Es cada vez más frecuente leer en redes sociales, sobre todo en facebook, opiniones de individuos que se creen gurúes de la evolución humana y de la superación personal. Ocurre con el deporte (tan de moda ahora), con la nutrición, con el yoga o con los negocios, entre otros varios etcéteras. Bastardos que mienten a la gente y que bombardean a los lectores con munición barata y sucia. Basura mediática de baja calidad. Dan consejos elaborados sobre cómo enfrentar la vida a través de su "experiencia", pero en realidad son adultos débiles camuflados tras la máscara de impunidad que otorga un ordenador o un teléfono móvil, porque nadie los conoce y se infiltran con rapidez. Y desde esa segura trinchera, calentita y cómoda, con una taza de café humeando al lado y los bizcochos a mano, le dan a la tecla sin vacilar ni arriesgar absolutamente nada, más que perder unas horas de su tiempo emitiendo comunicados inciertos que jamás experimentarán personalmente. Que nuca vivirán en realidad.
Hace unos días estuve leyendo la publicación de uno de estos "valientes de Internet" (en Argentina se reproducen como hongos en el bosque después de la lluvia), que creen que la vida es gratuita y alegre, que los osos en Alaska son simpáticos y mimosines y que el drama se soluciona haciendo el signo de la paz con los dedos en "V", saludando con "namastés" o proponiendo una tregua de besitos con lengua al enemigo gurka que se agazapa dispuesto a acuchillarnos sin piedad.
El anónimo en cuestión escribía con mucha labia (típico de progre), con mucha letra barroca, pero a la vez con esa expresión entre liviana, arrogante y feliz de los mimos. De unos treinta y pico de años y todavía viviendo en casa de su mamá, nuestro progre hacía declaraciones dramáticas acerca de lo opresivo del sistema en que vivimos, y acto seguido advertía: "Te aseguro que la vida fuera de tu entorno te conectará con tu ser interior, y al salir de tu zona de confort serás libre de verdad". Entonces me imaginé al pobre receptor inculto del otro lado, a ese monigote que no filtra ni discrimina, que simplemente traga información embrutecido por la sordidez y la necesidad en las que habita y que, alarmado por la advertencia, vacila en la luz amarillenta de su pocilga infecta, intentando decidir si le conviene o no dar el paso y arriesgar lo conocido, cerrando los ojos, apretando los dientes y reteniendo aire en los pulmones al verse a sí mismo marchando lejos con una mochila al hombro, sin dinero ni contactos ni otra idea más que escapar de la pobreza y la necesidad. Entonces volví a pensar en la misma certeza que tengo siempre: el mundo es un lugar peligroso y lleno de hijos de puta.
Me gustaría ver a ese progre de treinta y pico de años que lanza consignas liberales desde el sillón del living de su casa materna, y que nunca tuvo la necesidad de verse durmiendo al raso, sintiendo el puñetazo de la intemperie en los riñones. Me gustaría saber cual sería su opinión al respecto, si de repente la vida se le tuerce y se ve en la necesidad de emigrar a algún país lejano, o si alguien lo obligara a enrolarse por la fuerza en la Infantería de Marina y marchar a la guerra. ¿Que haría ese tipo?, ¿cómo sería su vida en uno de esos casos?. Pues a continuación me aventuro a elaborar una hipótesis.
Haría marchas a pie de 48 kilómetros al día y viviría de la tierra, de su mochila, aprendiendo lecciones de humildad en campo abierto, formando una columna para comer raciones frías y enlatadas, porque su jefe se aseguraría de que él fuera el último de la fila; respetando un viejo axioma de conducción militar que dice: "los soldados jóvenes siempre se alimentan primero". En las patrullas presenciales y en las operaciones de convoy trabajaría sin descanso ni relevo, durante días, uniendo la luz del sol con la de la luna, y se sentiría tan cansado y hambriento que se arriesgaría a dejar la piel por caer dormido unos instantes en algún agujero enfangado y polvoriento. Aprendería que el animal humano se acostumbra a cualquier cosa si dura lo suficiente.
En territorio hostil realizaría incursiones clandestinas, siempre de noche, y aplicaría la estrategia del fogonazo: atontar a los malos con fuego agresivo y luego machacarlos a base de operaciones psicológicas, imponiendo el argumento de la tribu superior. Se movería con igual sigilo en la madrugada fría y ventosa del desierto, como en la negrura sofocante y húmeda de la selva; y en las sombras proyectadas por la luna llena vería a los francotiradores pintarse la cara con verde de camuflaje. Dormitar de día y velar toda la noche se convertiría en el patrón normal de sus días, y al amanecer, tosiendo y congelado, hundiría la cabeza hasta las orejas en un pasamosntañas como todo desayuno.
Aprendería que el chasquido de las balas puede ser un buen sonido. Indican que van hacia afuera, que son propias, y en cualquier caso que están a una distancia segura; pero que el silbido de la munición es malo, porque suele significar hacia adentro y cerca.
En ese mundo tan distinto, nuestro progre aprendería a avanzar penosamente tres pasos y retroceder otros dos. La vieja, clásica e inmemorial labor de la infantería, poco diferente de como se había practicado en las Malvinas, en Vietnam, en Argelia y más atrás, hasta los tiempos de los griegos y los romanos. Los oficiales insertando carne de cañón y esperando a que los ataquen, para aprovechar la oportunidad y romper al enemigo sobre la línea de contacto.
Nuestro nueva recluta progre aprendería que la zona de confort que más le conviene es ese sillón desde donde ahora mismo ladra, y que lo más probable es que acabe muerto rápida y anónimamente si es arrojado a esa otra realidad que acabo de describir.
Por otra parte vuelvo a pensar en ese pobre diablo de la pocilga infecta, sin dinero ni contactos ni otra idea más que escapar de la pobreza y la necesidad en pos de mejorar su vida, ese que lee a duras penas y que comprende la mitad o directamente no comprende nada, porque tiene hambre, y con hambre no se puede pensar. Y sonrío hacia adentro cuando pienso en él, porque se que tiene chances de sobrevivir, pues la abnegada disposición a morir de los pobres es producto de sus orígenes de clase obrera. Las clases trabajadoras siempre han estado acostumbradas a vidas y reveses duros e injustos. Poseen una identidad menos articulada y narcisista que las élites, y pueden asumir sus egos con mayor facilidad dentro de una orgullosa identidad unitaria, como la que apuntala a un pelotón de fuego, la capa organizativa en la que mejor funcionan los soldados de infantería.
Los conozco bien, porque fueron mis compañeros.
Algunas veces vale la pena mojarse un poco y separar la paja del trigo, distinguir entre la verdad y la mentira de lo que vemos publicado en las redes sociales. Es necesario, a veces, llamar estúpidos a los que se jactan de eruditos, y dar ánimos a los que, en silencio y con heroico estoicismo, luchan por un porvenir mejor.
"Los que pueden, actúan. Los que no pueden y sufren por ello, escriben. El acto de escribir, constituye una de las acciones mas profundas del sentir del ser humano. Ayuda a quemar la grasa del alma"
Ernest Hemingway.
domingo, 21 de octubre de 2018
domingo, 2 de septiembre de 2018
Sobre imberbes y demagogos: en defensa del español
Ocurrió ayer. Como todos los sábados por la tarde, aproveché la
tranquilidad doméstica para apostarme (taza de té a mano), en mi pequeña biblioteca
frente al ordenador atrincherado entre libros, sacudirme el trajín de la
semana, leer actualidad y enterarme de los sucesos sobre los cuales giró el
mundo durante los últimos días.
Abrí, como de costumbre, los portales digitales de "El País" y
el "New York Times", para dirigirme raudamente a sus respectivas
columnas de opinión. Allí, entre otras cosas, leí un editorial de Vargas Llosa
y otro interesante artículo sobre cuánto nos afecta a los seres humanos la
contaminación del aire.
Luego de la lectura exhaustiva de toda aquella rigurosa prensa, decidí
que era un buen momento para distraerme un poco y entonces comencé a navegar
por YouTube. Así fue como di con el video.
Al pulsar "Play" apareció en pantalla la imagen de una chica
argentina frágil y menuda que hablaba de manera extraña defendiendo una especie
de "huelga" estudiantil: pañuelo verde al cuello, el pelo corto estirado
en una melena que apenas le pasaba las orejas, el perfil afilado y tibiamente
masculino de adolescente imberbe y enfermizo que pretende irrumpir con
vehemencia imprudente en el mundo de los adultos, los ojillos cansados por el peso
de la excesiva responsabilidad de comunicar tras unos marcos de lentes
demasiado grandes para su fisonomía, la voz indiscutible de jovencita tierna
que apenas ha dejado de ser niña (no pasaría los diecisiete). Ya saben, lo de
siempre, el típico crío de secundario con ánimos exaltados que sueña con la
vieja y cansada utopía de cambiar el mundo.
Pero la descripción física de esta niña es solo una anécdota que utilizo
narrativamente para abordar lo que en realidad quiero y es objeto de esta nota.
Su forma de hablar.
La cría se expresaba modificando grotescamente en sus palabras las letras
"o" por las "e" y, según me entero por otros artículos, es
ahora moda en Argentina esta forma de lenguaje "inclusivo", que
pretende exaltar el feminismo recalcitrante mediante chantajes y disparates
como éstos, lo cual corrompe el noble idioma español con su estupidez y
demagogia. Es que “utilizar la letra O en textos y discursos nos está
excluyendo como mujeres”, dicen.
Ojalá lean esto esos cretinos (y cretinas), que pretenden establecer
como delito social, con protestas y denuncias, el uso correcto de la lengua;
del español que yo uso para parlamentar y escribir, el mismo que amo y
defiendo.
Sepan los que leen y comprenden esta dulce lengua, que más allá de lo
que digamos ustedes o yo, lo cierto es que el idioma español con que hemos sido
paridos (o castellano, según a quien le quede el poncho), es nuestra verdadera
patria, el pasaporte inmediato que nos acredita identidad alrededor del mundo.
Y al permitir estupideces como el "lenguaje inclusivo", estamos
siendo indiferentes e incapaces de sacar partido a esa patria común
impresionante, variada y poderosa que nos une, formada por 550 millones de
individuos en 23 países cuya verdadera y legítima bandera es "El Quijote"
(y en el caso de Argentina, además, el "Martín Fierro"). Si eso fuera
así, si supiéramos utilizar el sentido común en vez de reventarnos a trompadas
o permitir idioteces como éstas, los gringos nos tendrían verdadero miedo. Lo
malo es que ya nos tienen tomado el pulso y saben que no somos suficiente
enemigo, por nuestra propia estupidez.
Ya los quisiera ver yo a esos críos malcriados que profanan el propio acervo
cultural de su lengua, peleando en un país extranjero para ganarse la vida como
obreros de la construcción, granjeros u operarios de fábrica, mientras cada día,
al enfrentarse a la calle para ganarse el jornal, les apura también la urgencia
de romperse la nariz contra idiomas nuevos y duros como el ruso, el checo o el
alemán, para intentar integrarse en esa nueva cultura que ahora los acoge y les
permite, finalmente y con mucho sacrificio, retomar lentamente la cuesta arriba
hacia el futuro que perdieron en sus tierras de origen.
Pero la culpa no la tienen ellos sino nosotros mismos, los que lo
sabemos y nos hacemos nada, los que habiendo vivido, leído, viajado, escrito y
peleado, sentimos vergüenza de corregir a pequeños imberbes como éstos,
agachando las orejas para que no nos llamen misóginos o machistas. O, por
supuesto, directamente fascistas. Como si tuviera algo que ver ser de
izquierdas o de derechas para maltratar a una mujer. País de cobardes e
inútiles.
En fin. A veces, es cierto, en episodios como los que acabo de narrar,
dan ganas de no abrir nunca más una noticia sobre Argentina; pero no es cosa de
regalar esa satisfacción. Mejor seguir dando palos, peleando por el sentido
común, llamando imbéciles a los que lo son, y estúpidos a quienes creen que por
meter la cabeza en un agujero no se les queda el culo al aire.
miércoles, 1 de agosto de 2018
Con ánimo de ofender
El otro día charlaba por teléfono con mi viejo amigo Oscar Barone,
vecino filántropo de Zarate, amante de las motos y, entre otras cosas,
excelente artista. Cada tanto me tomo el trabajo de hacer este ejercicio (el de
charlar a la distancia con los amigos que aún conservo en la Argentina),
respecto de cómo sigue la cosa por allí, para recordarme a mí mismo de donde
vengo y mantener así la lucidez de que la vida es cruel y de que el ser humano,
además de ser un animal peligroso, es también un hijo de la gran puta.
Entre una charla y otra Oscar me pidió que le diera mi opinión respecto
de un editorial en el que un individuo llamado Santiago Cúneo (que se hace
llamar periodista), habla sobre la situación actual de las Fuerzas Armadas, y
del país en general.
Al ver la nota de este tipo confirmé lo que pienso de mi país hace
bastante tiempo, y volví a recordar una de las grandes causas por las que
decidí emigrar y buscarme la vida en el extranjero, hace ya ocho años.
El editorial es un vídeo editado de unos veinte minutos de duración, en
el que se ve a un hombre (calvo, sombra de barba sobre la cara regordeta,
mediana edad, incipiente obesidad y un tic nervioso que le obliga a apretar los
párpados rítmicamente cada cierto tiempo), lanzando improperios y blasfemando
en arameo en contra de las cúpulas militares argentinas, del presidente de la
nación y de la madre que lo parió, e incitando a la sublevación, al levantamiento
y al motín a oficiales, suboficiales y tropa subordinados a dichas autoridades.
Un tipo ridículo, sin argumento ni inteligencia, aburrido pero, sobre
todo, emitiendo un mensaje peligroso.
En Argentina normalmente se confunde bronca con crítica, rabia con
revolución; Y eso no puede ser así. Los argentinos somos furibundos por
naturaleza. Somos un país violento por razones históricas, políticas y
sociales. Pero una cosa es la calentura visceral y otra muy distinta la
incitación impune al desorden.
La bronca de un “periodista” no lleva a ninguna parte si no va
acompañada de un análisis crítico, de un debate intelectual, de un razonamiento
organizado, sistemático y eficaz. Y este hombre no posee esas virtudes. Al
escucharlo me doy cuenta de que no tiene la preparación necesaria para abordar
este análisis. Su mensaje queda flotando entre la bronca contenida, el pugilato
visceral contra la situación a la que se opone, y una violencia desmedida sin
sentido común. Es el mismo insulto viejo y estéril que me tocó escuchar durante
siete años contra el gobierno de turno cuando fui militar. Creo que la opinión
de este individuo no aporta una solución inteligente a este nuevo problema (y
digo nuevo sumando los otros viejos problemas), que afectan al país.
A los argentinos nos han manipulado mucho y tantas veces, que hasta de
lo que podemos estar orgullosos lo utilizamos como arma arrojadiza, como
elemento de discordia y confrontación. Somos gente de trinchera, de barricada.
Somos el "conmigo o contra mí". Somos de boca o somos de river,
radicales o peronistas. El argentino es muy consecuente con sus amores y con
sus odios. Sobre todo con sus odios. Porque resulta que el argentino odia mucho
más de lo que ama, es decir; siempre vota más en contra que a favor. Desconfía
siempre de casi todo, y por eso se permite creer en mensajes viscerales como
éste.
El problema que afecta nuevamente hoy a la Argentina es viejísimo como
la historia misma: la puja entre la oligarquía y la clase obrera. La creciente
deuda externa (una vez más). El recorte salarial. El menosprecio al esfuerzo
del trabajador. Pero esto no es nuevo. Ha pasado muchas veces y el problema
vuelve porque Argentina es un drama cíclico que termina siempre estancado en un
mismo punto: empantanado en su enferma y carcomida clase política.
Yo lo viví de primera mano. Nadie me lo contó. Lo sufrí en carne propia
durante diez años cuando era un joven soldado que creía en la subordinación y
en el honor, en los ideales de valor, de patria, de soberanía y de unidad nacional.
Y todo eso estalló en mil pedazos cuando choqué de frente con una realidad
difícil de asimilar: la corrupción institucionalizada, el abandono, la
cobardía, el desprestigio sistemático hacia los voluntarios que decidieron
entregar su juventud en aras de un ideal. La ausencia de valores morales.
El problema es que en Argentina hay mucha incultura. No se lee lo
suficiente ni se intenta siquiera comprender que es lo que sucede. El país está
gobernado por los mismos desde hace mucho tiempo, porque en realidad no existe
ninguna diferencia entre Kirchner o Macri, entre Menem o Alfonsín, entre
Onganía o Videla... o entre los múltiples mandatos del mismo Perón, porque al
final, él mismo era siempre la misma persona. Por eso digo que siempre son los
mismos: la asquerosa condición humana.
Yo pienso que todo el problema de Argentina es un problema de educación.
Los políticos no son más que una manifestación pública, el síntoma de una
enfermedad llamada "nosotros". El conformismo, la incultura, el cainismo,
la vileza, la envidia; eso somos nosotros, los argentinos. El político no es
más que nuestra manifestación exterior. La oficialización de nuestra esencia.
Y esa ignorancia de lo que somos y de lo que fuimos nos hace caer, por ejemplo,
en las estupideces que se leen cada día en las redes sociales. Como últimamente
se ha puesto de moda venerar a un excombatiente de Malvinas de apellido
Poltronieri (y que es verdad, el tipo protagonizó sin saberlo una gran hazaña
cubriendo la retirada de sus compañeros bajo fuego enemigo), olvidando que fue
un soldado que hizo exactamente lo que tenía que hacer y nada más; combatir.
Prácticamente en todos los países del
mundo (por no decir todos, pues hay algunos que no cuentan con Fuerzas
Armadas), la vida militar es una actividad amarga, anónima y sumamente ingrata.
Esto es así porque así debe de ser. Desde los imperios bélicos hasta los sometidos coloniales, la vida del soldado siempre ha sido
solitaria y nunca bien reconocida. Pero hay dos puntos de inflexión en este
asunto que hacen la diferencia. Se llaman tradición guerrera y cultura de la
honra. Inglaterra tiene eso, por ejemplo. Esos soldados británicos y anónimos
(o mercenarios al servicio de la reina), son enviados a zonas de conflicto con
sus trescientos veinte años de tradición militar a cuestas peleando alrededor
del mundo, con precisión y crueldad. Y cuando regresan a casa los aplauden y
los honran colectivamente o de manera individual, si se lo merecen. Luego se
mezclan con los ciudadanos comunes de la sociedad y ya está, algunos siguen la
vida y mueren de viejos, pero siempre conservan el orgullo y el reconocimiento
de haber sido soldados. En Argentina sucede todo lo contrario. No es un país
con tradición guerrera y la honra o el "honor" son palabras vacías
que no existen en realidad, porque la gente las repite estúpidamente y no tiene
ni idea de lo que significa. Por eso en el país donde me tocó nacer se sigue
mascullando la bronca de combates que se libraron hace 30 o 40 años,
transmitiendo la discordia de generación en generación. Los soldados
profesionales de países con tradición bélica (y en este caso me refiero a
soldados englobando a todos por igual, a cuadros junto a la tropa, voluntarios
o forzados), van a la guerra sin pasión y sin odio, porque saben que combatir
es su profesión y ya está, y que cuando termina ese combate perderán amigos y
con los que quedan embarcarán en el siguiente puerto y sangrarán todos juntos
de nuevo en otro punto del planeta, y que así será por el resto de los siglos,
en el futuro. En mi país no se comprende esto y nunca se comprenderá, llamando
"chicos de la guerra" a soldados que simplemente cumplieron con su
trabajo, confundiendo honor con resentimiento o sentimentalismo y mezclando
patriotismo verdadero con el aliento a un equipo de fútbol, enfundados
en una puta bandera. Hay cientos de poltronieris analfabetos a lo largo de la
historia argentina que sostuvieron la ametralladora mientras cubrían la
retirada de sus camaradas, el asunto es que nunca nadie los ve, y solamente
salen a la luz cuando les conviene a algunos imbéciles que precisan de sangre
fresca y joven para jactarse de patriotas y respetuosos de la jodida memoria.
Argentina está empantanada en un barrial del que no saldrá en mucho tiempo, si
es que sale. Al menos yo no lo voy a ver. Esa publicación "honrando a un
héroe de la patria", es simplemente propaganda. Basura mediática para consumo de un
bar de analfabetos virtuales.
Entonces pienso que más allá de la gestión política de turno que manda
el destino del país, el problema de Argentina es un problema de cultura. Y no
me refiero a la pseudocultura en el sentido del diseño, del cine, de la música
o el teatro. Me refiero a la cultura de verdad; al conocimiento de la propia
memoria, de la historia, de los mecanismos sociales y políticos.
Eso es en realidad lo que fabrica ciudadanos críticos, porque un
individuo educado en esa actitud tiene mecanismos de defensa sólidos. Así se
puede pelear. Se puede combatir.
En fin. Así se puede cambiar el mundo asumiendo una actitud estoica; sin
gritar, sin disparar una sola munición, sin seguir a ningún imbécil ni arrojar ninguna piedra.
sábado, 23 de junio de 2018
Una incursión en el norte de África
(Sebastian Galarza para Enlace Crítico. Puerto de Tánger. Marruecos)
El barco que tres veces por día sale desde la punta de Tarifa (España)
rumbo al puerto de Tánger (en Marruecos), navegó unos sesenta minutos sobre el
mar que conservaba un aspecto de lámina
aceitosa azul oscuro. A popa solo distinguíamos la estela de espuma
blanca que dejaba atrás el gigantesco motor al cortar el agua, el vuelo rasante
y chillón de las gaviotas y un horizonte a la vez lejano, líquido y movedizo que
se perdía de vista, invitando a imaginar las arenas de la costa. En esas aguas,
que se adensan y prolongan hacia norte y sur, se unen un mar y un océano; Mediterráneo
y Atlántico se hermanan a punta de viento y oleaje. Aguas bravas y altivas que
los romanos llamaron "Mare Nostrum" y los egipcios "el Gran
Verde", y que han sido motivo central de comercio, de historias y relatos desde
el poniente de Europa hasta el levante del norte africano.
Tocamos puerto poco después del mediodía. Antes de desembarcar
escuchamos por radio las últimas novedades en idioma español:
-Más
de un centenar de migrantes han sido rescatados durante esta madrugada en aguas
internacionales frente a las costas de Libia. Navegan a bordo del Aquarius
rumbo al puerto español de Valencia. Hay muertos. Médicos sin fronteras
atienden a los heridos.-
Los dos policías vestidos de civil que controlaban documentos se
retorcieron incómodos en sus asientos cuando leyeron la palabra “Press” en mi
declaración de aduana. Siempre resulta molesto un periodista husmeando en
lugares donde se ocultan cosas.
Caminamos por la rue de la Marine y subimos las escaleras
por las que se accede desde el zoco (nombre que en los
países árabes se le da al mercado en una plaza u otro lugar al aire libre) hasta el
Continental, un hotel que se levanta sobre la antigua sede de la Aduana y en el
que durante los años de entre guerras se alojaron diplomáticos, intelectuales,
políticos y espías.
Caminábamos sin
prisas descubriendo lugares, el cámara español David Vilches y el arriba
firmante en misión periodística, pero a la vez disfrutando del paseo. Buscábamos
entrevistar a alguien dispuesto a contar alguna historia de migrantes, de gente
común que se juega la vida aventurándose en el mar para llegar a Europa.
Me sentía bien en
Tánger. Tenía la costumbre de moverme por territorios de límites imprecisos, y
esa ciudad era uno de ellos. El ambiente local me resultaba tan familiar como
la frontera entre México y Estados Unidos o la línea turbulenta que separa
Chipre entre turcos y griegos. Era un ambiente en el que me sentía cómodo,
anónimo, clandestino e impune. Por azar, necesidad táctica o placer personal,
había pasado algunos años de mi vida frecuentando sitios parecidos: bares y
cantinas sudamericanas, callejones oscuros de Guatemala, tabernas, puestos
fronterizos y prostíbulos del Mediterráneo oriental. Atento siempre a los
gestos, las palabras, las conversaciones. Aprendiendo lecciones útiles para la
vida y la supervivencia. Por eso me movía con idéntica soltura en el Hotel
Europa de San Sebastian o el “Des Mines” de París que en el Cerro del Cuatro de
Guadalajara, entre las cucarachas de una pensión bonaerense argentina o en un
burdel de Nicosia. Incluidos ambientes en los que convenía averiguar dónde
estaba la puerta de salida antes de pedir una botella, y bebérsela echando un
vistazo prudente por encima del hombro.
Estaba en esos
pensamientos cuando me topé con una ciudad fascinante de estatus internacional.
Un sitio que daba lugar al comercio, al tráfico de armas, de mujeres, de estupefacientes.
Era el lugar perfecto en donde
ambientar una novela de espías. Recordé entonces al Lorenzo Falcó de don Arturo
Pérez Reverte, aquel personaje oscuro, vital y aventurero que protagoniza las
letras de sus últimas historias.
Es que las cosas nunca han sido del todo tranquilas en esa ciudad fronteriza
donde todo se mezcla.
Bajo el sol, en las callejas y terrazas, el viento agitaba las chilabas
de los hombres y los velos de las mujeres que caminaban hacia la Medina.
Estaban en pleno Ramadán; el ayuno diario que realizan los creyentes de la fe
musulmana cada noveno mes del calendario, desde el alba hasta que se pone el
sol.
Como dije, accedimos
a la ciudad
vieja desde la Medina, subiendo por las calles inundadas de covachas y
comercios de alfombras.
Las tiendas se apretaban en los callejones y los
mercaderes barbudos vendían babuchas junto a camisetas de Cristiano Ronaldo y
Leo Messi. Antes, en tiempos de la guerra, en ese mundo espiaban desde los
limpiabotas hasta las putas. El olor a Kif y a desinfectante se apretaba ahora con
el del humo del tabaco. Avanzábamos abriéndonos paso a través de un mundo
exótico. Nuestra primera incursión en el norte de África.
En 1937, en esos mismos locales por donde ahora pasábamos nosotros rozando
las paredes, se atraía a los viandantes con un farol rojo en el dintel y donde
moros, prostitutas y legionarios franceses de quepis blancos bebían matarratas
y fumaban Kif, la mezcla de la marihuana con el hachís.
Rodeamos una muralla e ingresamos en un establecimiento atiborrado de chucherías
y baratijas coloridas. Alfombras y zapatos colgando del techo, cuchillos corvos
de hoja lisa, cimitarras, grandes pipas de fumar, platería, dátiles secos…un
vendedor callejero ofreciendo droga a hurtadillas. Allí, medio escondido, aguardaba
nuestro contacto.
Un viejo de barba y túnica blanca, tocado con un gorro a la usanza
marroquí nos condujo por el callejón hasta una puerta pequeña. Entonces apareció
Aladino. Alto, delgado, con su ropaje largo y marrón que le llegaba hasta los
pies, el cráneo rapado y la mirada tranquila, su sonrisa desdentada y los
zapatos puntiagudos que me hicieron recordar a ese mago de los cuentos que vive
en una lámpara.
Le conté acerca de nuestra misión en la ciudad y me dijo que, si
teníamos suerte, tal vez encontraríamos a alguien que quisiera hablar del tema.
Nos explicó que en Tánger todo era relativo y que nada era seguro salvo que el
sol se ponía por el oeste.
Aladino nos sugirió entonces confraternizar con gente local para dar con
alguien dispuesto a hablar acerca de cómo se cruza el mar y se ingresa
ilegalmente en Europa. Nos invitó a visitar un Hammam.
En la tradición de los países árabes, se llama Hammam al baño público: una
sauna segregada cuidadosamente separando a los hombres de las mujeres. Es un
lugar antiguo que no solo cubre funciones de descanso e higiene, sino que
también constituye un recinto de reunión social y política, donde se urden
intrigas y se organizan conspiraciones.
Bajo el añoso techo de ladrillo mordido aquí y allá por manchas de
verdín (una superficie abovedada similar a las cavas mexicanas donde se reposa
el tequila), yacían hombres jóvenes y fuertes junto a débiles ancianos sentados
o recostados todos ellos sobre el suelo y bancas de mármol. Hacía mucho calor y
un vapor espeso inundaba la estancia. Un moro flaco y fibroso, de aspecto recio,
con el torso descubierto, descalzo y vestido con un pantalón corto cargaba agua
caliente en cubetas plásticas color negro. Cada hombre tomaba una cubeta y se echaba
el agua sobre el cuerpo para luego ir a estirarse directamente sobre el suelo
resbaladizo y espejado por el vapor.
Sentado en un
rincón sobre una plancha de mármol, estaba un anciano encorvado que tenía un
ancla azul y desteñida tatuada en el antebrazo izquierdo. Se llamaba Alí y era
un veterano de la última guerra.
– Salaam
Alaikum- le dije-. Que la paz esté contigo.
Era un anciano
duro. Guerrillero del frente Polisario que en 1975 intentó liberar al pueblo
saharaui de la opresión marroquí. Un viejo apergaminado, de dientes gastados,
el cráneo reluciente y la mirada desafiante. Me invitó a sentarme junto a él.
-
Hablo cinco
idiomas. Herencia colonial- dijo.
-
¿Eres
español?- preguntó.
-
No. Soy
argentino.-
-
Pues
hablaremos castellano.-
-
Cuénteme
como fue aquello-
-
Éramos
pocos y nos movíamos de noche. Cuando nos sentíamos más débiles que el enemigo
o habíamos sufrido muchas bajas, nos separábamos en pequeños grupos y volvíamos
a reunirnos en el desierto. El Sáhara es grande. Alhamd lilah. Gracias a
Dios.-
-
Hábleme de
la sed-
-
La sed te
hace ver cosas que no existen. En el desierto es como la muerte: en algún
momento les llega a todos.-
-
¿Qué le
pasó en el brazo?
-
Una
granada. Fue en 1975, cerca de Tindouf. Tenía hambre y había mucho viento.
Cuando tiré me falló la mano. Mala suerte.-
-
¿Y qué pasó
después?
-
El viaje de
regreso bajo la lluvia. El desierto pasando rápido bajo las ruedas del jeep. Mi
boca que tiembla. La fiebre. La sed. El barco de la cruz roja en el puerto de
Marsella. El hospital de Tánger.
-
Shukram, gracias- le dije.
-
Beslama, adiós.- dijo el viejo.
Salimos del Hammam
y el aire exterior olía a una mezcla de sal marina, basura rancia en descomposición
y resina de pino. En las calles que rodean la parte vieja, y que dan paso al
puerto o las murallas, se concentraban sonidos, olores, conversaciones. En las
casas de comida que desembocan en la Medina había olor a parrilla moruna y
especias. Algunas tenían la mano de Fatma en el dintel de la puerta y en
el interior mesas grasientas llenas de comensales a esa hora de la tarde.
Aladino nos condujo
a un restaurante mugriento, a medio terminar, con bolsas de cemento apiladas
una sobre la otra que hacían las veces de mostrador improvisado. Nos sentamos a
una mesa bajo sombrillas de plástico y miramos alrededor: ningún occidental más que nosotros, nada de turistas ni extranjeros. Trozos de pollo empalados
en pinchos, pimientos, caldos que se estaban cociendo, carnes que nadaban en
salsas oscuras, difundían un olor cálido, sabroso y aromático. Comimos hasta el
hartazgo y al levantarnos de allí, el sol comenzaba a declinar.
Se oyó un Al-lah
Akbar lejano y prolongado en la distancia. Desde lo alto de un minarete
llegaba el canto del muecín de una mezquita: la oración del crepúsculo.
Ese día no pudo ser
lo de la entrevista con los migrantes. No dimos con ninguno. Se nos escurrían
por los callejones como los gatos escuálidos que abundan en Tánger. Temían la caza
de brujas lanzada por la policía, que los empuja a malvivir como ratas en
cuevas infectas.
Nos despedimos de
Aladino con un abrazo luego de pagarle sus servicios de traductor frente al
puerto de los pescadores. Tensas las cadenas de fondeo, los barcos anclados en
la bahía apuntaban sus proas al viento.
Shukram, gracias- dijo Aladino.- Yo también ser
hombre de la calle. Jefe, yo buscarme la vida.-
sábado, 9 de junio de 2018
Ingrata herencia
Lo experimenté algunas veces viviendo en el extranjero, especialmente en
países de América Latina. En algunas ocasiones me tocó pagar el precio de
portar mi pasaporte color azul. Ser argentino fuera de Argentina es una suerte
o una maldición. Sin decirte nada y para sus adentros, la gente te ama o te odia, te facilita el
camino o te cierra la puerta, te da la mano o te rechaza. No hay términos medios.
No hay grises. Es así de radical, de inexorable, de intenso. Y esta es una
opinión muy personal, oigan, simplemente lo que yo he vivido. Lo aclaro para
que luego no anden algunos rasgándose las vestiduras y acusándome de hipócrita,
de cobarde o no sé de cuantas estupideces más. Es “experiencia de vida”, que le
dicen.
Mi teoría acerca de Argentina es que sobre nosotros pesan dos grandes
caracteres: el español y el italiano. Y ese carácter, desgraciadamente, está
desequilibrado en favor del español, es decir, pesa más el español que el
italiano. El italiano tiene naturalmente incorporado el arte de
"arrangiarsi", como dicen ellos, y que significa "conformarse
con lo que se tiene". Es un ciudadano más sabio, más lúcido, más
conciliador y paciente. Pero el español es otro asunto. Es un tipo que pone
etiquetas a las cosas o problemas, que elige casi siempre el "conmigo o
contra mí", que predica "todo lo tuyo es malo y en mi bando no hay
ningún defecto". Ese radicalismo es muy español. Es ese carácter el que
llevó, por ejemplo, a aquella cruenta y estúpida guerra civil que desangró a
España durante tres largos años (1936-1939).
La cuestión es que en Argentina pesa más el español que el italiano, y
su hubiera un mayor equilibrio entre esas dos genéticas, quizás mi patria sería
un país mucho más habitable.
Por eso es imposible reparar la grieta que separa esos "dos
bandos" de los que tanto se habla últimamente. Es muy difícil construir
una sociedad democrática cuando se piensa así, confrontando siempre y sin
sentido, practicando el pugilato visceral contra todo el que se opone, eligiendo
siempre la violencia desmedida sin sentido común. Un ejemplo burdo y simple:
negarle toda virtud al equipo de fútbol contrario y adjudicarle al propio equipo
todos los aciertos es, a parte de estúpido, suicida. Además de que es mentira.
En Argentina siempre hubo una "futbolización" de la política. Y
digo bien; desde siempre. Cuando uno va a una cancha a ver algún partido, los
fanáticos cantan a sus rivales lo mismo que en los mítines y comités de
banderías políticas (redefiniendo la palabra “rival”, que en el argot
fanático-futbolero o partidario de mi país equivale a enemigo): "no
existís, fulano, no existís". Eso se traduce en una intolerancia profunda,
en un rechazo sin lógica ni objetividad. La estupidez en una de sus más claras
expresiones.
Por razones complejas de índole histórico, social o político, Argentina
es un país con una gran infelicidad general, donde nos han hecho muchas cosas
sucias y nos han deformado y hecho pagar precios muy altos por muchas cosas. Por
eso al argentino no le interesa ver a su adversario convencido, sino más bien
exterminado. No quiere que su rival conviva ni discuta con él, sino que
pretende degollarlo, que no exista, borrar su memoria, su familia, su huella,
sus monumentos, su nombre de las calles, descolgar sus retratos o sus fotos de las
galerías y de los anales de la historia. El argentino busca arrasar
sencillamente con todo aquello que se le oponga, sin que el sentido común valga
una mierda. Ese impulso primitivo, visceral y cainita es muy argentino,
desgraciadamente. Y lo digo yo que soy argentino y que me considero un tipo
medianamente culto, que ha leído algo, que ha viajado por países en conflicto y
que ha visto relativamente el mundo. En España es igual.
Entonces, como digo, todo lo anteriormente descripto es muy español y,
por herencia genética, también muy argentino. Ese negar al adversario cualquier
posibilidad, cualquier virtud o acierto es tan argentino que me aterra y me
hace comprender porque en el extranjero nos ven así. Por eso es muy útil ver el
problema desde afuera, porque desde una prudente distancia se aprecia mejor el
asunto. La cercanía es miope, mientras que la distancia aclara la mirada.
Voy a dar un ejemplo claro. En Roma, Italia, caminas por la calle y ves
edificios magníficos, con fachadas hermosas sobre las cuales se ven números y
frases que dicen así: “Año II del fascismo”, o “SPQR (Senatus Populus Quorum
Romanum-El senado es el pueblo de Roma-)”; y a los italianos les importa un
carajo que ese edificio lo haya construido Mussolini, el Emperador Tiberio o la
madre que lo parió. Es un buen edificio y listo. La gente entra y sale y nadie
se preocupa por subir allí con una escalera a quitar, tachar o cincelar la
inscripción que ahí arriba figura. Respetan la historia como corresponde porque
así fue como ocurrió; con sus aciertos, errores, vilezas o decencias.
Expresiones, al fin, de la grandeza o la decadencia humana. Y los italianos
aceptan todo eso como es. Ni más ni menos.
En Argentina o en España en cambio, son capaces de hasta demoler el
edificio o derribar una estatua (como ya lo han hecho, en efecto, con una
imagen de Cristóbal Colón que estaba ubicada hasta el año 2013 detrás de la
Casa Rosada, sede del gobierno en Buenos Aires), simplemente porque no
comparten las ideas o acciones del infeliz de turno que realizó tal o cual
acción.
Allí radica la diferencia genética. El italiano puede convivir con su
memoria perfectamente, tiene ese arte, esa naturaleza práctica; mientras que el
español necesita, visceralmente, destruir aquello que se le opone, que está en
el bando opuesto.
Y así es Argentina. Carga con esa herencia genética del enfrentamiento
sin razón.
sábado, 19 de mayo de 2018
Un reportero
Lo conocí el año pasado en Basilea, Suiza.
Es un hombre que arriesga la vida por su trabajo: Kurt Pelda viaja a zonas de guerra e informa directamente desde el frente. Recientemente transmitió desde Alepo, Siria, donde, de acuerdo con el presidente Al Assad, la "madre de todas las batallas" se está librando.
Lo hace solo, bajo su propio riesgo, porque ningún editor podría asumir la responsabilidad de un reportero como Kurt Pelda en el frente. Recientemente, el periodista de guerra de 53 años estuvo en la zona de combate y ha regresado a Suiza con feroces y controvertidas imágenes filmadas en Alepo.
"Voy a donde la gente necesita apoyo, donde los civiles son asesinados por miles. Creo que es importante que veamos de primera mano lo que está sucediendo allí ", dice Kurt.
Pelda cree que también puede contribuir a "una buena causa". Esto puede sonar ingenuo para algunos, incluso hasta poco profesional. Pero Kurt es un profesional. Durante muchos años fue corresponsal en África del NZZ (Neuer Zuercher Zeitung, uno de los periódicos más importantes de Zurich), y desde entonces es periodista independiente para varios medios.
Durante más de 28 años, este reportero con domicilio en Basilea, que obtuvo un doctorado en economía, viaja frecuentemente como corresponsal de primera línea a los teatros de operaciones bélicas en cualquier parte del mundo, casi siempre documentando el bando de los insurgentes que se oponen a los dictadores. Al hacerlo, Pelda no cierra los ojos a los crímenes de guerra cometidos por los rebeldes. Por ejemplo, informa sobre los asesinatos de prisioneros a manos de insurgentes en el conflicto sirio actual.
El siguiente enlace es un informe de la televisión suiza sobre la vida profesional y privada de un periodista de guerra.
domingo, 29 de abril de 2018
Los desertores de Córcega
Me lo contó el viejo Hans en la cocina de su casa, en Suiza, una tarde de invierno mientras tomábamos unas grapas junto al fuego.
El capitán de este relato nunca supo quién diablos era Hemingway, ni tampoco le importaba.
Era un hombre que tenía dos oficios para ganarse la vida: uno legal y el otro clandestino. De día y cuando el clima le dejaba, era pescador; uno de esos tipos de piel tostada y camiseta agujereada que deambulan por los mercados de los puertos los domingos por la mañana, negociando sus botines de sardinas y atunes. Por las noches y sin ausentarse nunca, era contrabandista de whisky y licor desde Córcega a Cerdeña. Navegaba siempre, contra vientos, olas y mareas.
Su lancha y él habían visto de todo: el mar golpeando de verdad, cuando
Dios se pone loco, el viento helado que muerde la piel cuando atraviesa una
mala ropa de lana, y esos atardeceres rojos en el Mediterráneo, que son un espectáculo
después de una larga jornada de faena bajo el sol, porque ayuda a descansar la
vista en ese espejo de paz.
Era un italiano de unos 50 años y fumador de tabaco fuerte. Tenía la
piel curtida como lija de carpintero, el pelo canoso y corto, y los ojos color
del mar. Le gustaban las mujeres fáciles y los hoteles baratos, los buenos
alcoholes, estar rodeado de sus compañeros y, sobre todo, le gustaba su barca,
que se llamaba Pietro, igual que él.
Era uno de esos italianos duros, sin apellido y
sin pasado, que deambulan por los muelles de los puertos provinciales.
El hecho ocurrió en 1962.
Esa noche de junio, el capitán Pietro preparaba su barca para zarpar desde la orilla francesa del Estrecho de Bonifacio rumbo al sur, a Cerdeña, Italia.
El hecho ocurrió en 1962.
Esa noche de junio, el capitán Pietro preparaba su barca para zarpar desde la orilla francesa del Estrecho de Bonifacio rumbo al sur, a Cerdeña, Italia.
El mar era un salpicón de piedras que salían de entre las crestas
canosas de las olas, despeinadas cada tanto por rachas de viento de fuerza
siete. Era una de esas noches a las que hasta los piratas rudos temen, porque saben
que la furia despiadada del agua puede romper de repente el timón, dejando sin
gobierno la embarcación a merced de los vientos excitados, como si fuera un
juguete de madera de once metros de eslora.
Junto al capitán de aquel barco iba Hans, aprendiz de marinero, un joven suizo soñador y artista de 25 años, de pectorales anchos y complexión recia, que tenía la sed de aventuras pegada a los huesos, y los rasgos regulares pero sin finura de los mercenarios italianos del renacimiento, que eran mitad bandidos, mitad campesinos.
Junto al capitán de aquel barco iba Hans, aprendiz de marinero, un joven suizo soñador y artista de 25 años, de pectorales anchos y complexión recia, que tenía la sed de aventuras pegada a los huesos, y los rasgos regulares pero sin finura de los mercenarios italianos del renacimiento, que eran mitad bandidos, mitad campesinos.
Cerca de las veintitrés horas, desde las entrañas de la noche y bajo la
lluvia, aparecieron tres hombres que negociaron unos instantes con Pietro, y que
luego treparon a la lancha dando un salto ágil, por la banda de estribor.
Hablaban una lengua tosca que gravitaba entre el francés y el alemán, y Hans
reconoció enseguida esa jerga familiar: un austriaco y dos alemanes.
Eran soldados de la Legión Extranjera Francesa que habían desertado de su cuartel y venían escapando. Lo hacían huyendo de las durísimas condiciones de la vida legionaria, más penosas aún en las calientes arenas, desiertos y montañas de Argelia, donde habían combatido.
Eran hombres desesperados, náufragos de un pasado oscuro, enfrentados a un futuro incierto, pero con la esperanza compartida de alcanzar costas italianas, y aquella libertad tan soñada que les otorgaría el anonimato.
Eran soldados de la Legión Extranjera Francesa que habían desertado de su cuartel y venían escapando. Lo hacían huyendo de las durísimas condiciones de la vida legionaria, más penosas aún en las calientes arenas, desiertos y montañas de Argelia, donde habían combatido.
Eran hombres desesperados, náufragos de un pasado oscuro, enfrentados a un futuro incierto, pero con la esperanza compartida de alcanzar costas italianas, y aquella libertad tan soñada que les otorgaría el anonimato.
El destino buscado era Santa Teresa di Gallura, un puerto de mar en el norte de la
Isla italiana de Cerdeña.
Navegarían con rumbo sur por el Estrecho de Bonifacio, que es una pintoresca lengua de agua de once kilómetros de largo, junto a las islas Lavezzi, y que parte en dos la tierra, separando la norteña y francesa Córcega de la italiana Cerdeña. Un faro aislado marcaba el peligro al sur de las Lavezzi, y a la bocana del puerto regresaban, rezagados, unos pequeños y desvalidos pesqueros, intentando poco a poco y entre olas de diez metros, ganar el abrigo de las piedras.
Navegarían con rumbo sur por el Estrecho de Bonifacio, que es una pintoresca lengua de agua de once kilómetros de largo, junto a las islas Lavezzi, y que parte en dos la tierra, separando la norteña y francesa Córcega de la italiana Cerdeña. Un faro aislado marcaba el peligro al sur de las Lavezzi, y a la bocana del puerto regresaban, rezagados, unos pequeños y desvalidos pesqueros, intentando poco a poco y entre olas de diez metros, ganar el abrigo de las piedras.
Zarparon aquel día al filo de la media noche, a pesar de la fuerte marejada que
resultaba incómoda, porque el viento de fuerza seis preñaba la quilla y los
empujaba por la proa, hacia atrás.
Penetraron en la noche vacilantes y minúsculos, aquellos cinco
compañeros que el azar había juntado, a bordo de la lancha “Pietro”, que se
perdía entre montañas de agua y pulverizaciones de espuma.
Iban los dos tripulantes maniobrando la barca a brazo partido, azotada
de costado por olas desgreñadas y locas, que intentaban hacerles perder el
control.
El pasaje iba formado por esos tres gitanos rubios que llevaban el pelo cortado al rape, y que habían contratado los servicios del capitán con el deseo de evadirse de la isla de Córcega, de las guerras coloniales, de las penurias del desierto y de la Legión Extranjera.
Se supo luego que los hombres habían servido en un regimiento de paracaidistas con asiento en Calvi, que eran dos soldados rasos y un cabo primero, y que habían sido llevados y traídos por todos los rincones de Argelia, combatiendo y perdiendo junto al honor de aquel ejército derrotado, antes de subir por la pasarela de un barco de vapor en la rada de Mers-el-Kebir, que era el último enclave francés en la Argelia de 1962. Desembarcaron vencidos en Córcega, y ahora escapaban hacia el sur.
El pasaje iba formado por esos tres gitanos rubios que llevaban el pelo cortado al rape, y que habían contratado los servicios del capitán con el deseo de evadirse de la isla de Córcega, de las guerras coloniales, de las penurias del desierto y de la Legión Extranjera.
Se supo luego que los hombres habían servido en un regimiento de paracaidistas con asiento en Calvi, que eran dos soldados rasos y un cabo primero, y que habían sido llevados y traídos por todos los rincones de Argelia, combatiendo y perdiendo junto al honor de aquel ejército derrotado, antes de subir por la pasarela de un barco de vapor en la rada de Mers-el-Kebir, que era el último enclave francés en la Argelia de 1962. Desembarcaron vencidos en Córcega, y ahora escapaban hacia el sur.
En ese tiempo, y al igual que ahora, se ingresaba por un mínimo de cinco
años en la Legión Extranjera, y el período de servicio en la guerra era de dos.
Pero esa noche iban navegando a través de aquel mar de mil demonios convertidos en desertores, después de haber rodado por medio mundo jugándose la vida por Francia en ultramar, y luego de partirse el hígado en todos los bares desde el norte de Marruecos a Marsella. Escapaban aquellos gitanos rubios con la piel cubierta de tatuajes azules, de cicatrices hechas por la sífilis y de batallas pegadas al cuerpo y al corazón.
Pero esa noche iban navegando a través de aquel mar de mil demonios convertidos en desertores, después de haber rodado por medio mundo jugándose la vida por Francia en ultramar, y luego de partirse el hígado en todos los bares desde el norte de Marruecos a Marsella. Escapaban aquellos gitanos rubios con la piel cubierta de tatuajes azules, de cicatrices hechas por la sífilis y de batallas pegadas al cuerpo y al corazón.
El capitán y su aprendiz ponían toda su energía en la lucha contra aquel
violento estrecho de Bonifacio (que los tragaba de a ratos en múltiples y
continuos temporales), enderezando poco a poco la proa de la lancha para evitar
naufragar bajo el peso de la espuma.
Antes de ingresar en las pequeñas caletas de piedra que bordean la costa
norte de Cerdeña, debieron evadir las luces de los guardacostas italianos que
patrullaban la zona, con los motores apagados y la caña de emergencia lista
para emprender la fuga.
Ya habituados a la oscuridad y al brutal movimiento de
la lancha, permanecieron así y allí, entablando conversaciones en voz baja.
Tenían el vientre pegado al casco de la barca, y oían con las tripas los ruidos del mar que les subía a través del cuerpo hasta el entendimiento.
El viaje, que en condiciones normales debían haberlo hecho en poco menos de dos horas, había durado más de cinco en aquella madrugada tenebrosa, y, desviándose más de veinte kilómetros, por fin tocaron tierra firme en un peñasco de piedra en los alrededores de Santa Teresa. Todavía era de noche.
Tenían el vientre pegado al casco de la barca, y oían con las tripas los ruidos del mar que les subía a través del cuerpo hasta el entendimiento.
El viaje, que en condiciones normales debían haberlo hecho en poco menos de dos horas, había durado más de cinco en aquella madrugada tenebrosa, y, desviándose más de veinte kilómetros, por fin tocaron tierra firme en un peñasco de piedra en los alrededores de Santa Teresa. Todavía era de noche.
Los tres desertores arrojaron sus mochilas por la borda, y saltaron a
tierra con esa misma agilidad de gatos con la que habían embarcado. Hablaron
poco y antes de partir, uno de los tres gigantes rubios sacó una botella de su
morral y la compartió con sus camaradas. Pietro y Hans los vieron desde la
barca.
Aquellos viejos soldados no renovarían nunca más su alistamiento. Se les
habían acabado las batallas y las aventuras. Se les había acabado la Legión.
Destaparon la botella de alcohol barato y simbólicamente respiraron el olor a la cerveza de sus países: Alemania y Austria, donde iban
a volver.
Pagaron el resto del dinero acordado en francos franceses, y engullidos por la opacidad de la noche que se entreabría y se cerraba
como una cortina sin pliegues, se perdieron para siempre en la negrura de un
camino sardo.
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