"Los que pueden, actúan. Los que no pueden y sufren por ello, escriben. El acto de escribir, constituye una de las acciones mas profundas del sentir del ser humano. Ayuda a quemar la grasa del alma"

Ernest Hemingway.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Una historia de Argentina (I)


Érase una vez un lugar lejano y muy al sur del mundo nuevo al que los gentiles llamaban "Terra Argentea". Lo llamaban así los portugueses, porque fueron ellos los primeros en creer en el rumor sobre un posible rey todopoderoso y cruel que vivía en un país muy rico en plata, que tenía largas leguas de montañas, mares de aguas dulces color piel de león, extraños salvajes que andaban desnudos, con los cueros engrasados campando a sus anchas libremente, y que a veces llegaban al trote corto y boleadora en mano, hasta las costas de la mar. Relataban esos hombres lusitanos que en aquel país había sobre todo mucho campo, unas pampas con llanuras inmensas de rojos y azules horizontes, de amaneceres y crepúsculos interminables, una tierra enorme, misteriosa y nueva que solía estar habitada por decenas de tribus, cada una de las cuales tenía su propia lengua y protegía sus propios asuntos. Vivían aquellas gentes peleando unos contra otros, descalzos, violentos, melenudos, gritadores, procurando destriparse a la menor ocasión, y solo se unían para destripar a sus vecinos más débiles o para enfrentarse a un enemigo más fuerte.
Una mañana de finales de enero, llegaron a sus costas unas huestes de forasteros enviados por un rey muy apurado en conocer cuanta riqueza allí existía. Aquellos individuos eran hombres recios y barbudos, de ojos azules, fuertes, macizos, crueles o sanguinarios algunos; ex convictos, piadosos o borrachos otros, todos ellos muy cansados de un largo viaje que les traía desde un mundo viejo y lejano, una tierra de vinos y de molinos de viento y de caballeros y de hidalgos. Algunos eran mercenarios que vivían alquilando su espada, otros eran soldados reclutados de los tercios viejos que habían combatido en las campañas de Italia, de Alemania y de Austria; hombres curtidos que habían sufrido mucho y visto la muerte, y que solo perseguían un botín. Otros eran simples campesinos aventureros en busca de fortuna o fama. Pero todos ellos tenían el mismo permiso impune de robar y de matar y de violar, y traían una patente de corso que los autorizaba a hacerse con las riquezas de cuanto iban encontrando en su camino. Ninguno de ellos rehusaba al sueño de una fortuna personal o del honor y la gloria para el rey.
Los primeros cristianos desembarcaron luego de una travesía larga y dura, tormentosa y crujiente. Unos cuantos fueron devorados por los tigres nomás tocar tierra. El comandante ordenó que el resto de la tripulación aguantase a bordo, y así lo hicieron. Luego de unos días, el hambre y la sed los obligó a aventurarse nuevamente y regresaron a explorar. Allí fundaron un fuerte primitivo y levantaron una iglesia y celebraron misa. Bautizaron el campamento con el nombre "Del Buen Ayre", en honor a una Virgen que protegía a los marineros de la isla de Cerdeña. Doy fe que todo aquello ocurrió de verdad, el 3 de febrero del año de Nuestro Señor de 1536.
Allí toman contacto con salvajes de unas tribus desconocidas. Al principio, los querandíes se muestran cautelosos con los blancos, curiosos pero amigables. Inclusive un cacique y un curandero se acercan a la empalizada para regalarles obsequios y ofrecerles alimentos. Una mañana, una partida de exploradores regresa al galope con la novedad de que han avistado un grupo enorme de nativos: 
"Habemos vido muchas desas bestias que no deprenden fablar. Son cientos, quizá miles, y van farmados con bolas y con palos y descalzos lanzando gritos. Es de ver como son diestros con el lazo".
El maltrato de algunos soldados hacia los nativos motiva que estos dejen de frecuentar el campamento.
Después de varios días, apoyados sobre el cerco de palos, los soldados españoles reprimen el escalofrío del hambre mientras se ajustan el cinto y se ciñen la espada. Les crujen las tripas. Sobre la tierra negra y mojada, a un costado de la empalizada, las alimañas y la humedad de la noche han destapado los pozos y disuelto en regueros pardos las manchas de sangre que escaparon de los cadáveres de los compañeros devorados por los tigres. Los entierran de nuevo y clavan cruces de madera encima de cada tumba. La situación comienza a ser desesperada: hay muertos, varios hombres más están enfermos, se acabaron las jodidas provisiones y poco a poco todo se va yendo al carajo. Pedro de Mendoza, el adelantado, que sufre de llagas y de sífilis, envía guarniciones en todas direcciones en busca de alimentos para paliar la hambruna, pero las mismas son inmediatamente rechazadas por terribles partidas de querandíes. La noche triste se acerca.
Una mañana de otoño, en alguna parte sobre la cortina de niebla que velaba la laguna, un sol impreciso iluminaba apenas las siluetas de los caballos y de los hombres que se movían a lo largo del camino, en dirección al bosque bajo y al campo abierto. Era aquel un sol invisible, frío, rebelde y hereje, sin duda indigno de su nombre: una luz sucia, gris, entre la que se movían los capitanes y los soldados que iban llegando cubiertos de hierro, sombríos, con las expresiones duras y las gotas de sudor corriéndoles por los morriones y la cara y las cicatrices y las barbas. Los compañeros se miraban unos a otros, inquietos.
Los barbudos sabían que allí afuera, ya lejos de la seguridad de la empalizada, había miles de indios pampas querandíes sedientos de venganza, pues ellos les habían atacado primero y habían robado sus mazorcas y quemado sus chozas y violado a sus mujeres. Las habían violado como lo que eran: unas perras paganas. Las habían ultrajado disfrutándolas, con rudeza. Aquellas hembras no eran más que simples animales jóvenes y tristes, que nunca sonreían. Muchas quedaron preñadas en el campamento y los soldados las echaron a patadas, los muy bestias, a ellas y a los bastardos paganos que llevaban en las tripas. Los blancos sabían todo esto y por eso ahora temían, temblando de miedo, mientras avanzaban entre aquella neblina espectral en su búsqueda desesperada de comida. Un silencio mudo parecía gritarles...
perros malditos, vais a morir todos hasta el último, y pagaréis el deshonor de nuestras gentes, y vuestra sangre correrá por los arroyos y los campos y llegará hasta el río donde flotan sus galeones incendiados”.
La infantería no recibió otra orden más que andar ligeros, espada en mano, barbijos de los morriones ajustados a la cabeza, pelear como diablos y abrirse paso entre la niebla como fuera. La columna se movía con ruido de pasos, oraciones y blasfemias, y un rumor metálico de armas y corazas. En eso estaban cuando cientos y miles de guerreros desnudos cayeron en turba sobre la columna, aullando y matando, armados y feroces tirando con lanzas y con flechas y con mazas y con todo. Resbalaban los caballos en la brecha mojada de niebla y caían los hombres desventrados, gritando, a la laguna, y avanzaban los españoles en aquellas tinieblas, por los pantanos llenos de barro y de tripas y de mierda, del coraje y del miedo de los compañeros, con el agua por la cintura.
Muchos se ahogaron. “¡Atrás, volvamos!”, gritaban algunos, corriendo a encerrarse de nuevo allí de donde ya no saldrían jamás. Otros apretaban los dientes y seguían adelante entre la turba de indios, arremetiendo a cuchilladas desde una retaguardia sumergida bajo miles de querandíes sedientos de venganza, una retaguardia que ya no era sino una masa de seres aullantes, un desorden de hombres luchando a la desesperada por abrirse paso, gritos por todas partes, gritos de los hombres que clavaban las espadas ensangrentadas, gritos de los heridos y agonizantes, gritos de los indios que caían con valor inaudito sobre los soldados rebosantes de hierro, sangre y barro de la laguna, gritos de los españoles apresados a quienes cortaban los tendones de los pies para que no escapasen, antes de arrastrarlos vivos hacia los toldos y abrirles la cabeza y el pecho a pedradas y lanzazos.
Y apelearon hasta que se hizo noche, todos aquellos salvajes y cristianos entreverados con bravura, indios contra barbudos, a la desesperada, chapoteando en el barro, abriéndose paso a puñaladas, batiéndose todos como perros salvajes, matando y matando sin tregua, hasta que por fin un capitán logró alzarse de entre la pila de muertos y tocar retirada, y entonces los pocos vivos que todavía quedaban se echaron a nadar en la laguna hasta alcanzar el abrigo del monte. Algunos desaparecieron para siempre. Otros lograron llegar al conjunto de ranchos que hacía las veces de Santa María de los Buenos Ayres. Doy fe que todo cuanto se relata arriba ocurrió de verdad, el 15 de junio del año de Nuestro Señor de 1536.
En diciembre, días antes de las navidades de los cristianos, los indios logran vulnerar las defensas del fuerte, penetrar en él e incendiarlo, provocando la destrucción total de puesto adelantado Del Buen Ayre”. Don Pedro de Mendoza, derrotado y enfermo, reúne los pedazos desmembrados que quedan de su ejército y embarca nuevamente rumbo al norte. Ha perdido la batalla.
Antes de irse, Mendoza dejó un pliego de mortaja que decía lo siguiente: 
Me voy con seis o siete llagas en el cuerpo, cuatro más en la cabeza y otra en la mano que no me deja escribir ni aún firmar. Y si Dios os diera alguna joya o alguna piedra, no dejéis de enviármela porque tenga algún remedio de mis trabajos y mis llagas”. 
El hombre nunca recibió nada. En vez de eso murió en alta mar, el 23 de junio de 1537.

Y así aconteció la historia de cómo unos nativos semidesnudos y descalzos expulsaron a unos altos barbudos de ojos azules, en su primer intento por asegurar la plaza de Indias que más tarde se llamaría Buenos Aires.

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