"Los que pueden, actúan. Los que no pueden y sufren por ello, escriben. El acto de escribir, constituye una de las acciones mas profundas del sentir del ser humano. Ayuda a quemar la grasa del alma"

Ernest Hemingway.

domingo, 8 de diciembre de 2019

Sobre recuerdos, patrias y utopías


Hace un rato vi en la prensa una noticia sobre el lugar donde nací, así que recordé aquel sitio que dejé atrás; la Argentina. El titular del diario La Nación era lapidario: “Por las crisis. Tres de cada cuatro argentinos consideraron emigrar”. Entonces reviví mi propia historia mientras leía.
Comencé a irme mentalmente de allí hace varios años (15 o algo así), desde que vi como el entorno que me rodeaba se caía a pedazos, y desde que tomé conciencia que la cosa no iba a cambiar. Nunca.
Me fui primero por un tiempo y regresé una vez, después de vivir 3 años en México, y al volver de ese viaje tuve la secreta esperanza de que algún milagro podría haber hecho que todo sea distinto. Pero me bastó con salir a la calle y un rato de verle la cara a la gente para que mis esperanzas se rompieran, sin anestesia, una vez más y definitivamente. Como tantas otras veces, comencé a preguntarme qué carajo estaba haciendo allí. ¿Que esperaba? ¿Por qué no me iba para siempre de una vez por todas? Y así encontré mi propia respuesta: ese país era un lugar en el que si te ibas un par de semanas y regresabas, todo había cambiado. Pero si te ibas por 20 años y regresabas, nada había cambiado. El tiempo era solo un número. Pero el drama cíclico seguía girando sobre el eje roto de un carrusel sin solución. Igual que ocurre ahora mismo, y ocurrirá por meses y años y décadas, y así por siempre.
Entonces volví a irme, pero esta vez sin fecha ni ánimo de retorno. Y cuando me largué de nuevo en esa oportunidad, supe que ya no volvería atrás. Que era la última. Allí cambió mi forma de pensar. Supe que las ganas de volver, extrañar, la nostalgia y todo eso era un gran verso. No se extraña un país. Se extraña el barrio en todo caso, pero también lo extrañas si te mudas a diez cuadras. El que se siente "patriota", el que se cree que pertenece a un país y que solo por eso tiene una "identidad", es un tarado mental y un perfecto idiota.
La patria es un invento urdido por poderosos para derramar sangre joven en nombre de estupideces, igual que el ultra-nacionalismo o el dogmatismo religioso lo fueron en su momento, o lo siguen siendo. Simple basura mediática para agitar a las masas incultas, a las ovejas descerebradas que marchan cantando alegremente al matadero. He visto morir gente en guerras crueles o genocidios atroces perpetrados en nombre de alguna de esas causas infames. La fiel manifestación de la puerca condición humana. Yo, por ejemplo, que nací en Misiones ¿qué tengo que ver con un platense, un salteño o un pampeano? Son tan ajenos a mí como un suizo, un asiático, un ruso o un africano. Son simples estadísticas. Números sin cara. No tengo sentimiento alguno en común con ellos, y por lo tanto ninguna razón por la que pelear o morir en nombre de las causas que ellos abracen. Saber esto fue una de las tantas causas que pusieron fin a mi oficio de soldado profesional. En buena hora, para aquel momento.
En realidad uno se siente parte de muy poca gente. El país de uno son sus amigos, y eso sí se extraña. Pero con el tiempo también pasa. Como todo pasa con el tiempo.
Lo único que siempre tuve muy claro es que cuando uno tiene la chance de largarse de Argentina, la tiene que aprovechar. Es un país donde no se puede ni se debe vivir. Te hace mierda. Si te lo tomas en serio, si piensas que puedes hacer algo para cambiarlo, te haces mierda. Es un país sin futuro. Un país saqueado y depredado, y no va a cambiar. Los muchos que se quedan (porque no tienen otra opción) con la idea de que algo va a mejorar, se frustrarán todo el tiempo; y los mismos de siempre que perduran amasando el botín, no van a permitir que la cosa cambie nunca, porque les conviene que así sea. Me refiero a esa casta infame, corrupta y podrida que se hace llamar “clase política”, que lucrará para siempre con el dolor de la gente. Porque de eso se trata, oigan. Es un sistema concebido para aplastar la inteligencia y machacar el futuro.
La Argentina es cualquier otra cosa menos un sitio adecuado en donde prosperar. No es un país. Es una trampa. Alguien inventó algo como la zanahoria del burro y todos repiten: "puede cambiar", o "tenemos esperanza". La trampa es que te hacen creer que puede cambiar. Lo sientes cerca, crees que es posible, que no es una utopía, que es ya, o mañana. Y siempre te cagan. Siempre.
Llegan los “jóvenes idealistas” con sus putas y anacrónicas ideas socialistas y sus jodidas “buenas intenciones”, y hacen temblar el país entero a punta de atentado, secuestros y asesinatos impunes en nombre de dudosos “juicios populares”. O vienen los militares y matan 30.000 tipos, mochando parejo todo lo que se les cruza por delante. O viene la democracia y las cuentas no cierran, y otra vez la inflación y a aguantar y a cagarse de hambre. Y lo único que puedes hacer es intentar sobrevivir o no perder lo poco que tienes. Y el que no se muere de un infarto o queda tullido o idiota en una silla de ruedas, se traiciona a sí mismo y se hace mierda. Y encima te dicen que tu y que todos somos culpables.
Son muy hábiles los bastardos que manejan la Argentina, sean “fachos” o “zurdos”. Todos son unos hijos de la gran puta. Pero hay que reconocer que son inteligentes. Saben trabajar a largo plazo.
Cuando me fui de la Argentina en realidad no me fui alegremente porque quise ser un maldito turista aventurero. Me fui porque me echaron. Como siguen echando a todos los que tienen alguna posibilidad y deciden largarse. Entonces comprendí que mi país había muerto para mí, que se acabó, que ya no existe. Así que me dejé de joder con la nostalgia y di el portazo detrás mío. No me siento culpable por eso. No me siento culpable de nada. Cuando se trata de seguir vivo no hay reglas. Las reglas se borran. Vale todo. Apretar los dientes y acuchillar a mansalva hacia adelante es lo único que cuenta. Pero hay que estar entero. Uno puede venderse pero no entregarse. Hay que aguantar, porque algún día se saldrá del túnel y se volverá a ser uno mismo. Y para cuando ese día llegue se precisará aplomo y mucha serenidad. Solo hay que ser estoico, valiente y no perderse en el camino.
En síntesis. La vida de inmigrante termina empujando al individuo hacia lugares impensados, y algunas veces acabas convertido en un simple mercenario para poder seguir vivo. Y ya se sabe que los mercenarios no suelen ser los individuos mas honrados ni los más piadosos , pero casi siempre suelen ser hombres valientes. Y eso es lo único que cuenta en estos casos. A mucha honra.
Muchas veces, las durezas de la vida de inmigrante despierta en los hombres el dolor de la lucidez. Sin límites. Sin piedad.
Entonces uno establece prioridades y cae en cuenta de cómo es la cosa en realidad, y lo que realmente importa: la patria está donde se vive bien.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Un salto a la libertad: a 30 años de un evento que cambió el mundo. Reportaje a un refugiado que mira hacia atrás


Sus compañeros fueron atrapados, pero Uwe Kunz logró huir del Muro de Berlín en 1988. Durante el recorrido con él por las antiguas instalaciones fronterizas, queda claro cómo se sigue sintiendo la división de Alemania en la actualidad.

Sebastian Galarza, para Enlace Crítico, Berlín.

Se para en la punta de la escalera, y con sus dedos alcanza la cima del Muro de Berlín. "¡Alto o disparo!", grita un guardia detrás de Uwe Kunz. Él sabe que solo tiene un intento. Se inclina ligeramente hacia adelante, corre, salta y se impulsa sobre la pared con todas sus fuerzas. Cae a cuatro metros de profundidad, del otro lado. Al aterrizar en el oeste (la zona libre occidental), rebota sobre sus caderas y se dobla un pie. Si se hubiera quedado atrás, los guardias podrían haberlo atrapado. Uwe habla de puertas colocadas en la pared para llevar a los fugitivos heridos de regreso al este, a esa enorme prisión soviética que latía a cielo abierto. “Al otro lado”, repite. “Soñábamos con pasar al otro lado”.

Él escapa, pero sus compañeros son arrestados. No es la única razón por la que las horas posteriores a la fuga son peores para él que las anteriores. Había visto la fuga más bien como un desafío deportivo. "Realmente no tenía miedo", dice Uwe. Pero luego se siente molesto, inseguro y extraño. Llama por teléfono a su madre, le cuenta de su llegada al oeste. Ella cae de rodillas. Más tarde pide ayuda a la policía y lo llevan a un hospital. En su primera noche en Occidente, no puede dormir.

El pasado 9 de noviembre de 2019, la caída del Muro cumplió su 30 aniversario. Solo en Berlín, al menos 5.000 ciudadanos de la RDA (República Democrática Alamana, país que integraba el antiguo sistema comunista de la Unión Soviética), huyeron a través de la frontera interior alemana hacia el oeste (zona occidental y libre de comunismo). 140 personas murieron en el muro. Después de su construcción en 1961, fue relativamente fácil cruzar la frontera. Pero la Stasi (la temible policía secreta de la Alemania soviética), analizó cada intento de fuga y frustró una escapatoria tras otra. Cuando Uwe escapó en la primavera de 1988, el muro estaba bien asegurado, y nadie esperaba que cayera el año próximo.

Uwe lleva al reportero de Enlace Crítico a lo largo de la antigua frontera interior de Alemania, a dos viejos bloques de viviendas en la Leipziger Strasse, la calle en donde aún se observan los vestigios de aquel tiempo. Aquí comenzó su nueva vida. Desde un edificio podía espiar a los guardias fronterizos y refinar su plan de escape. En la noche del 4 de mayo de 1988, él y sus compañeros se acercaron a la pared a través de la planta baja del otro bloque habitacional, sin que los guardias los vieran. El amigo de Uwe, Andreas (cuyo amigo Simon y él mismo entraron al edificio, camuflados como obreros), disfrazaron el escape. Es por eso que la larga escalera no se notaba.

Puerta de entrada a ninguna parte. A finales de 1961, la parte oriental (Este) de Berlín estaba completamente cerrada. El límite corría detrás de la Puerta de Brandenburgo, el corazón de la actual capital de Alemania.

Hoy, Uwe trabaja como operador de cámara en un canal de televisión en Berlín. Los periodistas de la capital lo conocen, pero pocos saben de su historia. A temprana edad aspiró a una carrera como atleta. Pero aquellos que querían convertirse en algo en la RDA (la ex Alemania comunista), generalmente tenían que someterse al régimen, y esa no era una opción para él.

De Berlín a Tailandia

Uwe tiene 55 años. La mayor parte del tiempo usa zapatillas de deporte y lleva el cabello canoso peinado hacia atrás. Sus anchos hombros eran aún más anchos en 1991: ese año fue subcampeón europeo de culturismo. Arnold Schwarzenegger fue su gran modelo a seguir. Occidente y los países lejanos siempre le han fascinado. "Huí porque quería conocer otras culturas", dice. Cuando ya no era feliz en Berlín Occidental, emigró a Tailandia y permaneció allí durante 16 años.
Su matrimonio con una mujer tailandesa produjo dos hijos, que ahora son adultos. En Bangkok, la capital de aquel país, tenía una fábrica de muebles con 35 empleados, dice Uwe. Como la compañía ya no era lucrativa, regresó a Berlín en 2010, donde vive actualmente con su segunda esposa y su hijo pequeño. Mientras tanto, la capital alemana es demasiado agitada para él. “Si pudiera, me alejaría de nuevo”, remata.

Con pasaporte para visitar a la abuela

Sus raíces están en Berlín. La abuela de Uwe vivía aquí, en Gleimviertel, en el distrito de Prenzlauer Berg. Cuando Alemania se dividió, la frontera con Berlín Occidental corrió por allí. Los visitantes solo podían ingresar al distrito con un pase. Un viejo cartel de información es solo un recuerdo ahora, y actualmente el lugar se encuentra en medio de una obra en construcción cerrada. Una excavadora se mueve de un lado a otro, pero Uwe todavía quiere leer lo que está escrito en el metal herrumbrado. Pega una patada, tira la barrera de advertencia a un lado y comienza a correr. Hace gestos con sus manos a los obreros en señal de que no está haciendo nada malo.
Tal vez sea la casa de la abuela en Gleimstrasse, de donde proviene el anhelo de libertad de Uwe. Cuando era niño, se quedó una vez en el balcón mirando hacia el oeste. Aquella tierra desconocida había despertado su imaginación infantil, esa vez que su abuela saludó desde el balcón a los familiares en Berlín Occidental. Las visitas de tíos y tías rara vez eran posibles.

Los rastros están borrosos

De las personas que vivían en ese momento en Gleimviertel, solo han quedado unas pocas. Entre las tiendas de alimentos naturales y los estudios de yoga, es fácil olvidar que la ciudad solía estar dividida por aquí. Uwe ahora quiere ir a un lugar que le invita a recordar. A pie se dirige al monumento conmemorativo del Muro de Berlín en Bernauer Strasse. En el viento de otoño, Uwe sigue murmurando:"Las cosas son tan diferentes hoy" o "apenas las reconozco".
En una parada de autobús cuelga un afiche publicitario del club de fútbol Hertha BSC. En él se lee: "Si ves el Muro de Berlín es porque la ciudad está muy cerca". Para algunos podría resultar divertido, pero a Uwe no le gusta el póster. Solo unos cientos de metros más adelante hay una piedra con los nombres de los alemanes orientales que murieron en el muro. Nos acercamos al monumento al aire libre, que atrae a muchos turistas en esta fría mañana.
En el suelo de piedra, las líneas de metal muestran el lugar exacto por dónde una vez corrió la frontera. Se ven partes de una pared y una torre de vigilancia. En el medio hay paneles de información, cámaras de vídeo en la punta de los postes de alumbrado y una plataforma de observación para coronar un área ciudadosamente preparada. La minuciosidad alemana se manifiesta aquí en dos sentidos: en el radicalismo con el que dos países se hicieron un solo país, y en la precisión que se observa en el trabajo realizado. Uwe parece extrañamente fuera de sí en este lugar. Los turistas exploran aquí la historia alemana, pero él explora la suya, y esa expedición al pasado nunca parece estar completa.

Vista del muro en Bernauer Strasse alrededor de 1980.

El memorial sobre Bernauer Strasse ahora, noviembre de 2019.


Uwe se detiene frente a la torre de vigilancia que se eleva sobre la pared. Afilada y en ruinas, la construcción de nueve metros de altura se alza allí y da testimonio de la absurda idea de encarcelar a la propia gente. Uwe dice que le gustaría saber cómo se siente mirar desde esa torre. Nunca trató de visitar una. Luego habla de un hombre que conoció mucho después de la caída del Muro en su vida profesional. Había servido en las tropas fronterizas de la RDA (la ex República Democrática Alemana). Cuando Uwe le describió su escape, el hombre le había dicho que si hubiera estado de servicio en ese momento, él no habría escapado.

El pasado es una sombra que parece seguir a Uwe constantemente. Ahora continúa por el distrito de Mitte, donde él creció. En el tiempo de la Guerra Fría, el barrio de Mitte era el amortiguador entre Oriente y Occidente. Las casas mejor ubicadas no se podían habitar, porque el muro cortaba el centro del vecindario. Desde la reunificación, Berlín ha cambiado tanto como cualquier otra ciudad alemana, y Uwe todavía está intentando aceptar eso. Su voz se vuelve más fuerte en el Hackescher Markt. "Solía ​​ser un barrio de clase trabajadora", dice. Hoy en día, los turistas pasean entre boutiques y los hipsters organizan comidas callejeras.

El estado como religión sustituta

En el Hackescher Markt, uno debe buscar las huellas del socialismo con una lupa. No muy lejos de la catedral de Berlín, el Este y el Oeste, sin embargo, son literalmente opuestos. Además del enorme edificio nuevo del Ministerio de Relaciones Exteriores, hay un edificio prefabricado con arte de fachada socialista. Uwe está seguro de que los inquilinos que alguna vez trabajaron en el aparato estatal de la Alemania comunista todavía viven aquí. En ese momento contrae las cejas, y unas arrugas se le forman en torno a los ojos y sobre la frente. En la RDA, el estado se propagó como una religión sustituta, de la que Uwe siempre sospechó. Reitera la pregunta que lo llevó a Occidente: "¿Por qué debía permitirme un régimen que no me interesaba?"
Poco después de su fuga, el periódico "Bild" quiso presentar a sus lectores la historia del joven deportista. Para Uwe, esa entrevista sería la primera experiencia negativa en su nuevo hogar. Fue tratado con arrogancia. Le habían ofrecido rollos de salchicha, con la observación de que no sabía qué era esa cosa. En el editorial fue inmediatamente etiquetado como “sin dinero”. Pero Uwe huyó con 5.000 marcos en el bolsillo, cambiados en la RDA, a un tipo de cambio escandaloso. Se había ganado el dinero trabajando como portero nocturno en el Hotelhochaus de Alexanderplatz.

30 años de silencio

Después de esa entrevista, pasaron 30 años antes de que Uwe volviera a hablar públicamente sobre sus experiencias. Sin embargo, la impresión por la conversación no quedó sin efecto. El entonces presidente federal Richard von Weizsäcker aparentemente había leído su historia. Cuando visitó un centro de recepción para refugiados del muro, reconoció a Uwe y habló con él. Uwe le contó sobre la fuga fallida de sus dos compañeros. Weizsäcker le dijo que no debía preocuparse. Como a muchos otros refugiados, la República Federal ayudaría también a los dos hombres a escapar.
Uwe escapó del régimen, pero nadie puede escapar de su propia biografía. Incluso hoy se queja de que la RDA le ha impulsado a construir una carrera deportiva, y que al escapar tuvo que comenzar completamente de cero, a la edad de 24 años. No había esperado el rechazo de muchos occidentales hacia los orientales. Él cree que las mentes de los alemanes han establecido una caricatura de la RDA, de sus “pobres hermanitos comunistas” . Uwe elogia el sistema educativo comunista, y se entusiasma con el recuerdo del maestro que lo entrenó de joven al iniciar su carrera. Tenían que improvisar mucho en Oriente y siempre se ayudaban mutuamente.
La sólida cohesión, el ingenio en la economía de escasez: son frases que uno escucha una y otra vez de alemanes orientales. "Teníamos que vivir con poco, y eso es un arte", dice Uwe, y agrega: "También puedo estar orgulloso de haber tenido que ir por otro camino". El Muro es y seguirá siendo parte de su vida; no solo mentalmente, sino también materialmente. La oficina del canal de televisión donde trabaja se encuentra directamente en la antigua frontera interior de Alemania. Un pedazo largo del muro que recuerda la división alemana, y un pasado que aún no ha pasado del todo.

Un ciudadano de Berlín Occidental lee el periódico donde se anuncia la noticia, el 10 de noviembre de 1989: “El muro se fue!”

sábado, 9 de noviembre de 2019

Por las calles del "enemigo"


Paseo por Londres, sin prisas, en una de esas tardes frías y lluviosas que dieron fama a esta ciudad recostada sobre el Támesis. A pesar de todo es un lugar tranquilo, me digo, que ni las hordas de turistas ensayando poses ridículas frente a sus teléfonos móviles logran desgraciar. Vengo de ver el cambio de guardia en el Palacio de Buckingham, temprano por la mañana, y de almorzar en un mercadillo al aire libre bajo un puente de hierro donde pululan los mendigos; y en la esquina de un enorme parque descubro el monumento. Es un lugar conmovedor, pues muestra las figuras de siete hombres, soldados todos (aviadores británicos que murieron cumpliendo con su deber sobre Alemania durante la Segunda Guerra Mundial), vestidos con sus uniformes de vuelo y sus pertrechos y sus radios y todo aquello que usaban, en unas actitudes serenas y muy dignas. Son tipos muertos de verdad, piensa uno cuando los ve. Se ve que realmente lo están. Parecen fantasmas melancólicos.
El monumento se encuentra casi frente a la casa de Wellington, en la entrada oeste del Green Park, y de verdad que vale mucho la pena darle un vistazo. Estatuas de unos tipos que murieron mientras bombardeaban Alemania, causando centenares de miles de víctimas (un solo escuadrón de bombardeo era capaz de arrasar el centro urbano de una ciudad en apenas media hora en mitad de la noche y así ocurrió, por ejemplo, en Dresde, donde en solo dos noches palmaron 30 mil civiles). Y sin embargo, la idea del monumento pretende quedar por encima del horror: combatían por su patria, cumplían con su deber y cayeron como héroes. Punto. Lo demás puede (y naturalmente debe), discutirse en otros lugares. Pero aquí solo se trata de honrar a hombres valientes. A héroes de guerra.
Contemplo las figuras de bronce, brillantes por la lluvia que cae ahora como finos hilos de plata, y paso la mano sobre el relieve dorado que aparece al pie de la base de mármol: "Memorial inaugurado por Su Majestad la Reina Elizabeth II", se lee en estricto inglés. Frente al monumento hay una protesta de gente que se manifiesta contra el Brexit. Ciudadanos comunes golpeando cacharros y gritando consignas contra Boris Johnson. Individuos indignados porque unos pocos políticos idiotas les quieren arrebatar su histórica y muy arraigada identidad europeísta. Estos ciudadanos que protestan son ingleses, indudablemente, pero primero son europeos.Todos están exaltados y rodean el lugar pero nadie, absolutamente nadie se atreve a profanar el monumento. Un hombrecillo viejo de bigotes blancos y corbata azul deambula por la calle con un cartel amarillo y circular con la inscripción “Only god can rescue our nation now” (solo Dios puede rescatar nuestra nación ahora). Lleva en el pecho el emblema de la rosa roja que es el símbolo nacional británico y representa la paz y la unidad del país. Y entonces, frente a todo ese desmadre que se sucede frente a mí en singular espectáculo, permanezco parado en el pequeño oasis que representa el monumento. En él no faltan flores y hay pequeñas cruces de madera que recuerdan a familiares y amigos, a padres y abuelos caídos en aquellas acciones, y además todo está impecable, limpio, fríamente disciplinado y en estricto orden. No hay paredes pintadas ni graffitis sobre las estatuas, ni suciedad a la vista ni en los alrededores. Todo está como debe estar, en armonía con esas graves y elegantes estatuas. Entonces me digo claro, allí está la diferencia, estos tipos cuidan el detalle. Es un país sin complejos históricos. Saben que con los héroes y con la Historia no se juega, y por eso no utilizan a sus muertos como arma arrojadiza. Son ecuánimes y saben tomar distancia. Me gusta eso.
Pienso en ello mientras recuerdo inevitablemente lo que leí en la prensa sobre mi país hace unos meses: en Buenos Aires, dos veteranos pilotos argentinos supervivientes de los ataques aéreos contra la flota británica en 1982 eran insultados cuando fueron invitados a contar sus experiencias en un colegio de la ciudad. Habían sido llamados para dar una charla y se llenó el aula, pero, en cuanto abrieron la boca, dos alumnos mocosos y un adulto sacaron a relucir los 30.000 desaparecidos de la represión y la infame maniobra que fue Malvinas para el régimen militar. Eran ciertos ambos extremos, sobre los que aún se debate, y con razón, en Argentina; pero sin ninguna relación con el motivo de la charla, pues los dos pilotos, que durante la guerra tenían veintipocos años, habían sido invitados a la escuela para que hablasen de los combates aéreos que protagonizaron, de los compañeros derribados mientras atacaban a los barcos ingleses, del sacrificio suicida de aquellos jóvenes que, volando en sus Skyhawks al límite de las reservas de combustible, a diez metros sobre el mar y con salpicaduras de las olas en el parabrisas, se metieron entre la implacable defensa aérea enemiga y murieron sin rechistar, sencillamente, cumpliendo con su deber y con su oficio.
No les dejaron ni contarlo. Con la aprobación y el aplauso de alumnos y padres de ambos sexos, los dos mocosos y el adulto centraron sus preguntas exclusivamente sobre la dictadura militar, reprochando a los dos veteranos que hubieran ido allí a hablar de otra cosa. Les insultaron y les dijeron “milicos de mierda”, como se suele llamar casi siempre en Argentina a los hombres y mujeres que defienden patrimonios históricos relacionados con cualquier cosa vinculada a lo militar. Y entonces, con calma, los dos viejos veteranos recogieron sus cascos de vuelo y volvieron a colocarse sus chaquetas (porque así vestidos concurren siempre, orgullosos, a cada charla o cada evento al que son convocados), y se largaron en silencio de aquel auditorio hostil donde no eran bienvenidos, sin haber podido hablar de nada.
Parado frente a las impecables estatuas de bronce, en esta ciudad gris y melancólica, pienso ahora que Inglaterra tiene cosas muy criticables que resultan chocantes para el resto del mundo, como el colonialismo o la antigua piratería, pero sin dudas también hay que reconocerles algo: tienen un profundo respeto por sus héroes y por las batallas que libraron, y una unión cívica frente al desastre que resulta emocionante de ver. Además son una sociedad ecuánime; siempre intentan ver alguna virtud en su enemigo, como en aquel vídeo real que vi de la guerra de las Malvinas, cuando un piloto argentino, durante una batalla, volando impávido al ras del agua en su caza de ataque, entre el intenso fuego antiaéreo, se eleva un poco para lanzar sus bombas y pasa rozando el palo de la fragata desde la que le disparan; y desde el otro barco cercano, desde el que están filmando la escena, se escuchan los gritos de admiración y los aplausos de los marinos ingleses.
Son las cinco de la tarde y la noche ya cayó sobre la vieja ciudad recostada sobre el río. Camino por una orilla en dirección a Spitalfields y entonces recuerdo unas líneas de Joseph Conrad, escritas en la primera parte de El corazón de las tinieblas: “cuando camines por los cauces bajos del Támesis, honra la memoria de los hombres y los barcos que han regresado al reposo del hogar o partido hacia las batallas del océano. Aguas que han transportado a aventureros y colonos, buscadores de oro y de fama, almirantes, marineros, capitanes, mercaderes, oscuros traficantes o nobles sacerdotes, empuñando la espada y otras veces la antorcha, mensajeros todos ellos del poder y de su patria”. Tiemblo por un instante. Tal vez sea el frío o la humedad.
El viento barre las piedras de las calles espejadas por la lluvia. Vuelvo a mi habitación de mala muerte en un antiguo suburbio del este con los puños apretados y hundidos en los bolsillos, y masticando mis propios recuerdos de aquella patria ingrata y cruel de donde me tocó emigrar. Tengo por delante un camino largo y voy pensando. Claro, estos tipos creen en el detalle y en la caballerosidad. Por eso han sabido dominar el mundo con precisión y crueldad.
Como dijo mi amigo Guillermo, cada sociedad tiene el país que se merece. Es cierto, me digo. Por eso mis paisanos son tan despreciables en la mayoría de las derrotas y tan crueles en las pocas victorias. En cambio estos británicos se han ganado su reputación a punta de siglos de temple, voluntad y determinación, peleando contra todos en batallas que duran hasta hoy. Un pueblo de guerreros, poetas y marinos. 
Recuerdo a los dos pilotos veteranos siendo insultados en la escuela, y recuerdo a aquel imbécil que me escupió el uniforme en el tren mientas viajaba de Bahía Blanca a Constitución, en mis tiempos de soldado. 
Pateo una piedrita y sigo caminando. El hotelucho y una comida caliente ya están cerca. 
A veces hay broncas que quedan en la memoria y se olvidan por un tiempo, y luego vuelven y se largan de nuevo, pero nunca se van del todo.

miércoles, 30 de octubre de 2019

José Quiroga: obrero, inmigrante y pesimista


José Quiroga estaba muy seguro de que nada cambiaría ese domingo, pero igual se levantó a las 7 a.m. en su departamento de dos habitaciones de la Konradstrasse, en el distrito de Olten, y se puso el overol azul antes de entrar a la cocina a desayunar. Su mujer, Gretchen, le preparó huevos con jamón. Quiroga estaba en medio de su comida cuando recibió la llamada que estaba esperando. Era Roby Marbacher, el capataz de mantenimiento de la embajada de Argentina en Berna, Suiza, donde Quiroga trabaja desde hace 20 años para ganarse la vida. “José, ¿podrías estar aquí como a las once de la mañana?”, le preguntó su jefe. “Ya sabes a qué se debe”. Quiroga lo sabía. Colgó el teléfono, terminó su desayuno y dejó su departamento para disponerse a pasar el resto del domingo asistiendo a los votantes argentinos exiliados, que elegían nuevo presidente para su ahora muy lejana patria.
"No va a cambiar nada", se dijo Quiroga mientras viajaba en el tren con la nariz pegada al vidrio húmedo. "Siempre es igual. Si regresas al país después de una semana, todo ha cambiado. Pero si regresas después de 30 años, nada ha cambiado", pensaba ensimismado viendo transcurrir el paisaje neblinoso y pardo a través de la ventana.
Cuando Quiroga llegó al número 1 de la Jungfaustrasse había salido el sol y la fila de gente que aguardaba en la puerta de la embajada era importante. "Doscientas personas", calculó rápidamente. El señor Kaufmann y Simon Bachmann, el encargado del edificio, estaban esperándolo. "Disculpa por hacerte salir así un domingo", dijo Bachmann, "No esperábamos tanta respuesta". "Oh, no digas eso", respondió Quiroga. "¿Por qué?, es mi trabajo y mi deber es estar aquí". Quiroga estaba acostumbrado a ponerse detrás del volante de una excavadora. Era su oficio desde hacía 25 años. La excavadora era una máquina amarilla con un cubo metálico negro que cavaba la tierra en dirección al operario, no en dirección opuesta a él, como hace una grúa. Pero esta vez dejó la máquina estacionada en su cobertizo, y se dedicó a ayudar a repartir café y pasteles a la gente que esperaba para votar.
Las hojas marrones cubrían el césped, porque era otoño. Entonces Quiroga recordó aquel día en que salió por última vez de su casa en el barrio "La rana" del partido bonaerense de San Martín, rumbo al aeropuerto de Ezeiza y al axilio de México. "Era un día parecido a este", se dijo. "Aquel otoño hace 25 años". Luego vendrían los tiempos duros evadiendo a la policía migratoria y las incursiones clandestinas en Guatemala y El Salvador, los muertos en las fronteras inciertas y aquellos primeros años de trabajo en Europa, como albañil de la construcción, en comunidades deprimidas y habitadas mayoritariamente por inmigrantes turcos asentados en el oeste de Alemania. "Los tiempos duros llegan siempre en otoño", se repitió en silencio. "Otoño. Tiempos duros".
El señor Kaufmann sonreía alegremente mientras servía café y repartía tortas, ignorante de cuanto podría estar pasando por la cabeza de Quiroga. "Mírelos, están felices. Tienen esperanza", dijo. "Es bueno que la gente tenga esperanza, a pesar de todo". "¿Y usted no va a votar?", le preguntó a Quiroga que en ese momento observaba como una mosca había caído en la trampa de una araña y comenzaba a ser devorada por ésta. "No. No voto hace muchos años. Desde que salí de Argentina". "Pues debería", dijo el suizo. "Eso alimenta y ayuda a mantener en forma la democracia".
Quiroga seguía observando el espectáculo silencioso, anónimo y brutal que se desarrollaba en la esquina superior de la superficie blanca, justo en el vértice entre la pared y el techo. Entonces comenzó a pensar en las patas de la mosca arañando desesperadamente la tela, intentando escapar y hundiéndose cada vez más y más en una muerte inexorable y viscosa. "Son moscas", se dijo. "Los argentinos crédulos y optimistas son moscas". "Cientos de miles de moscas, millones, arañando esperanzas y patinando en la tela para siempre. Argentina es un sistema concebido para machacar el futuro y aplastar la inteligencia. Es la comarca del mundo donde solo el hecho de permanecer para vivir pone en riesgo la salud física y mental. El hambre, la moral y la dignidad son usados como tela, como arma arrojadiza, como ciénaga peligrosa en donde caer se transforma automáticamente en una sentencia de muerte. Es una trampa que hace mal y que hunde lentamente, muy lentamente, pero que a la vez mantiene conscientes a sus cautivos durante todo ese tiempo, para mostrarles su propio final con fría calma y disciplinado método. Una tierra tan extraña como cruel que condena a sus gentes al crimen masivo y popular de marchar todos juntos alegremente al matadero. Año tras año y gestión tras gestión". "Son moscas", se dijo. "Igual que nosotros. Todos somos moscas".
Cuando los votantes comenzaron a sufragar todo se desarrollaba en un marco de profunda paz y tranquilidad. En el recinto no había policía, ni soldados, ni fusiles ni armamento de ninguna clase. En la calle no había ruido, ni gritos, ni bocinas, ni música, ni olor de ningún tipo, ni se escuchaban peleas, y nadie hablaba de fútbol ni había camisetas de ningún equipo y el sol estaba cada vez más cálido y los individuos que esperaban en la acera comenzaron a quitarse los abrigos. Unas mujeres mordieron pasteles y bebieron café, y las hojas caídas en el suelo volaron de repente en una ráfaga de viento con el sonido de una trilladora, que pudo oírse por encima del ruido de los pájaros. Cuando terminaron de votar unas 300 personas, Simon Bachmann, el encargado del edificio,  se acercó y echó un vistazo. "Esta jornada es buena", dijo. "Me hubiera gustado votar también”, dijo el señor Bachmann. "La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás sistemas", añadió. "Ya saben, solía decirlo Churchill”.
Albert Lang, otro asistente de la embajada, asintió y dijo que ahora se necesitaban más hombres en el gobierno con los huevos de Churchill para terminar con el terrorismo y el caos en el mundo. "Era un hombre fuerte", dijo Quiroga. "Sí, sí que lo era", dijo Lang. "Ahora solo hay cabrones, cobardes y feministas en el poder. Toca defender cada uno su parcela y no confiar en nadie", remató. "Sabes, este tiempo me da asco".
Quiroga tenía 58 años. Era un hombre de cabello canoso cortado casi al rape, delgado pero correoso y con la mandíbula afeitada que nació en la provincia de Buenos Aires y cumplió servicio como soldado raso con el 7 de infantería en el Monte Longdon durante la Guerra de las Malvinas. Era un operador de maquinaria vial certificado con categoría 2, lo que significa que ganaba 35, 5 francos por hora. Era un hombre anónimo, un inmigrante y obrero manual que asistió a los votantes argentinos residentes en Suiza el domingo 27 de octubre de 2019 sirviéndoles café y tortas, mientras elegían al presidente número 50 de ese país. 
Un obrero vial que cobraba 35, 5 francos la hora y que no votó porque no regresaba a su país hacía 25 años y porque ya no creía en nada. Abandonó su día de descanso para ayudar en unos comicios gratuitamente, y dijo que el mantenimiento de la embajada era su trabajo y que una parte de su trabajo consistía en obedecer las órdenes de su jefe, y que por eso su deber era estar allí.

sábado, 13 de julio de 2019

Comodines de batalla


En el lugar del mundo donde nací, mucha gente todavía se pregunta para qué sirven los soldados. Entonces me digo que claro, que allí radica una de las causas por las que el país está como está; tan destartalado, enfrentado y fracturado en muchos aspectos, desde siempre. Pues esa es, por ejemplo, una de las jodidas formas de pensar que terminan jodiendo todo el asunto, en pocas palabras y entre otras cosas. La interminable secuencia cíclica que se repite década tras década. Porque esto no es nada nuevo, oigan, y si no revisen los libros de Historia, que allí está todo escrito y se cuenta que lo único nuevo es lo olvidado. Me refiero a esa incapacidad crónica, genética, cultural y existencial del argentino medio para reconocer errores y cerrar disputas ideológicas o partidarias. "Heridas del pasado", que le dicen. Eso es parte de la gente, de su patrimonio más intrínseco. En el fondo les encanta debatir sin llegar nunca a ninguna solución.
Yo no soy analista político ni nada por el estilo. Tampoco intento reflexionar para encontrar ninguna respuesta, pues tal cosa no me interesa. Simplemente soy un tipo que ha visto y vivido situaciones y que con ello cuenta las historias que le da la gana contar. Por eso lo que escribo más abajo me compete, pues me llega directamente y toca mi fibra más íntima. Es prácticamente lo único que me sigue importando de aquella tierra cruel que dejé atrás. Y en mi opinión es solo una pequeña causa del desmadre, dentro del cúmulo de dramas que es la Argentina. 
¿Para qué sirve un soldado? Bueno, les diré que entre otras cosas sirve para impedir que sucedan situaciones malas, o al menos eso es lo que nos dice la teoría.
En otro tiempo (uno que por cierto yo no viví), los soldados sirvieron para causas ingratas y oscuras, muchas veces nefastas, porque quienes los mandaban eran unos brutos, unos imbéciles y unos canallas, igual que los políticos de ahora: unos hijos de la gran puta, en su gran mayoría.
No obstante, creo que un soldado sirve también para cosas buenas, para cosas útiles, honrosas y dignas, siempre y cuando quien lo dirija sea honrado y digno.
En Argentina los soldados tienen mala prensa (lo sé porque lo viví personalmente durante más de 10 años), y las generaciones nuevas siguen pagando el precio de las viejas rencillas. El precio de sabor a moneda vieja en la boca que me tocó tragar a mí y a mis ex compañeros. Y a mucha honra, pues fuimos voluntarios para todo aquello. Voluntarios y además buenos profesionales. Siempre listos a cumplir una orden sin rechistar, a matar o a morir en nombre de la bandera, de la patria y de las jodidas buenas intenciones.
Sinceramente espero que Argentina nunca necesite realmente a los soldados porque no se lo merece, y espero también que su “brillante” política exterior siga siendo tan "razonable" como hasta ahora, porque el día en el que todo falle y la cosa se vaya al carajo, se necesitarán soldados para hacer "cosas dignas” en favor del país. Necesitarán que alguien les junte la basura, que les tape cuando haga frío o les saque las papas del fuego, como quien dice.
A fin de cuentas, mirándolo bien, los soldados son gente especial, igual que los bomberos o los policías, dispuestos a afrontar penurias, la mutilación y la muerte por poca paga, o por ninguna. Voluntarios o profesionales (como fui yo), forzosos cuando les toca, lo cierto es que están listos para dejar el pellejo donde otros no lo dejarían nunca. Y mientras tanto, mientras los soldados se juegan la piel, los muchos progres cobardes atrincherados detrás de una pantalla de ordenador ladran necedades, cafecito en mano y arropados entre algodones durante el invierno. Escupen tonterías creyendo que así se arregla el mundo. Además de risa, me dan ternurita.
Sería ideal que no hicieran falta, claro. Pero de lo ideal a lo real hay mucho hijo de puta de por medio. Y mucha injusticia y mucho hambre. Mucha retórica cobarde de canallas disfrazados de corderos. Cuando el mejor de los tontos y de los ignorantes se estrella contra realidades, los soldados se vuelven útiles. Y hasta se los felicita.
Ahora puedo opinar desde afuera lo que antes no podía, porque era un subordinado que creía en la causa y que respetaba las normas. Que las cumplía. Fui uno de ellos, como dije, a mucha honra. Y oigan, dije "creía", en tiempo pasado, pues con los golpes y con la vida uno se vuelve desconfiado hasta de su sombra, y entonces afina la mirada. Hoy no creo en casi nada y menos en causas masivas, como ese inútil "juntos podemos", pues, como escribí hace poco, el ser humano termina siempre salvándose solo, y el que no puede muere en el intento. Es que mi escepticismo tiene su fundamento a punta de pelear y de buscarme la vida, "pa que sepa usté, compadre".
Pienso que aquel que no quiera ver que en la vida real hay tipos anónimos dispuestos a jugarse la vida por intereses ajenos, es un perfecto imbécil.
Y la verdad es que hoy, como ciudadano civil ya alejado de esa vida y de mi patria y de todo, prefiero que haya más gente dispuesta a matar y a morir en mi nombre en caso de, y que esa gente esté de mi lado cuando las papas quemen.
Me gustaría saber que haría la Argentina si se quedara sin soldados, palabra que todavía hoy suena tan "fachista". 
A falta de soldados, tal vez los políticos inviertan dinero en besitos con lengua, o esperen a reír todos juntos tomados de la mano con los besitos que reciban de usurpadores ajenos, o de la horda de cabrones de turno que, luego de violar fronteras y empernarse a todas las féminas que habitan alrededor, lleguen hasta las mismas puertas de sus casas a darles con la cimitarra por el culo. 
Ocurre que el mayor problema en la Argentina es la ignorancia, que al mezclarse con la estupidez, hace que el asunto se vuelva insoportable. Es que si no vemos arder Troya en Beirut, estamos perdidos.
Yo he vivido y trabajado junto a algunos de esos hombres honrados y, como en todos lados, naturalmente también conocí a otros que eran mediocres. Por eso es tan importante saber separar la paja del trigo y no meter todo en una misma bolsa al grito infantil de "no les tenemos miedo". Porque eso, además de ridículo, es idiota.
Pero en fin, como les decía. Para eso sirve un soldado decente, porque los hay. 
Sirve para que lo maten por ti sin complejos, cuando haga falta.

sábado, 22 de junio de 2019

Los héroes solitarios

Hace algunos meses escribí una nota donde contaba que de finales felices me creo lo justo, y que la última varita mágica que vi la tenía clavada en el culo un hada madrina a la que violaron en el sur de México, en 2012. Ella buscaba migrar al norte desde su Guatemala natal, y soñaba con alcanzar las luces de Brownsville o San Diego, pero en vez de eso murió asesinada, sobre el polvo y en la miseria de aquella frontera perdida en Ciudad Hidalgo, peleando a dentelladas y arañazos, rodeada por las risotadas de sus verdugos y con la valentía que caracteriza a los guerreros anónimos. Los hijos de puta que la secuestraron lo hicieron en grupo, naturalmente, pero a pesar de saberse en peligro, ella viajaba sola y sin miedo aparente y sin retaguardia que la proteja. Se llamaba Marcela y era una loba individualista y por eso, a pesar de haber muerto, se salvó. No sé si me explico.
Recordar su muerte me viene perfecto para abrir el asunto sobre el que quiero escribir hoy; la importancia de ver la vida con la certeza de nuestra propia soledad, evitando así las muchedumbres y las manadas innecesarias. Porque, como quien dice, llegamos solos al mundo y nos vamos solos casi siempre. Es que así son las cosas, compadre, por más que muchos cantamañanas intenten venderte lo contrario.
Yo creo que el héroe de verdad siempre opera desde el silencio y la soledad y, por más que a veces termine al borde de la muerte, casi nunca grita y rara vez se deja ver. Desconfío mucho de aquellos que se jactan de benefactores. Por eso las causas generales no me interesan. Por eso se que las grandes aventuras colectivas, la mentirosa solidaridad, los miles de encendedores al viento en una noche de concierto, las ridículas pancartas con buenas intenciones, la barricada proselitista, el histérico griterío futbolero, la vieja utopía del "juntos podemos" y toda esa parafernalia se fue a la mierda hace mucho tiempo. Al menos para mí.
Vivimos en un mundo hostil y lleno de peligro. Como siempre ha sido en realidad. Un enorme campo minado en donde un paso en falso te hará volar en pedazos por los aires, sin avisarte y sin pedir permiso. De allí la importancia vital de estar preparado, lúcido, o al menos consciente de donde estamos pisando.
Hace tiempo dejé de creer en las instituciones y siempre sentí antipatía por las campañas y los proselitismos; siempre me ha desagradado la gente que no se conforma con tener una opinión y obrar en consecuencia, sino que necesita atraer a su causa a otros, verse arropada por las masas más manipulables y gregarias y deseosas de infectarse; la que organiza castigos colectivos, difamación y linchamientos verbales. La que ansía "dar su merecido" a quien le lleva la contra o emite un parecer que la fastidia. 
Porque, oigan, una cosa es reclamar, otra pelear, y otra ser parte de un rebaño imbécil que grita necedades. A ver si nos entendemos.
Quienes sentimos aversión hacia el “muchos contra uno”, somos unos raros, una especie en vías de extinción. No solo ocurre en la Argentina (país donde nací y donde el asunto es folklore cotidiano), sino en el mundo entero, sobre todo desde que se descubrió el mejor instrumento de propaganda e intoxicación que ha existido nunca; las redes sociales. Entonces, desde esa trinchera calentita y confortable, tras la pantalla del ordenador o del teléfono, la jauría cobarde se dedica sin cesar, y en masa, a escarmentar desproporcionadamente a los individuos que caen en desgracia por el motivo que sea, o que no se someten a la creencia "blindada" y sacrosanta de hoy: lo "políticamente correcto". Esto último lo sé de primera mano porque lo he vivido. Nadie me lo contó. Pude comprobarlo y compararlo.
Estuve varias veces en zonas de conflicto donde la vida valía una mierda, como en México, El Salvador, Nicaragua o lugares así, y además porque vengo de un país que es una nación singular, donde su más relevante escritor (Borges) se declaró irónicamente "inglés" y terminó muriendo, por elección, en el extranjero, o donde su máximo héroe (San Martín) falleció en el ostracismo de Boulogne, y se extinguió oscuramente en aquel pueblito francés, amargado, mirando de lejos una patria ingrata y miserable a la que le daba miedo regresar. Aquel mismo lugar donde las crisis económicas hunden una y otra vez a los argentinos en la pobreza (y al referir pobreza no hago alusión solamente a lo económico, sino más bien a la miseria moral producto de una violencia visceral, desmedida y sin sentido común).
La Argentina padece un mal singular que en otras partes de América Latina da la impresión de haberse superado pero que allí parece incurable: una incapacidad crónica, genética, cultural, existencial para reconocer errores y trascender las disputas partidarias, ideológicas y provinciales.
Estas referencias de Argentina las utilizo solamente como anécdotas generales para arribar al punto que en verdad me interesa. 
El ser humano se salva solo, y cualquier causa o puesta en común termina envilecida y corrompida por los mismos de siempre; farsantes, demagogos e ignorantes. A menudo esa chusma infame que en mi país, por ejemplo, responde al nombre colectivo de clase política.
Por eso y por otras cosas no creo en la humanidad y mis héroes son claramente individualistas. Hombres y mujeres que intentan superarse en silencio, que leen libros viejos tratando de comprender el presente con las letras del pasado. Gente que viaja sola y no en plan de alegre turista, sino en busca de un porvenir mejor sin mirar atrás. Despojos humanos colgados de trenes de carga rumbo al norte, con la esperanza brillando en los ojos, de que un día renacerá de esa desgracia un hombre nuevo. Hombres cargando mochilas pequeñas que portan dentro lo único que poseen en la vida. O aquellos individuos que evitan la muchedumbre y que, en las noches cuando se confunde fútbol con nacionalismo, apagan la tele y leen a Borges, a Onetti o a José Hernández. 
Esos son mis héroes y heroínas en un mundo que se tambalea. Creo que tiene que ver más con una cuestión de dignidad, de elegancia o de gallardía. Quién sabe.
En esto andaba pensando y decidí escribirlo. Porque, oigan, después de todo, en esta era de analfabetos virtuales cada uno es dueño de hacer o decir lo que se le antoje, y más desde la impunidad de las redes sociales. Así que aquí me tienen, dándole a la tecla.
Como les decía. Más allá de lo que podamos opinar ustedes o yo, me anduvo rondando por la cabeza el recuerdo de esa chica guatemalteca reventada en aquel vertedero inmundo de Ciudad Hidalgo, con las manos cruzadas atrás y atadas con alambre.
Venimos solos y nos vamos solos. Y eso si que es lapidario. 

sábado, 8 de junio de 2019

Sobre mujeres valientes, cojones y periodismo

Hace una década recibí la más importante lección de periodismo de mi vida. Tenía 28 años, quería contar historias, y cada tarde, al salir del trabajo, frecuentaba las aulas de una facultad de comunicación social en la provincia de Buenos Aires, Argentina. Al frente de la cátedra de sociología había una señora bajita, de pelo corto, elegante y culta, que hablaba sobre literatura clásica y sobre cronistas importantes de redacciones internacionales. Escéptica, viva, humana, ella fue quien me presentó a Marie, luego de haberme sugerido leer a Oriana Fallaci, a Tom wolfe y a Truman Capote.
Empezó a encargarme pequeñas notas, para foguearme, y un día me encargó que entrevistase al líder de una comunidad de gitanos que acababa de tener problemas con la policía.  Y cuando, abrumado por la responsabilidad, respondí que entrevistar a un líder comunal detenido quizás era demasiado para mí, y que tenía temor de hacerlo mal, la veterana se recostó en el respaldo de su silla y me dijo algo que nunca olvidaré: "¿Miedo?... Mira, pibe. Cuando tengas un pedazo de papel y una lapicera en la mano, quien debería temerte es el comisario a vos". 
Pero esto último fue solo una anécdota para contextualizar lo que realmente quería contarles. Entre todos aquellos textos y autores que la profesora nos sugería leer, hubo un personaje que me fascinó y, aprovechando que en Argentina se celebró un nuevo día del periodista el pasado 7 de junio, seguidamente les comparto su historia.
Marie Catherine Colvin fue una corresponsal de guerra estadounidense que trabajó para el periódico británico “The Sunday Times“ desde 1985 hasta su muerte en 2012, mientras cubría el sitio de la ciudad de Homs, en Siria.
A partir de 1986, Marie Colvin fue corresponsal del periódico especializada en el Medio Oriente. También cubrió conflictos en Chechenia, Kosovo, Sierra Leona, Zimbabwe, Sri Lanka y Timor Oriental .
Vio mucha violencia, experimentó en persona las brutalidades de guerra y sus reportes tuvieron gran impacto en el mundo occidental para comprender los conflictos de Medio Oriente. Tuvo que lidiar con el alcoholismo y el síndrome de estrés postraumático por los ataques a los que siempre estuvo expuesta. Se curtió como mujer dura en un ambiente militar masculino y como reportera en países particularmente duros para las mujeres.
Colvin perdió su ojo izquierdo debido a la explosión de una granada propulsada por cohete (RPG), que el Ejército de Sri Lanka lanzó cerca de una posición donde ella se encontraba el 16 de abril de 2001, durante la guerra civil en ese país. A partir de entonces llevaba un parche en el ojo, lo que la hacía (en mi opinión), aún más interesante. 
Fue testigo durante los últimos días de ese conflicto e informó sobre los crímenes de guerra perpetrados contra los tamiles.
En 2011, mientras informaba sobre la Primavera árabe en Túnez, Egipto y Libia , se le ofreció la oportunidad de entrevistar a Gaddafi, a quien ya lo había conocido en 1986, en ocasión de los bombardeos norteamericanos a Libia.
En su último viaje, febrero de 2012, cruzó la frontera Siria en moto, ignorando las sugerencias del gobierno que rogaba a los periodistas para que no ingresaran al país. 
El día anterior al ataque en el que murió, hizo un despacho telefónico donde describió bombardeos y ataques de francotiradores de las fuerzas sirias hacia edificios civiles y personas comunes en las calles. Dijo que era el peor conflicto que había experimentado en su vida.
Colvin murió el 22 de febrero, junto con el periodista fotográfico Rémi Ochlik. Una autopsia realizada en Damasco por el gobierno sirio concluyó que Marie Colvin fue asesinada por un "dispositivo explosivo improvisado lleno de clavos”. 
El gobierno sirio afirma que el artefacto explosivo fue colocado por terroristas el 22 de febrero de 2012, mientras otros testigos responsabilizaron directamente al Ejército Sirio.
En un discurso pronunciado en noviembre de 2010 en homenaje a periodistas fallecidos cubriendo guerras, Colvin admitía los serios riesgos de la profesión que había elegido, cuya misión, dijo, es "informar de los horrores de la guerra con rigor y sin prejuicios".
"Nunca ha sido más peligroso ser corresponsal de guerra, porque el periodismo en las zonas de combate se ha convertido en objetivo principal", dijo Colvin, al tiempo que pidió a los medios que sigan enviando periodistas a cubrir los conflictos bélicos.
Ramón Lobo, columnista del diario español “El País”, la despidió así: "Sólo los más grandes mueren en la plaza, como los toreros. Que descanse en paz".




jueves, 6 de junio de 2019

La espera

Ocurrió en Inglaterra, al sureste de la isla de Wight, a bordo de uno de los transportes de tropas que se encontraban fondeados en un punto de reunión llamado "Piccadilly Circus", en la madrugada del 6 de junio de 1944.
Nadie puede dormir. Al amanecer se arriarán las lanchas de desembarco y el primer contingente de tropas cruzará en ellas las aguas del Canal de la Mancha para atacar, por mar, la playa "Omaha".
Son las preliminares del Día "D", y la costa francesa de Normandía aguarda del otro lado, perdida entre la niebla.
En el barco, y en toda la flota de asalto, los hombres son conscientes de que, en algunas horas, muchos de ellos van a morir.
Un soldado está echado en su litera, cierra los ojos y sigue completamente despierto. A su alrededor, como un rumor de olas, oye en su duermevela el murmullo de los compañeros. "¡No lo haré, no lo haré!", grita alguien en sueños, y el soldado abre los ojos y mira detenidamente la bodega.
Su visión se pierde en un intrincado laberinto de hamacas, de cuerpos con torsos desnudos y de mochilas que se balancean. 
El hombre decide que tiene que ir al cagadero y, mientras reniega, consigue sentarse. 
Las piernas le cuelgan en el aire, y su espalda está encorvada bajo una de las hamacas de la litera superior. Suspira, alcanza las botas y se las pone lentamente. La suya es la cuarta de cinco literas superpuestas, y comienza a bajar con incertidumbre en la oscuridad, con miedo de pisar a los otros hombres de las literas mas bajas. 
Llagando al suelo busca el camino entre una maraña de bolsas y de fardos, tropieza con un fusil y camina hasta una puerta. Cruza la otra sección de la bodega, igualmente abarrotada, y llega, por fin, al retrete.
Mientras fuma mira el suelo negro encharcado de colillas, y escucha el ruido del agua que corre por la letrina. En realidad no tenía motivos para ir, pero sigue sentado allí porque está mas fresco y las emanaciones del retrete, del agua salada, del cloro, el olor viscoso y dulce del metal mojado, son menos sofocantes que la espesa hediondez de sudor que se respira en las bodegas donde duerme la tropa.
El soldado permanece allí mucho tiempo y después, lentamente, se pone de pie, se sube los pantalones verdes y piensa en los esfuerzos que tendrá que hacer para volver a su hamaca. 
El sabe que se echará allí simplemente a esperar a que suene el silbato del sargento, antes del alba, indicando el inicio del movimiento. 
Se dice a si mismo: "Ojalá ya llegue la hora. Me importa un carajo toda esta mierda. Ojala ya sea la hora".
De regreso a su hamaca y allí recostado mientras espera, recuerda lo vivido el año anterior, cuando fue lanzado en paracaídas esa mañana ventosa de julio sobre Sicilia, poco antes del amanecer. Lo tiene todo tan fresco en la memoria que le resulta increíble haber sobrevivido: los trazos color naranja de las municiones alemanas volando hacia él como si fueran interminables columnas de luciérnagas; el grito sordo de los paracaidistas que eran alcanzados sin haber aún tocado tierra; el calor que arreciaba sobre los tejados rojos de aquellas hermosas casitas italianas; ese muchacho de Austin, Texas, que cuando lo arrastraron hacia la trinchera llevaba las manos cruzadas sobre el vientre tratando de que no se le salieran las tripas, porque había sido alcanzado en el costado y tenía abierta toda la pared intestinal. Recuerda al enfermero flaco con cara de niño que mascaba tabaco y escupía sobre la arena, tan joven aún que no le crecía la barba. Recuerda sus manos ensangrentadas yendo de un herido a otro, susurrándoles al oído, dándoles ánimo, cosiendo heridas y marcando frentes con una "M" en señal de morfina. Oye aún el llanto apagado de los moribundos llamando a sus madres, y la insoportable quietud del silencio a la mañana siguiente, solo rota ocasionalmente por el zumbido de las moscas. Recuerda la sed, la boca seca y el calor. Maldito calor.
Pero Italia ya quedó atrás y este es otro año. La guerra continúa. Cochina guerra de mierda. Siempre los mismos al frente; obreros pobres y campesinos.
Las costas de Francia lo esperan ahora erizadas de ametralladoras alemanas hundidas en la bruma, bajo el brutal estruendo de la artillería naval que "ablanda" la playa.
Allí tumbado en su hamaca el hombre piensa en un día de su infancia, muy temprano por la mañana, en el que se quedó en la cama despierto. Era su cumpleaños y su madre le había prometido una fiesta.
Ningún soldado de la compañía puede dormir. 
Todos están despiertos en su duermevela. 
Nadie sabe quien llegará a ver el final de esa histórica jornada.