"Los que pueden, actúan. Los que no pueden y sufren por ello, escriben. El acto de escribir, constituye una de las acciones mas profundas del sentir del ser humano. Ayuda a quemar la grasa del alma"

Ernest Hemingway.

viernes, 4 de enero de 2019

Budapest: crónica desde la antigua Cortina de Hierro

Su pelo estaba revuelto y era totalmente gris. Su barba también. Llevaba la ropa ajada y rota en las rodillas y los codos y se veía cansado y sucio; la cara reluciente de grasa, típica de los mendigos de cualquier lugar del mundo que se debaten entre cartones y mantas, peleando de madrugada con las ratas sobre el suelo duro y helado. Estaba sentado, aquel anciano, viendo a la gente patinar sobre el hielo, cantando suavemente en su lengua materna y balanceándose hacia adelante y atrás como un rabino que recita la Torá. El hombre aparecía solo, sobre el banco de un parque cualquiera a orillas del Danubio; allí donde las aguas marrones y una geografía caprichosa separan en dos la enorme planicie llamada Pest de los antiguos castillos de Buda, y dan vida a una ciudad a la vez cosmopolita y decadente llamada Budapest.



Interrogué al hombre viejo y a otros peatones sobre la dirección que buscaba, pues la mayoría de los carteles de monumen
tos, calles y lugares emblemáticos estaban escritos únicamente en húngaro, y no lograba comprender nada. Me miraban sin gastar siquiera una sonrisa de amabilidad y me respondían en húngaro. Se encogían de hombros y continuaban su camino, o seguían sentados viendo pasar los tranvías frente al haz de sol que les bañaba la cara. Tuve la sensación de que sabían hablar inglés, pero que les interesaba un carajo hacer el esfuerzo de comunicarse. Tenían esa mirada de indiferencia que parecía decir “haz tú el esfuerzo de entenderme a mí, cabrón”. Entonces pensé que no les faltaba razón, y menos si uno mira hacia atrás en la Historia y descubre todos los esfuerzos que esa gente se ha visto obligada a hacer durante demasiados años. 
Allí, en la capital de Hungría, antigua frontera occidental del bloque soviético, enclavada en el núcleo central de Europa, junto al río Danubio que aspira hacia el Mar Negro desde Alemania, se dibujaba frente a mí un terreno ondulado lleno de colinas y de bosques, con más de siete siglos de antigüedad y que había sufrido innumerables conquistas y destrucciones. Me resultó inevitable que mi primera impresión de la ciudad girara en torno al gran río, los puentes monumentales que lo cruzaban y la solemne estampa del Parlamento. El esplendor de ese escenario inicial resumía buena parte del encanto de la ciudad, de su decadente atmósfera imperial y de un carisma que ha sobrevivido a todos los horrores que la acecharon, ya desde la antigüedad con las invasiones tártaras del siglo XIII, la ocupación otomana durante siglo y medio o el posterior dominio austriaco. Pero muy en especial a lo largo del siglo XX, pues en Budapest dejaron su huella reciente las dos guerras mundiales, el Holocausto judío, la Revolución de 1956, la invasión soviética y cuarenta años de dictadura comunista. Toda esa carga marcó para siempre el carácter de su gente.



El anciano mendigo tenía libros al pie de su camastro y una insignia metálica con la hoz y el martillo prendida a un bolsillo de su abrigo. Pero ¿quién era él? ¿Un simple nostálgico del comunismo? ¿Un marinero rezagado del Partido Bolchevique? ¿Un místico? ¿Un adicto? ¿Un turista naufragado hace años? ¿Un aventurero? Era imposible saberlo.
Levanté mi gorra de lana descubriéndome la cabeza para saludar cuando pasé frente a él, golpeando mis pies contra el suelo para combatir el frío, viendo a otros mendigos igualmente cansados, agrietados por el viento y con los vientres vacíos de rancho caliente durante meses, mientras pedían caridad arrodillados en las esquinas de aquella hermosa ciudad europea.
Yo iba caminando por la Avenida Andrássy. Tenía tres días para recorrer la ciudad en busca de historias de gente común que vivió bajo la dictadura comunista; un peregrinaje narrativo a lo largo de una frontera invisible que hoy es imaginaria, pero que hasta hace pocas décadas se llamó cortina de hierro, y que fue real y brutal.
Caminar por países nuevos es habitar un estado de asombro diario. Así que el viejo mendigo del parque, con sus libros rojos y su insignia soviética prendida a la chaqueta no fue realmente una sorpresa para mí. Tampoco lo sobresalté. El no me vio, pues estaba perdido en su mundo; balanceándose y cantando en su idioma. Él ni siquiera abrió los ojos.
Miré hacia atrás.
El edificio gris ocupaba toda una esquina hasta la mitad de la cuadra. En el número 60 de la avenida Andrássy surgió frente a mí el antiguo cuartel de la Policía de Seguridad Política del Partido Comunista Húngaro ( hoy convertido en museo); el famoso e infame AVO.
El 17 de enero de 1945, mientras el sitio de Budapest todavía estaba en marcha, los comunistas nombraron a Gábor Peter (un aprendiz de sastre), para dirigir el Servicio de Información Política al estilo soviético. Con sus mismos métodos de secuestro, represión, tortura y eliminación sistemática de opositores, el AVO era una policía similar a la GESTAPO alemana. En un tiempo relativamente corto, esos elementos especiales establecieron una temida y notoria organización cuya principal responsabilidad era rastrear a opositores del régimen y llevarlos a juicio, considerando a civiles comunes como criminales de guerra. Para estas tareas, el AVO utilizó las herramientas de la persecución y el terrorismo de estado.
Los oficiales del AVO húngaro eran entrenados en una academia especial ubicada en Budapest (por agentes tácticos venidos desde Tirgo Mures, Rumania), donde básicamente se les enseñaba el “método Dzherzhinsky” ( llamado así en honor al padre del “Terror Rojo”, Félix Dzherzhinsky, creador de la “Cheka” en 1917, la policía secreta de Lenin que después se convertiría en el KGB). La doctrina de esa academia se resumía a algo muy simple pero brutal; tener odio despiadado contra los enemigos de la clase obrera y eliminarlos a toda costa, utilizando técnicas metódicas, disciplinadas e implacables. Se les enseñaba, por ejemplo, a aplicar “el interruptor”; una técnica que consiste en colocar los dos dedos pulgares a cada lado del cuello de un enemigo y presionar, muy fuerte, sobre la arteria carótida del infeliz cautivo. Quince segundos de esa presión provoca un desmayo. Un minuto, la muerte. Utilizaban este método luego de “ablandar” al detenido mediante brutales palizas con porras o a puño limpio, e instigaban terror psicológico en el prisionero provocándole involuntarias evacuaciones de vientre o vejiga, o desvanecimientos perfectamente calculados y controlados por los interrogadores. Eran matones profesionales. Su arte era la violencia.
Placas con fotografías de prisioneros rodeaban la fachada del muro. Un monumento con cadenas herrumbradas recordaba la asfixia de los años bajo la cortina de hierro, y un tanque soviético T-34 aparecía estacionado para siempre dentro del edificio a modo de recordatorio, de que alguna vez en esas calles se combatió casa por casa y granja por granja, entre minas anti-persona o trampas explosivas que acechaban a todos por igual; soldados, obreros, campesinos o niños. Dispositivos mortales que yacían en silencio esperando a que alguien saltase alguna tapia para saquear un almacén o una casa, empujado por el hambre, y terminase volando por los aires con los pies despedazados en medio de gritos y un solo estallido sordo.



Ingresé en aquella fortaleza cuadrada y levanté la vista. Miles de carpetas con archivos colgaban en ordenadas estanterías; cientos y cientos de nombres de quienes fueron sospechosos de conspirar contra el régimen. Vidas anónimas silenciadas y resumidas a números, tinta y papel.




Un monumento de piedra que enaltecía a los “valerosos soldados de la revolución” dominaba la entrada al sótano y a las cámaras de tortura. 



La sugerente propaganda política se reflejaba en afiches que destacaban al soldado, al obrero y al campesino, como constructores de un mundo nuevo y perfecto. Estampas de hombres fuertes, sólidos y fiables, con antebrazos de acero y miradas decididas que apuntaban hacia un horizonte socialista claro y definitivo. La vieja utopía de la felicidad masiva. Ovejas marchando alegremente al matadero popular.


Ingresé en una pequeña oficina. El cuarto se había detenido en el tiempo hacía 60 años. Un escritorio de madera oscura, un calentador a vapor y una lámpara de lectura sobre la mesa. Simple y básico pero efectivo, como el fusil Kalashnikov. El despacho del asesor soviético, el comisario político; un individuo tenebroso y omnipotente sobre el que recaía todo el poder; inteligencia militar, deportaciones, control de la economía, de la atención sanitaria, la educación, la comida, el transporte y las comunicaciones. Absolutamente todo se manejaba desde allí, al pie de un retrato de Stalin y entre libros de doctrina marxista. El último asesor soviético abandonó ese pequeño recinto en 1989, tras cuarenta años de dictadura. 


En los países donde el Ejército Rojo expulsó a los nazis, la Unión Soviética forzó un tipo de asentamiento socialista destinado a la población civil que allí vivía. La cortina de hierro era una enorme frontera que comenzaba en el noroeste de la antigua DDR (Deutsche Demokratische Republik, Alemania Oriental), y terminaba en el sudoeste de Bulgaria. Era una frontera herméticamente cerrada y asegurada con minas terrestres, donde la población civil vivía literalmente atrapada. La mayoría de la gente optaba por no correr riesgos y no intentaba traspasarla. Pero aquellos que, no obstante, trataron de hacerlo, tuvieron que considerar, en el mejor de los casos, un largo tiempo en prisión acusados de traición a la clase obrera. La famosa dictadura del proletariado. Justicia popular, deportación o muerte. O, muchas veces, directamente lo último. Pero también hubo algunos que decidieron lanzarse a la aventura de cruzar la frontera y lo lograron, mientras que otros hicieron lo mismo y encontraron la muerte en los campos minados, recibieron disparos mientras huían o fueron capturados y ejecutados sumariamente en el mismo lugar.
En Hungría, los partidos políticos fueron abolidos y se introdujo un sistema de partido único. La mayoría de las organizaciones sociales y las sociedades fueron prohibidas, y solo los seguidores del Partido Obrero Húngaro gozaron de representación política. Cada línea, teoría, o punto de vista que no se ajustaba a la doctrina del partido se consideraba hostil y se debía erradicar. El marxismo-leninismo y estalinismo extendió sus tentáculos sobre la economía, la vida cultural, la educación y la vida cotidiana en general. El gobierno parlamentario dejó de existir al igual que los debates políticos.
El mayor líder del comunismo húngaro fue Mátyás Rákosi, el “sabio consejero”, como se hacía llamar. El principal alumno húngaro de Stalin gobernó el Estado con disciplina espartana y la vida diaria se militarizó; un país entero atrapado en una psicosis de guerra. Los comunistas cambiaron la constitución, declarando a Hungría como República Popular. Abolieron la propiedad privada y, como en todo resto de la Unión Soviética, introdujeron una economía centralizada y planificada que pronto llevó al país a la bancarrota. La escasez se convirtió en un rasgo económico permanente. Las estanterías de las tiendas estaban vacías y la gente se veía obligada a esperar en largas filas durante horas, bajo la nieve del invierno o bajo el sol vertical del verano; el pan o el azúcar, los huevos o la manteca. La dignidad se escapaba como el agua entre los dedos, junto a la esperanza de una vida mejor. Sólo algunos soldados, campesinos u obreros afiliados al partido gozaban en ocasiones de ventajas económicas mejores, comúnmente luego de realizar trabajos “especiales” impuestos por sus capitanes o comisarios políticos. Normalmente esas tareas consistían en delatar a desertores o posibles conspiradores. El terror siempre proyectaba su sombra sobre la vida cotidiana.
Veía todo aquello mientras recorría lentamente los calabozos, bunkers y habitaciones enrejadas, aisladas con placas acústicas para amortiguar los gritos de los prisioneros que eran torturados hasta la muerte. Reflexioné un instante y me dije a mi mismo que aquel sitio podría ser muy similar a los sótanos de la ESMA que conocí en Buenos Aires, o a los calabozos de las bases navales del interior de la Argentina donde alguna vez me tocó trabajar. Entonces reafirmé, con serena certeza, mi vieja convicción de que todos los regímenes totalitarios tienen la misma e infame raíz; la puerca condición humana. En esos agujeros húmedos de la capital de Hungría comprobé una vez más que el mundo es un lugar peligroso dominado siempre por los mismos hijos de puta; inescrupulosos que hacen de la barbarie y del sometimiento un arte organizado, sistemático y metódico, y que el mal puede tomar diversas formas, fronteras o banderas, pero que siempre termina oliendo igual: a sudor rancio de prisionero, a miedo, a orines y a mierda.

Cuando salí del sótano de la Avenida Andrássy ya era casi de noche, y las luces amarillas que se iban encendiendo a través de la ciudad le daban al sitio un aspecto de cuento. Un pálido disco de sol se había deslizado bajo una grieta en las nubes de tormenta, y durante unos minutos todo brilló con luz eléctrica. Haces de oro y plata rociaron la avenida, encendiendo las cúpulas de los edificios que se extendían en filas alineadas hasta el borde del mundo. Pasó un tranvía y miré mi reloj. Dieciséis con quince minutos. El hielo de una charca crujió bajo mi bota y tragué un aire tan frío, fino y metálico que me cortó la garganta como cuchillas de afeitar. Volví a golpear mis pies contra la tierra dura como el hierro, y comencé a remontar la calle en aquel paisaje anochecido, soplándome las manos para infundirme calor rumbo al refugio del hotel.


Las calles de Budapest, con su historia retumbando de esquina a esquina como ecos silenciosos, parecían susurrar palabras que podrían ser: doble ocupación, dictaduras, nazismo, Unión Soviética, resistencia, ansias de libertad. Palabras que crean en el visitante una sensación contradictoria, de terror y de heroísmo a la vez, de esperanza y desesperación.
Hay que desnudar los sentidos para notar eso, porque la modernidad caló fuerte en la ciudad, llena de zonas con terrazas y bares vintage, festivales, foodtrucks, y lugares donde calentarse contra el frío de finales de diciembre.
Pero aún así, en Budapest es posible sentir todavía el dolor de sus fantasmas.


domingo, 9 de diciembre de 2018

Un refugio en Buenos Aires

Buenos Aires lleva el nombre tácito de "París del sur". Y es verdad, pues su arquitectura de fachadas señoriales, sus elegantes cúpulas verdosas y su clasicismo propios del Gran Siglo, seducen al visitante y lo transportan en el tiempo a la ilusión de una Francia a la vez lejana, imaginaria, elegante y seductora.
Pero Buenos Aires además tiene otra cara, como todo, y cuando la caminas o convives en ella observas que es también una ciudad desalmada y grosera, martirizada bajo los neumáticos de miles de conductores insolidarios y ruidosos. Cortes de calles, protestas, policías que trafican con todo y que conviven con tenderos ilegales que venden hasta sus almas para poder regresar a casa con algo de puchero que arrimar a la cazuela. Las putas malogradas de Plaza Miserere. La Avenida Pueyrredón con sus borrachos de siempre esperando el milagro acodados sobre el mostrador de “El Escorial”. Predicadores evangélicos vociferantes que intentan, sin éxito alguno, salvar del infierno a pequeños granujas que menudean estupefacientes enfundados en ropa de gimnasia. Los recuerdo a todos ellos; tan nítidos y coloridos como fotos en secuencia indeleble.
Hace diez años, cuando vivía en Zarate, el abajo firmante iba mucho a Buenos Aires porque me gustaba ver el bullicio de la ciudad. Disfrutaba viendo los reflejos de luz de las vidrieras y escaparates en el asfalto húmedo de las avenidas, en pleno mes de julio cuando el viento inexorable de la sudestada barría las veredas y el implacable azote te cortaba la cara. La gente saliendo por la boca del subte a los empujones con abrigo y bufanda. Los mozos trabajando en los cafés; pulcramente uniformados con aquellas camisas blancas y chalecos negros suyos, peinados a la gomina, tan elegantes y aplomados en medio de aquel desmadre que parecían actores de cine, o muñequitos de torta.
En aquel tiempo, o sea, en 2008, la ciudad tenía un jefe de gobierno que luego fue presidente del país. Un tipo flaco y con cara de buen chico que, como todos los políticos que gobernaron la Argentina, comenzó amable, con promesas de dignidad y toda la parafernalia, y que ahora es sufrido a diario por muchos ciudadanos en sus carnes y sentimientos. Sin embargo, pese a dirigentes sin escrúpulos, a la mala leche de algunos y a otros elementos que amenazan con afearla, a Buenos Aires no han conseguido quitarle todos sus encantos.
Esos lugares encantadores suelen ser trincheras solitarias, aisladas y perdidas en medio del caótico combate que se libra en la ciudad. Y es eso lo que hoy voy contarles; sobre una de esas pequeñas reservas indias, uno de esos bastiones que resisten más o menos victoriosamente el embate de la ordinariez, la estupidez y la codicia, y aún ofrecen refugio a las gentes de buena voluntad. Hace diez años se contaba todavía, gracias a Dios o a quien carajo sea, con la Librería de Ávila.
Anoche, mientras rebuscaba un texto de espías entre los libros de mi biblioteca, me reencontré con un ejemplar viejo y con olor a sótano; una de esas afiladas y sabias dagas que tanto me gustan. Ahora que en el centro de Europa vienen las frías y nubladas mañanas de domingo, cuando las ramas desnudas de los árboles dejan que el sol se filtre y caliente la hojarasca caída, y los puestos pintados de gris donde venden castañas calientes se escalonan calle arriba, acostumbro a quedarme en casa releyendo libros de segunda mano; naufragios de bibliotecas y saldos condenados al exilio que las editoriales arrojan como restos mortales entre resacas de tinta y papel. Así me reencontré con este viejo libro de Jean Larteguy, y recordé que lo había adquirido por unas pocas monedas en la Librería de Ávila.
Si el viajero que llega a Buenos Aires es uno de esos felices contaminados por el virus singular, incurable, que se adquiere al tocar las páginas de un libro viejo, uno de sus itinerarios obligados se iniciará en el barrio de Monserrat, con un cortado sobre las viejas mesas de mármol y madera del café Tortoni, a esa hora en que hay pocos clientes y los mozos, entre bostezo y bostezo, hojean el diario junto a la registradora y al mostrador con medialunas. Luego, tras saludar en silencio a todos los venerables fantasmas que acechan entre aquellas paredes elegantes y espejos señoriales, el viajero bajará en dirección al río acompañado por uno de ellos (tal vez Borges, Gardel, Storni o cualquier otro) hacia el Cabildo y la Plaza de Mayo, y bordeando esta última, sin prisas, caminará por la calle Bolívar para luego, torciendo levemente a la izquierda, bajar por Alsina deteniéndose frente al puesto de libros que allí aguardan, a que un afortunado poseedor les dé calor, utilidad y vida.
Y tal vez, si ese día el buen fantasma de turno le sonríe por encima del hombro, el paseante hallará, con un ligero sobresalto de placer emocionado, ese volumen nuevo o amarillento como el mío, ese título que busca, que intuye o que espera, destinado a él desde que alguien, quizá muerto hace siglos, lo imaginó y escribió en la soledad de un estudio, en una mugrienta pensión o en la mesa de un café, antes de darlo a la imprenta como quien pone un mensaje dentro de una botella capaz de recorrer el curso del tiempo.
Después, con su botín maravilloso bien apretado contra el pecho, el paseante agradecerá solemnemente al hombre encorvado que lo mira desde atrás del mostrador; un anciano librero con lentes de marco metálico, un sabio de guardapolvo o chaqueta azul con los bigotes y los dedos amarillentos por tantos años de nicotina y café, que se calienta al amor de una estufa eléctrica. Un hombre viejo como sus libros, pero metódico e implacable como un filósofo alemán.
Así era hace diez años la Librería de Ávila; tal vez uno de los últimos recintos antiguos, sabios y lúcidos que todavía funcionan en Buenos Aires.
Pues nada. Que había encontrado este librito revolviendo mi estantería y quise contarles sobre aquel rincón en que lo compré; un lugar que fue mi trinchera y mi oasis en aquella jungla de cemento y estupidez. Allí solía encontrar indulgentes ancianos, pacientes asesores y corteses combatientes contra la ignorancia. 
En fin. Cultos compañeros de aventura.



sábado, 17 de noviembre de 2018

Déjenlos en paz


Escribo esto cuando se cumple un año y dos días de la desaparición del submarino ARA San Juan de la Armada Argentina, en algún lugar del Océano Atlántico Sur, mientras navegaba cumpliendo una misión naval desde su puerto de origen, en Ushuaia, rumbo a su destino final, Mar del Plata, al que nunca llegó. Ayer, felizmente, han hallado la nave.
Desde el momento en que se informó sobre su desaparición, hubo en Argentina una abundante ración de reacciones y declaraciones pintorescas por parte de políticos, tertulianos de bar y ciudadanos comunes, particulares en general, que enviaban sus mensajes a la prensa o a las redes sociales. Porque es extraño que en Argentina alguien relacione el silencio con el respeto y la honra a los muertos, y mucho menos si esos muertos son militares que han dado la vida por su país. Nadie guardó silencio; ni por falta de opinión formada, ni por perplejidad, ni por prudencia. Todos opinaron por las dudas, como siempre suele ocurrir en cualquier tema, porque lo más habitual es que el argentino se llene primero la boca (o mejor dicho; los muros del facebook), con una verborragia rápida y vehemente antes de reflexionar. Esto lo digo en general, oigan, porque siempre hay excepciones.
No será el abajo firmante, por tanto, quien lance otra opinión o pedido de justicia respecto de la suerte que corrieron el submarino y su tripulación, pues yo mismo fui miembro de la Armada durante 11 años (y asumía serenamente mi trabajo como una actividad riesgosa, en la que existía riesgo de padecer accidentes relacionados a esos menesteres), lo cual me convierte en camarada directo de los caídos, y considero que un silencio elegante a distancia prudente, lacónico y estoico, es la mejor ofrenda que puedo depositar, a modo de epitafio, sobre las tumbas simbólicas de mis antiguos hermanos de armas. Porque simplemente han muerto cumpliendo con su deber y nada más. A mucha honra. Punto.  
Pero acerca de lo que si he de opinar en esta nota, es sobre la epidemia de hipocresía, banalidad, incultura y estupidez que sufre ahora mismo la sociedad del país donde me tocó nacer.
Entre las declaraciones pintorescas de nuestros compatriotas algunas destacan por su cretinismo y mala leche, antiguas enfermedades que misteriosamente y desde hace varias décadas, se han hecho epidémicas entre la falsa izquierda que nos rodea. Por ejemplo; hay quienes por un lado se rasgan las vestiduras clamando justicia y exigendo conocer quien dio la orden de zarpada del buque en esas condiciones, y por el otro lado desprestigian al mismo tiempo a los marinos jóvenes, haciéndoles responsables de esas viejas e históricas rencillas sociales que ellos mismos (por juventud o  tiempo cronológico), no han llegado a vivir. Otros directamente escupen y se ciscan sobre la memoria de la desgraciada tripulación. 
Varias veces lo viví en carne propia, nadie me lo contó. Escenas de irrespeto y maltrato verbal hacia el uniforme mientras viajaba en tren o en transporte público interurbano por la provincia de Buenos Aires; como aquel episodio vivido junto a mi camarada y amigo Santiago Trutali, una helada noche de julio a bordo del expreso nocturno que cubría el trayecto Bahía Blanca-Constitución. Un par de sujetos de aspecto innoble, tosco y  vulgar nos habían abordado en un vagón de segunda clase (largas filas de asientos de madera, luz mortecina y amarillenta, el viento aullando y colándose por todos los burletes), increpándonos al grito de "milicos de mierda", mientras se mofaban de nuestro corte de pelo (nuca rapada a cero y arriba un cepillo cortado a número dos), típico de los infantes de marina. Entonces no nos quedó otra opción que hacer justicia por mano propia, porque no éramos precisamente dos samaritanos acostumbrados a practicar el arte de "poner la otra mejilla", y en un instante nos vimos ajustando cuentas con aquel par de zafios bastardos, combatiendo espalda contra espalda mientras empalmábamos puñetazos en corto, un pugilato visceral contra todo lo que se nos cruzaba enfrente. En aquella pelea apenas tuvimos tiempo de mirar dónde les habíamos dado. Era un caiga quien caiga, seguir adelante y que el diablo reconozca a los suyos. 
Este episodio que acabo de narrar es el reflejo de la imagen que tiene cierto sector de la sociedad argentina sobre las Fuerzas Armadas, como si esa actitud hostil para con sus soldados los haría mejores, más progres y más libres. Pobres imbéciles.
Esa es la misma estupidizada parte de la sociedad argentina que reacciona poniéndose medallas compasivas en redes sociales, exhibiendo hipócritas peticiones de "unión nacional frente a la muerte de nuestros queridos compatriotas", muestras de dolor con los falaces slogans "Todos somos el ARA San Juan", o "44 héroes, no los olvidaremos". Yo no me trago esa pastilla, porque se que el mundo es un lugar peligroso y está lleno de hijos de puta.
Sepan que a veces los soldados, pilotos, marinos, bomberos o policías regresan a casa en cajas de madera. O directamente no regresan nunca. ¿O que creen? ¿que mientras sofoca un incendio un bombero no se puede quemar?, ¿o un policía no puede ser tiroteado mientras impide un atraco?, ¿o un piloto no se puede estrellar?, ¿o el barco de un marinero no se puede hundir? Pues la única manera de asegurarse de que esas desgracias no ocurran es que esos servidores públicos no existan (tal como desean varios). Es que en Argentina ha llegado a creerse que las tropas están para labores humanitarias y nada más. Error. Todo barco puede tener su iceberg y todo Napoleón su Waterloo. Y las tropas están destinadas, en el peor de los casos, a ir a la guerra.
Oigan, despierten. Dejen de clamar justicia por una causa que en realidad no les interesa un carajo. Dejen de mirarse el ombligo y de estar embobados con el fútbol de la tele y tomen conciencia de que Argentina es un país mediocre, analfabeto, con un escasísimo nivel de educación y cultura, abandonado en manos de una casta política de sinvergüenzas y de mercachifles iletrados. Esa Argentina como referente cultural latinoamericano está extinguida. Y no volverá más porque a nadie más le importa.
La Argentina de las letras, aquella de Borges y de Sabato, la de la familia entera alentando alegremente a Huracán en la cancha los domingos después de los ravioles, la del trabajo prestigioso en una fábrica, la tierra de las oportunidades para miles de inmigrantes que huían de una Europa enrojecida por los incendios; ese país ya se acabó y sólo queda lo que vemos, al menos yo, en las noticias por internet, a una saludable distancia.
Por eso, por respeto a los marinos que creyeron en su patria y murieron sin reclamar nada ni acusar a nadie, tengan a bien reflexionar un momento antes de expresar nuevamente sus indignaciones estériles contra todo y contra todos. 
Si estuvieran aquí y vieran el circo que se ha montado, una vez más, estoy casi seguro de que mis camaradas navales se partirían de la risa. Por eso, y por la memoria de esos 44 servidores de la patria; guarden silencio, señores. Aprendan de su ejemplo y déjenlos en paz.

domingo, 21 de octubre de 2018

Zonas de confort

Es cada vez más frecuente leer en redes sociales, sobre todo en facebook, opiniones de individuos que se creen gurúes de la evolución humana y de la superación personal. Ocurre con el deporte (tan de moda ahora), con la nutrición, con el yoga o con los negocios, entre otros varios etcéteras. Bastardos que mienten a la gente y que bombardean a los lectores con munición barata y sucia. Basura mediática de baja calidad. Dan consejos elaborados sobre cómo enfrentar la vida a través de su "experiencia", pero en realidad son adultos débiles camuflados tras la máscara de impunidad que otorga un ordenador o un teléfono móvil, porque nadie los conoce y se infiltran con rapidez. Y desde esa segura trinchera, calentita y cómoda, con una taza de café humeando al lado y los bizcochos a mano, le dan a la tecla sin vacilar ni arriesgar absolutamente nada, más que perder unas horas de su tiempo emitiendo comunicados inciertos que jamás experimentarán personalmente. Que nuca vivirán en realidad. 
Hace unos días estuve leyendo la publicación de uno de estos "valientes de Internet" (en Argentina se reproducen como hongos en el bosque después de la lluvia), que creen que la vida es gratuita y alegre, que los osos en Alaska son simpáticos y mimosines y que el drama se soluciona haciendo el signo de la paz con los dedos en "V", saludando con "namastés" o proponiendo una tregua de besitos con lengua al enemigo gurka que se agazapa dispuesto a acuchillarnos sin piedad. 
El anónimo en cuestión escribía con mucha labia (típico de progre), con mucha letra barroca, pero a la vez con esa expresión entre liviana, arrogante y feliz de los mimos. De unos treinta y pico de años y todavía viviendo en casa de su mamá, nuestro progre hacía declaraciones dramáticas acerca de lo opresivo del sistema en que vivimos, y acto seguido advertía: "Te aseguro que la vida fuera de tu entorno te conectará con tu ser interior, y al salir de tu zona de confort serás libre de verdad". Entonces me imaginé al pobre receptor inculto del otro lado, a ese monigote que no filtra ni discrimina, que simplemente traga información embrutecido por la sordidez y la necesidad en las que habita y que, alarmado por la advertencia, vacila en la luz amarillenta de su pocilga infecta, intentando decidir si le conviene o no dar el paso y arriesgar lo conocido, cerrando los ojos, apretando los dientes y reteniendo aire en los pulmones al verse a sí mismo marchando lejos con una mochila al hombro, sin dinero ni contactos ni otra idea más que escapar de la pobreza y la necesidad. Entonces volví a pensar en la misma certeza que tengo siempre: el mundo es un lugar peligroso y lleno de hijos de puta.
Me gustaría ver a ese progre de treinta y pico de años que lanza consignas liberales desde el sillón del living de su casa materna, y que nunca tuvo la necesidad de verse durmiendo al raso, sintiendo el puñetazo de la intemperie en los riñones. Me gustaría saber cual sería su opinión al respecto, si de repente la vida se le tuerce y se ve en la necesidad de emigrar a algún país lejano, o si alguien lo obligara a enrolarse por la fuerza en la Infantería de Marina y marchar a la guerra. ¿Que haría ese tipo?, ¿cómo sería su vida en uno de esos casos?. Pues a continuación me aventuro a elaborar una hipótesis.
Haría marchas a pie de 48 kilómetros al día y viviría de la tierra, de su mochila, aprendiendo lecciones de humildad en campo abierto, formando una columna para comer raciones frías y enlatadas, porque su jefe se aseguraría de que él fuera el último de la fila; respetando un viejo axioma de conducción militar que dice: "los soldados jóvenes siempre se alimentan primero". En las patrullas presenciales y en las operaciones de convoy trabajaría sin descanso ni relevo, durante días, uniendo la luz del sol con la de la luna, y se sentiría tan cansado y hambriento que se arriesgaría a dejar la piel por caer dormido unos instantes en algún agujero enfangado y polvoriento. Aprendería que el animal humano se acostumbra a cualquier cosa si dura lo suficiente.
En territorio hostil realizaría incursiones clandestinas, siempre de noche, y aplicaría la estrategia del fogonazo: atontar a los malos con fuego agresivo y luego machacarlos a base de operaciones psicológicas, imponiendo el argumento de la tribu superior. Se movería con igual sigilo en la madrugada fría y ventosa del desierto, como en la negrura sofocante y húmeda de la selva; y en las sombras proyectadas por la luna llena vería a los francotiradores pintarse la cara con verde de camuflaje. Dormitar de día y velar toda la noche se convertiría  en el patrón normal de sus días, y al amanecer, tosiendo y congelado, hundiría la cabeza hasta las orejas en un pasamosntañas como todo desayuno. 
Aprendería que el chasquido de las balas puede ser un buen sonido. Indican que van hacia afuera, que son propias, y en cualquier caso que están a una distancia segura; pero que el silbido de la munición es malo, porque suele significar hacia adentro y cerca.
En ese mundo tan distinto, nuestro progre aprendería a avanzar penosamente tres pasos y retroceder otros dos. La vieja, clásica e inmemorial labor de la infantería, poco diferente de como se había practicado en las Malvinas, en Vietnam, en Argelia y más atrás, hasta los tiempos de los griegos y los romanos. Los oficiales insertando carne de cañón y esperando a que los ataquen, para aprovechar la oportunidad y romper al enemigo sobre la línea de contacto. 
Nuestro nueva recluta progre aprendería que la zona de confort que más le conviene es ese  sillón desde donde ahora mismo ladra, y que lo más probable es que acabe muerto rápida y anónimamente si es arrojado a esa otra realidad que acabo de describir. 
Por otra parte vuelvo a pensar en ese pobre diablo de la pocilga infecta, sin dinero ni contactos ni otra idea más que escapar de la pobreza y la necesidad en pos de mejorar su vida, ese que lee a duras penas y que comprende la mitad o directamente no comprende nada, porque tiene hambre, y con hambre no se puede pensar. Y sonrío hacia adentro cuando pienso en él, porque se que tiene chances de sobrevivir, pues la abnegada disposición a morir de los pobres es producto de sus orígenes de clase obrera. Las clases trabajadoras siempre han estado acostumbradas a vidas y reveses duros e injustos. Poseen una identidad menos articulada y narcisista que las élites, y pueden asumir sus egos con mayor facilidad dentro de una orgullosa identidad unitaria, como la que apuntala a un pelotón de fuego, la capa organizativa en la que mejor funcionan los soldados de infantería. 
Los conozco bien, porque fueron mis compañeros.
Algunas veces vale la pena mojarse un poco y separar la paja del trigo, distinguir entre la verdad y la mentira de lo que vemos publicado en las redes sociales. Es necesario, a veces, llamar estúpidos a los que se jactan de eruditos, y dar ánimos a los que, en silencio y con heroico estoicismo, luchan por un porvenir mejor.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Sobre imberbes y demagogos: en defensa del español


Ocurrió ayer. Como todos los sábados por la tarde, aproveché la tranquilidad doméstica para apostarme (taza de té a mano), en mi pequeña biblioteca frente al ordenador atrincherado entre libros, sacudirme el trajín de la semana, leer actualidad y enterarme de los sucesos sobre los cuales giró el mundo durante los últimos días.
Abrí, como de costumbre, los portales digitales de "El País" y el "New York Times", para dirigirme raudamente a sus respectivas columnas de opinión. Allí, entre otras cosas, leí un editorial de Vargas Llosa y otro interesante artículo sobre cuánto nos afecta a los seres humanos la contaminación del aire. 
Luego de la lectura exhaustiva de toda aquella rigurosa prensa, decidí que era un buen momento para distraerme un poco y entonces comencé a navegar por YouTube. Así fue como di con el video.
Al pulsar "Play" apareció en pantalla la imagen de una chica argentina frágil y menuda que hablaba de manera extraña defendiendo una especie de "huelga" estudiantil: pañuelo verde al cuello, el pelo corto estirado en una melena que apenas le pasaba las orejas, el perfil afilado y tibiamente masculino de adolescente imberbe y enfermizo que pretende irrumpir con vehemencia imprudente en el mundo de los adultos, los ojillos cansados por el peso de la excesiva responsabilidad de comunicar tras unos marcos de lentes demasiado grandes para su fisonomía, la voz indiscutible de jovencita tierna que apenas ha dejado de ser niña (no pasaría los diecisiete). Ya saben, lo de siempre, el típico crío de secundario con ánimos exaltados que sueña con la vieja y cansada utopía de cambiar el mundo.
Pero la descripción física de esta niña es solo una anécdota que utilizo narrativamente para abordar lo que en realidad quiero y es objeto de esta nota. Su forma de hablar.
La cría se expresaba modificando grotescamente en sus palabras las letras "o" por las "e" y, según me entero por otros artículos, es ahora moda en Argentina esta forma de lenguaje "inclusivo", que pretende exaltar el feminismo recalcitrante mediante chantajes y disparates como éstos, lo cual corrompe el noble idioma español con su estupidez y demagogia. Es que “utilizar la letra O en textos y discursos nos está excluyendo como mujeres”, dicen.
Ojalá lean esto esos cretinos (y cretinas), que pretenden establecer como delito social, con protestas y denuncias, el uso correcto de la lengua; del español que yo uso para parlamentar y escribir, el mismo que amo y defiendo.
Sepan los que leen y comprenden esta dulce lengua, que más allá de lo que digamos ustedes o yo, lo cierto es que el idioma español con que hemos sido paridos (o castellano, según a quien le quede el poncho), es nuestra verdadera patria, el pasaporte inmediato que nos acredita identidad alrededor del mundo. Y al permitir estupideces como el "lenguaje inclusivo", estamos siendo indiferentes e incapaces de sacar partido a esa patria común impresionante, variada y poderosa que nos une, formada por 550 millones de individuos en 23 países cuya verdadera y legítima bandera es "El Quijote" (y en el caso de Argentina, además, el "Martín Fierro"). Si eso fuera así, si supiéramos utilizar el sentido común en vez de reventarnos a trompadas o permitir idioteces como éstas, los gringos nos tendrían verdadero miedo. Lo malo es que ya nos tienen tomado el pulso y saben que no somos suficiente enemigo, por nuestra propia estupidez.
Ya los quisiera ver yo a esos críos malcriados que profanan el propio acervo cultural de su lengua, peleando en un país extranjero para ganarse la vida como obreros de la construcción, granjeros u operarios de fábrica, mientras cada día, al enfrentarse a la calle para ganarse el jornal, les apura también la urgencia de romperse la nariz contra idiomas nuevos y duros como el ruso, el checo o el alemán, para intentar integrarse en esa nueva cultura que ahora los acoge y les permite, finalmente y con mucho sacrificio, retomar lentamente la cuesta arriba hacia el futuro que perdieron en sus tierras de origen.
Pero la culpa no la tienen ellos sino nosotros mismos, los que lo sabemos y nos hacemos nada, los que habiendo vivido, leído, viajado, escrito y peleado, sentimos vergüenza de corregir a pequeños imberbes como éstos, agachando las orejas para que no nos llamen misóginos o machistas. O, por supuesto, directamente fascistas. Como si tuviera algo que ver ser de izquierdas o de derechas para maltratar a una mujer. País de cobardes e inútiles.
En fin. A veces, es cierto, en episodios como los que acabo de narrar, dan ganas de no abrir nunca más una noticia sobre Argentina; pero no es cosa de regalar esa satisfacción. Mejor seguir dando palos, peleando por el sentido común, llamando imbéciles a los que lo son, y estúpidos a quienes creen que por meter la cabeza en un agujero no se les queda el culo al aire.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Con ánimo de ofender


El otro día charlaba por teléfono con mi viejo amigo Oscar Barone, vecino filántropo de Zarate, amante de las motos y, entre otras cosas, excelente artista. Cada tanto me tomo el trabajo de hacer este ejercicio (el de charlar a la distancia con los amigos que aún conservo en la Argentina), respecto de cómo sigue la cosa por allí, para recordarme a mí mismo de donde vengo y mantener así la lucidez de que la vida es cruel y de que el ser humano, además de ser un animal peligroso, es también un hijo de la gran puta.
Entre una charla y otra Oscar me pidió que le diera mi opinión respecto de un editorial en el que un individuo llamado Santiago Cúneo (que se hace llamar periodista), habla sobre la situación actual de las Fuerzas Armadas, y del país en general.
Al ver la nota de este tipo confirmé lo que pienso de mi país hace bastante tiempo, y volví a recordar una de las grandes causas por las que decidí emigrar y buscarme la vida en el extranjero, hace ya ocho años.
El editorial es un vídeo editado de unos veinte minutos de duración, en el que se ve a un hombre (calvo, sombra de barba sobre la cara regordeta, mediana edad, incipiente obesidad y un tic nervioso que le obliga a apretar los párpados rítmicamente cada cierto tiempo), lanzando improperios y blasfemando en arameo en contra de las cúpulas militares argentinas, del presidente de la nación y de la madre que lo parió, e incitando a la sublevación, al levantamiento y al motín a oficiales, suboficiales y tropa subordinados a dichas autoridades.
Un tipo ridículo, sin argumento ni inteligencia, aburrido pero, sobre todo, emitiendo un mensaje peligroso.
En Argentina normalmente se confunde bronca con crítica, rabia con revolución; Y eso no puede ser así. Los argentinos somos furibundos por naturaleza. Somos un país violento por razones históricas, políticas y sociales. Pero una cosa es la calentura visceral y otra muy distinta la incitación impune al desorden.
La bronca de un “periodista” no lleva a ninguna parte si no va acompañada de un análisis crítico, de un debate intelectual, de un razonamiento organizado, sistemático y eficaz. Y este hombre no posee esas virtudes. Al escucharlo me doy cuenta de que no tiene la preparación necesaria para abordar este análisis. Su mensaje queda flotando entre la bronca contenida, el pugilato visceral contra la situación a la que se opone, y una violencia desmedida sin sentido común. Es el mismo insulto viejo y estéril que me tocó escuchar durante siete años contra el gobierno de turno cuando fui militar. Creo que la opinión de este individuo no aporta una solución inteligente a este nuevo problema (y digo nuevo sumando los otros viejos problemas), que afectan al país.
A los argentinos nos han manipulado mucho y tantas veces, que hasta de lo que podemos estar orgullosos lo utilizamos como arma arrojadiza, como elemento de discordia y confrontación. Somos gente de trinchera, de barricada. Somos el "conmigo o contra mí". Somos de boca o somos de river, radicales o peronistas. El argentino es muy consecuente con sus amores y con sus odios. Sobre todo con sus odios. Porque resulta que el argentino odia mucho más de lo que ama, es decir; siempre vota más en contra que a favor. Desconfía siempre de casi todo, y por eso se permite creer en mensajes viscerales como éste.
El problema que afecta nuevamente hoy a la Argentina es viejísimo como la historia misma: la puja entre la oligarquía y la clase obrera. La creciente deuda externa (una vez más). El recorte salarial. El menosprecio al esfuerzo del trabajador. Pero esto no es nuevo. Ha pasado muchas veces y el problema vuelve porque Argentina es un drama cíclico que termina siempre estancado en un mismo punto: empantanado en su enferma y carcomida clase política.
Yo lo viví de primera mano. Nadie me lo contó. Lo sufrí en carne propia durante diez años cuando era un joven soldado que creía en la subordinación y en el honor, en los ideales de valor, de patria, de soberanía y de unidad nacional. Y todo eso estalló en mil pedazos cuando choqué de frente con una realidad difícil de asimilar: la corrupción institucionalizada, el abandono, la cobardía, el desprestigio sistemático hacia los voluntarios que decidieron entregar su juventud en aras de un ideal. La ausencia de valores morales.
El problema es que en Argentina hay mucha incultura. No se lee lo suficiente ni se intenta siquiera comprender que es lo que sucede. El país está gobernado por los mismos desde hace mucho tiempo, porque en realidad no existe ninguna diferencia entre Kirchner o Macri, entre Menem o Alfonsín, entre Onganía o Videla... o entre los múltiples mandatos del mismo Perón, porque al final, él mismo era siempre la misma persona. Por eso digo que siempre son los mismos: la asquerosa condición humana.
Yo pienso que todo el problema de Argentina es un problema de educación. Los políticos no son más que una manifestación pública, el síntoma de una enfermedad llamada "nosotros". El conformismo, la incultura, el cainismo, la vileza, la envidia; eso somos nosotros, los argentinos. El político no es más que nuestra manifestación exterior. La oficialización de nuestra esencia.
Y esa ignorancia de lo que somos y de lo que fuimos nos hace caer, por ejemplo, en las estupideces que se leen cada día en las redes sociales. Como últimamente se ha puesto de moda venerar a un excombatiente de Malvinas de apellido Poltronieri (y que es verdad, el tipo protagonizó sin saberlo una gran hazaña cubriendo la retirada de sus compañeros bajo fuego enemigo), olvidando que fue un soldado que hizo exactamente lo que tenía que hacer y nada más; combatir.
Prácticamente en todos los países del mundo (por no decir todos, pues hay algunos que no cuentan con Fuerzas Armadas), la vida militar es una actividad amarga, anónima y sumamente ingrata. Esto es así porque así debe de ser. Desde los imperios bélicos hasta los sometidos coloniales, la vida del soldado siempre ha sido solitaria y nunca bien reconocida. Pero hay dos puntos de inflexión en este asunto que hacen la diferencia. Se llaman tradición guerrera y cultura de la honra. Inglaterra tiene eso, por ejemplo. Esos soldados británicos y anónimos (o mercenarios al servicio de la reina), son enviados a zonas de conflicto con sus trescientos veinte años de tradición militar a cuestas peleando alrededor del mundo, con precisión y crueldad. Y cuando regresan a casa los aplauden y los honran colectivamente o de manera individual, si se lo merecen. Luego se mezclan con los ciudadanos comunes de la sociedad y ya está, algunos siguen la vida y mueren de viejos, pero siempre conservan el orgullo y el reconocimiento de haber sido soldados. En Argentina sucede todo lo contrario. No es un país con tradición guerrera y la honra o el "honor" son palabras vacías que no existen en realidad, porque la gente las repite estúpidamente y no tiene ni idea de lo que significa. Por eso en el país donde me tocó nacer se sigue mascullando la bronca de combates que se libraron hace 30 o 40 años, transmitiendo la discordia de generación en generación. Los soldados profesionales de países con tradición bélica (y en este caso me refiero a soldados englobando a todos por igual, a cuadros junto a la tropa, voluntarios o forzados), van a la guerra sin pasión y sin odio, porque saben que combatir es su profesión y ya está, y que cuando termina ese combate perderán amigos y con los que quedan embarcarán en el siguiente puerto y sangrarán todos juntos de nuevo en otro punto del planeta, y que así será por el resto de los siglos, en el futuro. En mi país no se comprende esto y nunca se comprenderá, llamando "chicos de la guerra" a soldados que simplemente cumplieron con su trabajo, confundiendo honor con resentimiento o sentimentalismo y mezclando patriotismo verdadero con el aliento a un equipo de fútbol, enfundados en una puta bandera. Hay cientos de poltronieris analfabetos a lo largo de la historia argentina que sostuvieron la ametralladora mientras cubrían la retirada de sus camaradas, el asunto es que nunca nadie los ve, y solamente salen a la luz cuando les conviene a algunos imbéciles que precisan de sangre fresca y joven para jactarse de patriotas y respetuosos de la jodida memoria. Argentina está empantanada en un barrial del que no saldrá en mucho tiempo, si es que sale. Al menos yo no lo voy a ver. Esa publicación "honrando a un héroe de la patria", es simplemente propaganda. Basura mediática para consumo de un bar de analfabetos virtuales.
Entonces pienso que más allá de la gestión política de turno que manda el destino del país, el problema de Argentina es un problema de cultura. Y no me refiero a la pseudocultura en el sentido del diseño, del cine, de la música o el teatro. Me refiero a la cultura de verdad; al conocimiento de la propia memoria, de la historia, de los mecanismos sociales y políticos.
Eso es en realidad lo que fabrica ciudadanos críticos, porque un individuo educado en esa actitud tiene mecanismos de defensa sólidos. Así se puede pelear. Se puede combatir.
En fin. Así se puede cambiar el mundo asumiendo una actitud estoica; sin gritar, sin disparar una sola munición, sin seguir a ningún imbécil ni arrojar ninguna piedra.

sábado, 23 de junio de 2018

Una incursión en el norte de África



(Sebastian Galarza para Enlace Crítico. Puerto de Tánger. Marruecos)

El barco que tres veces por día sale desde la punta de Tarifa (España) rumbo al puerto de Tánger (en Marruecos), navegó unos sesenta minutos sobre el mar que conservaba un aspecto de lámina  aceitosa azul oscuro. A popa solo distinguíamos la estela de espuma blanca que dejaba atrás el gigantesco motor al cortar el agua, el vuelo rasante y chillón de las gaviotas y un horizonte a la vez lejano, líquido y movedizo que se perdía de vista, invitando a imaginar las arenas de la costa. En esas aguas, que se adensan y prolongan hacia norte y sur, se unen un mar y un océano; Mediterráneo y Atlántico se hermanan a punta de viento y oleaje. Aguas bravas y altivas que los romanos llamaron "Mare Nostrum" y los egipcios "el Gran Verde", y que han sido motivo central de comercio, de historias y relatos desde el poniente de Europa hasta el levante del norte africano.

Tocamos puerto poco después del mediodía. Antes de desembarcar escuchamos por radio las últimas novedades en idioma español: 

-Más de un centenar de migrantes han sido rescatados durante esta madrugada en aguas internacionales frente a las costas de Libia. Navegan a bordo del Aquarius rumbo al puerto español de Valencia. Hay muertos. Médicos sin fronteras atienden a los heridos.-

Los dos policías vestidos de civil que controlaban documentos se retorcieron incómodos en sus asientos cuando leyeron la palabra “Press” en mi declaración de aduana. Siempre resulta molesto un periodista husmeando en lugares donde se ocultan cosas.
Caminamos por la rue de la Marine y subimos las escaleras por las que se accede desde el zoco (nombre que en los países árabes se le da al mercado en una plaza u otro lugar al aire libre) hasta el Continental, un hotel que se levanta sobre la antigua sede de la Aduana y en el que durante los años de entre guerras se alojaron diplomáticos, intelectuales, políticos y espías.

Caminábamos sin prisas descubriendo lugares, el cámara español David Vilches y el arriba firmante en misión periodística, pero a la vez disfrutando del paseo. Buscábamos entrevistar a alguien dispuesto a contar alguna historia de migrantes, de gente común que se juega la vida aventurándose en el mar para llegar a Europa.
Me sentía bien en Tánger. Tenía la costumbre de moverme por territorios de límites imprecisos, y esa ciudad era uno de ellos. El ambiente local me resultaba tan familiar como la frontera entre México y Estados Unidos o la línea turbulenta que separa Chipre entre turcos y griegos. Era un ambiente en el que me sentía cómodo, anónimo, clandestino e impune. Por azar, necesidad táctica o placer personal, había pasado algunos años de mi vida frecuentando sitios parecidos: bares y cantinas sudamericanas, callejones oscuros de Guatemala, tabernas, puestos fronterizos y prostíbulos del Mediterráneo oriental. Atento siempre a los gestos, las palabras, las conversaciones. Aprendiendo lecciones útiles para la vida y la supervivencia. Por eso me movía con idéntica soltura en el Hotel Europa de San Sebastian o el “Des Mines” de París que en el Cerro del Cuatro de Guadalajara, entre las cucarachas de una pensión bonaerense argentina o en un burdel de Nicosia. Incluidos ambientes en los que convenía averiguar dónde estaba la puerta de salida antes de pedir una botella, y bebérsela echando un vistazo prudente por encima del hombro.
Estaba en esos pensamientos cuando me topé con una ciudad fascinante de estatus internacional. Un sitio que daba lugar al comercio, al tráfico de armas, de mujeres, de estupefacientes.

Era el lugar perfecto en donde ambientar una novela de espías. Recordé entonces al Lorenzo Falcó de don Arturo Pérez Reverte, aquel personaje oscuro, vital y aventurero que protagoniza las letras de sus últimas historias.
Es que las cosas nunca han sido del todo tranquilas en esa ciudad fronteriza donde todo se mezcla.
Bajo el sol, en las callejas y terrazas, el viento agitaba las chilabas de los hombres y los velos de las mujeres que caminaban hacia la Medina. Estaban en pleno Ramadán; el ayuno diario que realizan los creyentes de la fe musulmana cada noveno mes del calendario, desde el alba hasta que se pone el sol.
Como dije, accedimos a la ciudad vieja desde la Medina, subiendo por las calles inundadas de covachas y comercios de alfombras.

Las tiendas se apretaban en los callejones y los mercaderes barbudos vendían babuchas junto a camisetas de Cristiano Ronaldo y Leo Messi. Antes, en tiempos de la guerra, en ese mundo espiaban desde los limpiabotas hasta las putas. El olor a Kif y a desinfectante se apretaba ahora con el del humo del tabaco. Avanzábamos abriéndonos paso a través de un mundo exótico. Nuestra primera incursión en el norte de África.
En 1937, en esos mismos locales por donde ahora pasábamos nosotros rozando las paredes, se atraía a los viandantes con un farol rojo en el dintel y donde moros, prostitutas y legionarios franceses de quepis blancos bebían matarratas y fumaban Kif, la mezcla de la marihuana con el hachís.

Rodeamos una muralla e ingresamos en un establecimiento atiborrado de chucherías y baratijas coloridas. Alfombras y zapatos colgando del techo, cuchillos corvos de hoja lisa, cimitarras, grandes pipas de fumar, platería, dátiles secos…un vendedor callejero ofreciendo droga a hurtadillas. Allí, medio escondido, aguardaba nuestro contacto.
Un viejo de barba y túnica blanca, tocado con un gorro a la usanza marroquí nos condujo por el callejón hasta una puerta pequeña. Entonces apareció Aladino. Alto, delgado, con su ropaje largo y marrón que le llegaba hasta los pies, el cráneo rapado y la mirada tranquila, su sonrisa desdentada y los zapatos puntiagudos que me hicieron recordar a ese mago de los cuentos que vive en una lámpara.

Le conté acerca de nuestra misión en la ciudad y me dijo que, si teníamos suerte, tal vez encontraríamos a alguien que quisiera hablar del tema. Nos explicó que en Tánger todo era relativo y que nada era seguro salvo que el sol se ponía por el oeste.
Aladino nos sugirió entonces confraternizar con gente local para dar con alguien dispuesto a hablar acerca de cómo se cruza el mar y se ingresa ilegalmente en Europa. Nos invitó a visitar un Hammam.
En la tradición de los países árabes, se llama Hammam al baño público: una sauna segregada cuidadosamente separando a los hombres de las mujeres. Es un lugar antiguo que no solo cubre funciones de descanso e higiene, sino que también constituye un recinto de reunión social y política, donde se urden intrigas y se organizan conspiraciones.
Bajo el añoso techo de ladrillo mordido aquí y allá por manchas de verdín (una superficie abovedada similar a las cavas mexicanas donde se reposa el tequila), yacían hombres jóvenes y fuertes junto a débiles ancianos sentados o recostados todos ellos sobre el suelo y bancas de mármol. Hacía mucho calor y un vapor espeso inundaba la estancia. Un moro flaco y fibroso, de aspecto recio, con el torso descubierto, descalzo y vestido con un pantalón corto cargaba agua caliente en cubetas plásticas color negro. Cada hombre tomaba una cubeta y se echaba el agua sobre el cuerpo para luego ir a estirarse directamente sobre el suelo resbaladizo y espejado por el vapor.    
Sentado en un rincón sobre una plancha de mármol, estaba un anciano encorvado que tenía un ancla azul y desteñida tatuada en el antebrazo izquierdo. Se llamaba Alí y era un veterano de la última guerra.
– Salaam Alaikum- le dije-. Que la paz esté contigo.
Era un anciano duro. Guerrillero del frente Polisario que en 1975 intentó liberar al pueblo saharaui de la opresión marroquí. Un viejo apergaminado, de dientes gastados, el cráneo reluciente y la mirada desafiante. Me invitó a sentarme junto a él.
-         Hablo cinco idiomas. Herencia colonial- dijo.
-         ¿Eres español?- preguntó.
-         No. Soy argentino.-
-         Pues hablaremos castellano.-
-         Cuénteme como fue aquello-
-         Éramos pocos y nos movíamos de noche. Cuando nos sentíamos más débiles que el enemigo o habíamos sufrido muchas bajas, nos separábamos en pequeños grupos y volvíamos a reunirnos en el desierto. El Sáhara es grande. Alhamd lilah. Gracias a Dios.-
-         Hábleme de la sed-
-         La sed te hace ver cosas que no existen. En el desierto es como la muerte: en algún momento les llega a todos.-
-         ¿Qué le pasó en el brazo?
-         Una granada. Fue en 1975, cerca de Tindouf. Tenía hambre y había mucho viento. Cuando tiré me falló la mano. Mala suerte.-
-         ¿Y qué pasó después?
-         El viaje de regreso bajo la lluvia. El desierto pasando rápido bajo las ruedas del jeep. Mi boca que tiembla. La fiebre. La sed. El barco de la cruz roja en el puerto de Marsella. El hospital de Tánger.
-         Shukram, gracias- le dije.
-         Beslama, adiós.- dijo el viejo.

Salimos del Hammam y el aire exterior olía a una mezcla de sal marina, basura rancia en descomposición y resina de pino. En las calles que rodean la parte vieja, y que dan paso al puerto o las murallas, se concentraban sonidos, olores, conversaciones. En las casas de comida que desembocan en la Medina había olor a parrilla moruna y especias. Algunas tenían la mano de Fatma en el dintel de la puerta y en el interior mesas grasientas llenas de comensales a esa hora de la tarde.
Aladino nos condujo a un restaurante mugriento, a medio terminar, con bolsas de cemento apiladas una sobre la otra que hacían las veces de mostrador improvisado. Nos sentamos a una mesa bajo sombrillas de plástico y miramos alrededor: ningún occidental más que nosotros, nada de turistas ni extranjeros. Trozos de pollo empalados en pinchos, pimientos, caldos que se estaban cociendo, carnes que nadaban en salsas oscuras, difundían un olor cálido, sabroso y aromático. Comimos hasta el hartazgo y al levantarnos de allí, el sol comenzaba a declinar.

Se oyó un Al-lah Akbar lejano y prolongado en la distancia. Desde lo alto de un minarete llegaba el canto del muecín de una mezquita: la oración del crepúsculo.
Ese día no pudo ser lo de la entrevista con los migrantes. No dimos con ninguno. Se nos escurrían por los callejones como los gatos escuálidos que abundan en Tánger. Temían la caza de brujas lanzada por la policía, que los empuja a malvivir como ratas en cuevas infectas.  
Nos despedimos de Aladino con un abrazo luego de pagarle sus servicios de traductor frente al puerto de los pescadores. Tensas las cadenas de fondeo, los barcos anclados en la bahía apuntaban sus proas al viento.
Shukram, gracias- dijo Aladino.- Yo también ser hombre de la calle. Jefe, yo buscarme la vida.-