"Los que pueden, actúan. Los que no pueden y sufren por ello, escriben. El acto de escribir, constituye una de las acciones mas profundas del sentir del ser humano. Ayuda a quemar la grasa del alma"

Ernest Hemingway.

sábado, 9 de enero de 2016

El legionario de Mostar


Ocurrió en 1993. Me lo contó Manuel Hernandez, en Bosnia-Herzegovina.
Semanas y meses llevaba la gente viviendo la misma pena, la misma desesperanza. Los días de los musulmanes bosnios transcurrían a los tumbos, porque en cada esquina de calle acechaba la sombra de la miseria o del asesinato impune.
La tarea más cotidiana podía convertirse en aventura fugaz de vida o muerte: hacer la fila para el pan, cruzar la calle para buscar el agua, encender un fuego para calentarse.
Desde los techos y desde cualquier esqueleto de casa ruinosa y ennegrecida por las bombas, podía llegar de pronto una bala de francotirador emboscado cortando el aire, bordeando las derruidas siluetas de los edificios. La población civil estaba prisionera, obligada a tragar garganta abajo el espeso brebaje mezclado de odio y estupidez que sus vecinos cristianos urdían.
Eran forzados a vivir siempre en compañía del mismo miedo, del mismo temor. Porque primero habían sido los serbios, acribillando gente a mansalva por simple diversión, desde lo alto de las montañas que rodean Sarajevo, y ahora eran los croatas cristianos allí, entre los escombros humeantes de lo que había sido la bella Mostar. Porque Mostar, a pesar de la guerra, seguía siendo todavía una ciudad muy bonita, con sus bazares turcos forrados en artesanías de cobre, sus mercados de especias orientales y de frutas donde los hombres fumaban tabaco de sabor sentados en el suelo, sus minaretes en torre y ese azul cristalino del río Neretva, que atraviesa la ciudad.
En esa lucha de desgaste atroz por la conquista de aquella tierra bendita teñida de sangre, de violencia y de estupidez, la guerra psicológica imponía también el terror en cada esquina, en cada habitación de hotel o en cada casa hundida por las bombas.
Es que ese año en Mostar, había demasiado fanático con fusil colgado al hombro, demasiado hijo de puta suelto caminando impunemente por la calle, demasiado grito de huérfano herido y de mujer violada con el llanto ahogado por la indiferencia.
A fuerza de plomo y de artillería, los croatas iban echando abajo las hermosas mezquitas de azulejos de colores y el viejo puente otomano de la ciudad. Echaban abajo los símbolos más sagrados del Islam. Un genocidio humano a gran escala y una aberrante profanación cultural se desarrollaba en el patio trasero de una Europa fría e indiferente, en pleno siglo XX y a menos de tres horas de vuelo de Madrid o París.
“Limpieza étnica” era la frase con la que la gran prensa titulaba las noticias que llegaban desde los Balcanes, aunque en realidad haya sido una pena que no hicieran nada para evitarlo.
Aquella tarde del 11 de junio, Mostar estaba cubierta por unas nubes bajas que se retorcían contra el polvo gris, y que flotaban suspendidas en el aire ensuciando el cielo. La ciudad se doblaba sobre sí misma y preparaba sus defensas para la noche.
La noche sería nuevamente la hija bastarda del día, mal parida de hambre y de dolor, y reinaría en ella ese mismo silencio de tumba que habita en todas las ciudades sitiadas del mundo al caer la tarde: un silencio sordo, solo roto de vez en cuando por algún tableteo hueco y lejano de ametralladora.
En los barrios y en las ruinas de las casas arreciaban los combates entre defensores musulmanes y atacantes croatas. Porque ese año no existía la palabra neutralidad para los croatas que ocupaban la orilla cristiana del Neretva: estaban librando su propia cruzada. Se estaba con ellos o en su contra. Y mientras tanto, los musulmanes bosnios de Mostar sufrían el asedio, hora tras hora, día tras día.
No muy lejos de allí, unos cascos azules españoles viajaban en un convoy blindado de la ONU para asistir a los civiles atrapados en el fuego cruzado. Tenían la misión de transportar medicamentos, entre dos hospitales ubicados a uno y otro lado de la ciudad: el hospital bosnio carecía de insumos básicos (plasma, morfina, antibióticos), y en un gesto desesperado se los pidieron al hospital croata, que insólitamente aceptó la solicitud en un gesto de buena voluntad para la reconciliación y la paz entre croatas y musulmanes.
Ambas partes querían que el traslado y entrega de los medicamentos estuviera supervisada por los soldados españoles que cubrían la región. Una sección blindada transportaría las medicinas, y un equipo desplazado desde Madjugorje acompañaría el convoy para brindar seguridad.
Los cinco vehículos BMR de la tercera Compañía “Cobos”, de la Primera Bandera de la Legión, llegaron sin novedad al hospital croata. Allí cargaron medicamentos e insumos médicos hasta cubrir el techo, y partieron nuevamente hacia el sector musulmán.
Eran las seis y media de la tarde y la noche caía lentamente. Giraron por el bulevard hacia el puente de Tito para cruzar el río y regresar al barrio musulmán. El tiempo apremiaba. En el hospital musulmán muchos civiles necesitaban esos medicamentos con urgencia. Tic, tac. El reloj corría. Un lejano eco de explosiones aisladas se dejaba escuchar desgarrando el aire. Cruzaron el puente a gran velocidad y de inmediato recibieron un fuego nutrido de francotiradores apostados en algún lugar del sector croata.
Cling, clang, rebotaban los impactos en la coraza de acero del blindado. En el último vehículo, el que cerraba la columna, viajaba el teniente de la Legión Francisco Jesús Aguilar Fernández, un sevillano de 28 años, casado y sin hijos.
Iba parado de pie en la torreta superior, como corresponde a todo buen jefe de sección que comanda a sus tropas en batalla, con medio cuerpo expuesto fuera del vehículo, protegida su espalda por la tapa metálica de la escotilla abierta, y su pecho por bolsas de arena que atrincheraban el techo.
Su cabeza flotaba libremente sobre el blindado, gritando órdenes a sus hombres para conducirlos a un lugar seguro. El casco color azul del legionario relucía en el crepúsculo, como si de un viejo faro salvador de barcos se trataba, destinado a evitar naufragios, en las duras noches en que arrecia la tormenta.
La sección devolvió el fuego sobre el origen de donde lo había recibido, pero nunca lograron ver al supuesto tirador croata que lanzó el letal proyectil. En ese mundo, los soldados denominan “disparo feliz” a un tiro efectuado sin demasiado cuidado por la precisión, pero que acierta en su blanco por fortuna o por suerte de lotería.
Es, sencillamente, un disparo realizado sin mucha puntería, casi con desdén, solamente por el simple compromiso táctico de hostigar.
Las frituras de las radios que comunicaban los vehículos se cortaron, y entonces los soldados escucharon el desesperado mensaje: “¡Capitán, hay un herido! ¡Tenemos un herido!”.
La munición trazadora dibujaba arcos anaranjados en el aire, y aullaba al estrellarse en el suelo. Todo parecía un sueño. El teniente Aguilar había recibido una herida muy grave.
El “disparo feliz” le había entrado por la espalda, atravesado el chaleco anti fragmentación y salido por el cuello. Al caer sentado dentro del blindado, ya estaba muerto.
El tirador de su BMR gastó varias cintas de munición acribillando las ventanas de los edificios, pero nunca tuvieron noticias de que el sniper fuera alcanzado.
Tic, tac, las ocho de la noche. El cuerpo ya sin vida del legionario sevillano asesinado era bajado del vehículo por otros cascos azules, que iban cubiertos por la sangre de su propio compañero muerto. Apretaban el paso y los dientes cada vez que la metralla croata hacía Cling, clang, en la chapa del blindado.
A las nueve, el cuerpo era evacuado definitivamente de las ruinas de Mostar en una ambulancia militar. Al día siguiente volvería repatriado a su tierra natal, cubierto por una bandera de España. Había cumplido solo 20 días de su misión de 6 meses en la antigua Yugoslavia.
En aquellas tierras desoladas por la tragedia y la guerra, donde nada florecía más que el odio y la intolerancia, la labor de hombres como Aguilar fue realmente valiosa.
Esa noche polvorienta en Mostar había muerto un legionario, un soldado que cumplió con su deber. Era el tercer casco azul español caído en los Balcanes, un hombre convencido de la misión que estaba cumpliendo, un voluntario para todo sacrificio.
Descubrí esta historia cuando pasé unos días en Bosnia Central viajando a través de los Balcanes, y entonces quise compartirla para que no se pierda, como pasa casi siempre con la gente anónima que hace acciones buenas y luego nadie las recuerda.
En una pared vieja a medio revocar en el corazón del barrio musulmán, vi una pintada que decía “Viva España. Gracias por todo”. Esa pobre gente que sufrió la batalla les daba las gracias a esos hombres verdes que cubrían sus cabezas con extraños cascos azules. Es que aquella noche de junio de 1993, y mientras se moría el Teniente Aguilar en la torreta de su vehículo, dos niños musulmanes nacían en el hospital bosnio, con la ayuda de los medicamentos que esos guerreros les habían llevado.
Entonces, junto a aquellas piedras del barrio musulmán de Mostar, lamenté profundamente la muerte de ese soldado. 
Aguilar fue un muchacho valiente.

viernes, 8 de enero de 2016

Diario de un soldado: una patrulla en la frontera


Ocurrió en la selva amazónica, en algún lugar cercano a la frontera entre Perú y Colombia, en el mes de julio de 2004.

Al mediodía el sol castigó con fuerza el embarcadero sobre el río Nanay.
Los hombres estuvieron listos desde muy temprano, con sus equipos preparados y la tensión reflejada en sus rostros pintados de camuflaje. Todos estábamos igual; curtidos por la deshidratación.
Alguien encendió un cigarrillo y se escucharon risas nerviosas pero nadie habló en voz alta. Era una de esas risas inseparables que nos acompañaban siempre para disimular el miedo. Era nuestra manera de aliviar la tensión y siempre estaba presente entre nosotros.
Me sentí enfermo, con el estómago cerrado y sensación de náuseas. Solo había podido tomar unos pocos tragos de agua para mojar la boca seca y seguir esperando sentado sobre mi mochila.
El panorama a mi alrededor era oscuro y húmedo. La quietud de la selva parecía tragarnos con sus colores verdes, pardos y negros. Mi uniforme era del mismo color y me confundía con ella.
En un instante me encontré sobre la lancha intentando acomodarme como podía sobre municiones, armas, equipos de radio, víveres y demás parafernalia guerrera. Me asignaron un lugar en la proa y traté de acurrucarme para que pudieran caber también el resto de mis compañeros.
Observaba como el río, embravecido y caudaloso, se perdía en estelas de espuma bajo el casco de la embarcación. La mirada fija en la jungla, el latir del corazón que galopaba dentro de mi pecho y el músculo tenso sobre el fusil, buscaban algún movimiento que indicara hostilidad.
Luego de un tiempo que no he podido calcular, salté a la costa y el barro se hundió  bajo mis botas. Estaba empapado en transpiración y todavía no habíamos iniciado la marcha.
En tierra recibí la orden de ir de explorador, lo que significa marchar solo y delante de la patrulla, en la vanguardia. Miré hacia atrás y vi como los hombres del pelotón se encolumnaban detrás mío.
El calor era agobiante y se sentía al máximo. La camisa se me pegaba al cuerpo empapado en sudor y unas malditas hormigas rojas comenzaron a devorarme el cuello. En cada picadura sentía como si alguien me estuviera apoyando la brasa encendida de un cigarrillo. La mochila pesaba cada vez mas pero debía seguir. No había mucho tiempo para lamentarme.
Alguien tocó mi hombro y me indicó que volviera a la fila de hombres que avanzaban penosamente, doblados bajo sus equipos y con los tobillos hundidos en el barro.
Ahora marchábamos despacio. Íbamos retrasados con respecto a lo planeado. No corría aire y yo, con el cuello cerrado y las mangas bajadas, sentía que el calor de la selva me oprimía. Aquello era como querer correr en un baño turco. Cuando respiraba me parecía que no absorbía aire sino otra cosa que no llegaba a satisfacer a mis pulmones. La mochila, los cinturones con municiones, las armas, la lona, el cuero y el metal me ahogaban y daban la impresión de apretar mi cuerpo como si formaran un puño enorme. Al final, me desabroché el cuello y me arremangué. Tendría que cuidarme con más atención de las malditas hormigas.
Comenzó a llover de nuevo. Cada paso era más arduo que el anterior. El suelo de la selva  estaba encharcado y estriado cada tanto por arroyos furiosos cuyas márgenes, resbalosas a causa de las hojas descompuestas, se deshacían bajo nuestros pies. Mateo, que iba adelante, con mucha cautela comenzó a bajar por una cuesta empinada pero ésta se desmoronó y lo arrastró treinta metros hasta que un árbol lo detuvo. No se había herido pero una de sus botas estaba tajeada hasta mitad de la pantorrilla. Ayudamos a levantar su cargamento cubierto de barro y lo limpiamos todo lo que pudimos antes de continuar la marcha.
La carga se nos resbalaba constantemente de la espalda mientras tropezábamos y nos deslizábamos sobre el lodo. Las gotas de lluvia golpeaban las hojas de los árboles semejantes a piedras que golpean sobre un techo. Teníamos que gritar para escucharnos entre nosotros.
Desde atrás veía a mis compañeros de patrulla mientras seguía caminando, doblado bajo mi mochila y hundido en esa humedad que lo devoraba todo. Parecíamos animales de carga que se avanzaban a los tumbos y se perdían en la niebla. En ocasiones sentía que flotaba en esa bruma. Todo era muy extraño. La lluvia continuaba cayendo pero el calor comenzaba a disminuir.
Nadie hablaba, y solo se oía el murmullo de la jungla. De repente hubo una señal. El brazo levantado del sargento nos indicaba clavarnos de cabeza en el barro y esperar.
Después de unos minutos volvimos a marchar. Falsa alarma, no era nada.
Vi la hora en mi reloj y me dí cuenta que habíamos avanzado solo un poco mas de dos km en cinco horas. Nos habían dicho en el entrenamiento que las condiciones en la selva eran duras, pero caminarla lo era aún mas. Mi cuerpo clamaba por descanso y mis nervios habían llegado a su extremo de resistencia. Me sobresaltaba por el solo hecho de quebrar una rama con la suela de la bota o de que otra me rozara la cara. Con todo continuamos avanzando durante horas, sin pronunciar una sola palabra.
La lluvia cesó en el momento en que atravesábamos un valle en medio de una oscuridad total. Alcanzamos un río que estaba transformado en un torrente. El vado que teníamos en vista probablemente en tiempo normal traía poca agua y era fácil de cruzar pero, después de las lluvias, estaba transformado en una corriente en la que nos hundíamos hasta el pecho, que ondulaba y hacía remolinos entre las rocas.
Allí nos detuvimos. Armamos nuestro refugio con palmeras y ramas de mocambo. Sería nuestra base de patrulla reducida para descansar un rato en ese fétido e inexorable lugar.
Me tocó hacer el primer turno de guardia y, sentado sobre un charco de barro me dispuse a abrir un paquete de comida de mi ración "charlie".
Me esperaban dos horas de tensa vigilancia con el visor nocturno y mi fusil M-16. Pensé en Judit tratando de luchar contra el sueño y el agotamiento.
Después de un tiempo que se me hizo eterno, alguien me tocó la espalda y entregué mi guardia con el visor. Acomodé la cabeza cobre mi mochila y abracé con fuerza mi M-16.
Todo se volvió silencioso y soñé que flotaba entre sábanas blancas y las piernas tibias de una mujer.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Lucas Ochoa

Ocurrió en un pueblito de la costa oeste, en México.
Eran como las 4, la hora feliz en la pequeña playa de Xametla. La hamaca de fibra natural crujía bajo mi espalda curtida por el sol del Pacífico, y un intenso calor de siesta tropical lo devoraba todo. 
Mas allá de las aguas color turquesa, se alzaban en el horizonte tres islas de piedra adornadas por una vegetación de selva verde y exuberante. Parecían tres perlas que brillaban en medio de una piscina azul cristal, como si alguna mano gigante las hubiera depositado allí, y olvidado de ellas para siempre. 
Por la mañana, los pescadores habían recuperado las redes con su preciosa carga de peces coloridos y algunos caracoles de mar. Regresaban a la playa después de una larga madrugada de faena. 
Nosotros habíamos llegado la mañana anterior, caminando por una ruta desierta después de atravesar unos campos sembrados de maíz, cargando al hombro nuestras enormes mochilas, lo que nos daba un aspecto de graciosos burritos de trabajo. Bajo el calor del mediodía nuestra piel brillaba en perlas de sudor, que bailaban en la brisa.
Lucas Monges Ochoa estaba recostado sobre una hamaca debajo de una choza de techo de palmas y postes de palo. La dentadura de plata le brillaba en cada sonrisa que su alegre rostro expresaba, surcado por arrugas que las duras jornadas de trabajo le había creado. Unos bigotes cortos de pelos aclarados por el sol, engañaban su edad y le hacían perecer aún mas viejo. Aparentaba mas de los 35 que tenía. 
Con el sombrero de alas anchas cayendole sobre la cara, se parecía a ese Emiliano Zapata que yo había visto mas atrás, en un cartel amarillento que colgaba entre las frutas de un mercado de pueblo. 
Lucas me contó sobre su vida. Habló de lo sencillo y de lo natural que era vivir en la playa,  junto al mar que le daba de comer...
"Yo soy albañil señor, y de los buenos", me dijo.
"Soy fabricante de PALAPAS, que son estas casas de palmera que usted ve aquí. Puro pa darle de comer a la familia nomás señor, tengo mi arpón y pesco en aquella islita del frente, mire", continuó. "Ayer saqué un mero de este tamaño. ¿Pa que quiero más? la costa me da todo, vea. Es mejor que estar jalándole al trabajo en el campo"...
El hombre era un obrero, de esos miles que habitan en la América Latina y abandonan sus cosechas para dedicarse a otras cosas, otras actividades para subsistir.
Lucas había nacido en San Mateo, una pequeña población agrícola del estado de Jalisco y emigró de su pueblo en busca de un mejor trabajo. 
"En los campos y en los pueblos se muere uno de hambre señor"...
"Si se queda uno termina chingando a su madre", repetía el hombre en una dolorosa letanía.
El hombre había trabajado en la cosecha del agave, una planta originaria de la región de Jalisco con la que se produce el licor de tequila. Pero a mucho trabajo era poca la paga. Por eso tuvo que emigrar, mutando de oficio como un camaleón que cambia su piel.
Los peones se desloman día y noche bajo el sol para ganar algunas monedas que se gastan como el agua en los abarrotes, despensas y tiendas.
Los salarios rurales en estas comarcas del mundo, como en el resto del continente, son miserables. Los campesinos de las haciendas viven con salarios invisibles y oprimidos bajo el eterno yugo de un latifundio casi feudal, como también de un gobierno ausente. En la tierra del maíz y de las frutas, el índice de niños desnutridos aumenta en forma alarmante, día tras día, muerte tras muerte. Y a nadie le importa. La impunidad es la enfermedad de los pueblos.
En las tiendas y mercados se venden productos que para el ingreso del campesino promedio, tienen precios de fábula. Frijoles, harina y aguardiente son las bases de su alimentación, por eso hay quienes, como Lucas, deciden buscar la costa para poder comer pescado y obtener así algo de proteínas.
México es un país usurpado, arrasado, desprestigiado, y la violencia es producto del consumo importado de la droga y del terror. 
Todo a lo largo de la historia, ha sido saqueado y ultrajada su soberanía, desde Hernán Cortés hasta el vasallo político de Porfirio Diaz, desde la lucha libertadora de Emiliano Zapata en el sur hasta la expulsión de los inmigrantes en la frontera con Estados Unidos.
La conquista de México empezó siendo una guerra del agua, y la derrota del agua anunció la derrota de todo lo demás.
En 1521, Hernán Cortés, el colonizador español, puso sitio a Tenochtitlán que era la ciudad capital del imperio Mexica. Lo primero que hizo fue romper a golpes de hacha el acueducto que llevaba el agua, el agua de beber. Y cuando la ciudad cayó, al cabo de mucha matanza, Cortés mandó a demoler los templos y los palacios, y echó los escombros a las calles de agua.
A España no le gustaba el agua, que era cosa del diablo, herejía musulmana, y del agua vencida nació la ciudad de México, alzada sobre las ruinas.
Ahora, la ciudad capital del país muere de sed. En busca de agua escarba, se hunde. Donde había aire, hay polvo. Donde corría el agua, corren los autos.
Unos cuantos años mas acá, en 1845, los Estados Unidos se habían anexado los territorios mexicanos de Texas y California, donde impusieron la esclavitud en nombre de la civilización. Y en esa guerra México también perdió los actuales estados norteamericanos  de Colorado, Arizona, Nuevo México, Nevada y Utah. Mas de la mitad del territorio mexicano quedó bajo dominio extranjero. La cantidad de tierra  robada equivale a la extensión actual de mi país, la Argentina.
Este es un país atrapante que huele a maíz, a burritos, a aguas frescas, a pueblos viejos y a desierto. Todo eso mezcla para darle un matiz personal, autóctono y único. En el país de la abundancia también existe el hambre y el abandono. Al decir de Galeano: "Pobrecito México! tan lejos de Dios y tan cerca de Estados unidos"
Descubrí esos lugares tan bellos y a la vez impactantes antes de viajar mas  al sur, rumbo a Guatemala. 
Las revoluciones son el producto de la opresión sistemática de pueblos tan nobles como estos. El consumismo eclipsa a las sociedades rurales organizadas, condenando sus futuros a mendigar migajas. México es noble. México calla y aguanta todo. Es uno de tantos pueblos sometidos a la colonia forastera. Pueblo resistente y guerrero, en la lucha fue concebido y en la lucha vive.
Ese relato de Lucas, me había enseñado mucho.

Cavilaciones

Le di tres vueltas al mundo y hablé con todos allá afuera.
Vi delfines rojos nadando en el Amazonas y la puesta de un sol hermoso en las montañas de Chipre. Vi el maíz volverse azul en México y un volcán enojado que fumaba por la boca en Guatemala.
Conozco en Turquía un tipo que baila sobre una cobra, y un palestino de ojos de vidrio que lee con los dedos.
Conozco en París una gitana rumana que hace dinero cantando en los trenes y mintiendo con la baraja, una bruja en Italia que adivina el futuro en la hoja de un cuchillo, y un indio que camina descalzo en la selva del Perú.
Vi hombres más negros que la noche en Belice, y mujeres más blancas que la leche en Kosovo.
Vi un camello en el Sahara escupir en mi comida, y niños desnudos muriéndose de hambre en las calles de Haití.
Puedo marchar más duro y más lejos que cualquier atleta olímpico, porque soy un guerrero y cargo mi equipo y en los pies llevo mis botas en vez de zapatillas.
Soy hombre fuerte, cabeza rapada, siempre estoy listo para la pelea. Soy pendenciero, nadador de mares, paracaidista, saltador con cuerdas, especialista, apuntador, fusilero.  Soy burro de carga, soy enfermero, soy buen amigo si me necesitas. Lloré la amargura y reí la alegría en un camino que muchos han deseado, pero que muy pocos han transitado.
Nadé en mares salados y en ríos dulces y tragué más agua que una esponja. Me ahogué en el polvo de senderos perdidos. Dormí en huecos de barro y colgado de hamacas bajo la lluvia como un murciélago. Caminé kilómetros bajo la nieve, con la mochila en la espalda y el frío en los huesos; escalé montañas y exploré la jungla y sudé hasta la última gota en desiertos secos. Volví a beber hasta quedarme gordo y seguí marchando, y entonces vi como la sal blanqueaba mi uniforme. Quemé mi piel bajo extraños soles de países lejanos, usé explosivos y demolí paredes y disparé munición hasta agotar cargadores.
No hay casi nada que no pueda hacer excepto rendirme. No hay cielo demasiado alto ni mar demasiado bravo donde no pueda llegar. He aprendido muchas lecciones. No disparo nunca antes que me disparen, pero cuando lo hago casi siempre acierto. Soy certero y silencioso porque entreno en solitario. Respeto a todos, no hiero a nadie y menos a un animal indefenso, pero aprendí que los hombres a veces no llegan a ser ni eso. Nunca he sentido lástima de mí mismo, porque llevo siempre una sonrisa en mi corazón.
Viajé en camiones por malas rutas, en helicópteros por cielos grises, en jeeps, en motos y en kayaks, pero mucho más sobre mis propias piernas, porque las tengo fuertes de tanto machacar suelo bajo mis botas. Aprendí que lo bueno debe hacerse en exceso, porque la moderación es solo para cobardes.
Comeré, beberé, caminaré, haré amigos y enemigos nuevos alrededor del planeta, y seré uno más entre todo el gentío de las calles del mundo. Aprenderé nuevas lenguas y viviré otras culturas, pero en el fondo acabaré siendo siempre yo mismo: un cabrón orgulloso de haber nacido en un pueblo de provincia, un tipo amigable pero a la vez arrogante y decidido. Porque he aprendido a vivir de una sola manera. Porque soy un amante, un combatiente, un navegante de mis propios sueños.
Porque siempre seré un Infante de Marina, o un simple aventurero disfrazado de soldado, hasta el día que me muera, o me reagrupe para seguir dando batalla.

domingo, 8 de enero de 2012

Charlando con William Brown


Quiero contarle, señor, como fue que me intrigó su vida. Ocurrió en una travesía de kayak, frente a las costas del Uruguay.
Habíamos dejado atrás las últimas luces del embarcadero de Escobar, en las riberas del Paraná Guazú. La noche lo tragaba todo. Frío y soledad.
Remábamos a pulso firme pero relajado. No habíamos obtenido el permiso de la Prefectura Naval para navegar de noche, de manera que lo hacíamos despacio, sin ruidos, como al acecho.
A eso de las doce, Gaston encendió la radio, una radio chiquita, de esas que usan los vigilantes para sentirse acompañados. Nosotros también lo hicimos, escuchamos la radio. Nos sentíamos cuidadores de esa noche, cuidadores del río, sabe?
Llegando a la boca del Río de la plata, cambió el viento y las aguas se pusieron bravas.  Eran como las cuatro de la mañana y veníamos dándole duro a la remada. Se movía mucho el bote y entonces decidimos dormir un rato en el monte. Dormimos como duermen los carpinchos: sobre la tierra húmeda y cubierta de hojas y ramas.
Yo sentía frío, un frío que me calaba hasta los huesos. Esa noche no prendimos fuego. Saqué mi cuchillo y comí de una lata de conserva. Sentí vergüenza de tener frío. A esas alturas yo no podía mostrar debilidad, entonces me callé la boca y pensé en una mujer, porque a mi, mujer que veo, mujer que me dan ganas de ponerla horizontal y meterme adentro. Es por esa cosa del calorcito ¿sabe?, usted me entiende señor.
Con las primeras luces del amanecer iniciamos nuevamente la remada. Ahora si cruzábamos el gran Río-mar de color marrón y aguas traicioneras. El río de La Plata nos recibió dándonos una paliza, como si nos dijera "si me molestan, se las devuelvo". 
Y entonces nos metimos nomas en el agua brava, de cabeza, proa al este, desafiando al viento y a las olas espumosas que hundían la punta del bote.
Yo sentía que me transformaba en un pirata, en uno de esos viejos soldados que llegaron en galeones de madera oscura, hace tantos años, y que eran hábiles con la baraja y el cuchillo. Por un instante me creí un pobre marinero que luchaba contra el agua y la incertidumbre de no saber cuando naufragaría. Pero en realidad no sentía miedo, confiaba mas en mi compañero remador y en mi pulso sobre la pala.
En poco mas de dos horas cruzamos las aguas marrones, y llegamos a una isla apurados por un frente de tormenta que metía miedo. Un letrero indicaba que habíamos llegado al Uruguay.
Cargando los kayaks al hombro nos metimos caminando en una picada del monte. Y allí estaba; el cartel que nos daba la bienvenida a su isla, la isla que usted eligió como base para defendernos, para liberarnos de esos piratas españoles en 1814.
Yo estaba impresionado, y a pesar de la sed brutal que sentía, decidí primero recorrer un poco el viejo casco y los cañones grises que apuntaban hacia el agua. Todo era historia y leyendas que esperaban ser descubiertas. La inquietud histórica pudo más que la sed.
Al pasar caminando por la plaza de armas de la antigua fortaleza, pude ver su imagen. 
Ahí estaba usted, con la vista altiva y su plexo de bronce brillando bajo los rayos del sol. Yo ya lo había visto antes en cuarteles y en regimientos pero esa vez, lo vi de otra manera. Creo que fue la primera vez que me detuve a contemplar su imagen.
Usted, que en los años de esa lucha tenía el grado de teniente coronel, se ganó una página gloriosa de la historia por haber combatido en esa isla, en ese preciso lugar donde yo caminaba ahora, casi 200 años después.
Quiero que sepa, señor almirante, que yo había ido a buscar otras historias a esa isla, tal vez historias de aventuras o saqueos de piratas, de libertad o  del nacimiento de mi patria. Pero al pararme frente a su imagen, su figura marcial y segura me inspiró respeto y me despertó la inquietud de descubrir más acerca de su intrigante vida.
El día que contemplé su estatua por primera vez yo estaba todavía en el servicio activo en la marina. Era cabo, ¿sabe?, un simple y humilde suboficial subalterno, un soldado. 
En los batallones de la infantería de marina siempre me habían hablado mucho de usted, de sus hazañas y aventuras por el mundo. 
Allí supe que usted había nacido en Irlanda, en un pequeño pueblito llamado Mayo, en el condado de Foxford, en el año 1777.
Yo, por distraído que soy no le había prestado mucha atención. Sólo decía que si para complacer a mi sargento. Después de todo, nunca me gustó estudiar historia a la fuerza. Pero esta vez era distinto, porque estaba descubriendo la historia por mi mismo. Estaba escribiendo mi propia historia en esa isla.
Caminaba por las ruinas de las antiguas construcciones de ladrillo y adobe cuando me dieron ganas de mear. Utilicé un árbol como quien se esconde de las viejas feligresas un domingo rumbo a misa, para que no lo vean ni critiquen. A mis espaldas estaba la antigua cárcel, donde se alojaron a los prisioneros de guerra españoles capturados por las fuerzas patriotas en la batalla por el dominio de esta isla, Martín García.
El combate de Martín García se libró entre los días 10 y 15 de marzo de 1814 entre las fuerzas de las Provincias Unidas del Río de la Plata a su mando, (entonces teniente coronel Guillermo Brown) y las realistas españolas que, bajo el mando del capitán de fragata Jacinto de Romarate, defendían la plaza.
Usted y sus tropas tomaron por asalto la isla obligando a la escuadra contraria a retirarse.
La victoria dividió las fuerzas enemigas, y aseguró para las Provincias Unidas el control del acceso a los ríos interiores y posibilitó su posterior e inmediato avance sobre Montevideo. Con ello, cerrar por mar el bloqueo al que esa ciudad era sometida por tierra, forzando finalmente así su rendición. Era, paradójicamente, el inicio de la independencia militar de España, pero el comienzo de la dependencia económica de Inglaterra. Una de cal y una de arena, sabe?
Conocer esa isla perdida en medio del marrón del río fue una experiencia inolvidable. Dos siglos de historia se paralizaron ante mis ojos regalándome leyendas y sucesos intrigantes. Era como estar viviendo dentro de una gran novela.
Pasamos cuatro días con sus noches durmiendo en una carpa y comiendo guisos en una olla de aluminio que me traje de Bolivia, de otra aventura mía que no vale la pena contar ahora. Eramos tres deportistas jóvenes y entusiastas en busca de nuevas aventuras. Descubrimos una historia increíble. Conocimos más de la Argentina, escribimos nuestra propia historia remando a bordo de un kayak.
Creo que ha llegado el momento de la despedida, señor almirante. Sólo quería contarle lo que sentí en esa isla, su isla, la que usted cuida y vigila día y noche.
Hoy ya quedó atrás esa tierra, ya ni siquiera vivo en mi país. Soy hijo adoptivo de una nueva nación que me cobija bajo su paño. Un país tan lejano y a la vez tan hermano de nuestro continente, del continente con el cual usted colaboró.
Le agradezco por haber consagrado su vida en defensa de mi patria a pesar de que nació usted tan lejos. Ojalá pudiera encontrármelo algún día, en la cubierta de algún barco fumando de su pipa, y que me cuente sus historias, en una aventura por alguno de los siete mares de este planeta loco en que vivimos.
Ahora escucho un sonido de gaitas escocesas  llamando a su descanso. Resuena en mi cabeza la marcha SAINT PATRICK S DAY, como en los viejos tiempos de mi antiguo batallón.
Descanse señor almirante, que usted ya trabajó bastante.

Diario de un soldado: los duendes del Amazonas

(Fragmentos de mi diario de campaña en la frontera entre Perú y Colombia. Año 2004)

                                                       La base "Manití"
Junio 15. Martes.
A las 4 y 30 del domingo, nos llevaron en un camión hasta el aeropuerto de Lima. Un transporte militar C-130 nos estaba esperando. Nuestro equipo fue colocado dentro de unas bolsas similares a las marineras y después apilado sobre palets de madera. Caminamos hasta el avión llevando solamente nuestras armas. Nadie vino a despedirnos, ni siquiera el coronel. Cinco minutos más tarde, despegábamos. El gran aparato sobrevoló el Océano Pacífico y nos llevó durante dos horas por una ruta de circunvalación que conducía al norte del Perú.
Descendimos en una base aérea pequeña y polvorienta, ubicada entre los ríos Amazonas y Nanay, y que los infantes de marina usaban como punto de lanzamiento de las incursiones de sus fuerzas especiales en los territorios del norte. Atrajimos poca atención, había muchos estadounidenses en el lugar. Apilamos nuestro equipaje bajo un cobertizo tratando de pasar lo más inadvertidos que era posible, y esperamos un camión que nos llevó al puerto de Iquitos. 
Hoy temprano me senté sobre mi catre de lona y madera, debajo del mosquitero, y observé cómo la claridad del amanecer se extendía lentamente hacia el este. Era una claridad débil y azul, suficiente como para distinguir los árboles que se levantaban, imponentes, sobre el claro de la jungla. Llegamos ayer, en helicóptero.
Aspiré el humo de un cigarrillo ajeno y maldije el ambiente primitivo que me rodeaba y, como todos los hombres que estaban ahí, me pregunté porqué había venido a este pestilente y húmedo lugar del mundo.
Intenté analizar realmente mis sentimientos, y me dije que no podría vivir ahora mismo en ninguna otra parte, y desde luego no en Buenos Aires, ni siquiera en Argentina. Ahora mismo no soporto las ciudades, los ruidos, las normas y los impuestos. Odio el frío.
Como todos estos soldados, jóvenes o veteranos, amo y odio alternativamente esta jungla indómita y salvaje. Tengo 22 años y elegí esta vida por el momento, errante, impredecible, aventurera, llena de adrenalina. Aquí la aventura se inyecta en mis venas a cada paso en esta tierra fangosa y marrón.
Es mi primera experiencia real en contacto con este medio. Todavía estoy un poco débil por la deshidratación que me produjo la diarrea y el vómito. A todos nos ha hecho mal el agua. Hace mucho calor.

Junio 19. Sábado.
Los helicópteros llegaron esta mañana cuando amainó la lluvia. Aterrizaron en la explanada detrás de las barracas y cada uno de ellos produjo un huracán en miniatura. El artillero de puerta hizo señas a mi jefe de pelotón y éste nos indicó que corriéramos hacia el aparato. Corrimos doblados a la altura de la cintura, debajo del rotor y a través del polvo azotado por el viento. Subimos al helicóptero. El ruido era terrible y el viento nos obligaba a ver a través de nuestros ojos a penas entreabiertos, como si fuéramos chinos. Teníamos que gritar para oirnos entre nosotros. Ibamos sentados en dos filas de 4 soldados por cada banda, y pusimos nuestras mochilas entre las piernas, con el fusil apuntando hacia el vacío
Al despegar, el helicóptero pareció desinflarse un momento, y entonces subió hacia lo alto. Se me anundó el estómago cuando subimos tan de repente. Fue muy rápido, porque el aparato subió en vertical, siempre hacia arriba. Miré hacia abajo y vi que el resto de los hombres de la compañía eran cada vez mas pequeños.
Desde el aire la base se veía como un montón de casitas de juguete sobre un pedazo de terciopelo rojo, polvoriento, igual que esos fortines de plástico con los que jugaba cuando era chico, donde los indios atacaban con sus caballos. Estaba rodeada por una selva exuberante color verde brillante. Más allá de la alambrada, la tierra de nadie.
Volamos hacia el norte, siguiendo el curso del Nanay. La jungla se extendía hacia el este y el oeste, como una tela verde y parda, atravesada por la cinta color mostaza del río. Ese fue el primer viento fresco y constante dedesde mi llegada a la selva del Perú. Lo disfruté mucho. Me pareció maravilloso.

Junio 24. Jueves.
Los días son rutinarios. Nos levantamos a las 0600 hs, nos lavamos y preparamos para entrenar. Luego de un desayuno rápido en nuestros jarros de aluminio, corremos 10 km por un camino de tierra que une el campamento con la base, cinco km de ida y cinco km de vuelta.
Luego de la mañana de ejercicios físicos y prácticas de tiro, tragamos nuestras raciones “charlie”, sentados en el “comedor” que nosotros mismos hemos construido. Es una especie de pozo alargado en el cual caben seis soldados. Nos sentamos en un borde, y en el otro apoyamos la comida. Es un "lujo" de lugar.
Llevo, como únicas pertenencias, un fusil M16, un correaje con cincha para llevar municiones, mi uniforme camuflado y un par de botas para la jungla. La ropa se me pega al cuerpo por efecto de la transpiración. Estoy deshidratado y empapado por el calor. A causa de la humedad del ambiente la piel se lastima y las ampollas son frecuentes. Los pies duelen dentro de las botas de cuero y lona. Los hongos son huéspedes inesperados y molestos compañeros.
Por la tarde practicamos lucha cuerpo a cuerpo y técnicas de supervivencia. Algunas veces recibimos instrucción de cartografía, navegación terrestre y del uso de la brújula. Nos enseñan cómo atender una herida de bala, aplicar un torniquete a un compañero mutilado por una mina , intubar una vena, cruzar un arroyo o un río en la selva, cómo detectar una trampa, como construir refugios, camuflar armas y equipos, preparar una emboscada, y así estamos hasta que la noche cae como un telón negro sobre nuestros cuerpos agotados. Poco descanso, poca comida y mucha actividad.
He visto a hombres de excelente forma física arrastrarse por el agotamiento y la deshidratación. Nos dan unas pastillas contra la malaria que son una mierda, y que nos provoca una permanente sensación de náuseas. "Mefloquina" es el nombre de esa porquería que nos dan.
Hoy cumplo 25 días acá, y siento que esta selva se me mete bajo la piel, junto con el paludismo, la porquería del pantano y las picaduras de miles de insectos.

lunes, 29 de agosto de 2011

Viviendo al aire libre


En este asunto de viajar y andar rodando por aquí y por allá, recorriendo kilómetros, cargando la vista de nuevos paisajes y el corazón de nuevos amigos y sonrisas, hay cosas que no se pueden olvidar.
Cosas que son esenciales y que conviene incluir siempre dentro de tu equipo, te ayudan a resolver problemitas y otras que son pequeñas comodidades que te harán las cosas más fáciles.
La ropa:
La mochila será tu casa por el tiempo que estés en la ruta o el camino, de manera que tienes que seleccionar la ropa que llevas, a fin de descartar el peso innecesario que sufrirá tu espalda durante la marcha.
Como yo soy un viajero con la idea de ir a todos lados, debo planear el hecho de pasar por diversas condiciones meteorològicas y diferentes tipos de clima y situaciones tèrmicas, que van desde el sofocante calor de la selva, hasta el frìo extremo de una montaña.
Por este motivo, la vestimenta que cargo es mas o menos esta:
2 camisetas tèrmicas de manga corta y una larga
2 calzas cortas de ciclismo con refuerzo y una larga (para marchar nunca utilizo calzoncillos porque lastiman)
2 pantalones desmontables
1 pantalon corto para correr y nadar
1 abrigo de polar
2 camperas de gore-tex ( de las fina, no parka)
2 remeras de calle ( el algodòn es bueno para dormir, no para marchar)
1 par de zapatillas para correr, extra de repuesto ( para marchar siempre llevo puesto mi calzado de trekking o unas botas militares que son buenas)
1 gorro de lana (tengo uno con orejeras como usan en Bolivia)
Lo ideal es que toda la ropa sea de secado ràpido, porque no sabes si el tendedero serà la tapa de tu mochila cuando estès caminando.
Tambièn llevo mi kit de aseo personal en una bolsa impermeable y una toalla de mano, es chica y seca rapido.
Siempre es bueno impermeabilizar toda la ropa dentro de bolsas de residuos grandes. Son baratas, fáciles de llevar y te ayudaran a estar siempre con ropa seca aunque te tires a un río con mochila y todo.

La carpa:
Como el caracol lleva su casa a cuestas, el viajero independiente también debe poder vivir en cualquier sitio y dormir donde sea. Si tu presupuesto no te permite descansar en la cama de algún hostal o albergue, tienes que tener tu casa portátil propia.
Yo siempre llevo una carpa tipo Iglú marca Doite para tres personas. Es bueno tener algo de espacio extra para acomodarte mejor con la mochila, o quien sabe si algún buen día aparece una linda compañía femenina.
Se debe llevar tambièn una buena bolsa de dormir. Te sirve para darte calor en las noches frìas o para dormir sobre ella en las zonas tropicales.
En las sierras del Perù y en la patagonia Argentina, utilicè una bolsa tèmica para  -0 grados, de esas que proveen en la Marina. Salvò mi espalda de varias pulmonìas y todavìa viaja conmigo.
Lo mas importante del equipo de dormir es la colchoneta. Aisla el cuerpo de la humedad directa del suelo y evita que te congeles o te agarres un buen resfrìo. Recordà que lo importante es aislar el cuerpo del suelo y no taparte con 10 frazadas.
Cuando viajé por la selva amazónica, dormí en una hamaca que coseguí con unos nativos. fue un placer en esa zona tropical pero debí buscarme un mosquitero para que no me devoren los insectos. El único problema fue cuando me cayó la lluvia encima, sentí lo que sienten los murciélagos.

La cocina:
Comer en el campamento es una delicia, si se conocen las técnicas adecuadas para hacerlo mas confortable.
En mi mochila llevo siempre un recipiente calentador y dos o tres hornillos hechos con latas de aluminio de cerveza o gaseosa. Fuè un regalo de un soldado israelì que conocì viajando por la Quebrada de Humahuaca. El mismo me enseñò a construirlas y son dispositivos muy livianos, fàciles de transportar, baratos y sobre todo, no dañan el medio ambiente. Se alimentan con un poquito de alcohol etìlico, del que llevàs en el botiquìn y no produce humo. El ejèrcito de Israel las utiliza en sus campañas militares para no delatar la posiciòn.
Tengo una ollita de aluminio con la que cocino y de ella pueden comer dos personas o puedo repetir dos veces!! Nunca falta el arroz y el fideo seco, que son fuentes de hidràtos de carbono y producen energìa para marchar, nadar o escalar.
Para obtener las proteìnas que alimentan mis mùsculos, compro carne en los mercados de los pueblos, siempre y cuando se vea fresca, roja y huela bien. De lo contrario, las latas de conserva con sardinas y algunos tomates con cebolla o carne enlatada, le dan sabor a las comidas del camino!!
Se debe tener en cuenta que la parte mas importante es la hidratación, por lo que el agua debe ser siempre pura y cristalina. Lo ideal es gastar un poquito mas y comprar agua mineral embotellada y sellada. Yo siempre llevo pastillas de cloro en la mochila por las dudas.

Mis comidas raras:
En las regiones exóticas donde me tocó estar, pude saborear gustos autóctonos de especies y alimentos desconocidos para mis gustos. Jamás se debe despreciar la hospitalidad de los nativos, ya que lo toman como una ofensa.
Las cosas mas extrañas raras que he comido fueron:
1- SURI (gusano blanco que crece en las raíces de los árboles en la selva amazónica del Perú. Tienen muchas proteìnas)
2- SERPIENTE (Amazonas)
3- CHICHARRON DE LAGARTO (Iquitos, Perù)
4-CHICHA MORADA ( Una bebida nativa hecha con el fermento del maíz y la saliva, en Bolivia)
5-PALOMA (Patagonia argentina)

No puede faltar el botiquín: Aunque uno nunca espera utilizarlo, en ocasiones pueden ser la solución a un dolor de estómago, a una diarrea o a algún raspón o dolor muscular.
Algunos pequeños elementos que pueden ser tu salvación cuando menos lo esperas: Entre ellas es importante cargar en la mochila abrazaderas plásticas o precintos de diferentes tamaños, parches para la colchoneta, e imprescindible, una navaja multiusos o un buen cuchillo de monte, el cual, utilizado correctamente y con algo de ingenio, también te puede servir de machete.
La linterna frontal no debe faltar en el equipo, de esas que van en la cabeza tipo "minero". Realmente muy pocas veces caminé sin luz, pero al instalar los campamentos casi siempre la noche llegaba y faltaban cosas por hacer.
Para saber que tanto has recorrido, es importante llevar un buen mapa actualizado de la zona, o una carta topogràfica serìa lo ideal. Tu brùjula de campo es otro elemento vital para mantenerte orientado. Yo utilizo una brùjula marca RECTA tipo DP2 del ejèrcito suizo, es la mejor, mas liviana y màs pràctica!!
En uno de mi últimos viajes remé en un kayak hasta una isla en el río de La Plata. Fueron cuatro días de travesía y llevamos un GPS que nos suministró una información mas detallada del recorrido y que, junto con unos buenos mapas instalados en la proa del bote, fueron las herramientas fundamentales para elegir la mejor ruta.
En cualquier viaje es importante también un cuaderno o libreta para anotar el diario, sensaciones, vivencias y el contacto con todas las personas que conocemos.
En mi viaje por Bolivia y Perù, llevé una libreta de anotaciones siempre a mano, donde fui registrando las sensaciones directas del camino por donde pasè. Rostros, paisajes, clima, terreno, medios de transporte, comidas y lugares de descanso. Toda vez que paraba o podìa viajar sentado, me ponìa a escribir. Lo que uno siente en el preciso momento es lo que vale!
La cámara fotográfica no debe faltar jamás en ningún viaje, y menos en una travesía de aventura.
Como en ocasiones se quiere cambiar la monotonía de un recorrido por sonidos musicales, vale la pena llevar un reproductor MP3 con tu mùsica favorita. Yo, sin duda elijo el blues.
Como muchas de estas cosas necesitan baterías. Lo mejor es llevarlas recargables de tal forma que ayudamos al medio ambiente al no dejar estos contaminantes en el camino.
También llevo en mi mochila, una linea de  nylon y unos anzuelos, que sólo utilicé una vez en la selva del Amazonas porque la pesca me aburre, pero con el que conseguí mi cena con una buena cantidad de pescados.
Para lugares donde el agua es muy clara, llevo unas gafas de natación que me permitan ver algo de ese gran mundo subacuático.
Por último, la compañía de un buen libro. En noches de soledad, en medio de un desierto, una playa o el bosque, es una delicia contar con un buen libro para tener algo nuevo en que pensar, aprender o sentir.

Los pasajeros del "Santarém"


(Un viaje en barco rumbo a Leticia, Colombia, en el año 2004)

Mis manos se enrojecían al ajustar el nudo de la hamaca. 
Repasaba mentalmente la lista de aquellas pequeñas cosas que no podía olvidarme: un recipiente para llevar el agua, pastillas contra la malaria, mapas y libros para los momentos de ocio, mi cuchillo y la cámara fotográfica. 
Una tibia gota de transpiración rodó por mi frente y cayó sobre mi brazo. Las expectativas crecían en igual proporción que los nervios. Tiré por última vez de la soga y decidí ir a caminar para combatir la ansiedad que me sofocaba. Faltaban casi dos horas para zarpar y el barco permanecía vacío. Apenas un frágil rayo de sol se adueñaba de uno de los rincones.
Había dejado atrás, aunque sea por unos días, la vida a la intemperie y los peligros de la frontera. Disfrutaba de mi período de descanso y decidí viajar al este, buscando un oriente desconocido, exótico, casi clandestino. Había dejado las armas en el campamento y por un momento me sentí desnudo, inseguro en aquel lugar tan luminoso como sombrío. Pero pronto me serené.
Cambiar mi uniforme camuflado por ropas de civil, hacía que me viera como un turista, uno de esos tipos a los que todo les sorprende, y que van por el mundo sacando fotos y haciendo preguntas estúpidas en un difícil castellano. Ese no era un lugar muy conveniente para ser soldado, por lo que era necesario pasar desapercibido.
La noche anterior había intentado aplacar mi soledad en un bar oscuro en las orillas del mercado flotante. El sonido de cumbias y huaynos flotaba en el aire endulzando el ambiente junto a la atención esmerada de mujeres semidesnudas de piel tostada y grandes pechos. El olor a cerveza barata penetraba en el lugar y me sentí enfermo, quizás por el efecto de las pastillas de mefloquina que había tomado en la tarde, con el fin de evitar la malaria.  
Sentado en la barra de aquel burdel perdido, contemplé y aprendí acerca de esa realidad que me rodeaba. La noche en el trópico cae rápido, y la escasez de energía que asola a esos lugares le da a esa transición abrupta un cariz amenazador. El callejón de al lado emitía el resplandor azulado de televisores alimentados por generadores portátiles. Era la hora mágica en el mercado flotante de Belén.
Cuando regresé al dormitorio del barco, la serenidad se había extinguido: una infinidad de hamacas encimadas entre sí habían conquistado el lugar. Pendían en anárquicas hileras. No tuve más opción que colgar la mía más arriba por lo que inevitablemente dormiría más cerca del techo que del piso. Mientras los viajeros se instalaban, afuera se despedía gris, el puerto de Iquitos, capital del departamento de Loreto en el corazón de la amazonia peruana que comparte frontera con Leticia en Colombia. Unos perros escuálidos husmeaban en el barro, mientras un hombre descalzo con sus pantalones arremangados exponía una variedad de pescados. Al lado, una mujer de paso cansino cargaba frutas de brillantes colores. De pronto, todo comenzó a hacerse más pequeño hasta que desapareció: el espeso río Amazonas y la selva acapararon el cuadro. Ambos dominarán el mundo durante dos días hasta llegar a Colombia.
Desde la cubierta del barco clavé la mirada en el agua, esperando que se asomara algún delfín rosado que el monstruoso manantial no quiso regalarme. Resolví volver hasta mi hamaca y me recosté para comprobar si soportaba mi peso. De a cuotas, lentamente, descendí hasta casi llegar al cuerpo de un escocés que descansaba debajo mío. Evité la colisión con un salto a tiempo. Un joven de una poblada barba se acercó y con una simpleza exasperante amarró el nudo flojo de mi hamaca . Con él compartiría la mayor parte de mi estadía en el barco. Supe que había nacido en Chile pero vivía en Brasil, estudiaba Teología y se encaminaba a convertirse en sacerdote. Viajaba hacia unas comunidades de ribeiriños, pescadores pobres que viven en la orilla del río en medio de la frondosa e inmensa selva. Una templada indignación se infiltraba en sus palabras cuando se refería a las empresas que la estaban deforestando, explotando ilimitadamente sus recursos en aras de un progreso que nunca llegó. Escuché el grito desaforado de una selva moribunda. “A muchos pobladores las mismas empresas les pagan para callarlos y así destruyen todo”, escupió con una creciente bronca. Entendí que compartíamos una misma visión sobre el mundo a pesar de que nos alejaba su fe en la religión, y mi condición de guerrero.
Unas horas después de partir, nos detuvimos en un paraje orillero. No sería la única vez. Los barcos que transitan por el Amazonas conectan minúsculos poblados que se esconden en la selva. Además constituyen el único medio para acercar provisiones a estos lugares remotos. Traen consigo carnes, harina, legumbres, arroz y hasta medicinas. También algunos habitantes de estos pagos responden a la llamada de la sirena del barco acercándose para vender frutas y verduras.
El calor expandía sus lenguas de fuego y machacaba nuestros cuerpos; los mosquitos se burlaban de cuanto repelente se podía usar así que huí, esquivando hamacas y cuerpos, hacia el comedor para almorzar. Una olla humeante repleta de arroz con pollo seducía a los comensales. Comíamos en grupos de quince personas todos juntos en una mesa larga. Éramos anónimos y una numerosa familia a la vez. En el barco, compartíamos nuestras vidas, se mezclaban experiencias y se escuchaban secretos prohibidos. Nadie juzgaba. Se podía palpar la libertad.
A la noche, la cubierta se disfrazaba de cantina para encender un pasajero pero intenso festejo. Fumé un habano de tabaco puro que tosieron mis pulmones vírgenes. Entre gritos y risas, un colombiano moreno y un brasileño que hablaba castellano me enseñaron un juego que nunca aprendí y después de un rato quedamos solo el colombiano y yo. Se llamaba José y era la décima vez que viajaba en el barco. Se había casado hacía unos meses con una socióloga a la que veía poco por sus viajes. Después de nutrirse con un nuevo vaso de ron reveló que viajaba para investigar nuevas rutas para el tráfico de drogas. Decía que con la época de lluvias el río crecía e inundaba parte de la selva. Entonces las lanchas podían esconderse en la vegetación cuando las persigue la policía. 
“Te cuento esto porque cuando te bajes del barco no nos vemos más”, admitió.
El tiempo se congeló en un silencio insoportable. No supe como sostener la mirada ni fabricar una respuesta. Por un instante quise fugarme pero el misterio sometió a todo lo demás y seguí escuchando. Entonces, contó que uno de sus hermanos estaba preso. El otro había salido de la cárcel recientemente. José estaba cansado, quería parar. Anhelaba encontrar otra vida para su esposa y su hijo recién nacido.
El sonido suave de una calimba me despertó temprano. Se trata de un instrumento que consiste en una pequeña caja de resonancia que posee una fila de teclas de metal que al ser pulsadas producen un delicado sonido. Su dueño era un joven belga espigado que vagaba por el mundo sin una orientación pronosticada. Contaba que le repugnaba la opaca vida de las urbes y decidió, entonces, hacer de su vida un viaje perpetuo: hacía más de quince años que andaba errante por el mundo. Llevaba pocas cosas, una esmirriada mochila era todo su capital. Había que esforzarse para escuchar su voz, su presencia apaciguaba la atmósfera. Viajaba con dos suizos que conoció en Bolivia. Ellos eran dueños de una fábrica de chocolates, él un desposeído vagabundo solitario, y América Latina los había enredado.Mientras los suizos sacaban fotos repetitivamente, él me explicaba que su cámara eran sus ojos; le aterraba interrumpir la fragilidad de cada instante vivido.
Unas nubes grises envolvieron al cielo y el atardecer quedó atrapado entre la lluvia y el sol. El barco aminoró la velocidad hasta que los motores se apagaron. Flotábamos en silencio. El brasilero que me abrazaba la noche anterior, subió a una precaria lancha y se alejó del barco. No se veía ningún asentamiento cerca pero él y su lancha se encaminaban hacia la selva que en un momento los engulló. Los motores del barco volvieron a encenderse. Un chaparrón despidió el día y ahora navegábamos en la oscuridad. Aquella noche no hubo bailes en la cubierta. Un control de la policía naval interceptó el barco y durante casi dos horas se dispusieron a revisar minuciosamente a cada uno de los que viajábamos. Eran solo dos policías aunque sus gritos multiplicaban su presencia. Pedían pasaportes y despertaban abruptamente a todo el que dormía. Pude ver como a uno de los pasajeros le sacaban todo lo que llevaba en su mochila y se lo dejaban tirado, desparramado en el suelo. Tanta hostilidad parecía demasiado. Cuando terminó la inspección, volvió la calma. El suave vaivén de la hamaca hipnotizó los cuerpos y atrajo el sueño a la embarcación.
El cansancio de todo el viaje es ineludible durante el último día. El tramo final arroja el aroma de una despedida singular. Habíamos sido seres extraños en su pura cotidianeidad. Mundos alejados y opuestos se habían unido y ahora volvían a separarse pero mucho más enriquecidos que antes. Algunos esperaban ansiosos el reencuentro con su gente, otros buscaban alcanzar una nueva vida y también estabamos aquellos inquietos, ávidos de nuevas andanzas. Afuera comenzaban a dibujarse las casuchas de Leticia que yacía encerrada en la selva. El aire hervía y los mosquitos no dosificaban sus ataques.
Los motores pararon nuevamente. Se abría para mí una nueva ruta, nacían rumbos dispares por los que deambulaban los viajeros que habían compartido por un momento sus vidas. Al alejarme del puerto lentamente, veía el barco como un gran elefante blanco que echaba humo negro por su trompa con forma de chimenea. Descansaba sobre las aguas marrones del río, a la espera de nuevas historias para cobijar en su interior.

domingo, 14 de agosto de 2011

Ciudad de Cusco, Perú



Llegamos a Cusco bien temprano en la mañana, a eso de las seis y veinte.
Veníamos de la ciudad de Puno en un colectivo barato y destartalado. Un viaje incomodo y de sueño cortado. 
Bajamos en la estación de buses y hacía fróo, Otra vez ese maldito frío serrano que se metía por todos lados. Me cubrí la cabeza con un gorro de lana ridículo, de esos con orejeras y un pompón color marrón en la punta.. Era mi aliado para mantener el calor corporal, o por lo menos para que no se me escape del todo a través de mi cabeza rapada. Allí entendí porque lo usaban los lugareños.
Tenìa hambre. Comí un sandwich de pollo y un café en el desayuno. Los rayos del sol fueron calentando lentamente a medida que se asomaban por el oriente, y entonces caminé por los alrededores buscando algún transporte. Me acompañaba Chicho. 
Celeste y Federico esperaban en un anden.
Cargamos las mochilas en un taxi amarillo y viajamos hacia lo alto de la ciudad en busca de un hospedaje que conseguimos en la terminal.
Me sentía un poco cansado y aturdido por el apunamiento que traía desde Bolivia, pero pronto me despejé al ir observando el contorno de esa magnífica y misteriosa cuidad imperial.
Antiguamente Cusco fue la capital del imperio inca, y una de las ciudades mas importantes del Virreinato del Perù. Declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1983. También llamada "la Roma de América", actualmente es el mayor destino turístico del país andino.
Dos leyendas incaicas atribuyen su fundación a su primer jefe de estado, un personaje legendario llamado Manco Capac.En ambas se afirma que el lugar fue revelado por el dios del sol "Inti" a los fundadores después de una peregrinación iniciada al sur del valle sagrado de los incas.
Los conquistadores españoles supieron desde su llegada, que su meta era tomar la ciudad del Cuzco, capital del imperio, para asì poder dominar mas facilmente a esa raza guerrera e indomable.
La cuidad esta rodeada por una antigua muralla militar inca de defensa llamada SACSAYHUAMAN, que era el bastiòn desde donde luchaban los nativos para defender de los ataques la ciudalela imperial.
Llegamos a las puertas de un hostal muy bonito y limpio, llamado "Chincana Huasi", que en quechua significa "la casa escondida".
Y estaba escondida nomas, bien apartada del centro y del bullicio de la colorida plaza de armas, igual que esas poblaciones serranas y alejadas de la capital limeña, que veía desde la ventanilla cuando viajaba para acá, abandonadas a su suerte en medio de la pobreza y el olvido, donde los campesinos mueren, por el hambre de la tierra, por la bala del ejército o el fusil de la guerrilla.
El lugar era ideal para reparar fuerzas perdidas. Necesitaba descanso. Mi cuerpo y mi cabeza pedìan una cama, pero terminè haciendole caso a mis piernas y salì, càmara en mano, mochilita con agua al hombro y libreta apuntador bajo el brazo, a robar imàgenes y buscar historias para mis crònicas del viaje.
Me movìan sensaciones profundas, màs allà del simple ojo de un viajero. Querìa ver màs de lo que mostraban los folletos de informaciòn turìstica. Tenìa ganas de saber lo que pasò en la sierra hace 15 0 20 años.
La reciente historia polìtica del Perù me atrapaba y me obligaba a investigar, a costas del peligro de preguntar. No importaba, sòlo querìa saber la verdad de los pobres y los mudos.
Asì conocì a Ramòn. Simplemente Ramòn, el taxista sin licencia, sin apellido, y sin rostro que mostrar en una foto.
El Ramòn que conocì era el Perù representado en una sola persona, el Perù que calla, que aguanta y sonrìe. Era el Ramòn del miedo,  un anònimo, como esos miles que caminan por las calles o deambulan por las plazas con una historia desconocida que contar. Pero se callan, y nosotros no lo sabemos.
Ramòn es un sobreviviente de la guerra que se librò hace poco tiempo ahì, en esa parte de la sierra peruana.
La guerra fuè un conflicto entre hermanos. Una guerra de pobres contra pobres, de soldados contra campesinos y aborìgenes, que trajo mas pobreza a la miseria, y un desarrollo esperado que nunca llegò. Y lo siguen esperando, y asì esperando mueren.
Cusco late bajo un manto de aparente tranquilidad y alegrìa, en el bullicio de extranjeros, que llegan a la ciudad en busca de aventuras y descubrimientos, rumbo al  milenario Machu Picchu. Pero bajo la algarabìa de los bares que nunca duermen y de las fiestas en los lujosos hoteles sòlo reservados a los gringos con billeteras de dòlares, existe una realidad cruda y dolorosa, de una herida social que todavìa sangra y que nunca cicatrizò.
El grupo comunista SENDERO LUMINOSO, es una organizaciòn guerrillera de ideologìa maoìsta, que segùn el gobierno peruano, todavìa sigue empeñado en asolar los parajes remotos del Perù profundo, allà donde las quebradas y las sierras tapizadas de selva quedan abandonadas a su suerte.
Ampliamente condenado por su "brutalidad", que, al decir de los grandes poderosos incluye violencia aplicada contra campesinos, dirigentes sindicales, autoridades elegidas popularmente y la población civil en general, es considerada una organización terrorista por el gobierno del Perú.
El grupo comunista fue fundado a finales de la década de 1960, por el entonces profesor de filosofía Abimael Guzmán, que daba càtedra en la Universidad Nacional san Cristòbal de Huamanga de Ayacucho (referido por sus seguidores con el pseudónimo de Presidente Gonzalo), cuyas enseñanzas crearon los fundamentos para la doctrina maoísta de sus militantes. Es una organización que se separó del Partido Comunista del Perú - Bandera Roja.
La meta de Sendero Luminoso es reemplazar las instituciones peruanas, que consideran burguesas, por un régimen revolucionario campesino comunista, presumiblemente iniciándose a través del concepto maoísta de la Nueva Democracia.
En 1980, desató el conflicto armado interno del cual participó como principal agente hasta la captura de su líder, Abimael Guzmán Reynoso en 1992, tras lo cual sólo ha tenido actuaciones esporádicas. La ideología y tácticas de Sendero Luminoso han tenido influencia sobre grupos insurgentes de corte maoísta como el Partido Comunista de Nepal y organizaciones afiliadas al Movimiento Revolucionario Internacional.
Ramòn està sentado en la punta de la barra de un cafè, casi cayendose de la silla. Masca hojas de coca y mira desconfiado, porque aquì,  "de eso no se habla.."
Cuenta que, "yo era un campesino, hace unos años, en el pueblito de Andahuailas. Una noche, cuando todos dermìan, llegò Sendero a reclutar combatientes para la guerrilla. Yo no quise ir, sabes?, pero mas tarde el ejèrcito me acusò de colaborar con los terrucos y les robò a mi familia las pocas vacas que tenìamos. Entonces, me fuì a la sierra con un fusil y vestido de guerrillero. Esos "concha de su madre"... pura mierda eran los soldados. Abusaban nomàs..."
"Alla se vivìa maaaal, bastante mal se vivìa. Comìamos de los tarros que dejaban las patrullas del ejèrcito y en las noches montàbamos emboscadas en los caminos y las rutas. Se mataba bastaaaaante. Entràbamos en los puestos de frente nomàs. Esa "vaina" no era buena compadre..."
Una patrulla policial se detiene frente al bar y cuando me doy cuenta, Ramòn desaparece.
Asì como vino se fuè, anònimo, invisible, clandestino.
Me hecho a caminar por las calles coloniales de piedra pateando una latita de cerveza achatada.
"Cusqueña", se lee en un extremo. Me quedo con una sensaciòn de hambre por saber màs sobre esta historia, tan misteriosa como el misterio mismo de esta gente y de su cultura. Nadie habla ya de Sendero, ni en Cusco ni en Perù. Todos quieren olvidar, pero nadie puede hacerlo.
Los Incas supieron hacer florecer un imperio tan poderoso, que todavìa se refleja en los muros mudos de piedra que dominan todas las construcciònes de la ciudad.
Cuando los conquistadores españoles entraron hace 5 siglos, triunfantes en la fortaleza, de la mano de Francisco de Pizarro, quisieron demoler la ciudad hasta sus cimientos. El muro inca era tan duro, que jamàs lograron su objetivo. En vez de eso, construyeron una nueva pared española blanqueada con cal, sobre las ruinas de los grandes bloques de piedra de la cultura aborìgen. Hoy en dìa, los lugareños dicen que los muros tienen dos dueños. Desde el suelo hasta la mitad es el muro INCA, y desde la mitad hacia arriba es el muro de los españoles, el muro de los "Incapaces".
Me resigno a cerrar la  historia "Sendero" y sigo paseando y aprendiendo sobre la cultura nativa del Inca. 
Una vieja sentada en los escalones de una iglesia, se tapa la lluvia con un plástico gigante. Su rostro surcado de profundas arrugas es un reflejo del hambre y de la mano que pide monedas. A su lado, los únicos ojos que me apuntan son los de un perrito pequeño y empapado que tiembla de frío bajo el plástico agujereado. Sólo puedo contemplar la escena en silencio.El animal llora, y la vieja ni siquiera tiene fuerzas para acariciar sus pelos empapados... (La pucha digo!!, mirà si serà fiel el perro, hasta llora tu hambre cuando no te dan las fuerzas...)
En la vereda del frente, cruzando la calle empedrada, unos cuantos muchachitos de piel rosada y pelos rubios desprolijos, entran gritando a un local de MC DONALDS. Toman cerveza, patean basureros, gritan y cantan en inglès. Por sus camisetas y su tono deben ser hinchas del UNITED, esos a los que la prensa llama "hooligans". Ni siquiera miran al costado, ignorando realidades mudas como la de las escaleras de la iglesia.
Asì tambièn ignoran los turistas, las realidades que se viven en èsta comarca de la tierra, en el "nuevo mundo" latinoamericano. Esta parte del planeta fuè y sigue siendo, 500 años despuès, la azucarera de la vieja Europa, endulzando las tazas de te britànico de las 5 en punto y el cafè saqueado de las selvas, en las mañanas neblinosas de New York.
Y aquì... aquì queda el suelo inùtil, producto del monocultivo de la caña, traìda en un barco por los españoles. Aquì queda Cuba y Haiti, la Colombia desangrada y el Perù seco de todo, hasta el guano y el salitre se llevaron. Aquì se quedan los fantasmas, los muertos que viven mandigando las migajas de los paìses poderosos, para poder extender un poquito mas, la agonìa de sus vidas.
Viendo todo esto se comprende porque Latinoamerica es un hervidero de revoluciones, un caldo de cultivo de la guerrilla, un pesebre de espinas donde nacen y padecen los aborìgenes y los campesinos. Y todavìa les dicen "dueños de la tierra"...
Los americanos del norte hicieron primero los paìses pobres y luego inventaron la ayuda, que no es tal, sino una especulaciòn para seguir sumiendonos en la pobreza.
Me doy cuenta que no es necesario saber solamente de "sendero". La verdad està escrita en las paredes, en las callecitas, en los puebluchos y en los barrios, en las caras de los niños , en las arrugas de los viejos, en los campos secos y en esta plaza del Cusco.
En el Perù, como en muchos otros lugares de la America aborìgen, se producen los impunes asesinatos de la miseria. De cada 10 000 niños que nacen en este paìs, 1200 mueren antes de los cuatro años, y de los que no mueren, casi todos quedan condenados a una vida sin escuelas ni zapatos, ni leche ni domingos ni juguetes.
El sol va acabando su viaje hacia el otro horizonte. De nuevo el frìo me hace temblar los huesos y hundo mi cabeza en el ridìculo gorro de lana con orejeras.
Reflexiono sobre las imàgenes que descubrì este dìa, mientras contemplo un pequeño monumento que recuerda al indio TUPAC AMARU, en un rinconcito apartado de la plaza de armas.
Es una buena historia la de los Incas. Después de todo, ellos también fueron revolucionarios.