"Los que pueden, actúan. Los que no pueden y sufren por ello, escriben. El acto de escribir, constituye una de las acciones mas profundas del sentir del ser humano. Ayuda a quemar la grasa del alma"

Ernest Hemingway.

domingo, 1 de mayo de 2022

Los cinco de Peć


Se dice que si una historia de guerra parece moral, no debe creerse. Pero eso no es del todo verdad. O no siempre. Como todas las cosas en la vida, la moralidad de una historia depende siempre de los hombres que la protagonizan, y de quienes la cuentan. Hoy escribo una historia de guerra, y quiero contársela a ustedes tal como la viví junto a mis compañeros. La moralidad la aportan ellos, mis antiguos hermanos, y las acciones que ejecutaron sobre el terreno. Yo me limito a contar lo que vi, a ponerle letras, puntos y comas.

Base de Peć, Kosovo. Cinco infantes de marina, de cabo a teniente, perdidos en el pudridero del mundo, patrullando entre campos minados para repartir comida a la población civil. Cinco infantes de marina de entre diecinueve y treinta y dos años llegados hace cinco meses y medio, desperdigados por una geografía hostil y cruel, en misión de alto riesgo, en una guerra a la que en Argentina ningún Gobierno llamó guerra, ni nadie supo nunca donde diablos se ubicaba en el mapa. Los cinco soldados de Peć, como el resto, eran gente acuchillada, porque lo da el oficio. Sabían desde el principio que a la Infantería de Marina nunca se la llama para nada bueno. Y menos en Kosovo. Si lo que iban a hacer allí fuera fácil, seguro, cómodo o bien pagado, otros habrían ido en vez de ellos. Aun así, lo hicieron lo mejor que podían. Que era mucho. Atrincherados en una base con norteamericanos, franceses, holandeses y polacos, vivían con el dedo en el gatillo, como en los antiguos fuertes de territorio indio. Igual que en los relatos de Kipling, pero sin romanticismo imperial ninguno. Sólo frío, calor, insolaciones, sueño, enfermedades, soledad. Peligro. Los únicos cinco argentinos de la base, de la provincia y de todo el oeste de Kosovo.

Ellos habían llegado a la misión tarde y mal, aunque ésa es otra historia. Que la cuenten quienes deben contarla. Aun así, con la resignada disciplina casi suicida que caracteriza al infante de marina, se aferraron al trabajo. Como era de esperar, no encontraron la mesa servida. Quien estuvo por esos mundos con militares norteamericanos, holandeses y franceses, sabe de lo qué estoy hablando. Sobre todo con los norteamericanos, que tienen a Dios sentado en el hombro como los piratas llevan el loro. Para hacerse un hueco entre sus aliados, distantes y despectivos al principio, no hubo otra que la vieja receta de "arremangarse": aprender rápido, trabajar más duro que nadie, no quejarse nunca y ser voluntarios para todo. Y por supuesto, tragar mierda hasta reventar. Y así, a base de orgullo y de constancia, poco a poco, los cinco hombres perdidos en Peć se hicieron respetar.

Un triste día se enteraron de la muerte de dos compañeros italianos cerca de Pristina, la capital. De la pérdida de dos soldados de aquellos veintidós hombres extranjeros que habían llegado hacía medio año a intentar ayudar, y de su intérprete. Y pensaron que el mejor homenaje que podían hacerles era que la bandera norteamericana que ondeaba en la base fuera sustituida, aquel día, por la italiana a media asta. Eso no se hace allí nunca, aunque a diario hay norteamericanos muertos, los franceses sufrieron numerosas bajas, y también cayeron holandeses y polacos. Así que el jefe argentino de los infantes de marina, el teniente de navío Enzo, fue a pedir permiso al jefe norteamericano. Accedió éste, aunque extrañado por la petición. Saliendo del despacho, el soldado argentino se encontró con el jefe del contingente francés, quien dijo que a él y a sus hombres les parecía bien lo de la bandera. En ésas apareció otro norteamericano, el mayor James, que nunca se distinguió por su simpatía ni por su aprecio a los argentinos, y con el que más de una vez hubo broncas. Preguntó James si los muertos de Pristina eran infantes de marina como ellos, y luego se fue sin más comentarios.

Pero al volver a la barraca nadie pudo encontrar ninguna bandera italiana, pues los dos muertos eran los únicos de esa nacionalidad en toda la base, y no había ninguna posibilidad de conseguir un pabellón italiano para la ceremonia. Entonces, el jefe argentino, en un solemne acto de paternalismo y determinación, anunció que la retreta funeraria en honor a los caídos se llevaría a cabo bajo pabellón argentino, pues a su mando estaban subordinados los dos hombres en el momento de morir.

A las ocho de la tarde, cuando fuera de los barracones apenas había vida, los cinco infantes de marina se dirigieron a donde estaba la bandera. Formaron en silencio, solos en la explanada, cinco argentinos en el culo del mundo: Enzo, Damián, Gastón, Rodrigo y quien escribe. Cuando se disponían a arriar la enseña, apareció el teniente coronel francés con sus cuarenta gendarmes, que sin decir palabra formaron junto a ellos. Luego llegaron el mayor James, el teniente Williams y veinte marines norteamericanos. Y también los polacos y los holandeses. Hasta el pequeño grupo de Blackwater, la empresa de seguridad privada americana desplegada en la zona, hizo acto de presencia. Todos se cuadraron en silencio alrededor de los cinco argentinos, que para ese momento apretaban los dientes, firmes y con un nudo en la garganta. Y entonces, sin himnos ni cornetas ni autoridades ni protocolo, el teniente Enzo y el sargento Damián arriaron despacio la bandera. 

Una historia de guerra nunca es moral, como dije antes. Si lo parece, no debemos creerla. Pero a veces resulta cierta. Entonces alienta la virtud y mejora a los hombres. Por eso la he contado hoy.