"Los que pueden, actúan. Los que no pueden y sufren por ello, escriben. El acto de escribir, constituye una de las acciones mas profundas del sentir del ser humano. Ayuda a quemar la grasa del alma"

Ernest Hemingway.

viernes, 11 de marzo de 2016

Tailandia: fronteras tribales


El norte de Tailandia es grande, montañoso y agrícola. Un extenso territorio donde se asentaron culturas antiguas para formar reinos agrupados alrededor de ciudades fortificadas. Es una región sin costas, porque la salida al mar por el oeste pertenece actualmente a la antigua Birmania (Myanmar), con quien también limita al norte. El río Mekong marca hacia el este la frontera con Laos. El norte es la zona menos turística de Tailandia y también la más barata, con una realidad social, histórica y cultural muy diferente a la del sur del país.
Diversos pueblos tribales habitan esas tierras, como los Akha, los Karenes, los Hmong y los Yao, entre otras comunidades. Viven en pequeñas aldeas enclavadas en las montañas septentrionales de la antigua península indochina.

El primer contacto

Llegamos a una de esas aldeas al final de una calurosa tarde de febrero, subiendo por un terraplén de tierra que bordeaba un verde campo cultivado. Allí pasaríamos la noche.

El primer contacto con los Akha fue difícil, y aunque nuestro guía había enviado un mensajero para anunciar nuestra llegada, no fuimos bien recibidos.
Unos hombres aparecieron en lo alto de una colina, dibujándose sus siluetas en la cima, contra un fondo de nubes. Eran individuos vestidos con ropas de algodón negro azabache, chaqueta corta y pantalones anchos que dejaban ver enormes pantorrillas. Algunos llevaban amplios sombreros de palma y copa recortada al estilo thai, otros iban descalzos portando machetes y herramientas para labrar la tierra. Eran campesinos que entraban a la aldea atravesando un pequeño puente de hojas de palmera tejida, tendido sobre un pequeño arroyo. volvían de trabajar.

El momento no era oportuno para hacerles una visita, pues se hallaban en plena cosecha de soja, cuando toda clase de bandidos aparece por las montañas.
Años atrás, en vez de soja, los Akha producían el mejor opio de todo el Extremo Oriente, aproximadamente cuarenta toneladas al año, suficiente para alimentar el tráfico clandestino de esa droga. Los funcionarios de aduanas esperaban sentados pretendiendo obtener algunos quilos, pero los Akha nunca negociaron con nadie que no les pagara en oro, armas o municiones.
Estábamos en la tierra de los antiguos y misteriosos productores de opio. Más al norte, y detrás de los picos de unas colinas azules, se extendía la milenaria ruta de la seda, aquella vieja vía utilizada por mercaderes de caravanas, traficantes de pieles y aventureros, que antiguamente unió la China con el Imperio Romano. Por ella pasaron Marco Polo en su viaje hacia el este, el ejército de Alejandro Magno en sus campañas de conquista y las hordas de mongoles de Gengis Khan.
Al saberlo sentí una extraña sensación en las piernas, una especie de emoción que burbujeaba en mi interior. Era cálida pero a la vez indolente, adormecida. Luego supe que era cansancio.
La aldea estaba habitada por cerdos negros, pollos y animales domésticos que caminaban libremente entre las casas. Unos perros flacos se retorcían y mordisqueaban entre sí en las callejuelas de tierra. No había otros blancos en el lugar. Las acequias estaban cubiertas de verdes charcos residuales y su olor se confundía con el hedor del "nuoc-mam", una salsa hecha con pescado podrido. La mugre y el abandono en los corrales eran medievales. Por un instante tuve la sensación de que aquella gente había quedado congelada en el tiempo, cien años atrás.
Nang Lae no era más grande que las otras aldeas que habíamos visto durante nuestra marcha por las montañas. Tenía la forma de un rectángulo. Las casas alargadas estaban construidas sobre pilotes, hechas de madera, bambú y paja. Todo el poblado miraba hacia un espacio central desmontado, de tierra desnuda, pelada y roja, similar a una plaza. Las casas daban las espaldas a la selva.

Los hombres estaban sentados sobre sus rodillas flexionadas en las partes altas de la aldea y era difícil fotografiarlos. Fumaban y conversaban. Grupos de niños corrían de un lado a otro. Muchos tenían barrigas hinchadas. Desnutrición. No corría aire y el ambiente estaba caliente y muy quieto.
Los adultos se mostraban evasivos, distantes. Los más viejos fumaban nudosos cigarros truncados en los dos extremos y nos miraban fijamente sin que parecieran notar nuestra presencia. Indiferencia. Las mujeres permanecían paradas en las puertas, mientras alimentaban a sus hijos y escupían sobre el polvo los rojos chorros de un líquido producido por las nueces que mascaban. Era el fruto del betel, la nuez de areca. Tiñe la boca y arruina los dientes. Todas las tribus del sur de Asia la consumen desde hace siglos. Estábamos en presencia de un pueblo primitivo.
Solo una mujer se me acercó. Llevaba a su pequeño hijo aferrado a su espalda, envuelto dentro de una tela que le cruzaba el pecho.Iba vestida con una larga falda de colores vivos que le llegaba hasta los pies, y tocada por un turbante azul que le cubría la cabeza.

Para ellos no representábamos ninguna novedad. Habían visto muchos blancos antes, y en otros tiempos esos blancos solo habían traído intentos de dominación, la guerra contra sus vecinos, enfermedad y destrucción. Por un instante sentí vibrar una mala espina en mi interior, entonces comprendí el rechazo mudo de aquella gente, harta de ver pasar durante años a los "falang", palabra con la que se refieren los thais a los hombres blancos, producto de una mala pronunciación del francés "francais"
Entonces pensé en los soldados occidentales que habían luchado en Vietnam. Ellos habían lidiado con el desprecio y el odio de aldeas como estas. Comprendí entonces cuan grave fue el error de aquellas guerras coloniales que franceses y norteamericanos intentaron librar. Esos extranjeros blancos se batieron solos, intentado dominar a pueblos indomables, y tras cuarenta años de Asia, de sol, de guerras, de revoluciones y traiciones, se les había curtido la piel y secado las ilusiones. Luego se convirtieron en individuos escépticos, tolerantes, se sintieron más cerca de los monjes budistas, cuya religión habían ido a combatir. Asia les enseñó una dura lección.
Ingresamos en una casa elevada sobre pilotes, por una escalera que crujía a cada paso. Ningún mueble. Todo estaba apoyado a ras de piso, al alcance de la mano. Aquella gente se sentaba, comía y dormía directamente sobre el suelo. La cocina estaba atrás, en un cobertizo separado de la habitación principal por una tela corrediza. Todo allí era comunitario, se compartía. La privacidad individual era solo una vaga idea dentro de nuestras cabezas occidentales.
En la cocina el piso era de tablas y tenía rendijas alargadas por las que se filtraba la luz. Había humo de leña suspendido en el ambiente, y estaba inundada por ese olor penetrante que solo conocen los hombres que han vivido en campamentos durante algún tiempo. Todo colgaba de las paredes: utensilios de cocina, ollas, mazorcas de maíz seco, bolsas que contenían condimentos, pequeñas mesas circulares para apoyar bandejas.



Un hombre descalzo y con el torso desnudo hacía fuego sobre un cuenco de piedra similar a un mortero, parecido al molcajete que usan en México para moler los chiles. Gallinas y perros circulaban libremente por el recinto y bajo la casa, se escuchaba el gruñido de unos cerdos que se disputaban la comida, en una situación de total anarquía.
Los Akha aceptan vivir en una especie de promiscuidad total (sin que el término se refiera exclusivamente al aspecto sexual). La única ley que respetan es la de su placer. Son hombres ebrios de libertad. A un Akha jamás se le ocurrirá la idea de atar a un animal a un poste o encerrar a una persona, porque piensa que, igual que él, un animal encerrado se muere.
Con la ayuda del guía comenzamos una charla con el hechicero, “el hombre de la medicina”, el sabio de la aldea: un viejo medio ciego, huesudo, arrugado y de dientes gastados, que está sentado sobre un cobertizo de bambú en la entrada polvorienta de la aldea.
El guía interroga acerca de los orígenes de su pueblo. El viejo, halagado, busca con esfuerzo en su memoria todo aquello que recuerda. Habla de unas montañas nevadas en el Himalaya, que habría sido la cuna de la raza, y también de un país que tiene días y noches interminables, como en el círculo polar.
Los Akha son sencillamente originarios de la provincia china del Yunan, de donde habrían sido expulsados entre 1820 y 1840. A principios del siglo XIX se los vio llegar al norte de Tailandia en pequeños grupos. En su marcha seguían únicamente la línea de división de las aguas y llevaban consigo a sus mujeres, a sus hijos, a sus caballos batalladores, a sus perros de pelo duro y a sus semillas de amapola. Era la adormidera, el opio en flor nativo de la China. En 1912, un colono francés llamado Durozel descubrió que los Akha fabricaban alcohol y vendían el opio directamente a los comerciantes chinos del Yunan, sin pagar ningún impuesto.
Entonces inició la desgracia para ese pueblo. Los franceses se dieron cuenta de que el opio equivalía al oro para comprar armas, municiones, hombres y complicidades. Utilizaron a los Akha como aliados para librar sus guerras coloniales contra los comunistas vietnamitas y laosianos, y luego, al ser derrotados en Dien Bien Phu, los abandonaron a su suerte.
Los norteamericanos se vieron obligados a seguir esa política francesa de engaños y traiciones, y así fue que durante las décadas de 1960 y 1970 se veían aviones militares estadounidenses transportando la droga de contrabando a Bangkok, a Saigón, a las Filipinas, a pesar de que su gobierno libraba una lucha a muerte contra los estupefacientes y sus traficantes. El opio, el oro blanco, la moneda utilizada para negociar armas y almas, viajaba oculta en ataúdes de soldados muertos o en latas de leche en polvo con el emblema de organizaciones de caridad. Hipócritas de mierda. Con la misma impunidad siguen apoderándose hoy de la dignidad de otros pueblos del mundo.
Regresando a la cocina de la casa me acerco al hombre de torso desnudo que hace fuego sobre el mortero de piedra. Me convida té servido en un vaso hecho de un trozo cortado de bambú. Es un individuo delgado y movedizo, de dientes negros y estropeados, de baja estatura y rasgos asiáticos bien dibujados: ojos oblicuos, pómulos salientes. Nos entendemos a señas. La comunicación es imposible de otra manera.
El individuo se sienta en cuclillas sobre sus rodillas mientras fuma. Intento imitarlo pero me veo ridículo. Mi falta de costumbre se nota rápidamente. Admiro la flexibilidad de esa gente. Se doblan fácilmente como quieren en todas las posturas de sus piernas.


Antes de caer la noche los mosquitos llegan en grupos numerosos. Se pegan a la piel formando placas. Glotones, estúpidos y ruidosos, se queman en la llama cruda de las lámparas de carburo.
Después de comer un poco de pescado y de unos cambios de palabras el guía nos conduce hasta el final de un camino, sobre un linde de la aldea pegado a un arrozal seco. El lugar en que vamos a dormir. Es una choza nauseabunda y repugnante, sombría como un pozo.Tiene un mosquitero roto y el aspecto de un corral para las gallinas. Al verla preferí dormir en la selva.
Picados por los mosquitos o despertados brutalmente por el ruido de los animales, no pudimos dormir en toda la noche. Al amanecer los ruidos desaparecieron y los mosquitos se calmaron.





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