en Laos o en Cabo Verde  siempre vi lo mismo; personas secuestradas por la violencia de una frontera impuesta por la guerra, diferentes tipos de guerras. Pero a la vez, en aquellos lugares tan dispares entre sí, se repetía a menudo una constante: la esperanza dibujada en forma de sonrisas en la cara de la gente. Entonces me dí cuenta de que todos los seres humanos éramos exactamente iguales entre nosotros, sin importar el color, ni la raza, ni la fe, ni la orientación sexual, ni la geografía.
Las fronteras se protegen casi siempre con armas, y en ellas se exigen documentos para pasar al otro lado. Durante la guerra fría, a toda esa enorme franja de tierra que quedaba entre Polonia (en el oeste), y el Mar de Ojost (en el este), la llamaban "cortina de hierro", porque era una frontera que, más que países, separaba mundos opuestos. 
El Mar Mediterráneo es ahora una gran frontera en la que muchos mueren ahogados al intentar pasar de África a Europa. También sucede lo mismo con los latinoamericanos que se aventuran desde México a EE. UU. Africanos y mexicanos tienen entonces algo en común: son personas que están dispuestas a morir en el mar o en el desierto porque buscan algo. Llevo algún tiempo viéndoles pasar frente a mí; son recuerdos en forma de malas fotos que llevo pegadas en mi memoria. Aquellos pobres infelices que todavía veo al cerrar los ojos: hombres, mujeres y niños trotando, encorvados bajo el implacable sol, una columna irregular como de hormigas, tratando de esquivar las balas de los cazadores de fortuna y las patrullas de la "migra". Vi aquello cuando viví en México, a un paso de los pinches gringos.
He viajado por muchos países, incluidos árabes, asiáticos y africanos. Conocí a mucha gente. De todos ellos he aprendido siempre algo muy básico: la política mal ejercida (igual que la religión), es la peor herramienta de sometimiento inventada por el hombre para obtener el poder. El nacionalismo trae la guerra; y el socialismo la pobreza. 
Aunque sigo conservando mi pasaporte argentino ya no sé muy bien de dónde soy. Dejé de creer en dogmas que antes eran para mi verdades supremas. Mi país, el que hoy me alimenta y me sostiene, lo componen barrios donde la gente habla distintos idiomas, casas de varios colores, el aroma de la comida que me gusta, muchos libros, algunas películas, música de blues y Jazz, algunos objetos que siempre quiero tener a mano, bares, restaurantes, islas como Chipre y Mallorca, el pueblito mexicano de San Pancho, la playita de Xametla, perdida en algún lugar de la costa del Pacífico, personas vivas y muertas, y, por supuesto, algunas mujeres memorables.
Tengo un síndrome llamado “inmigrante crónico”. Su síntoma principal es una sensación de no estar en ningún lado pero a la vez estar en todos. Es la paz y la alegría de saber que solo seré feliz en ese lugar creado por mi propia mente, con todos aquellos sitios, gentes y experiencias que anteriormente conocí, con todos los libros que leí. 
El "síndrome del inmigrante crónico" me libra del flagelo de las fronteras. Es la enfermedad que me salva la vida.
Buen fin de semana.

jueves, 11 de mayo de 2017

Fantasmas del pasado

Gracias a esta fascinante herramienta con que contamos hoy, llamada tecnología, finalmente logré dar con este material donde se ve lo que viví personalmente en la isla de Chipre, durante mi despliegue de 6 meses junto a los cascos azules de la ONU.
En el año 2005, las pequeñas localidades de Denia y Mamari (ubicadas a ambos lados de un valle donde teníamos nuestro puesto de observación y base de patrulla), eran semejantes a otros pequeños pueblos de Chipre situados en las zonas de cultivo: una calle principal con sus tres cafés, su círculo de antiguos combatientes, y algunos almacenes griegos y otros turcos enfrentados mutuamente.
Por todas partes había alambradas que delimitaban campos minados y los musulmanes caminaban deslizándose pegados a las paredes, evitando tropezarse de frente con los cristianos ortodoxos. El odio entre ellos se había vuelto una cosa viva, palpable, y tenía su olor y sus costumbres particulares; por las noches gruñía en las calles desiertas como un perro hambriento. Pero pocos veían eso.
Entre aquellos campesinos civiles y nosotros, soldados de la ONU, había trincheras y puestos militares turcos y griegos, con sus bolsas de arena apiladas sobre las posiciones, sus camiones, sus torres de vigilancia erizadas de altavoces, y sus guerreros equipados con cascos y fusiles, gente convencida y dispuesta a matarse ante la primera provocación del vecino.
Lejos de nuestro país de origen, nosotros habíamos encontrado una patria artificial en la amistad de esos granjeros orgullosos, y en los brazos de aquellas mujeres de ojos almendrados.
Hace algo más de una década estuve allí, trabajando en nombre de una paz que nunca llegó. Porque el conflicto continúa todavía hoy, en silencio, convirtiendo a la capital, Nicosia, en la última ciudad dividida de Europa. 
Tengo la esperanza de que, algún día, en aquel rincón tan hermoso del mundo vuelvan a reinar la calma y la tolerancia verdaderas. Pero siendo muy sincero, realmente no se si eso vaya a suceder alguna vez.
La crueldad y la guerra son las dos únicas formas que, a mi juicio, permiten observar el mundo de manera más clara y objetiva, porque la violencia es el estado natural donde el ser humano se muestra más sincero, más transparente, más vulnerable y a la vez más receptivo. De la maldad se aprende y mucho, porque es la esencia más primitiva y fundamental de todos los individuos, o sea, de todos nosotros.

Este documental es la otra cara de un Chipre que las agencias de turismo nunca van a promocionar, simplemente porque este tipo de historias no vende.


jueves, 27 de abril de 2017

Ciudad del miedo (Ville de peur)


Era un tiempo extraño. Aquella vez regresaba a la ciudad con ganas de vivir y de pasarla bien, pero el sitio tenía ahora un aire distinto. El miedo flotaba en las calles. 
Al final del puente, tomé los muelles en dirección a Saint-Michel, donde rentaba una habitación de hotel barata en la que pasaba las noches. Por la mañana había leído las noticias en los periódicos: otra alerta de atentado en el sector de Champs Élysées. Fanáticos yihadistas dejaron un policía malherido y otro muerto. La paranoia enloquecida de la gente que caminaba de prisa mirando al suelo, y que al escuchar cualquier ruido en la distancia se paraba en seco, pero sin mirar atrás. Grupos de paracaidistas del ejército demasiado nerviosos para sostener un fusil, patrullaban los parques en torno a Notre Dame.
Caminando hacia los muelles, como decía, oí gritos, varias veces repetidos, que subían hacia la calle desde el río. De a ratos se apagaban repentinamente. Luego regresaban. El silencio que seguía en la noche que llegaba me parecía interminable. En un momento me vi temblando, creo que de frío.
Lo que escuchaba, en efecto, eran gritos, pero gritos de alegría que salían de la ciudad. Entonces recordé que esa alegría y esa fiesta estaban amenazadas. Porque entendía que aquel gentío en festejo lo sabía, y que también pudieron leer en los diarios, como yo, que el bacilo del terrorismo no muere ni desaparece nunca, que puede permanecer durante meses y años inclusive, durmiendo en bares y restaurantes. Que está esperando pacientemente en las esquinas, en las estaciones del metro, en los clubes nocturnos, en los aeropuertos, en trenes y en buses, y que cuando llega, para mala suerte y desgracia de los hombres que encuentra a su paso; el terrorismo despierta a sus ratas y las envía a morir en nombre de no se cuantas estupideces, justo en medio de una ciudad feliz.